Hombre hecho Rayo

Ficha Bibliográfica

Título: Hombre hecho Rayo
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Descripción: Artículo de Jorge Hernán Gómez, , en el que describe la vida y obra del artista Omar Rayo
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Titulo: Hombre hecho Rayo
Edición original: Bogotá, Revista Diners, enero de 2001
Autor:
Gómez Jorge Hernán
Notas:

 

GÓMEZ, Jorge Hernán. Hombre hecho Rayo
© Derechos reservados de Autor

 

Hombre hecho 

RAYO

(ARTÍCULO REVISTA DINERS ENERO DE 2001)

Hace veinte años fundó un museo que algunos llamaron locura. Omar Rayo recuerda las anécdotas que definieron su vida y lo llevaron a la pintura, al amor y a la aventura de ser genial. Recorrido por la vida de un hombre que es tormenta. De Roldanillo (Valle), y ahora Japón, la China, la India...

 

Por Jorge Hernán Gómez

El hombre de 72 años que observa desde el piso 21 de un edificio del centro de Bogotá a una decena de obreros que aparentan trabajar y buscan perezosos la sombra, es también el niño de tres años que dibuja con un trozo de carbón, en la pared de una casa en Roldanillo, la sombra mágica de su perro llamado Sombra.

Es el mismo hombre que acaba de pasar de los cincuenta años, el artista terco que quiere que su pueblo, provincia ente las provincias escondido entre los pliegues del Valle del Cauca, tenga un museo de arte que lleve su nombre, un museo para campesinos y beatas, para derrotar al olvido. Y es así mismo el caricaturista recién salido de la adolescencia que emprende un viaje de aventuras, a la manera de un personaje de Julio Verne, por toda Surarnérica, entre indígenas del Amazonas y embajadores del Paraguay, jovencitas que lo raptan y médicos que lo utilizan como conejillo de Indias.

‘Ese soy yo, Omar Rayo. Soy mil Rayos y uno solo. Soy una tormenta enorme que a veces espera en silencio, escondida entre las nubes, para atacar con los truenos del ingenio. Soy el Rayo que pinta formas mágicas que respiran. El Rayo que alguna vez vio un duende tras los arrayanes. Rayo triunfador, Rayo razonador. Rayo que piensa en grande y que ama a Colombia. Rayo perseguido por el número ocho y por la felicidad. Rayo que golpea con fuerza en Roldanillo, Nueva York y Hong Kong. Rayo desde la eternidad y hasta el infinito...”.

Omar Rayo fue el niño... “Si todavía lo sigo siendo, todavía soy un niño”, se defiende con su sonrisa infantil, con su sonrisa antigua, sonrisa de mil años Omar Rayo fue el niño que descubrió un día a su perro Sombra dormido de pie, como un dios egipcio, frente a una pared de su casa. Omar no había vivido aún mil doscientos días, pero la sombra que proyectaba el animal lo dejó estupefacto, corno si la eternidad danzara sólo para él. Salió corriendo hasta el fogón de la cocina y volvió con un tizón de carbón. Dibujó la sombra del perro en la pared. Esa fue su primera obra de arte. Y recibió también la primera crítica de arte, una sonora y dolorosa palmada de su mamá por haber ensuciado la pared.

Su primera obra desapareció en Roldanillo, pues la pared fue lavada de inmediato por la implacable crítica. También en Roldanillo se encuentra la obra definitiva de Rayo, la que guardará su nombre para el futuro, la que cumple veinte años y cumplirá algún día veinte siglos. “Es mi hijo bobo. Un museo sólo puede ser un hijo bobo y espero que la gente de Roldanillo y de Colombia algún día lo quiera tanto como yo”.

El Rayo generoso le regaló ese museo a su pueblo en enero de 1981. Proyecto que alguna vez sonaba a utopia, locura y desvarío, y que se convirtió en un pequeño sol radiante de cultura, diálogo permanente y siempre inconcluso entre el artista y sus espectadores. Cada uno de ellos. El lustrabotas que lo reté, después de la presentación en el museo de la primera exposición gráfica de Picasso en Latinoamérica, a traer a Dalí o a Miró. El niño que trató de pinchar con una aguja uno de sus cuadros, uno de esos mundos geométricos que parecen inflados, como si respiraran, como almohadas de) arte que se niegan a pertenecer al mundo plano, sólo por ver si podía desinflarlo. Incluso el sacerdote que lo acusé de haber oficializado la entrada de Satanás en Roldanillo, por obra y gracia de una exposición del siempre erótico Leonel Góngora, quizás la más visitada por los sorprendidos y sonrientes habitantes del pueblo.

Rayo y Roldanillo (Valle). Es la misma historia de García Márquez y Aracataca, o la de Marco Fidel Suárez y Bello. El Rayo sorprendido aún encuentra asombroso que un muchachito de la trastienda de la trastienda de Colombia tenga doce de sus obras en el Museo de Arte Moderno de Nueva York; que haya expuesto sus locuras, sus delirios, sus geometrías, sus sueños, en más dc 200 salas del mundo; que más de cincuenta libros de grabados lo recuerden como un revolucionario de las artes gráficas; que el crítico de arte del periódico más importante de Alemania le haya recordado que Omar Rayo dio diez pasos nuevos en la geometría: “Gracias a usted la geometría vivirá por siempre. Usted hizo que la geometría respirara”, le dijo en esa ocasión, fascinado con esa obra inflada que parecía querer explotar.

‘Es que yo vengo dc la provincia de una provincia, y ser provinciano en Colombia y en el inundo es un pecado. Ni siquiera soy de Cali, soy de Roldanillo. En Cali fui un provinciano por ser dc un pueblo. En Bogotá fui provinciano por ser del Valle. En Nueva York, también provinciano por venir de Latinoamérica. Y en Europa ni se diga, allá no eres nadie, eres insignificante, un pobre imbécil. Lo dramático es que si alguien se atreve a salir de ese cuché lo llaman rebelde, bandido, destructor ignorante de las disciplinas sagradas del arte. Yo cometí la genialidad de ser ese rebelde y miren donde estoy... ¿En dónde estoy?”. ¿En dónde estuvo Omar Rayo? En Bogotá, para empezar. Y fue uno de esos visitantes enamorados del legendario Café Automático. Un defensor de la poesía y el arte, un deslumbrado caricaturista que reía con las ocurrencias de León de Greiff, Luis Vidales y Jorge Zalatnea. Un prófugo del destino que le tenían escriturado en la talabartería de su padre, un explorador que se escapó de la vida ordinaria para instalarse en las dimensiones infinitas del arte, que huyó de la cotidianidad con dos libros de caricaturas de Ricardo Rendán y un pasaje de avión que le regaló Alvaro Mutis . “Se asustaron mucho. Mis padres no estaban muy entusiasmados con mi viaje a Bogotá. Recuerdo tres palabras de mi papá:

Morirás de hambre’. Estaban aterrados con la bohemia, todas esas historias de pecado, vagancia podredumbre, el ambiente de los borrachines y los buenos para nada”. Hoy, satisfechos desde el cielo geométrico de su hijo, se sorprenden de que logre vivir gracias a sus pinturas y grabados, de que sea un artista que nunca ha consumido drogas, de que se vista como un caballero londinense... Omar Rayo es el hombre juicioso por excelencia, antípoda del artista errante, alejado de la bohemia de burdel, de la creación alcohólica, del frenesí de noches sin fin inscritas en el caos de la voluptuosidad. Es el hombre que reparte su vida entre Agueda, su mujer; Sara, su hija de 23 anos... “Déjenme hacer una cuña parece gritar el subconsciente de Rayo—, Santa será una gran artista”... Y su otro hijo, el bobo, el Museo. Es el pintor-empresario que convence a los gerentes-empresarios de la necesidad de invertir en la cultura; el promotor de artistas jóvenes, sin tiempo para el desorden bohemio ni las liturgias del apocalipsis poético. Pero ni Bogotá ni las caricaturas con las que se ganaba la vida en esa época —días de política turbia, días en los que moría asesinado Jorge Eliécer Gaitán y nacía la violencia eran eternas... “Los rayos sí son eternos. Todos los hombres que han pasado por la tierra han visto alguno. Yo también soy ese rayo que cayó del cielo”... Entonces era necesario salir a recorrer el mundo. Pero no de la manera en que se lo propuso el embajador de España. No con esa beca que le quería regalar aquel mecenas de almas dóciles: “Le rechacé la beca porque ya tenía planeado un viaje por Suramérica. El se puso furioso, me llamó imbécil, me decía que cómo iba a encontrar un camino decente para mi arte si no era en Europa, en España, entre artistas y no entre imbéciles. Yo solamente le dije: Me voy para Suramérica porque quiero conocer primero a mi madre y no a mi abuela. Chao, embajador”’.

“Soy mil rayos y uno solo. Soy una tormenta que a veces espera en silencio, escondida entre las nubes para atacar con los  truenos del silencio”.

Y se fue con su carrito recién comprado en veinte mil pesos y con un amigo que prefirió una mujer en Ecuador a una aventura en Suramérica. Se fue con su arte que empezaba a nacer, que se parecía a Dalí, que los críticos ya principiaban a decir que se parecía a Dalí, que Rayo pudo comprobar que si se parecía a Dalí cinco años después, cuando vio por primera vez en su vida un Dalí.

En Guayaquil fue un príncipe enamorado de una bailarina, y vendía tarjetas de Navidad para no vivir sólo del whiskev de las exposiciones. Pero el papá de la bailarina fue la bruja del cuento de hadas. Un día decidió hacerle la despedida oficial. Un trago. Un somnífero. Unas luces que se van. El despertar en un barco. Un bolsillo con la carta de despedida de los amigos. Un beso rojo estampado en la carta. Una lágrima y una carcajada. Un Rayo que se va. En Brasil fue el Gauguin del Amazonas que vivió con los indígenas de Bananao y aprendió su arte, y les enseñó lo que sabía. Los divirtió haciendo caricaturas de gallinas, de indias peinando a los niños y una por la que alcanzó a pensar que perdería la cabeza. “El cacique era un hombre impasible que siempre tenía la mirada fija en el horizonte. No se reía. Nunca hablaba. Severo hasta límites imposibles de superar. Le hice una caricatura y los niños se atacaron de la risa. El cacique de pronto hizo una seña y todos guardaron silencio. Le llevaron el dibujo. Lo miró. Parecía de piedra, no movió un solo músculo de la cara. Esa noche todos guardaron silencio y yo esperaba paciente mi condena, seguro de haber cometido un delito mayor. No dormí ni un segundo. Por la mañana, en la entrada de mi bohío había montones de frutas y de comida. El cacique nunca me habló, pero me gusta pensar que se sintió halagado y quiso premiarme”.

 

 

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