PINTOR DE LA SABANA
SELECCIÓN Y NOTAS DE BEATRIZ GONZÁLEZ
ROBERTO PÁRAMO, UNA VIDA EJEMPLAR
A través del acontecer callado de este pintor se puede reconocer al artista colombiano de finales del siglo pasado y comienzos del presente. En un país en el que lo normal es la agitación política, la actitud humilde debe parecer fuera de lo común. Porque al lado del brillo sonoro, casi militar, de Alberto Urdaneta; de los ecos de prestigio europeo de Andrés de Santa María; de las actitudes operáticas de Epifanio Garay y declamatorias de Ricardo Acevedo Bernal, existió una veintena de artistas que miraron su entorno con modestia, y guardaron en su memoria pictórica los efectos fugitivos de la naturaleza.
Roberto Páramo nació en Medellín el 1 de julio de 1859. Su padre era Juan Páramo y su madre Mercedes Tirado. Algunas crónicas afirman que si bien nació en la capital antioqueña, era de origen inglés pero desde niño había sido acogido por la familia Páramo Tirado en Bogotá.
De la familia de su progenitor formaba parte el padre Santiago Páramo, jesuita y pintor académico cuyas obras y enseñanzas tuvieron gran importancia en el medio artístico colombiano. Este familiar podría ser un factor determinante en su formación artística y en su talento. Pero si las crónicas de su origen inglés fuesen ciertas, se entendería su predilección por la miniatura, su mirada al paisaje y a las nubes, la elegancia compositiva que han permitido relacionarlo con el pintor inglés John Constable.
Por otra parte, se menciona su amistad con un misterioso y estimado personaje, Jeremías Coughling (32) , un irlandés que llegó a Bogotá en la década de 1880, fue secretario de la legación de Estados Unidos y profesor de inglés, y dio muestras de una gran cultura. Páramo lo hospedó en su casa por mucho tiempo, y es quizás esta amistad lo que ha contribuido a la difusión de la versión del origen anglosajón del pintor.
Roberto Páramo aparece vinculado a la Escuela de Bellas Artes desde su fundación, primero como alumno y más tarde como profesor. En enero de 1887 obtuvo un diploma firmado por Alberto Urdaneta por un retrato al carbón. A finales del mismo año ya es profesor ayudante en la clase de dibujo. Años después, en 1917, le dedican la carátula de la revista Cromos y lo llaman "decano de los profesores de la Escuela Nacional de Bellas Artes". Su profesión fue, pues, la de la enseñanza; de sus clases en la Escuela y de las que dictaba a "señoritas distinguidas" obtenía para su sustento. Entre sus discípulos figuran Roberto Pizano, Coriolano Leudo, Ricardo Rendón, Leo Matiz, Laureano Gómez y su hermano Pepe Gómez, el notable caricaturista.
No se sabe con certeza quiénes fueron sus maestros; en la dudosa lista figuran Pedro María Quijano, Ricardo Acevedo Bernal y Andrés de Santa María, artistas todos de su misma generación. Asimismo, como estudiante de la Escuela de Bellas Artes debió ser discípulo de Alberto Urdaneta. Una de su más antiguas pinturas es La guitarrista, que puede indicar que su maestro fue Felipe Santiago Gutiérrez —el académico mexicano; la influencia se puede ver no sólo en el tema sino en la factura, el uso del claroscuro y la postura entre clásica y realista.
Caricatura de Roberto Páramo
Autor: Leo Matiz. Lápiz sobre papel. 28 X 21 cms. Firmado: Leo Matiz. 1937. Colección particular.
Es muy probable que, al igual que la mayoría de los artistas colombianos formados en el siglo XIX, sólo haya recibido las nociones del gran arte europeo por transmisión oral, y a través de libros con escasas reproducciones en color. Los originales que llegaban al país eran pocos, especialmente en el género de paisaje; excepto una Escena campesina de Martin van Cleve, pintor holandés del siglo XVI, y uno que otro cuadro ocasional, casi se puede afirmar que los artistas colombianos que no viajaron al exterior nunca gozaron del hechizo de la pintura de paisaje de los grandes maestros. Probablemente fue Santa María quien le transmitió su conocimiento y su vivencia de este arte.
Es posible que su obra haya pasado para sus contemporáneos como menor, pues no era lo que se llamaba obra de "gran aliento". No obstante, a lo largo de su vida recibió varias distinciones, desde la primera exposición de 1886 —la gran exposición de Urdaneta—, hasta su participación en el llamado Primer Salón de Artistas Colombianos de 1931. Asimismo, sus dos participaciones en exposiciones en el exterior —España e Italia— tuvieron reconocimiento.
Generalmente su obra fue mirada con simpatía, como curiosidad técnica, o como "apuntes bonitos", aunque algunas veces fue criticada junto con la de otros paisajistas por no mirar lo regional, ni abarcar el infierno de la vorágine, como sí lo hacían los escritores. Cabe recordar que en la década de 1920 se publicaron dos obras fundamentales de la literatura colombiana: La Marquesa de Yolombó, novela costumbrista de Tomás Carrasquilla, y La Vorágine, gran epopeya de José Eustasio Rivera. La crítica pedía a los pintores que no miraran temas foráneos, ni prestaran a los españoles "manolas y toreros". Pero lo regional para los paisajistas normalmente era el paisaje del interior, en especial los Llanos y la Sabana, cuya serenidad se reflejaba en el espíritu de los pintores; por ello tal vez Roberto Pizano encomiaba a un grupo, del que formaba parte Páramo, por conservar el espíritu sano, limpio de envidias y de sordos rencores.
La serenidad de los paisajes de Roberto Páramo es un reflejo de su vida, y así lo recuerdan sus hijos. Hombre silencioso, lector asiduo, intérprete musical, se dedicó a la enseñanza, que era su profesión, y a su oficio, la pintura. Vivió rodeado de amigos pintores e intelectuales con quienes compartía intereses comunes que los llevaban a agruparse en instituciones como la Gruta Simbólica, o en conjuntos musicales.
Una vida modesta, una mirada a su alrededor y una producción artística abundante pueden definir a Roberto Páramo. Sin desplazarse a ningún sitio distinto de la Sabana, excepto las salidas esporádicas a Gigante (Huila) o a Fusagasugá —en donde murió—, logró en minúsculas superficies plantear el misterio de la pintura de paisaje. Esto sin duda porque tenía las virtudes que este género exige, según Constable: "El paisajista debe contemplar el campo con pensamientos modestos. El espíritu arrogante no verá jamás la naturaleza en toda su belleza" (33) .
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32. Baldomero Sanín Cano, De mi vida y otras vidas. Bogotá: Editorial A.B.C., 1949, p. 63.
33. Henri Guerlin, Le paysage. L’art enseigné par les moîtres. París: Henri Laurens Editeur, 1930, p. 23.
