Itinerario invisible

Ana María Escallón

Definir la obra de Juan Antonio Roda es difícil, pero en términos generales diríamos que es el antiteatro y la no retórica porque trabaja con el convencimiento de que en el alma se guardan todas las verdades, que son mentiras, que son esencias y con ellas libra las batallas interiores; esas mismas que le sirven como instrumento para encontrarle a la libertad un camino posible y lo hace con un fin: desafiar, a su manera, el tiempo de su tiempo.

 

75
Autoretrato
1967
Oleo sobre lienzo
120 x 95 cm
Colección particular

 

Roda, desde siempre, ha tratado de incluir dualidades inevitables al transcurso de su trabajo: el drama con la alegría, las idas y las venidas, la razón y la emoción, el entusiasmo y la derrota, la nostalgia al preponderante y único presente, la realidad aparente a los presentimientos pictóricos donde caben las vivencias, imágenes musicales, memorias cinematográficas; cabe también la multiplicidad de lo unívoco, el impulso de la vida y el peso innegable de la muerte. Por eso ha vivido siempre entre lo irreconciliable que se expresa en esa necesidad de interpretar rupturas.

Todo se encuentra entre la abstracción de espacios y la figuración de realidades. Al se impone la versión de un mundo que se mueve entre los tonos opacos y brillantes, el claro oscuro, la tensión atmosférica, el ritmo que se desenvuelve entre el equilibrio y un caos del barroco contemporáneo, la línea que se pierde en la distancia, la pincelada larga que cae, la mancha que compone, la atmósfera que se cierra, el gesto que siempre se queda en la superficie asumiendo un rol en primer plano. Todos son códigos que le sirven para liberarse hasta de sus propios esquemas.

Desde 1961, Roda comienza a trabajar con un lenguaje abstracto definido. En los principios de la década de los sesenta aparece su serie "Escorial" y presenta un lenguaje que incluye algo fundamental en su trabajo: el humanismo de Velázquez, la rebelión de Rembrandt, la modernidad de Picasso en una pintura abstracta cargada de ímpetu. Allí se impone el claro oscuro; existe la presencia de un leve movimiento atmosférico y expone una tensión de fuerzas donde el caos se presiente como una inquietud desafiante.

"Al orden poético hay que sumarle la actitud gestual que Roda impone al arte colombiano. Roda libera el gesto, lo hace responsable de las contradicciones como de la vivacidad de la obra, cedió a repentismos, a fugas románticas, a transposiciones de significados", anota con acierto Marta Traba (1). Roda aporta libertad a la abstracción, atrevimiento y densidad al arte colombiano que, en esa época, se abría camino ante el descreimiento de lo no representativo de una realidad inmediata. Roda, solitario y sin protagonismo, libró sus batallas y transmitió, como ninguno en su generación, una actitud ante la obra de arte. Roda por el contrario de muchos de sus contemporáneos, ha dejado una huella directa en otros artistas colombianos, y penetró tanto que cada cual, ha tenido que liberarse para llegar a su propio camino.

Roda imaginó, racionalizó y pintó nuevas formas para penetrar en la densidad de los colores. Caminó siempre al lado de la generación de Obregón, Grau, Negret, Ramírez Villamizar y siendo sin lugar a dudas mejor pintor, no se menciona con la regularidad que se debe porque es un Quijote que olvida a Sancho para seguir solo su batalla contra los molinos de viento.

En 1963 vienen las "Tumbas" donde demuestra una continuidad en una coherencia interna. Las series, en el trabajo de Roda, son etapas obligatorias que tienen que agotarse; una es el comienzo de la otra, o en algunos casos la contradicción de la siguiente, pero todo tiene una lógica que conlleva una cohesión en el color, una sugerencia en la forma, una transformación de algo concluido. En estas "Tumbas" el gesto se anarquiza ante la situación imaginaria, mantiene la distancia de unos espacios cargados de emoción que van desde la magia de un fondo insondable hasta la arbitrariedad de un gesto puntual en la superficie. Entre estos dos planos existe una variedad de momentos intermedios, tensiones que están entre un orden racional que van construyendo y un impulso vital que deshace. Es, pues, un trabajo de construcción arbitraria y, al mismo tiempo, una manera de mostrarse que pinta para seguir de cerca una frase de Andre Gide que ha estado siempre en su memoria: "Quisiera a lo largo de mi vida, producir un sonido puro, íntegro y auténtico".

El año 1965 es tiempo de rupturas, porque dentro de su filosofía impera la regla de no seguir los arquetipos. Roda vuelve a la figuración, pero ya no la remonta desde su óptica picassiana del principio sino que involucra todo un camino recorrido y pinta a "Felipe 1V". Con esta serie busca unir dos ideales de perfección: el Velázquez que involucra en su pintura la franqueza de sus principios y por eso une la alegría con la melancolía de su verdad y Mozart que logra expresar en sus óperas el sublime espejo del hombre que vive entre dos fuerzas: lo racional y lo emocional. En esta serie convergen dos direcciones en su camino: por un lado vienen los rasgos de una figuración histórica y, por otro, su sentido propio de la pintura. Roda vuelve a ese inquietante mundo del orden, a la disuación de la apariencia, a la búsqueda de un sentido donde el hombre adquiere una otra dimensión en la figura humana. Se trata de ponerle un orden más formal a la mancha y una contundencia al desenvolvimiento del color que se enfrenta a la horfandad. La de la vida que se pierde entre la razón y cada una de las dudas.

En los "Escoriales" como en los "Felipes" está presente la España que en la lejanía evoca y rechaza, porque el arte de Roda transforma al mundo para devolvernos una interpretación que supone rompimientos: el orden de la vida y el del peso de la historia.

En su obra existen varios autorretratos -el primero fue en 1967-, que como muchos de los que ha realizado, intentan rescatar un sentido próximo de la intimidad. Buscan un espejo expresivo. Una sombra, un testigo. Roda quiere captarle el sentido de ser hombre a la máscara de la apariencia e interpretarla dentro de una pincelada tan libre como intempestiva. "La vida no es nunca lo que uno cuenta, es más lo que uno sueña. Es verdad y no, además tampoco importa", anota Roda. En eso insistencia por la relatividad de los valores, se entiende como uno de sus escritores preferidos es Onetti, el que ratifica siempre las contradicciones y asegura, al final, el inevitable fracaso. En ese camino hasta la vida misma es un acierto y un error. Error que avanza en el tiempo entre una alegría melancólica y una tristeza feliz.

Vemos cómo en cada etapa Roda se afirma ante la convicción de que la modernidad se conquista dentro de sí mismo y de lo mano de un sentido de la libertad. Al mismo tiempo, insiste en que su pintura sea sobria, que se controle, que sea rigurosa y para ello la somete a la inquisición de sus valores. No es un fanático de la técnica, pero sí un vigilante severo de sus testimonios. Roda va creando un "informalismo" muy personal al que no le interesan las huellas de la superficie pero sí lo conciencia de la profundidad.

También realiza una serie de "Cristos", lo imagen mística de un hombre, un torso lacerado por la pintura misma, una cabeza doliente. Son todos la proyección de la pintura que interpreta, en sus propios términos, el drama. En la década de los sesenta, ya existen para Roda muchos caminos. Aparecen "Las Ventanas de Suba", un pretexto local para buscar lo universal. Aquí incorpora una nueva sensación espacial encajada en la geometría de líneas rectas donde se desarrollan dos espacios: el de la intimidad y el que lleva el presentimiento de un paisaje. Se trata de una época en la que dice y omite, afirma y duda. Es una pintura llena de ausencias y presencias. Y van los cambios a irrumpir su corta calma para que la inquietud le permita sorprenderse. El gesto se retrae para que la geometría marque la ambigüedad. Continúa la pincelada larga, siguen las atmósferas densas cargadas de vivencias, las manchas se esparcen y se recogen en esas supuestas nubes que, de todas formas, llevan presagio de tormenta.

Lo importante para Juan Antonio Roda es que se digan cosas: a los gritos o en silencio pero, lo fundamental es que el hombre explique cómo transcurre la existencia.

En su eterna búsqueda por la sorpresa y en esa ruta en la que tiene un solo punto de partida: llegar a sí mismo, en la década del setenta abre intempestiva y definitivamente una nueva puerta que será también fundamental en su carrera artística: el grabado. Aparece una nueva faceta en el intento por incorporar al lenguaje otra técnica, la exactitud de otro método. Por eso cada aspecto de su trabajo tiene estilo propio, reglas, argumentos y propósitos. En su obra, el grabador y el pintor son seres independientes que difieren. La conexión entre los dos es el artista y su capacidad expresiva. Y el resultado es siempre una acumulación de experiencias que buscan agotar una obsesión temática que sólo se libera cuando se terminan las vivencias de una conducta que sólo ha mantenido una regla: mantener la integridad.

Aparece en el grabado el intento de una nueva forma de contar lo que se siente; hay una búsqueda por incorporar el detalle definido dentro de una figuración libre. El camino definitivamente se abre, pero no ante una disyuntiva sino en la posibilidad de una firme dualidad. En el grabado todo sucede ante una quietud inverosímil, agresiva, melancólica, onírica. Entra, si así lo podemos llamar, en una etapa surrealista, pero esta inquietud proviene más de una presencia cinematográfica como la de Buñuel que de una referencia pictórica. Las imágenes son símbolos que se desarrollan simultáneamente en diversos espacios. La luz penetra. La oscuridad se reafirma.

Roda se dedica una década casi exclusivamente a ser grabador. De un retrato anónimo que se encontró salió el comienzo de la serie "retratos de un desconocido" en 1971. "Risas" fue la segunda serie que vino de la realidad contemporánea como signo de una circunstancia. "El redescubrimiento de la risa, su invención como emblema plástico se derivan de la fotografía y, principalmente, del cine. Esto lo expresa ejemplarmente el nombre de un dentífrico: el Close Up de la risa -una revelación iconológica- se degradó rapidísimamente y el descubrimiento social se convirtió en una obligación social y profesional; la risa del hombre público es tan vacua, como la de los modelos que semanalmente enseñan dientes idénticos en las portadas y en las páginas interiores de centenares de publicaciones idénticas a lo ancho del mundo" (2). También seguramente viene atrás esa reflexión de la risa de Baudelaire donde existe esa pauta irremediable del hombre como único animal que se ríe de sí mismo. Las "Risas" las realizó en 1972. En la medida en que Roda se iba integrando a la técnica, su compromiso fue aumentando en una época donde lo reconocido social y comercialmente era el óleo. Pero lo importante era ir a contramano. De una serie de cuadros coloniales incompletos sobre unas religiosas pintadas en el sueño eterno se derivó "El delirio de las monjas muertas" en 1973-1974 donde Roda une, como siempre, la historia del arte con una circunstancia casual para crear su versión esta vez humana e irreverente sobre la condición religiosa y la renuncia al cuerpo. Seguramente santa Teresa de Jesús y san Juan de la Cruz son parte simbólica de esta reflexión onírico-sexual que está presente. La serie de "Amarraperros" se realizó entre 1975 1976, parte de la imagen de sus propios perros y sigue hasta la transformación de ellos en hombre, la "Metamorfosis" de Kafka con la dignidad del que se autoestima y se degrada. "Es un rostro que se está transformando en otro rostro; el hombre se convierte en perro o a la inversa; un efecto que transcurría en unos cuatro largos o precipitados segundos pero que, justamente, es algo irrevocablemente fuera del alcance de la pintura, que dispone bien de un solo segundo, bien de la eternidad, pero jamás el tiempo en decurso y cuyo privilegio trágico es configurar, para siempre, el mismo río. A lo que Roda se empeña en no acceder: Amarraperros No.11 no es una autorretrato, es una autobiografía..."(3). En 1978 vinieron los "Castigos" que son una consecuencia de la serie anterior. Es una mirada a la condición humana, es un nuevo desafío a la técnica -aguafuerte y aguatinta- y otra propuesta donde la simultaneidad de los espacios permite que varios hechos se desarrollen mientras la realidad visual se transforma fundamentalmente en una versión radical sobre la palabra castigo y la representación moral que degrada. La 'Tauromaquia" es una versión distante de la fiesta brava, pero es a través de ella en la que Roda recoge de nuevo a españoles que han estado cerca de su mundo; Goya y Picasso para dar su versión segmentada ante el horror a la muerte. Ante el espectáculo frío donde se arriesga la vida y se define la muerte. Como en casi todos los grabados existe la tensión de la violencia agresiva, la de unas fuerzas gráficas que dejan el rastro de un duro desgaste emocional. Todas estas son etapas rigurosas que se desarrollan desde el blanco hasta el negro. Son narraciones espaciales simultáneas, códigos de violencia, historias compartidas en el arte con el rigor de la inteligencia y el sentido poético. Ellos dos equilibran y producen esa inquietante combinación de libertad onírica y comentario crítico.

Aparece un momento en el que se podría hablar de un paralelo entre el grabado y la pintura en la serie que le sigue a todo este trabajo: "Los objetos del culto" que lo produce a finales de los setenta. Es una pintura que insiste en la figuración cargada de elementos iconográficos que fueron utilizados en los grabados. Pero esta vez, el reto es otro muy distinto. Los óleos insisten en una reflexión de la superficie donde a veces hasta el lienzo cuenta, aparecen el rompimiento agresivo de espacios a través de una cuerda, una sombra, una tela. La abstracción queda unida a una marcada figuración pero donde el trabajo con el óleo supone otro punto de partida y de llegada.

Como romántico que es Juan Antonio Roda, siempre está en la búsqueda continua no sólo del encuentro de una nueva imagen y la necesaria representación formal sino que a través de ella muestra la razón interior de las cosas.

En 1984-1985 Roda vuelve al grabado. Esta vez el tema es la "Flora" que son símbolos únicos de circunstancias, son flores humanas, agresivas donde el desarrollo de la forma se va planteando paulatinamente. Allí busca la intensidad de una línea, busca el orden de una figura que se va construyendo ante el asombro su propia perturbación.

116.
Autorretrato
1979
Tinta sobre papel
26 x 40 cm
Colección particular

Y en 1986 el artista viene después de una pausa diplomática a su mundo de Suba. Vuelve depurado de la nostalgia española que recorrió con insistencia y llega de Barcelona con la naturaleza entre las manos. Entonces aparecen las "Flores" donde realiza un salto monumental en su trabajo. Su pintura se abre para no reproducir la naturaleza sino para crear nuevas sensaciones. Con un tema tan recurrente en la historia del arte Roda quiere demostrar que la trivialidad también se transgrede en la búsqueda de una esencia, y lo hace con tal fuerza que le otorga sentido. Sus argumentos pictóricos comienzan en la cotidianidad, las flores van devolviéndole al gesto su capacidad expresiva. Estructura el tema, que en realidad es un simple pretexto, y lo fundamental en las flores es la manera como maneja los espacios y como distribuye el color en un eje céntrico. Espacio que se empieza a "desordenar" en las "Montañas". Las idas y venidas de Roda en su pintura aparece como un acto necesario donde el artista no sólo busca la coherencia interna, sino que se devuelve para verse desde otra perspectiva. Aplica ese juicio crítico severo que la distancia permite. Roda se devuelve no para repetirse. Sino para no perder el rumbo de un ritmo interno que tiene pronombre personal. Es un nuevo tiempo, de colores más claros, atmósferas menos densas, donde la poética cromática es más diáfana o tal vez va menos cargada de circunstancias. Roda habla de la contradicción de la vida misma pero insiste en abrirse a pesar de que en la medida en que se vive, el hombre se da cuenta que las posibilidades se cierran, que la ingenuidad no existe, la liviandad es una característica que ya no tiene posibilidad, la irresponsabilidad fresca sin recovecos no es viable; tanto que con el tiempo la risa se marca hasta en la cara, la mirada se oculta, los gestos se controlan, los sentimientos se niegan, cada palabra es una palabra que se agrega o se arrastra, la tristeza queda pegada al alma. Y mientras la madurez nos va volviendo adustos, Roda cambia. De una poesía cerrada pasa a una menos íntima porque en las "Flores" importa más el gusto mismo de pintar y el secreto que llevan el acento de los colores. De la flor al paisaje es un paso que se puede premeditar. Se ve más lejos, a través de las paredes para sentir la conmoción telúrica de las circunstancias. Y así Roda viene desde las "Tumbas" hasta las "Montañas" (1988) con el mismo presentimiento. Las imágenes pasan, como siempre existe una geometría rigurosa que subyace, hay un ritual de formas que se insinúan.

Así como Klee afirma con gran certeza que "La mano del artista debe ser el instrumento de un pasado distante" en Roda se ve también esa permanente búsqueda por incluir el presente un referente visual. Se a de expresar lo que existe detrás de lo que vemos. Esas moles de tierra esconden todo tipo de fuerzas internas que se presienten. Las "Montañas", como todo en Roda, son ambiguas. Ellas pueden ser el comienzo de un esquema y después vienen otras mil posibilidades como el final de los afectos. Son mundos abiertos a la sensibilidad pero, al mismo tiempo, son cuadros herméticos: ellos mismos se cierran para no terminar en los bordes sino para que cada elemento otorgue una nueva lectura cargada de profundidad. En 1991 llegaron las "Ciudades", otro mundo imaginario entró a hacer parte de esos paisajes ahora, supuestamente urbanos. Son recuerdos de una urbe ancestral, son peldaños arcaicos que se unen a las dimensiones de su pintura para crear nuevamente situaciones imaginarias. Las "Ciudades" son para que las habite todo espíritu perdido entre el marasmo de una existencia, son el refugio de espacios sin tiempo para que la muerte no llegue. Nuevamente hay no presencia de unos colores fríos atados a los cálidos. Desde las "Flores" Roda es más un colorista. Las manchas son más vivas, los tonos más humanos, la tragedia más límpida. Todo dentro de ese torbellino en el que el artista se apodera de la materia, y con ella entonces, expresa la realidad que atraviesa laberintos internos para que sea una experiencia inagotable, la que dicte unos preceptos y donde realmente intervenga el espíritu universal de los hombres.

(texto inédito, escrito con motivo de la presente exposición por invitación de la Subgerencia Cultural del Banco de la República)

 

1
Marta Traba, "Historia abierta del arte colombiano", Bogotá, Intituto Colombiano de Cultura, 1984, pag. 33.
2
Hernando Valencia, "Juan Antonio Roda. Obra gráfica 1970-1981", Bogotá, Carlos Valencia Editores, 1982, pag. 12
3
Ibid, pag. 18
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