RAMON TORRES MENDEZ

 

Entre lo pintoresco y la picaresca

BEATRIZ GONZALEZ

 


Conclusión: Originales vivos

Ramón Torres Méndez realizó miniaturas, dibujos, cuadros religiosos, retratos, cuadros de costumbres, paisajes, alegorías, telones y grabados.

Se inició como miniaturista, después de darse cuenta del éxito de Pío Domínguez y José María Espinosa en esta técnica perfeccionada por la Expedición Botánica. Torres Méndez aprendió de la cercana observación, la manera de ver en detalle y en pequeño formato las caras pequeñas y arreboladas de los niños, de las mujeres y los hombres que aparecen en sus obras. Sus obras son el equivalente, en el siglo XIX, de los ángeles, las vírgenes y santos de Vázquez Ceballos. Los lazos de los vestidos, los sombreros y las ruanas, son la correspondencia de los brocados y velos de Joaquín Gutiérrez del siglo XVIII.

La acuarela es la técnica propia de la miniatura y de las láminas que reúnen arte y ciencia; ya sean botánicas, topográficas o de costumbres. Torres Méndez va conociendo a medida que trabajaba, las posibilidades de esta técnica: del registro reducido de colores que utilizaba en las miniaturas, amarillo, blanco, azul y negro, pasó en los cuadros de costumbres, a una gama más rica que combina tonos refinados como el rosa, celeste y verde pálido, con los colores vivos de los trajes que usaba el pueblo: el azul añil, el rojo y el negro.

En las miniaturas, se observan toques cortos, pero en las láminas de costumbres superpone, con pinceladas anchas, capas de color transparente. Se abstiene en gran medida a utilizar el blanco y aprovecha las posibilidades del papel blanco para dar luz.

Torres Méndez aprendió a dibujar viendo en los libros obras de los grandes maestros, Rafael, Miguel Angel, Murillo, etc. Inspirado en ellos, indistintamente utilizó la línea cerrada, que pasa más fácilmente a la piedra litográfica, como en la lámina El sillón, montura de mujer del campo y la línea casi taquigráfica como en el boceto que presenta una escena de un entierro, en el que mujeres desesperadas llevan el cadáver en una sábana.

Torres Méndez se consideraba retratista: a través de los avisos de prensa se observa este interés particular: "Semejanza infalible, Ramón Torres Méndez retratista y pintor, ejecuta cuadros de todo género y hace retratos al óleo, garantizando la más perfecta semejanza [...] [19]. "Ramón Torres Méndez, retratista y pintor avisa: que por falta de tiempo y por razones de salud no retrata sino originales vivos [20]. Esta última parte del aviso manifiesta una actitud en contra del retrato a partir del daguerrotipo que tanto se anunciaba en esa época, además de una voluntad de pintar "según la naturaleza".

No sucedió lo mismo años más tarde, cuando en la década del sesenta debió reflexionar sobre la utilidad de la fotografía en estos menesteres. Las noticias que incluye Gabriel Giraldo en Notas y documentos para el estudio del arte en Colombia", sobre el retrato de la madre de Bendix Koppel, demuestran que había partido de una fotografía: "Se parece tanto, tanto, que me imagino que vive y no puedo comprender que el artista no la haya conocido [...]. Es tan semejante que si la finada hubiera sido retratada en su vida de uno de nuestros grandes artistas, no podría haber sido la semejanza mejor [21]". Aunque con motivo de este retrato hubo un juicio de un artista alemán bastante desalentador con relación al oficio del pintor santafereño, "el colorido de la cara que es bastante monótono", "le falta relieve en el cuerpo", "redondez", "la ropa demasiado plana", alguna mano no muy académica y la luz enteramente falsa, es indudable que Torres Méndez debió agradecer estas críticas y tenerlas en cuenta, como lo demuestra el retrato de Roberto Bunch realizado en 1872.

Los cuadros de costumbres que participaban de la miniatura, de la acuarela, del dibujo, eran también retrato y estos originales sí eran a lo vivo: tan vivos, que sus modelos se encuentran aún por las calles de Bogotá y en el campo; hombres, mujeres, niños, burros, mulas, angarillas y cargas que por su posición y colorido recuerdan el artista a cien años de su muerte.

Torres Méndez demostró, a través de su vida, interés por el grabado: en 1837 fue aceptado en las clases que dictó el grabador Lefevre en la Casa de Moneda; aceptó de buen grado todas las propuestas de los venezolanos Jerónimo y Celestino Martínez; realizó grabados con Ayala y Medrano y, por encima de todo, comprendió la técnica litográfica al elaborar sus láminas: el paso de la acuarela al grano litográfico, las degradaciones y curvas de los bordes, según la litografía de moda.

Presenta las figuras, según la tradición de los cuadros de costumbres, para que cumplan una función científica y se adapten al proceso de grabado: los personajes dominan el cuadro. En algunas láminas, las figuras se deslizan por las laderas, por las calles y en otras están presentadas en un primer plano estáticas o en plena acción; en el segundo plano recurre al efecto de una acción complementaria. En El matador de cerdos, un hombre aviva una hoguera, en El mulero antioqueño, unas mulas con cargas cruzan un río. La habilidad de los segundos planos, el tono rebajado trabajado en una exquisita acuarela translúcida, demuestra su talento. El fondo está dado por un paisaje apenas insinuado y sin definición de especies botánicas. Por esta actitud frentea la naturaleza, se ha afirmado que su interés es el paisaje humano.

La forma de presentar los cuadros de costumbres, forma proveniente en gran parte de la influencia de Humboldt, le dio rigidez y espectacularidad a ciertas láminas, v.g. La conducción de muebles o El ollero de Tocancipá. La técnica de la litografía esquematizó muchas de sus obras. Estas dos exigencias, una formal y otra técnica, le restan realismo a sus obras.

Torres Méndez entendió el sentido de serie y de multiplicación de la imagen de su país; por ello hasta el fin de su vida aceptó colaborar en varias publicaciones.

Los pioneros de la prensa ilustrada en Colombia fueron un grupo de venezolanos ilustres, que con el entusiasmo de Manuel Ancízar, fundaron periódicos, imprentas y talleres litográficos, en las décadas del cuarenta y cincuenta. Los hermanos Jerónimo y Celestino Martínez fueron los impulsores de Torres Méndez desde el periódico El Museo. Tenían conocimientos adquiridos en Thíerry Freres, París, y la práctica en publicaciones como El Progreso de Caracas y El Neogranadino de Bogotá. Sin ellos, es posible que Torres Méndez no hubiera llegado a su cabal desarrollo artístico, ni su arte tuviera el actual prestigio. La edición de E. V. Sperling, de Leipzig, de 1910, después de su muerte, y las continuas ediciones a lo largo del siglo son prueba de ello.

Durante su vida Torres Méndez demostró un carácter tradicionalista. Su sentido familiar le impidió separarse, primero de sus padres y después de su esposa, para recibir formación en Europa según los ofrecimientos generosos de su primer jefe de trabajo, el tipógrafo inglés Fox, cuando estaba muy joven y del Barón Gros en 1830, cuando ya tenía treinta años. Formó con sus hijos una especie de taller familiar semejante a los de la colonia; sus hijas Adelaida, Clementina, Avelina, y su hijo Francisco participaron en las exposiciones de arte; según un acta "su padre debe sentirse muy complacido una vez que ha podido ver el fruto de sus desvelos en la enseñanza de sus hijos".

No debió gozar de muy buena salud Ramón Torres Méndez: había sido herido en 1831 en la batalla del Santuario, y sufrido viruelas, como puede deducirse de su retrato; en algún aviso hay alusiones a su mala salud y a la imposibilidad de publicar un grabado porque el pintor está enfermo. Estas circunstancias y el fervor por la familia hicieron que dentro del círculo estrecho de la sociedad santafereña permaneciera aún más restringido.

Practicó la enseñanza en colegios particulares y en la Universidad Nacional; aparece vinculado a una academia de arte privada que se fundó en 1845; fue jurado en un salón de arte en homenaje a Bolívar pocos años antes de su muerte. Estos datos nos hablan de su interés por la difusión de las artes.

Preocupado por la suerte de las pinturas y tallas que pertenecían a los conventos y que estaban abandonadas después de la expulsión de las comunidades, solicitó permiso al gobierno para protegerlas en un museo. Se le destinó para ello el convento de Santa Inés y allí hizo las veces de director y conservador; gracias a él más de sesenta pinturas de Vázquez Ceballos y de otros artistas sobrevivieron a los desastres de las guerras civiles.

Esta actitud de preservar el patrimonio nacional es aclaratoria respecto a la parte más importante de su obra, los cuadros de costumbres. Es cierto que estas obras son consideradas menores si se las compara con obras de gran formato que representan desnudos, cuadros religiosos, alegorías, paisajes y retratos. Los artistas colombianos del siglo XIX sólo realizaron obras menores, pero, como Torres Méndez, se las arreglaron para decir dentro del género cosas tan importantes para la historia que sin ellas no tendríamos mi memoria, ni identidad.

Retrato de hombre, 1837. Acuarela sobre marfil.

 

 

Retrato de señora, 1834. Acuarela sobre marfil.

 

19. El Neogranadino 1849 mayo 31, año II pág. 104.

20. El Neogranadino 1848 noviembre 18, año 1 pág. 128.

21. Gabriel Giraldo Jaramillo, op. cit., págs. 365-366.

 

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