Los ajedrecistas siempre suponen que el oponente va a hacer la mejor jugada, no la peor. Dos libros que dicen lo mismo, son el mismo libro, si quieren usar una metáfora borgiana. Dos personas que piensan exactamente igual son la misma persona y no hay diálogo posible, más allá de un coro monotónico. Ni siquiera podría ser un canon. Un mundo de consenso total es un universo muerto, congelado. Por eso las dictaduras son intelectualmente estériles. O mejor, en los actos de resistencia contra ellas emerge la verdadera cultura.