Ángela Restrepo Moreno y el hongo misterioso

Tipo: 

N° revista: 

Boletín Cultural y Bibliográfico 96

Tema: 

Autor: 

Una guacamaya llega como Pedro por su casa a la terraza del apartamento de la científica antioqueña Ángela Restrepo Moreno. Se posa en la baranda y nos mira, como saludando y reclamando al mismo tiempo. Ahora son dos. Interrumpen las horas de conversación que llevamos esa tarde. Soy una afortunada, pienso, por ser testigo de su emoción que me contagia con facilidad. Les damos la bienvenida. Cada una se gana un buen pedazo de plátano.

Esta microbióloga de ochenta y tantos años ha montado en la terraza de su apartamento una “selva”–a la que hay que entrar con machete, exageran sus amigos y colegas– para recibir permanentemente la visita de azulejos, canarios, colibríes, guacharacas, pájaros carpinteros. Es un homenaje a su padre, don Gabriel Restrepo, quien disponía todo en el jardín de su finca para que llegara la mayor cantidad de aves de la región. Ella hace lo mismo en su terraza y se siente acompañada en medio de su aparente soledad. La doctora Angelita —no puedo decirle solo Ángela, pero tampoco puedo dejar de tutearla— trabaja en su computador con ellas revoloteando a su lado. Las alimenta con pedazos de fruta y granos de arroz. Ellas lo agradecen. Son su compañía después de toda una vida rodeada de jóvenes investigadores en la sede del Laboratorio de Micología de la Corporación para Investigaciones Biológicas (CIB), donde trató de conocer un hongo que aún la desvela por su capacidad de esconderse. “Es inteligentísimo”, me dice, porque si bien pudo descifrar muchos de los misterios de este hongo de nombre impronunciable —enigmático y repelente—, él le puso todas las trampas cuando trató de encontrar su dirección de residencia. “Aún no sabemos si está en el aire, en el suelo, en los animales”, pero cuando contagia al ser humano es capaz de matarlo.

Leer texto completo