Bibliofilia y el arte de leer: la biblioteca de Rufino José Cuervo

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Boletín Cultural y Bibliográfico 92. El coleccionismo privado y la preservación del patrimonio cultural

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Mi conclusión es simple: Cuervo se enseñó solo, aprendió en los libros.

Para aprender no se necesitan maestros, libros sí.

                                                                                                                               Fernando Vallejo

 En un reciente artículo publicado en el periódico La Nación, de Argentina, Diego Erlan se pregunta: “¿Adónde van las bibliotecas de los escritores cuando mueren?”. Suscita su inquietud la adquisición, en su país, por parte de la Biblioteca Nacional, de las bibliotecas personales de Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo (párr. 7). Erlan sugiere la importancia del rescate y preservación de este tipo de legados intelectuales y culturales, tanto por su valor histórico, como por todo lo que este conjunto de libros puede producir una vez se ha desprendido de sus dueños. Para ello, se sirve de lo que escribe Ricardo Piglia en sus diarios: "Se puede ver cómo es uno a lo largo del tiempo sólo con hacer un recorrido por los muros de la biblioteca" (párr. 1).

Las bibliotecas de autores y autoras, junto con sus archivos, si los tienen, son una fuente inagotable de consulta e investigación. Existen instituciones que se encargan de velar por este patrimonio, como la Biblioteca Nacional de Colombia, que desde hace más de cien años resguarda una de las bibliotecas más interesantes, la de Rufino José Cuervo  (Bogotá, 1844-París, 1911), de quien se ha dicho llegó a ser el mayor conocedor de la lengua castellana. Su biblioteca, que se conformó como un fondo con su nombre, es una colección que da cuenta de su trayectoria intelectual y académica.

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