El humor que da la tierrita

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Boletín Cultural y Bibliográfico 95

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No es por exagerar, pero en Antioquia se levanta una piedra y sale un comerciante, un cura, un político o un humorista. Esta tierra es propensa, desde tiempos pasados, a que sus habitantes nos creamos o la salvación del país y del planeta, o a pensar, por lo menos, que sin un paisa arrebatado y verriondo no existe la felicidad ni el progreso.

Nacemos los paisas signados por un aura de ventajas ante los demás seres humanos que no tuvieron la fortuna de mamar leche o aguapanela en estas peladas sierras —como dijo el escritor y poeta Epifanio Mejía, cuyo canto es himno—, y de tanto repetirlo nos lo creemos a pie juntillas. “Paisa no se vara”, reza el adagio y para cada momento tenemos uno que brota de la tradición oral: “de eso tan bueno no dan tanto”, “a mí me gusta el chocolate espeso y las cuentas claras”, “píntemela que yo se la coloreo”... Nos vemos obligados a participar en las controversias, a tener la última palabra en todo —aunque no sepamos—, y a sentir que en el teatro tragicómico de la humanidad debe aparecer, así sea de figurante, mínimo un paisa.

Y si estamos en todas partes, en el humor, en el repentismo, en la ocurrencia graciosa, en el doble sentido, nos movemos “como pez en el agua” y no “como caballo en balcón”. La agreste geografía hizo de los habitantes de la montaña seres con cualidades y defectos propios y únicos. Y entre los últimos, la capacidad de burlarse inteligentemente de la vida no abundaba y era más fácil recurrir a la chanza fácil de la exageración. Por eso escribió Emiro Kastos:

En la ciudad de Antioquia crecen espontáneamente músicos y trovadores. El sentido de lo bello, la literatura y las ciencias elevadas no han podido generalizarse mucho en una provincia aislada, con escasas enseñanzas y donde todo el tiempo los absorben las exigencias materiales y la lucha con una naturaleza ingrata. (Kastos, 1858)

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