Helena Groot, la científica de lo invisible

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Boletín Cultural y Bibliográfico 96

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—Capitán, capitán, tiene que devolverse.

—¿Por qué? ¿Qué pasó?

—Porque hay tres personas que no están en el avión. Se quedaron en el aeropuerto de Apiay, y una de ellas es alguien muy famoso que vino desde Estados Unidos.

El capitán mira a su interlocutor, suspira y ejecuta una maniobra de giro de su DC-3 para aterrizar de nuevo en la base militar de Apiay. Allí, los tres pasajeros, que se habían bajado de la aeronave con previo permiso para tomarse una Coca-Cola, miran el cielo entre la estupefacción y la alegría. El suceso se pasa de insólito porque la aeronave en cuestión es de una aerolínea comercial, y en el rezagado grupo no hay ni una estrella del rock, ni un líder político, ni un artista de Hollywood, sino Luigi Luca Cavalli-Sforza, el médico genovés considerado el padre de la genética humana.

Corría el mes de junio de 1988, y Apiay era solo una escala obligada en la ruta, pues el puerto de embarque inicial había sido Inírida, adonde este doctor, profesor de la Universidad de Stanford, había llegado cuatro días antes en compañía de su esposa y una inquieta científica en ciernes: Helena Groot, una bogotana que desde 1984 dirigía —y aún dirige— el Laboratorio de Genética Humana de la Universidad de los Andes. Ella había conocido al reputado italiano durante el VII Congreso Internacional de Genética Humana, en Berlín, donde se le rindió un homenaje especial y en el que ella hizo una presentación de un estudio sobre la susceptibilidad genética de los pobladores de Coyaima (Tolima) hacia la malaria, desarrollado con su amigo y compañero de pesquisas, Álvaro Espinel. Él la había animado a postular su trabajo a aquel foro académico, y contra todas las expectativas este fue escogido para ser expuesto ante el selecto auditorio.

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