La biblioteca de Nicolás Gómez Dávila, el cronotopo de una novela infinita

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Boletín Cultural y Bibliográfico 92. El coleccionismo privado y la preservación del patrimonio cultural

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Una biblioteca es un cronotopo, el cruce espacio-temporal perfecto en el que cómodamente instalados recuperamos el tiempo perdido dialogando sin “estafa” ni “esgrima” con aquellos a quienes admiramos, aun en el desacuerdo[2]. La biblioteca que nos ocupa es la del filósofo bogotano Nicolás Gómez Dávila (Bogotá, 1903-1993), para quien “sólo es transparente el diálogo entre dos solitarios” (SE[1] 82): “aquellos señores” de la biblioteca y el lector. Según una anécdota contada por Diego Pizano (8), Mario Laserna le preguntó en una oportunidad a Colacho (como le decían sus amigos) de dónde venían sus pensamientos, a lo que este le respondió: “una vez surgen ciertos temas, los elaboro de acuerdo con estos señores” y señaló su biblioteca.

Hablamos aquí de dos bibliotecas: una explícita, conformada por 27.582 ejemplares, de los cuales, en 2011, el Banco de la República compró 16.935, y una implícita (Kinzel 22), que contiene la acumulación de un saber humanístico, una combinación infinita de los eternos temas y obras que le siguen diciendo algo a cada presente y a las que Ítalo Calvino llama “los clásicos”. En el caso de Nicolás Gómez Dávila, nos preguntamos: ¿de qué manera ocurre esta intersección entre la materialidad del libro y la posible proyección en un infinito de signos?

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[1]Utilizaré las siguientes siglas para hacer la referencia a las obras de Nicolás Gómez Dávila: EI o EII, en el caso de Escolios a un texto implícito (edición de 1977); NEI o NEII, en el de Nuevos escolios a un texto implícito (edición de 1986) y SE, para Sucesivos escolios a un texto implícito (edición de 1992). Volver arriba

[2]Me sirvo acá una parte del escolio 88 de NE II: “Él hombre no se comunica con otro hombre sino cuando el uno escribe en su soledad y el otro lo lee en la suya. Las conversaciones son o diversión, o estafa, o esgrima”. Volver arriba