Una corriente que no puede contenerse

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La corriente

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Juliana Restrepo. Angosta Editores, Colección Lince, Medellín, 2016, 132 págs.

Una física doctorada en París, madre de dos hijos pequeños y con un trabajo de tiempo completo, se convirtió en la mejor noticia para la literatura colombiana en 2016. Lo fue, gracias a doce relatos trabajados los jueves, día en el que se reunía con el grupo del taller literario del escritor Héctor Abad Faciolince, quien tuvo el tino y el olfato de crear un sello editorial ―Angosta― y de hacer de La corriente su primer libro. Bellísimo, por cierto.

Juliana Restrepo ha afirmado una y otra vez que los cuentos tienen mucho de su vida. Así se presenta en la página 56 la narradora de la mayoría de las historias:

Al principio yo le parecí una criatura demasiado extraña y convencional que quería tener hijos, que se quería casar y ser fiel, que aceptaba de buena gana que los hombres pagaran la cuenta en un bar, que compraba ropa de moda en tiendas. Yo había nacido siendo eso, podía disimularlo, y lo disimulaba para no parecer una burguesita colombiana con alta influencia gringa consumista, claro, pero al final yo también era hija de alguien y esos no habían sido hippies en el 68 y se me notaba.

Cuando esta burguesita narra distintas situaciones de su vida, es cuando La corriente alcanza sus mejores momentos, que, al mismo tiempo, son los mejores momentos que ha pasado el cuento como género en el país en el último tiempo. Al igual que la recientemente renacida Lucia Berlin, Juliana Restrepo brilla cuando el lector intuye que hay algo personal en escena, algo sucio, algo oscuro ―aunque no necesariamente sucio y oscuro―, algo que no se va contando así no más, pero que cuando comienza a contarse es una corriente que no puede contenerse

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