Historia

En la etapa temprana del pionero proceso de industrialización de Me­dellín convergieron diversos factores que dieron impulso a este fenómeno durante el primer cuarto del siglo XX, tales como la acumulación y circula­ción de capital proveniente tanto de la actividad minera, como del desarrollo y consolidación del comercio.

En la investigación existen dos fases distintas, aunque complementarias: el proceso de investigación y el proceso de exposición. La primera fase involu­cra las cuestiones atinentes a la teoría, la práctica, las técnicas y los métodos que permiten abordar una cuestión, y la segunda alude a la presentación pública de los resultados para los lecto­res.

El libro, editado por el historiador Óscar Almario, se compone de ocho capítulos escritos por diferentes auto­res, antecedidos por una introducción del editor. La publicación es el resul­tado de un seminario organizado por la Universidad Nacional de Colombia, sede Medellín, en el que se encontra­ron, en noviembre de 2012, los miem­bros de dos grupos de investigación para discutir sobre “fuentes, problemas e investigación histórica”.

Desde la década de los cuarenta del siglo pasado, una vez terminada la Se­gunda Guerra Mundial, Colombia ha mantenido un contacto permanente con historiadores extranjeros que han venido al país a adelantar, principal­mente, sus tesis de doctorado, y que en un alto porcentaje continúan sus inves­tigaciones y estudios sobre el país. A ellos se les conoce como “colombianis­tas”.

La primera observación que se im­pone al evaluar la obra que nos ocupa en esta ocasión es lo bien escrita que está. En efecto, Contrabando, poder y color en los albores de la República es uno de esos libros de historia que in­cursionan en temas que a simple vista podrían considerarse algo técnicos y tediosos, pero que sorprenden al lec­tor con una prosa amena e impecable que permite leer sus 440 páginas con mucho agrado.

Desde su mismo título, este libro nos ubica en el terreno de los debates del momento sobre historia cultural, ha­ciendo una clara alusión a la obra clá­sica de E. P. Thompson, Costumbres en común. Sin embargo, es necesario no dejarse llevar por este gesto un poco pretencioso del autor y evaluar el texto en su justa dimensión.

En 1735, a bordo del navío El Incendio, donde viajaba una numerosa con­gregación de religiosos de la Com­pañía de Jesús, venían cargados los primeros cajones de letras de imprenta que llegaron al Virreinato de la Nueva Granada.

Erigida como diócesis en 1562 y elevada a arquidiócesis en 1564, la Arquidiócesis de Bogotá, ubicada en la ciudad sede de la Real Audiencia y posteriormente capital del Virreinato de la Nueva Granada, desde su creación se convirtió en la principal silla episco­pal de estos territorios, teniendo como sufragáneos a los obispados de Carta­gena y Popayán, y su influjo se extendió hasta territorios como la actual Vene­zuela.

Orlando Mejía Rivera es bogotano de nacimiento, pero manizaleño de adopción. Formado en la Facultad de Medicina de la Universidad de Caldas, otrora distinguida por ser una escuela de alta cualificación científico-técnica con vocación humanista, hoy en día Mejía Rivera es uno de sus profesores más reconocidos.

No resulta fácil hacer la reseña de una antología, máxime cuando su autor es del siglo XIX, como es el caso del libro que comentamos, que ha sido compilado por el colombiano Ernesto Mächler Tobar, residente en Francia. Se trata de una selección de textos del geógrafo anarquista Élisée Reclus (1830-1905), publicada originalmente en francés, en 2007, y traducida por el escritor Nicolás Suescún, fallecido en el 2017.

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