Novela

El museo de la calle Donceles es una novela que combina el relato detecti­vesco con un relato mucho más íntimo, de tono confesional. Una intimidad cruel se cifra en un incendio, en la re­lación conflictiva entre una madre y su hijo, y en la obsesión con los objetos que vuelven como emisarios de un pa­sado que se resiste a desaparecer.

Mire, persona media; mire, oficinis­ta; mire, colombiano: si anda usted dubitativo con respecto a este libro, que si le gusta, que no, que solo al­gunas cosas, que esta señora habla muchas pendejadas, dese por bien servido por enterarse del significa­do de esta palabra, que muchas per­sonas, lo he padecido a lo largo de mi vida, usan como barbarismo por “grande, descomunal”.

Las cifras históricas del conflicto armado son, hoy en día, de esos datos estimativos, complejos y profunda­mente incomprensibles para nuestra sociedad, vale decir para el mundo entero. La cantidad de muertos, ma­sacres, tragedias, ataques, atentados, secuestros, violaciones... el total de víctimas, desaparecidos, desplazados, traumas individuales y colectivos, he­ridas emocionales... no vale la pena seguir contando.

La novela Sin asombro y sin ira, lo sabemos al final de la misma, es el contenido que se encontraba en el iPhone de Joan Lara, un corresponsal extranjero que ha investigado, como un verdadero detective, los orígenes y los móviles de un crimen. Aunque él muere antes de que el libro aparezca —como parte de lo que es en general una espesa trama—, en el atentado a una caravana militar en la que se movía en ese momento.

“Si usted puede vivir de otra cosa y ser feliz en esa otra cosa, hágala porque esta carrera es muy dura”. Es es lo que Pilar Quintana (1971) aconseja a quien quiera dedicarse a escribir. La perra, su más reciente novela, ha sido muy bien recibida por la crítica y ya tiene una buena cantidad de lectores gracias al IV Premio Biblioteca de Narrativa Colom­biana que en el mes de enero la autora ganó con esta obra.

Al comienzo de la novela, Toño Ci­ruelo aparece en la casa del narrador, Eri, después de veinte años sin saber el uno del otro. Su relación, que se re­monta a los años del colegio, se había mantenido, con intervalos de sepa­ración entre ambos, hasta los treinta años. Tras llegar, Ciruelo le confiesa que ha asesinado a la Oscuranta, o la Indígena, una extraña mujer que fue su pareja, la única relación estable que tuvo en su vida.

En el marco de la Feria del Libro de Bogotá de 2016, se llevó a cabo un colo­quio entre escritores que, de un modo u otro, habían relatado la muerte en sus obras. Entre estos autores se encontra­ba Álvaro Robledo, quien meses atrás había publicado la novela Que venga la gorda muerte.

No es esta la primera vez, ni será la última, que un escritor se valga de la figura de Napoleón para escribir una obra literaria. La fábula del corso, cuyos restos reposan en el corazón de los Inválidos, en París, ha sido recreada y reinventada una y otra vez por plumas tan variadas y autorizadas como las de Balzac, Stendhal, Victor Hugo, Tolstoi, Heine, Byron y Leopardi. Y ahora, Roberto Burgos Cantor.

La odisea de una muchacha llamada Adela, casi una adolescente, sobreviviente de la tragedia de Armero, viuda de la violencia y madre de una bebé enferma, es lo que narra la escritora colombiana Gloria Inés Peláez (Manizales, 1956), en esta, su segunda novela publicada.

En el prólogo de su libro Adiós a los próceres (Grijalbo, 2010), Pablo Montoya dice, entre otras cosas, que “la Independencia colombiana (...) no fue una época sabia y penetrada por la transparencia. La invadieron, al contrario, la torpeza, el delirio, el equívoco y una gama variopinta de valentías”. Y la novela de Juan Álvarez (Neiva, 1978), La ruidosa marcha de los mudos, corrobora plenamente el aserto de Montoya.

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