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A su llegada a Colombia, entre finales del siglo XIX y comienzos del XX, los deportes se definieron como una actividad eminentemente juvenil y, por tanto, símbolo de la juventud colombiana. Así se concibió también durante la primera mitad del siglo XX, de manera que se convirtió en un importante factor de definición de los límites entre el mundo adulto y el mundo de los y las jóvenes.

Dicen que hay muchas formas de ser joven. Antes de la pasada década del cincuenta, era difícil pensar que la juventud pudiera ocupar un lugar en las representaciones sociales, culturales y políticas del país. En Colombia, desde los años veinte, fueron los estudiantes los que hicieron evidente la época más vital del ser humano.

La juventud vive siempre en trance de heroísmo. Es desinteresada, es pura. No ha tenido tiempo aún de contaminarse. No se equivoca nunca en la elección de sus propios maestros. Ante los jóvenes no se hace méritos adulando o comprando. Hay que dejar que ellos mismos elijan sus maestros y directores, seguros que el acierto ha de coronar sus determinaciones.

  A finales de los pasados años sesenta, llegó a la universidad la primera generación de baby boomers (las personas nacidas inmediatamente después de terminarse la Segunda Guerra Mundial). Las facultades de todo el mundo tenían más estudiantes de los que jamás habían tenido.

Con la influencia creciente de la religión y de la Iglesia católica en particular durante la Edad Media, monasterios y catedrales se convirtieron paulatinamente en centros de conocimiento y en lugares de producción y conservación de la palabra escrita. La relación entre libro y clero tuvo su origen en la estrecha dependencia del cristianismo con la palabra escrita, tradición en la que se exigía,

Una biblioteca es un cronotopo, el cruce espacio-temporal perfecto en el que cómodamente instalados recuperamos el tiempo perdido dialogando sin “estafa” ni “esgrima” con aquellos a quienes admiramos, aun en el desacuerdo[2].

Mi conclusión es simple: Cuervo se enseñó solo, aprendió en los libros. Para aprender no se necesitan maestros, libros sí.

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