Artículos

Uno tiene una profesión, pero también tiene una vida”. La voz se escucha apacible, como si lo hubiera pensado mucho antes de convencerse de lo que iba a decir. Sentada en su oficina —donde prefiere pasar el menor tiempo posible—, la bióloga María Cristina Martínez Habibe hace un esfuerzo por recordar cómo empezó todo.

Tiene 60 años, “se noten o no se noten”. Nació en Bogotá. Su familia ha vivido allí casi toda la vida. Durante nuestra conversación inicial, en la oficina del primer piso del Instituto de Genética Humana de la Universidad Javeriana, me contó que estudió primaria en uno de esos colegios “de monjas comunes y corrientes”. Luego, dijo, pasó a uno de monjas teresianas, pero de las seglares que se vestían de civil.

—Capitán, capitán, tiene que devolverse. —¿Por qué? ¿Qué pasó? —Porque hay tres personas que no están en el avión. Se quedaron en el aeropuerto de Apiay, y una de ellas es alguien muy famoso que vino desde Estados Unidos.

No le gustan los laboratorios. Prefiere estar con la gente, con esa a la que quiere ayudar valiéndose de su ciencia. Porque, dice ella, la ciencia, su familia y el prójimo son los tres amores que ha tenido en la vida.

Ahora mismo, dentro de millones de galaxias, hay millones de estrellas embarazadas, acunando celosamente millones de munditos bebés en placentas protectoras de polvo y gas... Ante semejante concepto, ¿cómo no amar la astronomía?

Una guacamaya llega como Pedro por su casa a la terraza del apartamento de la científica antioqueña Ángela Restrepo Moreno. Se posa en la baranda y nos mira, como saludando y reclamando al mismo tiempo. Ahora son dos. Interrumpen las horas de conversación que llevamos esa tarde. Soy una afortunada, pienso, por ser testigo de su emoción que me contagia con facilidad. Les damos la bienvenida. Cada una se gana un buen pedazo de plátano.

“El Loco”, como le decían desde los catorce años, nació el 15 de agosto de 1934 en Bogotá. Pasó por trece colegios, entre ellos el San Bartolomé en Bogotá, y no se graduó nunca. Su indisciplina e insolencia hicieron que a lo largo de su vida escolar se enfrentara a todos sus maestros, incluso a los golpes. Nunca sacó buenas notas, pero sobresalía por su inteligencia.

Las columnas de Alfonso Castillo Gómez (1910-1982) aparecieron entre los años cincuenta y ochenta en El Espectador, la revista Diners y el periódico El Vespertino. Fueron casi tres décadas de notas que hicieron reír a los lectores de sus propias costumbres: algunas ridículas pero normales, otras insólitaspero arraigadas.

Porque una rara y feliz intuición del fiero adelantado Jiménez de Quesada lo impulsó a fundar a Santa Fe de Bogotá justamente 375 años antes de que tuviera lugar la gentil ocurrencia de mi nacimiento. Nací en un día desapacible y frío como todos los que forman el acervo de la historia municipal de la ciudad.

A diferencia de la caricatura, que forma parte integral de la prensa escrita colombiana desde los tiempos de la Regeneración y a propósito de la cual podrían citarse centenares de ejemplos y plasmarse gran cantidad de perfiles, el humor escrito no cuenta con muchos exponentes en la prensa bogotana, aunque los ha habido, los hay en la actualidad, y algunos de ellos han sido y son de gran relevancia en la historia y el presente del periodismo colom

Páginas

Suscribirse a Artículos