Reseñas

A lo largo de toda la obra de Jorge Cadavid (Pamplona, 1963), el contacto entre ciencia y arte ha sido una de sus constantes. Desde el Diario del entomólogo (2003), pasando por Herbarium (2011) hasta Los cuadernos del inmunólogo Miroslav Holub (2016), ha sabido unir ambas disciplinas.

Para dar entrada a El libro de las paradojas, y jugando con el conjunto de poemas, Luis Fernando Macías, narrador, poeta y ensayista antioqueño, convoca en tres epígrafes a Jorge Luis Borges, Aristóteles y León de Greiff. Al incluirlos, los reconoce como puerta de entrada y sustenta su propuesta ceñida a esa figura literaria y de pensamiento, que desde tiempos antiguos invita a la reflexión.

Cuaderno de 17 x 24.5 centímetros, 48 páginas, 100 gramos. Amplias solapas. Guardas a color. 700 ejemplares. Selección realizada por la autora. Trece poemas sin título. El índice da los comienzos. Otros se enumeran en romanos. Ha publicado diez libros de poesía en diversas editoriales nacionales y extranjeras. Y ha obtenido premios.

Con excepción de Suenan timbres (1926) de Luis Vidales, se ha dicho que en Colombia no hubo vanguardia. En efecto, mientras en otras latitudes del continente se asistía a una renovación sostenida del lenguaje y otras búsquedas estéticas, el país seguía anclado a un modernismo tardío, sumergido en un matrimonio, casi indisociable, con la tradición española.

En mayo del 2016, en Bogotá, murió Fernando Soto Aparicio, uno de los más prolíficos autores de los que haya tenido noticia la literatura nacional. Con cerca de setenta libros publicados, entre novelas, ensayos, cuentos y poesía, pocos autores pueden contar como él con una obra tan copiosa. Sus libros fueron durante años, materia obligada de lectura en colegios y universidades de todo el país, e ignoro si también en otras latitudes.

No es esta la primera vez, ni será la última, que un escritor se valga de la figura de Napoleón para escribir una obra literaria. La fábula del corso, cuyos restos reposan en el corazón de los Inválidos, en París, ha sido recreada y reinventada una y otra vez por plumas tan variadas y autorizadas como las de Balzac, Stendhal, Victor Hugo, Tolstoi, Heine, Byron y Leopardi. Y ahora, Roberto Burgos Cantor.

La odisea de una muchacha llamada Adela, casi una adolescente, sobreviviente de la tragedia de Armero, viuda de la violencia y madre de una bebé enferma, es lo que narra la escritora colombiana Gloria Inés Peláez (Manizales, 1956), en esta, su segunda novela publicada.

En el prólogo de su libro Adiós a los próceres (Grijalbo, 2010), Pablo Montoya dice, entre otras cosas, que “la Independencia colombiana (...) no fue una época sabia y penetrada por la transparencia. La invadieron, al contrario, la torpeza, el delirio, el equívoco y una gama variopinta de valentías”. Y la novela de Juan Álvarez (Neiva, 1978), La ruidosa marcha de los mudos, corrobora plenamente el aserto de Montoya.

Para realizar esta reseña sobre la primera novela del bogotano Juan José Ferro, me ha parecido prudente seguir la estructura sucinta que aconseja Darío Jaramillo: el reseñista, recomienda el poeta, “debe decir qué tiene un libro por dentro, quién o quiénes lo escribieron, a qué se parece —qué libros hay semejantes o complementarios—, cómo le parece el libro al reseñista y por qué”.

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