Reseñas

...Y el arroyuelo azul en la cabeza, an­tología preparada por Miguel Méndez Camacho, nos introduce en la poética compleja de Eduardo Carranza (1913- 1985).

No cabe duda sobre el acierto del tí­tulo de este libro de poemas, Moradas interiores, y la sintonía de las cuatro vo­ces que componen. Hay en el conjunto una comunicación profunda entre sus autoras, en la que se establece una di­námica que habla desde lo más interior y se concentra en esa morada del ser que es la palabra.

El título es sugerente: un canto en el umbral debe de ser un borde en donde se sitúa el poeta para nombrar y nom­brarnos; renuevo del lenguaje, arista, filo, margen y orilla. Punto de partida y de llegada.

Elegante suena decir que se ha nacido en Santa Catalina de Alejan­dría. Solo una persona ha nacido en ese lugar, el poeta colombiano Rómu­lo Bustos Aguirre, y hay que agregar que es colombiano, porque sus otros paisanos nunca agregan su lugar de nacimiento, Alejandría, el nombre de la ciudad egipcia del faro y la biblioteca destruidos donde viniera al mundo el poeta Constantino Cavafis.

El museo de la calle Donceles es una novela que combina el relato detecti­vesco con un relato mucho más íntimo, de tono confesional. Una intimidad cruel se cifra en un incendio, en la re­lación conflictiva entre una madre y su hijo, y en la obsesión con los objetos que vuelven como emisarios de un pa­sado que se resiste a desaparecer.

Mire, persona media; mire, oficinis­ta; mire, colombiano: si anda usted dubitativo con respecto a este libro, que si le gusta, que no, que solo al­gunas cosas, que esta señora habla muchas pendejadas, dese por bien servido por enterarse del significa­do de esta palabra, que muchas per­sonas, lo he padecido a lo largo de mi vida, usan como barbarismo por “grande, descomunal”.

Las cifras históricas del conflicto armado son, hoy en día, de esos datos estimativos, complejos y profunda­mente incomprensibles para nuestra sociedad, vale decir para el mundo entero. La cantidad de muertos, ma­sacres, tragedias, ataques, atentados, secuestros, violaciones... el total de víctimas, desaparecidos, desplazados, traumas individuales y colectivos, he­ridas emocionales... no vale la pena seguir contando.

La novela Sin asombro y sin ira, lo sabemos al final de la misma, es el contenido que se encontraba en el iPhone de Joan Lara, un corresponsal extranjero que ha investigado, como un verdadero detective, los orígenes y los móviles de un crimen. Aunque él muere antes de que el libro aparezca —como parte de lo que es en general una espesa trama—, en el atentado a una caravana militar en la que se movía en ese momento.

“Si usted puede vivir de otra cosa y ser feliz en esa otra cosa, hágala porque esta carrera es muy dura”. Es es lo que Pilar Quintana (1971) aconseja a quien quiera dedicarse a escribir. La perra, su más reciente novela, ha sido muy bien recibida por la crítica y ya tiene una buena cantidad de lectores gracias al IV Premio Biblioteca de Narrativa Colom­biana que en el mes de enero la autora ganó con esta obra.

Al comienzo de la novela, Toño Ci­ruelo aparece en la casa del narrador, Eri, después de veinte años sin saber el uno del otro. Su relación, que se re­monta a los años del colegio, se había mantenido, con intervalos de sepa­ración entre ambos, hasta los treinta años. Tras llegar, Ciruelo le confiesa que ha asesinado a la Oscuranta, o la Indígena, una extraña mujer que fue su pareja, la única relación estable que tuvo en su vida.

Páginas

Suscribirse a Reseñas