Reseñas

José Manuel Arango (El Carmen de Viboral, 1937 - Medellín, 2002) es autor de una obra poética escasa, si se quiere. Cinco libros publicados y uno póstumo. Pese a lo cual es, sin duda, una de las voces más atendidas de la poesía colombiana. Esa importancia, tal vez, se acrecentó después de su muerte en 2002.

El prólogo de la reconocida escritora uruguaya Ida Vitale termina diciendo que la obra “debe ser recibida como una lección de humildad que generosamente inventa el mundo”. Vea usted. Dividida en dos partes, la primera se titula “No de sombras” (?) y la segunda “Mover ciudades”. Facilito.

Como parte la colección Poesía Ilustrada de La Jaula Publicaciones, premiada por el Instituto Distrital de las Artes (Idartes) con la Beca para Proyectos Editoriales y Emergentes en Literatura, de su Programa de Estímulos en 2016, aparecen tres mínimas plaquettes en las que escritores e ilustradores colombianos comparten su obra desde el libro como propuesta experimental.

Volver al oscuro valle es un eslabón más en la dilatada pero consistente trayectoria narrativa de Santiago Gamboa, que en esta novela retoma, perfila y exprime algunos de los temas ya habituales en su obra y que le señalan como un verdadero autor dentro del panorama de las letras colombianas.

Hace poco encontré, releyendo textos guardados para cuando falta inspiración, una de las columnas de Leila Guerriero en el diario chileno El Mercurio: “Leer y olvidar”. En ella, Leila habla de lo humillante que puede ser pasear por el metro o por la calle con un libro que, por su título y carátula ilustrada, puede dar la idea de que uno tiene una vida espantosa y lo lee para tratar de conseguir una mejor.

Esta última novela de Cárdenas —la primera a la que se consagra tanta atención— es un plausible artefacto literario, tanto por la sencillez que caracteriza su armazón y su lenguaje, como por los elementos de reflexión que integran los temas tratados.

“He conseguido un escalofriante retrato de mis papás que no había visto jamás, entendí dónde empieza la historia”, dice, apenas en la segunda página, el narrador de la novela Historia oficial del amor, de Ricardo Silva Romero (Bogotá, 1975). El narrador se llama, igual, Ricardo Silva Romero, pero no puedo aludir a él como autor dentro de la novela, dado que el libro es presentado como tal y, en consecuencia, es una ficción, como buena novela.

Luego de mirar a la muerte a los ojos, Julián Rodríguez, un zipaquireño de 31 años, compró un jeep Willys del año 1945, lo restauró y junto a su novia Lorena emprendió un viaje que los llevaría por todos los países de Suramérica y les tomaría más de diez meses.

La historia de Criacuervo, la segunda novela del cartagenero Orlando Echeverri Benedetti, sucede en un desierto abstracto y en otro literal. Contada en cuatro partes, la novela se ocupa de los momentos críticos en la vida de los hermanos Zweig. Adler, el menor, vaga por un desierto emocional, mientras que Klaus vive estancado en un desierto real. Extraños entre sí, los hermanos viven esperando a que sus vidas cobren algún significado.

Difícil no pensar en libros similares cuando se halla una novela tan especial como Animales del fin del mundo, de la bogotana Gloria Susana Esquivel (1985). Lo digo porque hace poco leí con regocijo Paraíso inhabitado, de Ana María Matute.

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