Cuentos a Sonny

 

Fecha de Publicación: 
1907-01-01
Ficha: 
Sin ficha

El Arroyuelo

EL ARROYUELO
 

Sonny andaba cogiendo flores por la ladera. Medio ocultas entre el césped veíanse flores blancas, azules y amarillas.

Al arrancar una pequeñita, sintió en la mano algo como una caricia, como cuando el perro se la lamía. Miró y vio un hilito de agua que manaba del suelo y centelleaba a la luz del sol.

-Buenos días, arroyuelo -dijo Sonny.

-Buenos días, Sonny -le contestó el arroyuelo. Esa inesperada respuesta no dejó de causarle admización a Sonny por algunos instantes.

- ¿De dónde vienes? -preguntó el niño.

-De las entrañas de la tierra.

- ¡Las entrañas de la tierra! ¿Y qué es eso?

-De debajo del suelo; hondo, muy hondo.

- ¡Ah! ¿Es bonito allá?

- No; es oscurísimo, horroroso, y no sabe uno por dónde anda. Y está uno siempre entre rocas enormes, y rendijas estrechas, y grandísimas cavernas negras, donde el viento da gemidos al soplar y donde se oyen ruidos que ponen miedo.

- ¿Y cómo saliste de allá?

-Como ya había estado antes acá arriba, sentía deseos de volver a ver el sol, y el cielo, y los árboles, y las flores, y todas estas lindas cosas; así fue que apenas vi un rayito de luz me fui yendo tras él, tras él, y... y aquí me tienes.

- ¿Vas a quedarte aquí?

- ¡Oh no!, tengo que ir a donde me lleva la colina.

- ¿La colina? Ella no te llevará a ninguna parte, porque no se mueve.

-No se mueve, pero se inclina y me hace rodar.

Entretanto, el arroyo había ido formando un pozo; luégo desbordó y empezó a fluír lentamente, detenido a cada instante por las piedras, las ramas caídas y los montículos de tierra. Pero él desbordaba por encima después de algunos instantes, o torcía el curso por un lado, andando siempre hacia abajo.

Sonny seguía detrás, notando que el arroyo iba creciendo a medida que otros arroyos se le juntaban.

Pronto llegaron al pie de la colina. No lejos de allí se alzaba un alto muro de piedra sobre el camino del arroyo.

-No puedo pasar por encima de este muro -dijo el arroyuelo-. Pero ya encontraré alguna abertura por debajo-. Y se deslizó a lo largo del muro hasta que encontró la abertura.

- ¿Pero vas a dejarme? -dijo Sonny-; yo no puedo pasar por debajo de ese muro.

-Tú debes buscar alguna puerta.

Sonny encontró una y pasando por ella fue a juntarse con el arroyuelo. Lo encontró encharcado en un gran pozo y muy distinto ya del arroyuelo chispeante que con él había bajado de la colina.

-Hola, Sonny.

-Hola, ¿eres tú?

-Sí, estoy preparándome para el viaje.

- ¿Aun vas más allá?

-Por supuesto; si apenas acabo de partir. Todavía tengo que cruzar estos campos, deslizarme bajo aquellos árboles, pasar por entre aquellas montañas que azulean a lo lejos y seguir más adelante, más adelante.

Sonny se sintió triste: le habría gustado tanto proseguir con su amiguito, pero ¿cómo hacer? El arroyo notó lo que Sonny sentía; y como cada arroyo tiene un hada, él evocó la suya, sin que el niño supiera cómo. El hada apareció en la canastilla de un globo muy grande, conducido por dos águilas blancas muy hermosas; luégo preguntó para qué la habían llamado.

El arroyo la dijo:

-Sonny, que es este amigo mío, desea acompañarme; y yo querría que tú lo tomases en tu globo y que juntos me siguiéseis.

El hada, sonriendo, colocó a Sonny a su lado. El arroyo echó a andar nuevamente. Ya había crecido de un modo considerable, y a medida que avanzaba recibía nuevos arroyos que iban aumentando su volumen.

Sentado al lado del hada, Sonny se sentía contentísimo y podía entender lo que decían todas las cosas que le rodeaban. Las hojuelas del césped murmuraban: Agua, agua, ¡oh qué placer! Y las plantas y los arbustos repetían: ¡Oh qué placer! Y los árboles copados, inclinando la cabeza, susurraban: Agua, agua, ¡oh qué placer!

Los pájaros y las flores y todos los seres vivientes parecían regocijarse al paso del arroyo; la naturaleza y la vida cobraban nueva luz, y Sonny lo veía muy bien.

A su tiempo el arroyo llegó a la estrecha garganta de las montañas. Un peñasco enorme cerraba el paso, diciendo con altanería. ¡Atrás, atrás! ¡Por aquí no pasarás! El arroyo se precipitó sobre la roca, la cubrió de espumas, y siguió de largo su camino riendo de gozo.

Un cerro grande y pedregoso, vino luégo a interponerse en el tránsito diciendo: ¡Atrás! ¡Por sobre mí no podrás pasar!

El astuto arroyo torció el curso por el pie del cerro y prosiguió su marcha gozosamente.

Desde el altísimo risco se desplomó después en una profunda cuenca de roca, arqueando el lomo, y tronando con pujanza. De allí siguió, tras ligero reposo, por el declive de la montaña.

Y encontró ruedas grandes y pequeñas y las puso en movimiento para que hilasen el algodón en los telares, y aserrasen las trozas convirtiéndolas en tablaje y moliesen el grano convirtiéndolo en harina.

Al pie de las montañas, en los campos donde las cosechas carecían de riego, la corriente se extendió en todas direcciones repartiendo nueva vida. Y en todas partes era una bendición para los hombres, para las plantas y para las bestias.

Pero ya no era un arroyo: ya era un río. Sobre sus riberas se alzaban casas y granjas, y sobre sus lomos flotaban numerosos barcos.

El hada tocó el globo con su varita y lo convirtió en un hermoso bote; tocó las águilas y las convirtió en dos delfines con brillantes arreos de plata; enganchados al bote, iban remolcándolo por el centro de la corriente.

A poco se deslizaron bajo los arcos de grandes puentes. En las riberas surgían palacios, iglesias, fábricas y muelles, a los cuales estaban amarrados navíos inmensos. Sonny veía todo aquel desfile de maravillas; los palacios, los navíos y las casas se reflejaban en el agua y semejaban otro mundo invertido.

El río era más ancho a cada instante; las ciudades aparecían y volvían a desaparecer; buques de diferentes tamaños y aparejos pasaban navegando; un viento salino le rozaba las mejillas a Sonny.

Un gran ruido, como de un trueno distante, comenzó a llenar los aires. Del fondo del río surgió la voz del arroyuelo, la misma voz que Sonny había oído allá en la lejana colina, mucho tiempo antes, por lo que a él le parecía:

-El océano está ya muy cerca, y ahí termina mi viaje. Oye, Sonny, niño querido: tenemos que volver a la colina donde nos encontramos primero, a coger flores silvestres...

Y se extinguió la voz del arroyo; y el hada, el bote, los delfines de brillantes arreos, el anchuroso río y el trueno lejano, todo, todo se desvaneció repentinamente.

Sonny despertó y se encontró tendido sobre el césped, en la ladera, cerca del arroyo, que seguía corriendo y centelleando a la luz del sol. Todo estaba como antes, sólo que el arroyo había perdido la facultad de hablar.


SONNY

Sonny (imagen)

SONNY

De cómo la familia Chimp vino a la ciudad

DE COMO LA FAMILIA CHIMP VINO A LA CIUDAD
 

Con ser y hallarse en la plenitud de la vida, míster Chimp se había ya retirado de las ocupaciones activas. Vivía tranquilamente en el seno de su familia, feliz en el amor de missis Chimp y de los cuatro retoños, dos chicos y dos chicas, que el cielo le había deparado para bendición de su casa.

Casa situada en lo profundo de una dilatada selva, poblada de árboles mayores, que alzaban a grande altura sus tupidas copas y entrelazaban sus brazos extendidos, por muchas leguas a la redonda.

Debajo de los árboles, en el monte bajo, bullían numerosos y variados los habitantes de la selva; grandes unos, chicos otros; éstos corrían, aquellos se deslizaban; los de acá se arrastraban torpemente; los de allá iban marchando con lentitud y solemnidad. Había ardillas y conejos, zorras y venados, lagartos y culebras, osos y gatos monteses, y una turba de pájaros bulliciosos, de plumaje vario, cuyos nidos colgaban de las ramas de los árboles.

Pero los Chimps no alternaban con todo el mundo. Ellos habían escogido una de las ramas superiores de uno de los árboles más altos, y allí dejaban correr la vida, lejos de las turba insensatas, gozando de una perfecta felicidad doméstica.

Fieles a las tradiciones de su raza, no usaban vestidos de ninguna clase; circunstancia feliz que los ponía a salvo de sastres y modistas, cuya llegada no siempre es causa de regocijo en los lugares comunes y corrientes. Para eso tenían los Chimps su pelliza natural, que les mantenía calientitos y que, en términos del oficio, les venía al cuerpo como pintada.

Los quehaceres domésticos no eran para rendir de fatiga a missis Chimp. Baste decir que no tenía que cocinar, porque el bosque circunvecino proveía a la familia de alimentación abundante, que consistía sobre todo en nueces, con aditamentos ocasionales, por vía de golosina, de hojas y tallos tiernos, procedentes de ciertas plantas comestibles. Tampoco había, es claro, cuenta del tendero, ni del carnicero, ni del panadero, ni de los demás proveedores de las casas de las ciudades.

Ventaja pura y neta era todo aquello; de manera que los dichosos padres, libres de cuidado en cuanto al mantenimiento de la familia, podían dedicarse por entero a la superior educación de sus hijuelos. Inculcábanles, pues, aquellas máximas de virtud y de sabiduría que habían de asegurarles luégo la felicidad terrena.

Los Chimps estaban provistos de ciertos apéndices comúnmente llamados colas. Eran largas, flexibles, fuertes, y podían enroscarse de mil modos diferentes. Si los bípedos llamados hombres se detuviesen a meditar sobre el asunto, debieran dolerse a la continua de haber perdido un aditamento tan útil como la cola.

Mientras missis Chimp, aficionada al descanso, como suelen serlo las damas de edad madura, se quedaba perezosamente en la cama en la comba de una rama favorita, míster Chimp salía algunas mañanas a dar un paseo con sus hijos por los árboles vecinos. El guiaba la marcha, saltando de una en otra rama y de uno en otro árbol, seguido por su amorosa prole. El precavido míster Chimp calculaba los saltos de modo que fuesen adecuados a los músculos de los chiquillos. Al principio, en distancias no muy largas, los saltos eran como los que daría cualquier bípedo en el suelo; luégo les fue enseñando a que se sirviesen poco a poco de la cola para salvar distancias mayores. Envolvía la cola en una rama sólida, columpiaba el cuerpo como un péndulo en el aire, y, adquiriendo el necesario empuje, soltaba la cola de donde la tenía asida y se lanzaba a una rama del árbol próximo. Los niños, seguían el ejemplo, con mucha timidez al principio, regocijados del sport después. Así hicieron largos paseos en los cuales exploraron todos los rincones y vericuetos de la floresta.

Con el tiempo llegaron a realizar verdaderas proezas de atrevimiento. Bajo la dirección paterna todos los niños se colocaban en cadena viviente, eslabonando la cola del uno al cuello del otro, sostenidos en el punto de partida por míster Chimp, cuya cola se envolvía a la rama de un árbol; columpiándose luégo la cadena entera, que en sus oscilaciones recorría larguísimas distancias, el individuo del extremo se agarraba a una rama allá lejos, el padre se dejaba ir entonces, y he aquí que todos los Chimps iban a dar con sus personas a un árbol diferente.

Al volver a casa, cargados a menudo con los despojos de la correría, tomaban el almuerzo, y después de un ligero descanso, míster Chimp se ponía a instruír a sus hijos en la ciencia de la vida, con sus vicisitudes y peligros, tal como la amarga experiencia se la había enseñado a él mismo.

Y aconteció cierto día que, mientras la familia almorzaba, llegó a sus oídos el sonido de una voz distante. La voz, que apenas se alcanzaba a oír venía de abajo:

- ¡Chimp!- decía. Luégo sonó más cerca repitiendo: - ¡Chimp!

Missis Chimp, alerta siempre y de ojo avizor, fue la que primero advirtió de dónde venía aquella voz. Allá bajo, al mismo pie del árbol, estaba un hombre pelirrojo, con la cara vuelta hacia arriba, el sombrero en la mano y gritando:

- ¿Quiere usted bajar, míster Chimp?

- No, no bajes, querido mío-, dijo missis Chimp: ese que te llama es un hombre malo y puede hacerte algún daño.

- Señora -dijo el hombre-, yo no soy malo. Sólo he venido a invitar a usted, a míster Chimp y a los niños para que me acompañen a un corto paseo a la ciudad, donde todos ustedes tendrán muy lindos vestidos para ponerse.

Vestidos, Chimp! Este no puede ser un hombre malo. Bajemos a ver qué quiere.

Con obediencia de marido, míster Chimp siguió el consejo de su mujer, y en un abrir y cerrar de ojos, la familia toda, de por el tronco del árbol, estuvo delante del recién venido.

Este avanzó y le dio un caluroso apretón de manos a rníster Chimp.

- ¿Como está usted? Celebro infinito verlo. A los pies de usted, missis Chimp. ¿Y los chiquillos? ¡Vamos, son un primor! Felicito a ustedes con toda mi alma. He venido a invitarlos a la ciudad. Mi coche espera a la salida del bosque. En la ciudad ustedes tendrán que ponerse vestidos: ¡la gente tiene tántas preocupaciones! Y en lo social uno debe pecar más bien por carta de más que por carta de menos. Conque, ¿vienen ustedes? Por supuesto que sí; así lo esperaba yo. A ustedes se los espera con infinita curiosidad.., digo... quiero decir, con ansiedad, pues el nombre y buena fama de ustedes ha llegado a noticia de nuestras gentes, y están deseosísimas de verlos y conocerlos a todos ustedes.

Entretanto, el hombre de los cabellos rojos iba andando con míster Chimp de la mano y seguido por missis Chimp y los chiquillos. Pronto llegaron a donde estaba un gran carruaje con cuatro caballos enganchados. El hombre abrió la puerta y empujó dentro a míster Chimp, y en un decir Jesús toda la familia Chimp se encontró en el carruaje, rodando sin saber a dónde y escuchando la cháchara incesante del nuevo amigo, acerca del mundo maravilloso que iban a ver dentro de poco.

Algunas horas después llegaron a la ciudad, cosa que antes no habían visto nunca, pero sobre la cual les habían llegado algunas vagas noticias, traídas al bosque por un amigo de míster Chimp, gran viajador en sus mocedades.

Casas, iglesias, calles, plazas, parques, tranvías, carruajes, estatuas, fuentes, todo un mundo de cosas revueltas, maravillosas e incomprensibles, que aparecían a sus ojos hormigueando en todas direcciones, y una multitud de seres muy parecidos a los Chimps, sólo que iban cubiertos con ciertos ajuares llamados vestidos, de los cuales había hablado el hombre pelirrojo.

El coche se detuvo, abrióse la portezuela y el pelirrojo se apeó a la entrada de un edificio muy grande. Aquí -dijo él- los vestirán a ustedes a la última moda. Usted, míster Chimp, se servirá pasar a esta habitación, los chicos al departamento de los niños, las niñas allí a la izquierda, y usted missis Chimp, tendrá la bondad de subir conmigo al departamento de las señoras. Yo esperaré luégo abajo, y estoy seguro de que al salir todos ustedes estarán perfectamente satisfechos del resultado.

Míster Chimp fue el primero que salió, media hora después. Estaba hecho todo un caballero, chistera en la cabeza, lentes en los ojos, un cuello alto y rígido, corbata con un luciente alfiler de diamantes, levita larga, chaleco de fantasía, pantalón a cuadros, botas de charol, guantes, cadena de oro, reloj en el bolsillo; nada se había olvidado.

Parece que la cola había resultado un tanto estorbosa, pero el inteligente oficial se había dado trazas de ocultarla, o a lo largo de las espaldas, o por entre la pierna del pantalón, que sobre este punto las crónicas no andan completamente acordes; de suerte que míster Chimp habría podido ingresar en cualquier Directorio o Parlamento, sin lesión ni detrimento para el puntillo de sus colegas por lo del apéndice aquél.

En el andar mostraba míster Chimp la seguridad de quien se siente en su elemento. Comprendía que los vestidos que llevaba lo igualaban a generalidad de los bípedos que se movían a su alrededor.

Mientras estaba allí en satisfacción muda, cayeron sus miradas sobre una dama elegante y graciosa que a la sazón salía del edificio. Como él sabía que missis Chimp se hallaba a conveniente distancia, resolvió ¡al fin hombre! seguir a la hermosa y tal vez abordarla, si eso era posible.



 

Andando casi de puntillas, con gracioso contorneo de cuerpo y una sonrisa seductora en los labios, se acercó a la bella desconocida: -Señora -la dijo- ¿me permitiría usted que...?

Por debajo del enorme sombrero, poema de paja, fieltro, plumas, pájaros disecados y flores exóticas artificiales, se volvió hacia él el rostro de la dama. Suspensos se quedaron por un instante los dos interesados.

- ¡Cómo, Chimp! ¿Eres tú? -exclamó missis Chimp- porque era ella, ella en persona.

Habíanla ataviado a la última moda. No es para un simple mortal masculino intentar siquiera la descripción de las maravillas de indumentaria que la oficiala había superpuesto y ordenado en el cuerpecito de missis Chimp. Allí había cintas y encajes, sedas y gasas, bordados y terciopelos, mullidos, esponjamientos y unas como nubes crespas, ballenas, fajas elásticas y todos los misteriosos, incontables e indescriptibles elementos de que se sirven las mujeres para realzar su belleza y para gastar el dinero de sus maridos.

En fin, que missis Chimp estaba hecha la gran señora y que habría sido flor y prez en cualquier circulo de cualesquiera damas

Conviene advertir que en el caso de missis Chimp el problema de la cola no ofreció serias dificultades, debido a las proporciones arquitectónicas del ajuar.

Pero después de todo, missis Chimp tenía corazón femenino.

-Chimp -había dicho ella- ¿así te diriges siempre tú a las mujeres que no conoces? ¿Y eso a tu edad?- En sus ojos brillaba una lágrima de reproche.

-Yo te conocí inmediatamente, te lo aseguro, querida mía-, tartamudeó míster Chimp.

Ella no insistió, pero el recuerdo de aquel incidente no se le borró de la memoria, y allí estaba para resucitar siempre que ocurría alguno de esos disgustillos que casi son disgustos, tan frecuentes aun en los hogares más bien constituídos. Porque, según sabemos todos, el monstruo ojiverde de los celos no vuelve a dormir una vez que se ha despertado, y se convierte per súcula en cruz y tormento de los desventurados a quienes ha mordido. Sirva esto de advertencia a todos y cada uno, ya sean bípedos de los que viven en las ciudades, ya sean personas con cola de las nacidas en los bosques.

A su tiempo salieron los niños, peregrinamente transmutados ellos también. Sin duda hubiera podido alternar con los chicos de la ciudad. La sola diferencia habría sido quizás que ellos tenían un poco mas de pelo del que se acostúmbra, pero con guantes en las manos y sombreros o gorras en la cabeza, las cosas quedaban en su punto.

La familia anduvo por las calles, acompañada siempre por el inseparable pelirrojo, gozando de la vida urbana y viendo todo lo digno de verse, que pronto iban sintiéndose como patos en el agua. Maldita la gracia que les hacia el pensar en volver a la sencillez de su vida primitiva en la floresta.

Por suerte su amigo se había anticipado a proveer lo conveniente para que se quedaran en la ciudad.

Con toda la cortesía y delicadeza que el caso reclamaba, para no herir el orgullo de míster Chimp ni su puntillo, insinuó que la familia debería aceptar una invitación para asistir a ciertas recepciones de la tarde y de primera noche, a las cuales, decía él, no asistía sino lo más escogido de la ciudad, y en las cuales míster Chimp y su familia no tendrían sino ocupar la localidad que se les destinaba y recibir allí a los numerosos visitantes que sin duda acudirían a ellos.

Tranquilizado en lo tocante y atañedero a su dignidad, míster Chimp vino en aceptar, y ese mismo día fueron instalados los Chimps en una como gran casa con ruedas, colocada en un espacioso edificio, al cual venía gran número de gente. Si míster Chimp hubiera sabido que aquello no era más que un circo y que a él y a los seres amados se les estaba exhibiendo ante una muchedumbre vulgar, habría sentido el ultraje en lo más hondo y hubiera procurado volverse a su floresta; pero es lo cierto que las comidas eran servidas con entera puntualidad y ese detalle en ocasiones suaviza los arranques de ira y de dignidad. Missis Chimp y los niños estaban contentos.

Alrededor de la casa oscilaban unos cuantos trapecios, en recuerdo de los pasados días. El lujo presente amortiguaba cualesquiera recelos que en el pecho paterno pudieran albergarse.

Así fue como toda la familia Chimp vino a la ciudad y se quedó allí. Míster Chimp aprendió muchas cosas, y llegó a una alta posición en sus nuevas condiciones de vida; con el tiempo se dio trazas de aprender los arbitrios y las artes de los hombres; logró abandonar su jaula y toma parte en los negocios de las gentes que lo rodeaban.

Adquirió cierto aire severo y solemne, que no dejaba por un instante, y procuraba parecer sabio siendo de pocas palabras y de ningunas obras de ese modo subió en la consideración de las gentes, y empezaron a lloverle honores y distinciones. Llegó a ser regidor, alcalde de la ciudad y po1í tico influyente. El sol de la fortuna les dio brilla a la esposa y a los hijos y éstos se casaron, llegado el momento, en la aristocracia del país.

La cola era para ellos un motivo de ansiedad constante, pero nadie descubrió jamás el secreto de su existencia sino tal vez cuando ya era demasiado tarde y cuando ya la felicidad de los descubridores estaba vinculada al secreto susodicho.

Todas estas cosas sucedieron hace mucho tiempo. Los enlaces de los Chimps con individuos de nuestra alta sociedad durante muchas generaciones, tal vez expliquen por qué hallamos tan a menudo gentes que tienen todos los rasgos físicos y mentales que distinguían a la raza pura de los Chimps; gentes que tal vez llevan en el alma las altivas tradiciones que míster Chimp le predicaba a su familia en la copa de aquel árbol altísimo donde corrieron los mejores años de su vida y donde pudo presenciar todas las cabriolas de sus padres, cuando ellos a su vez le enseñaron a él el arte de la vida; arte, decía míster Chimp, que después de todo se reduce, así en la ciudad como en el bosque, a saber guardar el  equilibrio y salir airoso de los malos pasos.

Familia Chimp (imagen)

El Galeón

EL GALEON
 

I
 

Cartagena de Indias fue una gran ciudad en otro tiempo. Está situada a orillas del mar, sobre una lindísima bahía. Fue fundada por los españoles, quienes la rodearon de altas murallas de piedra. A lo largo de ellas construyeron cuarenta y ocho fortalezas, que llamaron castillos; y pusieron cuatro castillos más en los cerros vecinos que miran hacia el mar. En los castillos y sobre las murallas emplazaron gran número de cañones.

Cartagena está en un país muy lejano de Europa y que en aquellos tiempos era conocido con el nombre de Nueva Granada. Los españoles habían descubierto ese país. Al llegar allí encontraron muchos pueblos de otras razas, que hablaban lenguas no entendidas por los españoles. Los europeos llamaron indios a aquellos naturales.

Tenían los indios gran cantidad de oro en muy diferentes formas, como brazaletes, petos y muñecos de extrañas figuras; gran copia de plata y no pocas esmeraldas. Los españoles les quitaron a los indios todo eso.

El oro y la plata se encontraban en ciertos parajes de las montañas llamados minas. Como esos metales se hallaban íntimamente mezclados con las rocas, era muy difícil obtenerlos. Los conquistadores forzaban a los indios a trabajar en las minas sin remuneración alguna, no les daban siquiera alimentación suficiente; así era que lo pobres indígenas sufrían horriblemente, a tiempo que los españoles se enriquecían.

El oro y la plata que producían las minas eran enviados a España. De distintos puntos del país se acopiaban en Cartagena grandes cantidades de metales preciosos. Para guardar esos tesoro; mientras se enviaban a España, había sido fortificada la ciudad y se la había guarnecido con no escasas tropas.

En aquellos tiempos no eran conocidos los buques de vapor; sólo existían los barcos de vela, construídos de madera íntegramente. Había también muchos buques provistos de artillería, llamados piratas o bucaneros, que asaltaban los barcos mercantes para robarles cuanto podían.

Sucedió uno de esos días que en Cartagena custodiaban un enorme tesoro de oro y plata en barras, de perlas y de esmeraldas, mientras llegaba la real orden para remitirlo a España. Lo supieron los piratas y formaron el propósito de asaltar a Cartagena para llevarse el tesoro que allí guardaban.
 

II
 

Los cartageneros vivían tranquila y pacíficamente. El clima es allí caluroso durante todo el año. En esa parte del globo no hay estaciones; la nieve es desconocida y las plantas están siempre verdes Los habitantes de regiones como aquella son muy poco activos en general.

Los soldados imitaban a los paisanos, hacían el ejercicio reposadamente, sin fatigarse El cielo estaba siempre límpido y azul, las aguas de la bahía, casi inmóviles, besaban con blandura las amarillas arenas de la costa, sin ruido ni rumor. El viento apenas rizaba la bandera que se erguía en el castillo más próximo al mar.

Un día el centinela creyó que, allá lejos, donde se juntaba el cielo con las aguas, veía un punto que podía ser tal vez un barco, tal vez una nubecilla. Al principio el centinela, que estaba amodorrado con el calor del mediodía, prestó muy poca atención. Algunos instantes después vio, sin embargo, que aquello no era una nube sino un buque que se aproximaba a la entrada de la bahía. Dióle aviso inmediatamente al comandante del puerto.

-¿Qué bandera traen? -preguntó el comandante.

-Me parece que no traen bandera ninguna; pero no lo sé de fijo, porque todavía están bastante lejos.

-Que se dispare el cañón, pues debemos saber quiénes son ellos.

Se dio la señal ordenada Ya podían verse los buques perfectamente; eran diez en número, de distintos tamaños, y no enarbolaban bandera alguna.

Por dos veces se repitió la señal, disparando el cañón. Los buques no se dieron por advertidos y siguieron avanzando.

El comandante, ya inquieto, tomó el anteojo y miró. Por la forma y el aparejo conoció que los buques eran extranjeros, que estaban artillados y que traían numerosos tripulantes, de mala catadura y con pistolas y sables al cinto.

A bordo de los buques se advertía mucho movimiento; los soldados cargaban los cañones; no había duda que se disponían a atacar la ciudad. Evidentemente eran piratas.
 

III
 

La campana de la torre tocó a rebato en el castillo delantero; pronto se echaron a vuelo las campanas de las torres en los demás castillos. Y en las murallas, en los fuertes y en las calles, resonaron las trompetas llamando a las armas a los soldados y a los ciudadanos.

Todo el mundo abandonó al instante sus quehaceres: panaderos y matarifes, sastres y albañiles, zapateros y ebanistas, agricultores, dependientes y tenderos, viejos y jóvenes, hombres y muchachos, todos los que podían llevar un fusil o prestar ayuda en las baterías, se echaron a la calle para correr a ocupar sus puestos en las murallas y en los castillos que daban frente a la bahía. Las mujeres se congregaron en las iglesias a llorar y a rezar por sus maridos, sus hijos y sus hermanos.

Adiós reposo, adiós quietud de la pacífica ciudad. Las trompetas, las campanas y los gritos de la multitud ensordecían los aires.

En las murallas y en los castillos fronterizos, los cañones se volvieron hacia los buques y apuntaron. El comandante dio la voz y abriéronse los fuegos. Pero los buques piratas seguían avanzando como bandada de grandes aves negras.

Los piratas contestaron los fuegos bien pronto; los flancos de sus barcos resplandecían y tronaban. Sobre la ciudad, las murallas y los castillos, caían grandes y rojas, las balas de cañón; muchas de ellas estallaban al caer y esparcían una lluvia de metralla.

Los campanarios venían a tierra; los edificios se incendiaban, y por las calles discurrían a escape los caballos heridos, locos de dolor.

Bajo el nutrido fuego de los piratas caían hombres por todas partes. Gran número de heridos y moribundos eran retirados de la línea de batalla y llevados lejos de la costa.

Los buques estaban ya muy cerca, y a cada instante el combate era más encarnizado. Los piratas también habían sufrido enormemente; algunos buques tenían mástiles rotos y caídos, cubiertas despedazadas, cascos perforados. No obstante se preparaban con brío para hacer un desembarco, protegidos por el fuego de sus cañones. Se veían soldados embarcándose en los botes, para dar un asalto a la ciudad.

En aquel momento el comandante en persona tomó el cañón, hizo blanco en el más grande de los buques filibusteros, y disparó: la bala hiere el casco justamente en la línea de flotación, ábrele una brecha enorme en el costado, precipítanse dentro las aguas y el buque empieza a hundirse sin demora. No tuvo tiempo la tripulación de hacer esfuerzo alguno para salvarlo: el buque se hundía irremediablemente. Luégo se inclinó sobre un costado, y en pocos minutos desapareció bajo las aguas. Ni aun los topes de los mástiles quedaron visibles sobre el remolino que formó al hundirse.

De las murallas y de los castillos surgió un estruendoso clamor de regocijo, y súbitamente callaron los fuegos de una y otra parte.

Los bucaneros quedaron aterrados, y sólo pensaron en la fuga; viraron de bordo y gobernaron hacia el océano, dejando atrás, en el fondo de la bahía, el mejor de los buques con todos sus tripulantes y con el jefe de la expedición.

El combate había durado más de tres horas. Los mejores edificios de la ciudad quedaban en ruinas o seriamente averiados, y muertos, heridos o en la miseria, un número enorme de soldados y paisanos. La victoria fue costosa.
 

IV
 

Pocas semanas después de aquellos tristes sucesos, el pueblo se reunió y elevó una petición a su amo y señor el Rey, la cual le fue enviada a su palacio de Madrid, en España, al otro lado de los mares. En ella, se le pedía humildemente al soberano que hiciese sacar de la ciudad el tesoro cuya custodia les había costado tan cara a los cartageneros, alegando que los piratas podrían rehacerse y volver en mayor número.

Concedió el Rey lo que se le pedía, y envió un poderoso buque de guerra, El Galeón, de tres palos, cuatro puentes y doscientos cañones, a que llevase de Cartagena a España el oro, la plata, las perlas y esmeraldas que tanto atraían a los bucaneros. Contentísimas se pusieron las gentes cuando llegó el buque a Cartagena, e inmediatamente llevaron el tesoro a bordo y lo depositaron en la bodega. Además del Tesoro, el buque tomó abundante carga de varios productos indígenas: cocos, ñame, cazabe, piñas, pájaros que tenían hermoso plumaje y sabían hablar, monos inquietos, palmas, orquídeas, plantas trepadoras, y muchas otras cosas admirables de las que se producen en los climas ardientes.

Sobre cubierta aquello era un jardín; los mismos cañones desaparecían bajo aquel mundo de objetos extraños y curiosos.

Algunas personas de la ciudad tomaron pasaje en el buque.

Un día, después de recibir la bendición episcopal, dieron la vela a la blanda brisa y gobernaron mar adentro. En el tope del palo mayor flotaba la bandera y parecía volverse hacia la costa para decirle adiós a la ciudad amiga.
 

V
 

Unos tras otros pasaban los días de navegación feliz. El barco hendía las aguas suavemente. El cielo de azul profundo y sin una nube; desbordante de luz durante el día, se tachonaba de millares de estrellas durante la noche. Los navegantes pasaban las horas comiendo, bebiendo, charlando y cantando al son de las guitarras y bandurrias. Todo era contento y regocijo a bordo.

Una quincena había corrido, cuando un día el capitán, que se paseaba sobre cubierta acompañado del primer oficial, dijo señalando hacia sotavento:

-¡Hum! Aquella nube presagia mal tiempo.

- Sí, señor; aunque sólo parece una manchita.

-Pues ya se nos viene encima, créalo usted. Baje y vea que todo esté listo. Que permanezcan abajo los pasajeros y las gentes que no estén de servicio.
 


 

Los pasajeros se rieron de los temores del capitán, cuando lo supieron. El cielo estaba azul y el mar parecía un gran lago.

La nubecilla, sin embargo, fue tomando cuerpo, y pronto comenzó el viento a soplar con fuerza. El buque empezó a estremecerse como corcel que siente el acicate. La nube era ya negra masa amenazante, que obscurecería el horizonte; el viento daba aullidos en las jarcias.

La obscuridad era completa; la lluvia caía a torrentes; las olas parecían montañas, y el barco daba terribles balances, como si fuera a volcarse. Los rayos rasgaban las nubes, franjándolas de vivo fuego deslumbrador. Las velas estaban hechas jirones, y las olas se lanzaban por encima de los puentes con estruendo de caballos al galope.

El furor de la tempestad fue mayor cuando sobrevino la noche. Debajo de cubierta, en los camarotes y salones, se oían plegarias, y sollozos y crujir de dientes. La voz del capitán dominaba el estruendo del temporal, y se oía dando órdenes, sonora y vibrante como una trompeta. El buque había perdido el rumbo e iba arrebatado por la tempestad en medio de las tinieblas; los mares circunvecinos eran peligrosos, y el capitán no sabía hacia dónde iba el buque. No quedaba más sino esperar en Dios.

Repentinamente sucedió una cosa espantosa. El buque entero dio una recia sacudida, procedente de un choque vigoroso, y siguió temblando, como una pluma en el viento: se había estrellado contra una roca a flor de agua y se le había abierto un gran portillo en el costado, por donde se lanzaron hacia adentro en cataratas las aguas con que hasta entonces había luchado el barco tan gallardamente.

-¡Alos botes! ¡A los botes! -gritó el capitán- ¡Nadie lleve nada! ¡Estréchense, estréchense bien!

Todo el mundo obedeció la orden. Unos tras otros iban descendiendo a las hirvientes olas los botes cargados de gentes temblorosas. Pronto quedó el buque solo y sin auxilio, clavado a la roca, sumergiéndose gradualmente.

Los botes se dieron prisa a alejarse del remolino que el buque había de producir al hundirse; llevaban más gente de la que podían contener, y apenas lograban mantenerse a flote. Eran grandes la obscurida, el viento y la lluvia, y a cada momento parecía que iban a hundirse los botecitos.

Al salir el sol calmó la tempestad, el viento empezó a caer y las olas fueron aquietándose.

-¡Bogar con brío! ¡Remar para salvarnos!- ordenó el capitán. En triste procesión, subiendo y bajando por el lomo de las olas, los botes iban siguiéndose unos a otros. El único ruido que se oyó durante todo el día fue el incesante golpe de los remos. Los remeros que se fatibagan eran reemplazados por otros no menos exhaustos y rendidos de cansancio. Todos estaban hambrientos y muertos de sed: algunos chupaban las ropas húmedas, buscando una gota de agua.

Al caer la noche el mar estaba ya en completa calma y el cielo constelado de estrellas brillaba otra vez allá arriba, como en los felices días de El Galeón.

Cuando rayó la luz de la mañana, los náufragos pudieron ver tierra: ante ellos estaba otra vez la vida. Hacia el nordeste, en la brumosa lejanía, se alzaba, como un montón de nubes, lo que para el ojo de los marineros era una isla inequívocamente. La desesperación se trocó en brío. Remaban con tesón, olvidados del cansancio. La tierra se veía más claramente a cada instante; de la memoria huían los tormentos del hambre, de la sed y de una actitud inmóvil, prolongada.

Las verdes montañas y la costa sonriente parecían darles la bienvenida con alborozo.
 

VI
 

Pronto vino auxilio de la costa. Los pasajeros y la tripulación, que no acertaban a creerse salvos, se encontraron en las playas hospitalarias de Trinidad. Desde allí alcanzaron a ver las casas y las iglesias de la ciudad, en medio de las palmeras distantes. Todo aquello les parecía un sueño.

De tal modo les había agotado la ansiedad, que se tendieron en el suelo y se quedaron dormidos, sin poder contestar a las numerosas preguntas que les dirigían.

Pocas horas después volvieron en sí y tomaron algún alimento, con lo cual repararon las fuerzas. El recuerdo, con todo, de los pasados sufrimientos aún gravitaba en sus cerebros, llenándolos de angustia.

-¿De dónde venían ustedes?

-De Cartagena de Indias.

-¿Qué navío?

- El Galeón.

-¿Qué carga?

- Oro, plata, perlas y esmeraldas del Real Tesoro de España.

-¡Eh! ¡Eh! Y ¿cómo se perdió el buque?

- Encallamos en un arrecife a la altura de la Islas de los Caimanes.

-¿Síííí?

A tal noticia se desvanecieron los salvadores: la caridad había hecho plaza a la codicia, y los náufragos, hombres y mujeres, quedaron solos en la playa abandonados a sus propias fuerzas.

Diéronse trazas de llegar a la ciudad, donde las autoridades les prestaron ayuda y a su debido tiempo los embarcaron para España. Llegaron, es claro, sin un céntimo en el bolsillo, después de aquella terrible travesía, en que se fueron a fondo El Galeón, y los tesoros que llevaba.
 

VII


Los salvadores habían entrado en conferencia. No era posible dejar el tesoro debajo de las aguas. En buen tiempo era fácil pescarlo del fondo del mar. Era preciso no perder tiempo, no fuera que otros acometieran la empresa, sabiendo como sabía todo el mundo la situación exacta de los temidos arrecifes de los Caimanes.

Pocos días después se dio a la vela una goleta, tripulada por unos cuantos buzos atrevidos, en busca del tesoro sumergido.

A la hora de partir la goleta había llegado un hombre desconocido pidiendo que se le tomara a bordo. El conocía el secreto de la expedición y exigía una parte en la empresa. Le recibieron a bordo los expedicionarios, temerosos de que, si lo dejaban divulgara la noticia de que un barco había partido para los arrecifes de los Caimanes en busca de las indecibles riquezas que se habían perdido con El Galeón.

La goleta llegó a su destino al segundo día de navegación. Inmediatamente empezaron los sondajes y a poco quedó fijado con certeza el paraje donde El Galeón se había ido a pique.

Los buzos, atados a una cuerda, empezaron a zabullir valientemente en las tranquilas aguas; pero no bien se habían sumergido, cuando volvían a la superficie gritando que los alzaran prontamente a bordo. Decían haber visto un cardumen de tiburones que bullían allá abajo como si guardasen el casco del aportillado Galeón. Parecía, pues, que no habían de realizarse los sueños de ambición.

Así las cosas, el hombre desconocido salió a ofrecer que él haría el trabajo si le ayudaban. Había traído consigo una caja grande, de la cual sacó un equipo sumamente raro. Se componía de pantalones y camisa, hechos de lona gruesa y forrados con una tela fuerte de alambre; para la cabeza tenía una esfera hueca de hierro con tubos o mangueras, para dejar penetrar el aire de arriba, y provista de un orificio cubierto con un cristal, para mirar hacia afuera por allí.

Se vistió con ese equipo y quedó como un monstruo, tosco y pesado. Sujetáronlo del cinturón con una cuerda, y lo sumergieron lentamente en el agua. En la mano llevaba un gran machete.

Un enorme tiburón se precipitó sobre el buzo. Este esgrimió su machete con destreza y lo mató en un abrir y cerrar de ojos. Otros tiburones trataron de cerrarle el paso; pero protegido como estaba por su armadura de alambre, hirió con denuedo a diestra y siniestra, arreó lejos a los tiburones y llegó al casco del buque, donde se ocultaban las cajas con el tesoro.

Ató las cajas con cuerdas que le arrojaron de la goleta, y así las subieron a bordo una por una. Casi un mes de trabajo constante gastaron en la obra; pero al cabo de ese tiempo el tesoro íntegro estuvo a bordo de la goleta.

Diéronse luégo a la vela hacia un puerto lejano y desconocido, llevándose el gran tesoro que los conquistadores habían acopiado en largos años de violencia y de tiranía, y por el cual suspiraba en vano su majestad. Sucede que las riquezas mal adquiridas rara vez aprovechan a quien las acopia.

Los afortunados expedicionarios se distribuyeron el tesoro, dejándole buena parte, por supuesto, al hombre desconocido.

Guardaron el secreto de la expedición los que en ella tomaron parte, y hasta hoy creen muchas gentes que El Galeón con su carga de oro, plata, perlas y esmeraldas, reposa tranquilamente bajo las aguas del mar Caribe, entre Cartagena de Indias y la isla de Trinidad.

El Galeón (imagen)

Una Tertulia

UNA TERTULIA
 

Los señores de León acababan de mudarse a su nueva residencia. Era ésta una espaciosa caverna, situada en lo profundo de la selva y con salida a un gran claro, circuído por un anillo de árboles altísimos. No lejos de allí corría un arroyo bullicioso. El vecindario era selecto, como convenía a gentes tan exquisitas en eso de escoger amigos y convivientes.

Tanto el señor de León como su esposa estaban bastante entrados en años; se conservaban empero fuertes y robustos y todavía sentían los placeres de la vida. Dos hijas que tenían se habían casado felizmente y vivían en otra comarca; el hijo varón, cuyas calaveradas habían ocasionado tantos dolores de cabeza a sus señores padres había acabado por escaparse de la casa paterna, y andaba por esos mundos en amor y compañía de una cierta damisela, hembra fecunda en trazas y en ardides. Por lo bajo se decía que, olvidando lo que pedían su alcurnia y las venerandas tradiciones de su estirpe, se había contratado por un mendrugo en una compañía de animales sabios y andaba por allí, de villa en villa, ejecutando cabriolas indecorosas ante plebeyas multitudes. Pudo la señora de León, madre al fin, perdonarle a aquel mozo sin principios, un sinnúmero de barbaridades contra la moral y la religión; pero madre y todo, no podía ella, no podía, perdonarle aquella última claudicación, que tan mal paradas dejaba las sacras tradiciones de familia. Así fue que resolvió arrojarle de su corazón y de su memoria.

Porque aristócratas lo eran en toda regla los señores de León; en esa materia nadie podía echarles el pie adelante. El más sañoso enemigo habría tenido que confesarles que por muchas centurias habían vivido solamente por la propiedad ajena. Faltas tendrían acaso, pero jamás incurrieron en la plebeya debilidad de pararse ante los pretendidos derechos de otros seres más débiles, y, por tanto, menos encumbrados que ellos.

Desengaños los tuvo el señor de León en la carrera pública. Otros, más listos y menos escrupulosos, se dieron trazas de birlarle honores y posiciones que sin lugar a duda le correspondían a él. De ahí que fuera un poquitín irascible y retraído de vez en cuando.

Por su parte la señora de León se aficionaba cada vez más a la sociedad, con sus deliciosas frivolidades y murmuraciones. Tal diferencia de gustos había ocasionado frecuentes riñas entre ellos; y perdónese que usemos palabra tan vulgar hablando de personas que con tanta rigidez observaban las buenas formas.

La señora de León creía necesario celebrar el estreno de la nueva morada festejando con una tertulia a unos cuantos amigos íntimos; pero... ¿y su marido? Cargara el diablo con aquellas extrañas ideas de retraimiento, necedad pura, a las cuales no podía ni quería ella someterse buenamente.

Una tarde, aprovechando aquel soporcillo de sobremesa que tan propicio le había sido en otras ocasiones, empezó a decir la dama:

- Leoncito mío, ¿te sientes bien?

El señor de León, que estaba medio dormido no contestó.

- Mi dueño -dijo ella un poco más recio-, dueño mío...

- Bien, bien; ¿y qué se ofrece?

-¡Oh! nada; me ocurre que...

- Ojalá no vinieras a marearme ahora. Ya sabes que no puedo volverme a dormir cuando me interrumpen la siesta.

- Lo siento mucho. Pero quería decirte...

-¿Qué?

- Pero ¿ estás bien despierto?

- Vaya si lo estoy. ¿De qué se trata?

La señora de León, como veterana que era, sabía muy bien que con un ataque súbito se obtiene a veces éxito completo.

- Estaba pensando en la tertulia de estreno...

Había estallado la bomba. Sería penoso describir la escena que vino en seguida. El iba olvidándose de sí mismo: le dijo que ya ella no era joven, que había perdido sus antiguos encantos, que ya estaba para recatarse y no para andarse exhibiendo, que era frívola y que sólo pensaba en la chismografía ociosa y malévola. La dama lloró amargamente, dijo que quisiera morirse, y, después de todo, acabó por salirse con la suya, pues el marido tuvo que ceder ante tales argumentos. Quedaron, pues, convenidos en que la tertulia se llevaría a cabo en una fecha próxima.

La tarde del día señalado, los señores de León, a pesar de una ligera disputa conyugal, se hallaban dispuestos a darles la bienvenida a sus huéspedes; y no parecía sino que aquel matrimonio fuera emblema vivo de la amorosa ternura y la felicidad perfecta.

- Allí viene aquella vieja bruja -murmuró la de León, refiriéndose a doña Jirafa-. Ojalá que tú no hubieses insistido en invitarla.

- Me parece muy buena persona y muy amable.

- ¡Oh! sí; ya sé que así te lo ha parecido siempre. No tengo tan poca memoria como tú crees. Eso podía pasar cuando éramos jóvenes... Apenas se le murió el marido perdió por completo la vergüenza esa zanquilarga, pescuezo de violín, vieja manchada.

- Cállate, hija -interpuso él-, que puede oírte.

- Bien venida, querida mía -dijo la de León saliendo al encuentro de doña Jirafa-. Cuánto celebro verla; y qué linda está usted; encantadora a fe mía. Temí que no viniera; y las dos amigas reían como en sus mocedades. Sentáronse juntas y, echando en olvido al señor de León, charlaban de lo lindo y hacían todo género de comentarios sobre los contertulios, que ya empezaban a llegar en número crecido.

Se presentaron el señor de Toro y su esposa, Vaca de Toro, acompañados de don Buey, hermano del primero.

No puedo sufrir a esta familia -dijo la Jirafa-. ¿Por qué no dejarán en casa a ese tío? Viejo más tonto.

-¿Se refiere usted al Buey? Es un pobre viejo bonachón.

- Sí; pero poco interesante. Dicen que ara.

- Después de todo, es perfectamente inofensivo.

Pronto estuvieron reunidos todos los convidados. El señor de León se mostraba obsequioso con todo el mundo y dejaba caer aquí y allí frases y miradas cariñosas, que habían de ser recogidas y guardadas como oro en paño, por los afortunados a quienes se dirigían.

Pasados los primeros saludos y las presentaciones de estilo, pudo notarse que no era grande la animación de la tertulia.

Don Elefante había traído consigo a su hijo menor, niño todavía, pero más acorpado ya que la mayor parte de los individuos presentes. Era un poco zurdo el jovencito y andaba empujando y atropellando a todo el mundo.

Don Rinoceronte, silencioso e insociable, se paseaba solo de una parte para otra, asustando a las gentes con aquel su cuerno que parecía una lanza.

El coronel Tigre, celoso de la popularidad que tenía el dueño de la casa, discurría por allí soltando cada chisme para dar miedo: que si la austeridad de él era mera filfa; que si su señora era frívola hasta dejarlo de sobra; que si marido y mujer se andaban a la greña.

La familia Oso estaba positivamente fastidiada, y se habría retirado desde luego, si no hubiera temido ofender a la dueña de la casa, que no perdonaba con facilidad.

El doctor Pollino miraba a todas partes, tomando las cosas y las personas con cierta socarronería, como filósofo que era.

El licenciado Zorra, que fue sin su familia, se ocupaba en tomarle el pelo al respetable señor Oso. Fingiendo que no lo veía, le pasó la cola por las narices y lo hizo estornudar violentamente. A no ser por don Elefante, que a tiempo interpuso su ponderosa personalidad, hubiera pasado mal rato el licenciado Zorra, pues el agraviado era persona que montaba en cólera siempre que estornudaba.

Míster Chimp y missis Chimp estaban allí con sus chiquillos, los cuales, para consternación del padre, se divertían en arrojarles nueces, desde los árboles a donde habían trepado, a las personas que estaban a su alcance. No podía míster Chimp, sin comprometer gravemente su dignidad, que era el tesoro de la familia, encaramarse por esas ramas a castigar personalmente las barrabasadas de su prole; y es el caso que la tal prole había ofendido, haciéndoles puntería al rostro, a personas tan respetables como don Buey, doña Jirafa y la misma señora de León.

Atenta a sus deberes anfitriónicos, decidió la de León organizar algún agradable pasatiempo en que tomasen parte cuantos se hallaban presentes. Y para el caso le ocurrió una idea magnífica. ¿ Qué más sino organizar allí mismo un concierto, en el cual habían de tomar parte todos los concurrentes, cada cual a su modo?

- Doctor -dijo luégo-, voy a organizar un coro. ¿Cuento con usted?

- Señora -contestó Pollino-, rebuznaré según mi leal saber y entender.

-¿Y usted, don Buey?

- Ruborizándose ligeramente, prometió él que mugiría.
 


 

- A ver, a ver; a ensayar un duo.

- Ji- joo- ji-joo. Múu-múu.

-¡Encantador! -exclamó la de León-. Esperen ustedes un momento, mientras veo que otros amigos los acompañen.

A poco estuvo completo el coro. A los artistas mencionados, que debían mugir y rebuznar, se agregaron el señor de Caballo, peritísimo en punto de relinchos, y el venerable señor Oso, a quien correspondió la parte rugiente. En los pasajes de fuerza debía apoyarlo el anfitrión, inducido a tales gallardías por doña Jirafa, la cual convino con mucha esquivez en dar chilliditos de tiempo en tiempo. A los Chimps, les correspondió la parte declamatoria, melopéyica, como si dijéramos. Zapaquilda y Micifuf, postreros pero no últimos, adularían el oído con los cantos de amor de sus floridos años. Don Elefante iba a ser director de orquesta; la trompa le serviría de batuta.

Antes de empezar el concierto, el señor de León, en nombre suyo y en el de su esposa, les dio las gracias a los concurrentes, en breves y escogidas palabras, por el honor que les dispensaban, y manifestó la esperanza de que quisieran frecuentar la casa en lo porvenir.

Don Elefante levantó la trompa y dio la señal de comenzar.

- Ji-joo-ji-joo, múu-múu; y los demás fueron ingresando en el coro, esforzándose cada cual por hacer cuanto sus alcances le permitían.

El efecto fue sorprendente. Aquello formaba un estrépito aterrador, un alboroto que ponía espanto en los mismos ejecutantes del concierto. Ninguno de ellos se atrevía a callar: cada cual quería ensordecerse con su propia voz, para no escuchar la voz de los demás.

El miedo, que iba en crescendo, comenzó a producir el efecto de un incendio incontenible. Todos absolutamente todos, perdieron la serenidad y, dominados por el terror, apelaron a la fuga; a una fuga vertiginosa, a una fuga cuya velocidad no tuvo más límite que la agilidad de las piernas...

La tertulia tocó a su fin. Sólo el doctor Pollino conservó la sangre fría y permaneció en su puesto rebuznando con serenidad triunfal, cuando todas las otras voces se habían extinguido ya. Los señores de León, no bien vueltos de su espanto, yacían acurrucados en el más recóndito rincón de la caverna, y el rebuzno seguía vibrando, triunfador y supremo; voz grande y única en los mundos del sonido.

Tertulia (imagen)

La Tierra de el Dorado

LA TIERRA DE EL DORADO
 

He aquí la historia del lago Místico.

He aquí la historia del príncipe que recubría su cuerpo con polvos de oro -allá en tierras muy lejanas y en muy lejanos días-, y a quien los conquistadores dieron el nombre de El Dorado.

He aquí la historia de la gran Catarata, que aún sigue cayendo y tronando, en memoria de lo acaecido en tiempos tan remotos.
 

I
 

El pueblo chibcha vivía en una llanura extensa situada en el corazón del vasto continente sudamericano. La llanura se halla en aquella parte del globo donde los rayos del sol caen vertical mente como el agua de las nubes. Esa parte de la tierra se llama los trópicos. Hace allí mucho calor, y no hay invierno nunca.

En la tierra de los chibchas el calor no era tan grande, porque ellos vivían en una meseta, que es una llanura en la cumbre de las montañas. Los chibchas habían sido muy ignorantes en otros tiempos: no sabían cultivar la tierra ni construír habitaciones cómodas; vivían pobres y hambrientos; se alimentaban con frutas y raíces, con pájaros y cuadrúpedos que mataban con sus flechas, y con peces que cogían en sus redes. Apenas tenían con qué cubrirse el cuerpo. Eran lo que se llama salvajes.

Los chibchas eran indios de baja estatura, piel amarilla y nariz achatada.

Un día apareció entre ellos un hombre blanco, de barba dorada. Venía ataviado con vestidos que le cubrían todo el cuerpo, y era benévolo y generoso.

Pronto supieron que se llamaba Bochica. El les dijo que había un ser superior, un Dios cuyo nombre era Zoé, el cual había creado los hombres, los animales, las plantas, las rocas, el agua, el aire y cuanto existía en la tierra, los ríos y los lagos, y todo cuanto se veía, como el sol, la luna y las estrellas. Díjoles también que Zoé había dispuesto el curso de las estaciones, el movimiento de los astros y el destino de los hombres, es decir, la vida y la muerte, el dolor y la dicha.

En un principio los chibchas no comprendieron lo que todo aquello significaba, pues el entendimiento de ellos era como el de los niños, para quienes cada día del año y cada hora del día trae una nueva sorpresa. Poco a poco, empero, esas ideas comenzaron a ser más claras para ellos Y entendieron, hasta cierto punto al menos, que había un Ser Supremo, creador y ordenador de todas las cosas visibles e invisibles.
 

II
 

También les enseñó Bochica el arte de cultivar la tierra. Mostróles que las semillas sembradas en ciertas épocas del año, reventaban en plantitas menudas que, nutridas por la tierra y por las lluvias, y calentadas por el sol, iban creciendo en tamaño, y con el tiempo producían frutos, los cuales cogidos en la madurez, proveían de alimentación segura a los sembradores. Instruyólos asimismo en la manera de guardar sus frutos para que durasen hasta la cosecha próxima, redimiendo a sus dueños del hambre y de la miseria.

De Bochica supieron las gentes que hay muchas plantas de cuyas hojas y tallos se pueden extraer ciertos hilos, llamados fibras, que aprendieron a torcer y a tejer en forma de telas, para hacerse vestidos y cubrirse el cuerpo. Entonces supieron los chibchas que de cierto arbusto llamado algodonero podían coger una lana natural, propia para hacer telas y frazadas.

Adoctrinados por Bochica, comenzaron a construír casas de bahareque; clavaban estacas en el suelo; llenaban los espacios intermedios con barro, el cual, secado por el sol, formaba las paredes; y cubrían los techos con paja, como resguardo contra el sol y las lluvias.

Bochica les enseñó asimismo a construír redes más adecuadas que las que tenían para coger los peces en los lagos y en los ríos y a construír mejores arcos y flechas para matar la caza en los bosques y los pájaros en el aire.

Así fue que la vida de los chibchas cambió de aspecto completamente al cabo de poco tiempo, y porque ya tuvieron vestidos, casas cómodas y abundancia de alimentos. En todas direcciones crecían las sementeras de granos, y las gentes vivían satisfechas y felices.


III


No se limitaban a lo dicho las enseñanzas de Bochica: enseñóle también al pueblo la ley de amor y caridad; ordenóles que guardasen la paz entre sí y con los vecinos; que a cada cual se le respetase como propio lo que ganase con su trabajo; que contribuyesen todos y cada uno al bienestar de los demás; y que obedeciesen a sus soberanos y respetasen las leyes establecidas para el gobierno de la comunidad.

Bochica les aseguró que en cuanto viviesen de acuerdo con lo que les había enseñado, serían felices y gozarían de la protección y bendiciones de Zoé, el supremo gobernador del mundo; y que, al contrario, si no eran justos y virtuosos, si olvidaban el culto de Zoé, si eran crueles y orgullosos y perversos, el castigo de Zoé recaería sobre ellos.


IV


Después de haber conducido al pueblo de la pobreza a la holgura, de la ignorancia al conocimiento de las artes que habían de hacerlo rico y feliz, Bochica desapareció sin que nadie supiera a dónde ni cuándo se había marchado.

Los chibchas recordaron sus enseñanzas por largo tiempo. Su riqueza aumentaba todos los días, edificaban aldeas y ciudades, consagraban templos a Zoé, el todopoderoso, y comerciaban con los pueblos vecinos, cambiando sus tejidos por lo que esos pueblos podían suministrarles, que era oro principalmente.

Pronto aprendieron a trabajar el oro y a hacer dijes y adornos con que alhajaban sus personas o que llevaban como ofrendas a los altares de los templos.

Sostuvieron varias guerras con sus vecinos y salieron victoriosos; extendieron sus dominios al este y al poniente, al sur y al septentrión, y el imperio llegó a ser próspero y grande.

Con el correr de los años, sin embargo, y por la riqueza y la prosperidad, los chibchas se tornaron orgullosos y dominantes; fueron crueles, olvidaron el culto de Dios y se dieron a la embriaguez.

Los reyes no daban buen ejemplo a los pueblos antes bien superaban a los súbditos en vicios y crueldades.

Habían olvidado por completo las enseñanzas de Bochica en cuanto se refiere a la conducta de la vida diaria.


V


Y sucedió que cayó sobre ellos el castigo anunciado por Bochica. Según se ha dicho, el Imperio chibcha estaba asentado en una gran llanura, en la cumbre de altísimas montañas. Alrededor de la llanura se alzaban cadenas de otras montañas aún más altas, de suerte que aquélla formaba un valle cerrado por todos los costados. Por el centro del valle corría un hermoso río, al cual se juntaban numerosas corrientes que venían de distintas direcciones.

Un día se desataron con violencia las lluvias sobre la tierra. Vino otro día, y otro, y otro y la lluvia seguía cayendo de manera nunca vista hasta entonces. Hincháronse el río y los torrentes, y salieron de madre, y empezaron a cubrir la tierra. El nivel de las aguas iba subiendo gradual y continuamente. Inundáronse los campos, las casas estaban cercadas por las ondas, y no había palmo de tierra que no estuviese sumergido bajo las aguas. Y la lluvia seguía cayendo y los torrentes recorrían el valle embravecidos e incontrastables.

Ya se inundan las casas de los hombres y las aguas siguen subiendo, subiendo cada vez más arriba. Las gentes despavoridas abandonan sus moradas del valle y trepan a las colinas cercanas. Pero las aguas no dejan de ascender, y la llanura es un vasto lago bajo el cual han desaparecido las casas, los templos y los árboles; y las aguas siguen subiendo, subiendo, subiendo, cada vez más arriba.

Ya alcanzan las primeras colinas donde los habitantes se han congregado y los obligan a trepar por los costados de las montañas mayores; pero el ascenso de las aguas no se detiene y las colinas se sumergen luégo y las gentes se refugian en las cimas de los más empinados montes. La lluvia continúan cayendo con la misma violencia del primer día.

Las gentes carecían de albergue y de alimento no sabían hacia dónde ir, y las aguas, crecientes y amenazadoras, las perseguían palmo a palmo hasta en su último refugio.

Entonces entendieron que aquel diluvio era el castigo predicho por Bochica y enviado por Zoé, en pena de tantos vicios y pecados. Y en su tribulación volvieron los corazones a Bochica, el Maestro y Protector. Y oraron con angustia y le rogaron que los salvase de la muerte.

Y he aquí que las negras nubes que cubrían el cielo se rasgaron de pronto, y un torrente de luz, de esa amada luz del sol, que ellos no veían desde el principio de la inundación, vino a caer sobre las turbias aguas y sobre la consternada multitud.

Y Bochica se dejó ver allá arriba entre las nubes; su faz bondadosa resplandecía como los rayos del sol. En la mano llevaba un báculo de oro, que era como el cetro de un rey.

Bochica les dijo a los chibchas que Zoé, apiadado de ellos, les concedía la vida, y que aquella inundación debía recordarles a ellos, a sus hijos, y a los hijos de sus hijos, los deberes que tenían para con Dios y para con los otros hombres. Luégo descargó sobre la cumbre un poderoso golpe con su cetro de oro; la montaña se abrió en pavoroso abismo, y por allí se lanzaron rugientes las aguas del inmenso lago, para venir a caer, tras de aquel salto furioso, en un hondo valle más allá de las montañas, formando una cascada maravillosa que hace estremecer los ámbitos con su rugir de trueno. Blanca como nube de incienso, surgió del fondo una columna de vapores, sobre la cual, al ser tocada por los rayos del sol, estallaron todos los colores del arco iris.

Tal fue el origen de la poderosa catarata, testimonio presente de aquella inundación formidable y de la hora en que Zoé escuchó las plegarias de su pueblo y le salvó de la destrucción.

El lago comenzó a mermar; de un modo lento y constante, tal como habían subido, las aguas fueron bajando, y a los pocos días la tierra volvió a estar completamente seca. Los chibchas reedificaron sus casas y sus templos, cultivaron los campos como antes, y en la memoria guardaron el recuerdo de los días terribles en que su nación entera estuvo a punto de perecer.


VI


Al retirarse las aguas dejaron en pos de sí una laguna, a más alto nivel que la llanura, en una cuenca de las montañas que habían sido sumergidas por la inundación. Allí quedó para recordarles a las generaciones futuras, el gran lago que en aquel tiempo cubrió toda la llanura.

El rey y los sacerdotes le dijeron al pueblo que la laguna era sagrada, y que Zoé la había coloca do allí, a la vista de todos, como prueba de su poder.

La laguna vino a convertirse en un santuario, al cual hacía peregrinaciones anuales la nación entera. Allí se celebraban grandes fiestas religiosas, y todos, ricos y pobres, nobles y pecheros, traían ofrendas que eran arrojadas a las aguas.

El rey en persona dirigía la ceremonia. Sentado en su trono, era conducido al lago por los súbditos, quienes se turnaban para llevar a hombros la pesada estructura donde el trono estaba colocado, y así recorrían las varias leguas que había desde el palacio hasta la laguna. El pueblo todo iba en pos del rey, cantando himnos religiosos, en interminable procesión de miles y cientos de miles.

Al llegar al lago, la multitud se desparramaba por las riberas y venía a formar una muralla viviente alrededor de las aguas sagradas. Hacíanse grandes hogueras, donde se consumían plantas resinosas de aroma penetrante; en el aire flotaba una como nube de incienso. Resonaban cuernos y trompetas, y por el ámbito se dilataban los cánticos sagrados.

Desnudándose de sus vestiduras, el rey se ungía el cuerpo con un aceite vegetal, extraído de ciertas plantas que crecían en la llanura. Luégo se revolcaba repetidas veces en un lecho cubierto de una gruesa capa de polvos de oro. Estos se le adherían al cuerpo, aglutinados por el aceite con que estaba ungido; de suerte que al levantarse el príncipe parecía una viva estatua de oro, que refulgía a la luz del sol.

Para no verlo, pues era grave pecado que ojos humanos se posaran sobre el dorado monarca, las gentes volvían las espaldas al rey y a la laguna.

Acercábase el príncipe a las aguas, donde le esperaba una balsa hecha de las cañas que crecían alrededor del lago. Sobre la balsa había un montón de dijes, brazaletes, zarcillos, petos e ídolos de oro; había también gran número de esmeraldas, que procedían de unas minas próximas a la tierra de los chibchas, y que éstos adquirían por tráfico o en sus guerras con los pueblos confinantes.

El rey subía solo a la balsa y remaba con lentitud aguas adentro. Llegado a la parte central de la laguna, iba arrojando, una a una, las ofrendas de oro y las piedras preciosas, al fondo de las aguas. Entretanto las gentes de la ribera, siempre con las espaldas vueltas a las aguas, arrojaban hacia atrás sus propias ofrendas consistentes también en oro y piedras preciosas.

Cuando todas las ofrendas habían sido arrojadas al lago, el rey se sumergía bajo las aguas, y dejando en ellas el polvo que le cubría el cuerpo, volvía luégo a la balsa. El lugar donde se sumergía el rey quedaba señalado por una mancha de amarillo vivo, que hacía brillar las ondas como si fueran de oro fundido.

Luégo volvía remando a la ribera.
 



Entretanto las hogueras ardían gloriosamente; el humo perfumado, como nube de incienso, robaba la luz del sol, y los ecos resonaban ensordecidos por el estruendo de los cánticos, de los cuernos y de las trompetas.

Terminada la ceremonia, el rey y los vasallos se entregaban a la alegría, y la bebida nacional, que era un fermento de maíz, corría entonces a torrentes.

Después de dos o tres días de universal jolgorio, el rey era reconducido por sus súbditos a palacio. No era el regreso tan ordenado y solemne como lo había sido la marcha a la laguna.

La ceremonia tenía lugar, según se dijo antes, una vez por año.

Estos sucesos sucedieron hace siglos, antes de que América fuese descubierta, y cuando los europeos aún no sabían nada de su existencia.

Fueron los españoles los primeros europeos que arribaron a las costas del continente sudamericano. El primer pueblo indígena que encontraron tenía vagas noticias de la gran nación chibcha, la cual vivía cientos de leguas hacia el sur. Se hablaba de ella como de un imperio próspero, cuyos habitantes eran ricos, sabios y diestros en las artes de la paz y de la guerra. Allí supieron los recién llegados que el rey de los chibchas se cubría el cuerpo con oro en polvo y se sumergía luégo en las aguas de una laguna sagrada, que, además arrojaba allí alhajas de oro y que sus vasallos hacían lo mismo.

De allí vino el nombre de El Dorado.

Como eran muy vagas las noticias en cuanto a donde estaba situado el imperio chibcha, no sabían los españoles ni los otros europeos que oyeron hablar del lago Místico y del Rey Dorado, en qué dirección precisa habían de dirigirse para encontrar aquel pueblo tan rico y aquella laguna en donde debía hallarse un tesoro invaluable, acumulado allí en el transcurso de los siglos.

Muchos y muy audaces exploradores partieron en todas direcciones, al través de selvas intrincadas, por sobre altísimas cadenas de montañas, a lo largo de ríos caudalosos y de valles interminables, abriéndose paso con las armas por entre tribus salvajes y hostiles, en busca de la tierra de El Dorado: que está en la naturaleza de los hombres atropellar por todo peligro y ponerles el pecho a las más arduas empresas cuando la sed de oro los guía.

El imperio fue descubierto al cabo por un atrevido explorador español. Quedaron vencidos los chibchas y fueron súbditos del rey de España; perdieron sus riquezas juntamente con su libertad. Así cayó el país de El Dorado bajo la dominación española.

El lago Místico fue descubierto; pero bajo sus aguas yacen todavía los tesoros que allí fueron arrojados. Parece que Zoé y Bochica velan sobre ellos; vanos han sido cuantos esfuerzos se han hecho para rescatarlos; el lago Místico guarda fielmente las ofrendas de un pueblo que fue poderoso y cuyos días de gloria se pierden en un pasado remoto.

La leyenda de El Dorado atrae todavía a los hombres hacia el lago Místico, sentado allá en la cuenca de una cima, en el corazón del continente sudamericano, donde el sol ecuatorial engalana a la tierra con la verdura de una primavera perpetua.

El Dorado (imagen)

Mina y Bili

MINA Y BILI
 

Bili, pajarillo joven, había volado toda la mañana sin rumbo y sin objeto fijos. Sentíase triste y solo, muy solo.

Vio una pajarilla, que, como él, andaba volando sola.

Acercóse a ella y la siguió en silencio. Bili quería decirle algo, pero no se atrevía. Cobrando valor, al fin, balbuceó: -¿Puedo... volar... contigo?- Como no obtuvo respuesta alguna, repitió la pregunta.

-Pues si quieres... -contestó ella sin volver a mirarle.

Bili se acercó más a su compañera. Después de un largo silencio, Bili preguntó:

-¿Cómo te llamas?

-Me llamo Mina.

-¿Qué nombre más bonito!

-¿Te parece? -dijo Mina volviéndose a él por primera vez.

-¡Oh! sí, ciertamente.

Mina y Bili siguieron volando sin hablar por largo rato. Luégo dijo Bili:

-Hagamos un nidito juntos.

Mina se sintió turbada. Al cabo dijo:

-¿Y tú sabes hacer un nido?

-Por supuesto que sí, y ya se dónde hacerlo.

-Bueno, y ¿dónde?

Bili le contestó al oído:

-Allá en el campanario de la iglesia.

-¡En el campanario! ¡Por cierto! Eso es absurdo. Bonita protección contra la lluvia y el sol. ¡Campanario! ¡Qué gracia!- No podía estar más irritada.

-No te enojes; no lo dije por mal.

-Verdad, pero eso no quita que sea una tontería.

-Conozco otro punto mejor -dijo Bili.

- ¿Cuál?

-Sé que te gustará. ¡En... el techo... de la escuela!

-¡La escuela! ¡La escuela! -gritó Mina alejándose de él-. Peor que peor. ¿No ves que los chiquillos no nos dejarían en paz? ¡La escuela! ¡Qué gracia! No cuentes conmigo.

Bili se sintió profundamente desgraciado. No sabía qué decir. Al fin insinuó con humildad:

-Tal vez tú podrías...

-¡Oh sí, tal vez. Lo mismo de siempre. Ustedes los hombres se lo saben todo. Nosotras no tenemos voz ni voto en nada.

-Mina, por Dios, te ruego que...

-Yo conozco un lindísimo sitio en la copa de un árbol del parque, cerca del lago, sobre la avenida central. Esta mañana no tenía dueño todavía, pero será fortuna que no tenga dueño ya.

Dicho esto tendieron el vuelo hacia el parque, yendo Mina delante, con toda la rapidez que les era posible. El sitio estaba libre todavía. Mina tomó posesión de él temblando de puro gozo. Luégo dijo:

-No perdamos tiempo.

Y pusieron manos a la obra. Ella se quedó en el árbol cuidando el sitio y él se fue a buscar con qué fabricar el nido. Trabajaron con tesón y al caer la noche ya estaba el nido terminado. Ya tenían casa propia. Después de la labor del día se sentían muy cansados y se quedaron dormidos inmediatamente.

Mina fue la primera que despertó al despuntar el sol.

-¡Bili! -dijo- ¡Bili! ¡Biiili!

-¡Ah! ¿dónde... dónde estoy? ¡Ah!, sí, ya me acuerdo. ¿Qué hay, Mina?

- ¿Qué hay, Bili?

En los árboles vecinos vieron otros pájaros en sus nidos; pájaros que revoloteaban alrededor o que estaban posados en las ramas; pájaros que cantaban al son naciente; y pájaros, en fin, que después de bañarse en los pozos vecinos, dejaban secar sus alas extendidas.

-Qué pereza tengo.

-No importa, Bili. No tenemos gran cosa que hacer. Y ambos se quedaron en el nido, dorado por los rayos del sol.

Mirando las anchas calles que pasaban por debajo de los árboles, dijo Bili:

-Allí viene el aya de Sonny con otro niño.

-Ese es Sonny -dijo Mina volviendo a mirar.

-Pero Sonny tenía rizos y este niño no los tiene.

- ¿Y acaso los rizos no pueden cortarse?

De ese modo supo Bili que era inútil disputar con Mina. No volvió a intentarlo nunca y la paz reinó en el nido.
 

 

Todos los días volaban juntos en busca de alimento. A menudo pasaban cerca del campanario y de la escuela; pero nada decía Bili, pues el árbol del parque estaba infinitamente mejor.

Cierto día apareció un huevo pequeñito en el nido. Al siguiente hubo otro, y otro luégo, hasta que fueron cuatro. Bili tenía que salir entonces solo y traer el alimento para Mina. Ella se quedaba calentando los huevos.

Al volver una tarde, halló Bili en vez de cuatro huevos cuatro pajarillos que le llamaban papá. Su corazón rebosaba de alegría.

Por varios días tuvo Bili mucho que hacer para alimentar a la madre y a los cuatro chiquillos. Pronto, sin embargo, tuvieron fuerzas para ensayar el vuelo, alrededor del nido primero, de rama en rama después, luégo al árbol vecino, hasta que al fin pudieron volar largos trechos en compañía de sus padres.

Un día dijo Bili:

-Ya se aproxima el frío, los árboles van a perder sus hojas y la tierra se helará. Es preciso que nos vayamos a más templados climas. Al día siguiente Mina, Bili y los cuatro pajarillos se unieron a una banda de pájaros que se cernían en las alturas como una enorme letra V. Dejaron atrás el parque, el campanario de la iglesia, la escuela, los campos, las florestas y las montañas, y desaparecieron como una nube en los cielos. Cruzaron el océano y llegaron a un país donde el invierno es desconocido y donde los árboles están siempre verdes y cubiertos de follaje.

Mina Y Bili (imagen)

Morgan

MORGAN*
 

Ibamos cuatro. Enrique mi primo; mi secretario Andrews; Fermín y yo. El tren había llegado a Facatativá a las tres de la tarde. Aún quedaba tiempo para llegar a Agualarga antes de que cerrara la noche. Muy pronto estuvieron ensilladas las bestias y despachadas las cargas de equipaje, con arrieros de confianza, emplazados para encontrarse con nosotros en Honda. Cuando salimos del pueblo y la emprendimos por la reseca carretera, en que las ruedas de los carros habían dejado huellas que parecían cicatrices, el sol caía de soslayo, bañándonos el rostro por debajo de las anchas alas de los jipas. Parecía en un principio que fuéramos los únicos seres vivientes en aquel camino; luégo encontrábamos frecuentes partidas de arrieros, que echaban pasto y caña de maíz, mezclada con trozos de panela, a sus recuas; otros amontonaban los bultos descargados bajo techo, en los corredores de las ventas o posadas. En éstas estaban encendidas las velas de cebo en faroles grasientos, o ardían con llama orlada de humo, las lámparas de petróleo.

Pronto empezó a descender la vía; ya sólo aparecían las casas a largos trechos. Las sombras caían con rapidez. Ninguno de nosotros conocía aquellas partes; nos guiábamos por el camino mismo. Pasaron las dos horas que nos habían dicho bastarían para llegar a Agualarga, y tres y cuatro, y no llegábamos. Ya era el caso de averiguar. Pero no había con quién. Se oían ladridos distantes de perros, mugir de ganados, y en las lejanas faldas se veían aparecer y desaparecer luces fugitivas. Y el camino continuaba desarrollando sus curvas, premeditadas para no extralimitar la gradiente establecida en algún contrato de construcción, con irritante tenacidad y como con intención de poner nuestra paciencia a prueba.

En una vuelta dimos con una casa, que destacaba entre las sombras sus contornos indecisos esfumados en lo negro de la noche. Tras largo llamar a la puerta, apareció un hombre, como salido de un pozo; no traía luz en la mano; en la casa no se advertía la menor señal de vida. Nos informó que nos habíamos desviado, tomando a la izquierda en vez de la derecha, dos leguas atrás, y que después de esa casa, que era un granero, no había otra alguna en aquel camino, que todavía no iba a ninguna parte, pues estaba en construcción, y a poca distancia de allí, a menos de un cuarto de legua, se perdía en el monte. Consintió en dejarnos entrar a pasar la noche: atamos nuestras cabalguduras después de aliviarlas de frenos y monturas, a los postes de la casa, y penetramos en ella. Nos tendimos literalmente sobre el trigo en el cuarto a que nos condujo el hospitalario labriego, «el menos lleno», como él decía. Cubría el suelo una capa de grano, de cosa de media vara de espesor. Las alforjas nos servían de almohada y como nos hundimos entre el trigo cual si fuera en un líquido no tuvimos necesidad de mantas para cobijarnos.

Al día siguiente, deshaciendo lo andado, emprendimos viaje, muy temprano, hacia Agualarga a donde llegamos a eso de las ocho de la mañana. Con abluciones y un copioso refrigerio, tratamos de compensar los quebrantos de la mala noche. No nos olvidamos de nuestros animales; se les suplió ración cumplida de maíz y de yerba fresca, cebada verde segada, que relucía como esmaltada por el rocío matinal. Era de oírse aquel regocijado chasquear de mandíbulas que trituraban los duros granos, y de verse la complacencia revelada en festivas coces al vacío y en un batir de colas intermitente y agradecido. Refocilados y repuestos, bípedos y cuadrúpedos, continuamos viaje a Honda, donde nos esperaba el vapor del río.

Pasamos por Chimbe, en donde comenzaba la región cafetalera: la vegetación había cambiado; se sentía la atmósfera de tierra caliente; el camino iba en descenso, pero, a veces, como arrepentido, la arremetía con una eminencia, hasta coronarla, para volverla a bajar, y para repetir más allá la subida y la bajada, como si sólo se tratara de un ejercicio arbitrario y sin objetivo. Apareció en el fondo de un valle, como a corta distancia, la aldea de Villeta, a la que tardamos tres mortales horas en llegar; ya la perdíamos de vista en las vueltas, ya resurgía para volver a desaparecer. Al recorrer la única calle del lugar, empedrada de guijarros negros y lucientes entre casas pajizas y destartaladas, alguno habló de la ceiba monumental de la plaza. A su sombra podía abrigarse un regimiento; el mercado semanal del pueblo reunía la población de los vecinos campos bajo sus robustos y frondosos ramos. En ocasiones, contra su tronco rugoso e indefenso habían emplazado el banquillo, para matar hombres. Cuando llegamos, la plaza estaba solitaria, el sol lucía en un cielo tropical, sin una nube y de un azul intenso; la luz se filtraba por entre las hojas; en la penumbra tamizada al pie del árbol reinaba una quietud mística y sedante, como bajo la cúpula de un templo.

Subimos las cuestas del Pataquero y del Sargento, pasamos por el Alto del Trigo y por el estrecho valle de las Tibayes, caímos al de Guaduas, volvimos a subir otra cuesta, y al llegar a la cumbre pudimos ver, como una revelación, allá al pie de los montes, el valle del Magdalena; al otro lado, enfrente de nosotros, se alzaba otra cordillera, y en medio de las dos corría el río, entre verdes florestas, como una faja bruñida de un color amarillo mate, hasta perderse en la lejanía, cual si cayera al mar. Hicimos alto en El Consuelo de Clemente Mejía, que era una venta asentada en un recodo, desde el cual se dominaba el panorama.

La venta El Consuelo merecía su nombre; los que venían de abajo, del valle, llegaban allí después de tres horas de laborioso ascenso, por flancos escarpados de la cordillera, que en esos parajes dilataba sus ásperas sinuosidades, hacinando montes sobre montes desde la llanura hasta las nubes; los que venían de arriba, hacían un alto, antes de emprender el descenso, no menos laborioso, por la angosta vereda que serpeaba entre las faldas y que a veces se tendía sobre los precipicios, en sesgos y quiebros, al parecer impracticables para todo ser desprovisto de alas.

Sin duda la belleza del paisaje y la augusta majestad de los lejanos montes, envueltos en brumas, el río, el valle, el cielo límpido, movían el espíritu a la contemplación, y, por lo visto, a la contemplación comunicativa. Hallábase en la venta un álbum en que, contagiados por un primero y temerario grafómano espontáneo, los viajeros habían dejado escritas sus impresiones. El contenido de la tal crónica no resultaba edificante; sólo guardo en la memoria esta frase de Juan de Dios Uribe, escrita seguramente después de hojear las pacientes páginas repletas de pseudo prosa y pseudo-verso: «Suplico a mis conciudadanos que no sean tan imbéciles». Súplica ésta, sea dicho de paso, poco menos que yana en aquel país, como en todos, ya que la verdad es, como apunta Renan, que la imbecilidad humana es lo único que puede dar idea de lo infinito.

Mis contemplaciones fueron retrospectivas dentro de los acontecimientos recientes enteramente atañederos a mi propia vida.

Después de haberme detenido en la capital varias semanas, con prohibición de moverme de ella, el señor ministro de justicia me había concedido la libertad de ausentarme y había confirmado tamaña gracia, entregándome un salvo-conducto, en que se me recomendaba muy encarecidamente a las «autoridades del tránsito» para que no sólo no me opusieran obstáculo alguno, sino que, antes bien, me ayudaran en cuanto fuese posible.

Otro ministro, hombre hidalgo a carta cabal, y colega del de justicia, al enterarse, antes de mi salida de Bogotá, de que yo me iba para el extranjero confiado en el precioso documento, me advirtió, con benévola sonrisa: «Creo que no debe usted llevar ni muchos papeles, ni mucho equipaje. No sería extraño que regresara usted a la capital antes de lo proyectado. . . »

Al buen entendedor... pensé entonces, y no sin provecho.

Semanas antes por aquel mismo camino había pasado, entre escolta armada, para el destierro, del que jamás volvió a la patria, mi anciano padre; seguramente sus cansados ojos contemplarían esos infinitos horizontes, llenándolos su espíritu por la vez postrera con aquel anhelo de justicia y de caridad, que fue la llama de su vida, vivida toda ella, noble y gallarda y fecunda, hora por hora, y día por día, en pro de la tierra que lo vio nacer.

Empezamos el descenso. Nuestras bestias que ya daban señales de fatiga, después de dos largas jornadas, se reanimaron como si presintieran el fin del viaje. El sol caía a plomo sobre nosotros; zumbaban en el aire insectos impalpables, y un vaho cálido y como aromado surgía de la floresta ambiente. Al llegar al llano, dimos con una cordillera abandonada, destruída en partes, en partes oculta bajo la maleza vigorosa que reivindicaba su imperio; más allá encontramos una caldera destripada, como si fueran los restos de un monstruo prehistórico; en el centro de ella se erguía una palma enana, cuyas raíces pugnaban por romper su prisión de hierro, y por los lados trepaban lianas y juncos verdes y florecidos, que parecían coronar en señal de piadosa remembranza, lo que aún quedaba del sueño que en esas partes había soñado un yanqui chiflado, precursor del ferrocarril que no había llegado aún, y que en soñar así, con cosa tan material y mecánica, se había pasado la vida. ¿Qué importa cómo, ni dónde, ni en qué se sueñe o se cante? Todo es uno, y el fin es el mismo.

Para pasar a Honda, al otro lado, había una barca. Era esta un planchón más pronto ancho que largo, sin proa ni popa, achatado de fondo, y descansaba sólo en la parte media sobre el agua; los extremos, delante y atrás, se empinaban al aire, como se alzan las proas de las galeras que se ven en los viejos cuadros. Tenía a la mitad, en lo que fuera la cubierta, si barco fuera, una compleja maroma de cables y poleas, en que consistía todo el busilis del mecanismo propulsor. Parece que soltando las amarras, la barca se iba con la corriente del río, y éste, sin darse cuenta de lo que hacía, la arrastraba; pero como las precipitadas poleas aprisionaban a unos cables tendidos de margen a margen, cuando la barca llegaba a cierto punto, los cables se atezaban a la misma corriente, dócil sierva de la ciencia, y llevaba a la barca, como de la mano, al otro lado.

Yo no me di cuenta cabal del engranaje de estos fenómenos. Seguramente la aclaración de todo ello estaba en aquella mi Física de Ganot; sin duda me lo habían explicado en clase, en días que ya empezaban a parecer remotos, Luis Lleras o Ruperto Ferreira, o Joaquín Suárez -alias El Paturro, de grata recordación- profesores de ciencia y paciencia reconocidas. Sin poder analizar los hechos, no por ello dejaba de complacerme ver comprobadas teorías a no dudarlo expuestas por tan dignos catedráticos; en todo eso debía haber resultantes de fuerzas, acción o reacción, y hasta cuadrados inversos, y muchas otras cosas igualmente intrincadas y científicas en un tiempo mías, ya olvidadas. El hecho es que la barca en que íbamos con nuestras cabalgaduras y diez o doce pasajeros más, llegó al otro lado. Yo ví en esa travesía un triunfo para mis ausentes profesores, triunfo consolador porque vencía aquel escepticismo privativo de nuestro temperamento, hijo tal vez de nuestra experiencia. «Vea, don Lucio», le decía al general Lucio Restrepo un desengañado boticario de Medellín, «convénzase, en Colombia la química no sale».

En el hotel hallamos nuestros equipajes, y supimos que el vapor saldría al día siguiente por la tarde. Durante la comida, Andrews me dijo: «En aquella mesa está un militar, que parece americano o inglés, por el ademán y por los ojos azules, lo miran a usted, él y su compañero, y parecen hablar de usted».

Se me informó por el camarero a quien pregunté, que de los dos comensales uno era el alcalde de Honda y el otro el general Morgan.

En medio de los preparativos que hacíamos para embarcarnos, distribuyendo nuestros equipajes, de suerte de tener a la mano lo que pudiéramos necesitar en los seis u ocho días de navegación fluvial para llegar a Barranquilla, se presentó el alcalde, me llamó aparte, y me manifestó que tenía órden telegráfica del señor ministro de justicia, recibida la víspera, de reducirme a prisión; que el general Morgan, jefe de la guarnición, tenía el cargo especial de ayudar a mi captura y detención, y que, a solicitud del dicho general, y bajo su garantía, había consentido el señor alcalde que hablaba, en dejarme pasar la noche tranquilo en el hotel, el cual había estado como sitiado, con todos los puntos estratégicos circunvecinos ocupados por destacamentos apercibidos para toda emergencia. El señor alcalde conservaba su seriedad y abundaba en cortesía de palabra. Yo expementé un ligero espasmo de orgullo ante tan formidables precauciones, que me daban la idea de atar una golondrina con las alas rotas -pues los ojos son alas, y los míos son de paupérrima visión- con un cable de los usados para levar el anda en los barcos de alto bordo.

Se me concedió una hora de término antes de trasladarme a la cárcel del lugar, conocida con el nombre sugestivo de La Ciega.

Mientras hablábamos el alcalde y yo, pasó a mi lado y entró al vecino cuarto donde estaban los baules, el amigo Tomás Ribón; pronto volvió a salir y se alejó sin decir palabra.

Poco después sobrevino el general Morgan; le manifestó al alcalde que el gobierno lo hacía a él, es decir, a Morgan, responsable de mi persona, y que si yo llegaba a escaparme, seguramente lo depondrían de su mando y le seguirían consejo de guerra. Agregó que La Ciega no daba plenas garantías, y que él se encargaría de mi persona, situándome en el lugar que le pareciera conveniente, y que, felizmente, contaba con trescientos cincuenta hombres, entre oficiales y soldados, dispuestos, como él también lo estaba, a derramar hasta la última gota de su sangre en cumplimiento de su deber.

La Ciega tenía su reputación homicida bien ganada: mataba de fiebre perniciosa a tres días de vista. Pero no era de eso de lo que se trataba, al menos así no lo quisieron entender ni el alcalde ni el general.

En vista de que los caminos alrededor de la población eran escarpados en su mayor parte, de que el río torrentoso allí mismo me hubiera cerrado el paso por un lado, y los montes por el otro, y de que, dada mi suprema miopía, a mí me era difícil distinguir a tres metros de distancia entre una cerca de piedra y un mulo inmóvil, tal vez la inquietud del gobierno de Bogotá revelada en las órdenes transmitidas al alcalde y al general, no resultaba del todo justificada. Trop de zele, que decía M. Tayilerand.

De esta manera vine a quedar bajo la inmediata custodia del general y de sus trescientos cincuenta veteranos. Sin duda, de todo ello se dio oportuno aviso a Bogotá al supremo gobierno, y sin duda también, tranquilizados a ese respecto los insignes patriotas que lo constituían, pudieron aplicar la parte de sus energías que mi cuitada persona les embargara enantes, al servicio de la patria, para la que ellos hacían historia, que, seguramente, ansiaban que fuera limpia y fecunda en beneficios presentes y futuros.

Ni por pienso me ocurrió hacer mención de aquel solemne documento en que paternalmente se me recomendaba a las autoridades del tránsito para que se me ayudara en mi empeño de ir más allá, vulgo viajar, y no se les instruía para que me dieran contra una esquina, como quien dice. Prestarle fe de propósito a la palabra humana, en ciertos casos, es indicio de candor rayano en estulticia irredimible, o de enajenación mental.

Como la orden del señor ministro de justicia, corroborada específicamente por el de guerra, era de mantenerme incomunicado, tuve que despedirme de Enrique y de Andrews. Este último alcanzó a decirme que mis papeles, de los que había muy pocos, habían desaparecido. Aquello no me inquietó. Cerca de un año más tarde en París, almorzando en el Café Vosin, al amor de una botella de Glos de Vougeot, que aprisionaba toda la tibia caricia de un verano borgoñón hecha líquido, entre sus paredes de vidrio, me los entregó Tomás Ribón, aquel hidalgo y dilecto compañero, leal a sol y sombra, ido ya tras el confín del tiempo...

El general me condujo a su casa, que era más bien un cobertizo: muros de vara en tierra, cubiertos de barro seco, enjalbegados y jibosos, con unas troneras rectangulares a su manera, a guisa de ventanas, para dar paso al aire y a la luz; techo de paja, ceñida con bejucos a las vigas de la armazón primitiva, cuya anatomía íntima aparecía al desnudo desde el interior, de las tres o cuatro piezas o compartimientos en que estaba fraccionada la estancia, por medio de tabiques idénticos a los muros laterales, que se detenían en mitad del camino... El general no era rico.

Me habló en inglés: «Yo no puedo consentir, mientras esté en mi mano impedirlo, que usted vaya a La Ciega. Tendrá usted esta pobre casa por prisión. Mande usted en ella. Quisiera poderle ofrecer algo mejor».

Comprendí toda la nobleza de aquel hombre. Al fin yo no era sino uno extraño; una hoja caída que el viento arrastraba cerca de él. Por otra parte, él sabía que mi nombre no era grato, ni mucho menos, en las alturas de que él dependía. Lo natural hubiera sido reservar su caridad para mejor ocasión, y como fiel soldado, cumplir la orden superior sin cortejar la tempestad, que, como él debía saberlo, solía estar tan a flor de epidermis. Por mi parte acepté agradecido; además, aunque lo hubiera querido, no podía hacer otra cosa.

Muy pronto hube de advertir que mi presencia en aquella casa trastornaba de raíz la humilde economía doméstica del general. Dime a cavilar en busca de un arbitrio para remediar tan anómala situación, llegando a concebir una idea salvadora que me da, con orgullo y sin vislumbres de modestia, el derecho a que se me cuente entre los mortales con excepción que han realizado algo enteramente original, y en mi caso, único en la historia de la humanidad. No se me acuse de pretencioso ni de fanfarrón. Oigaseme.

He callado muchos años esperando que otras plumas u otros labios revelaran mi título innegable al renombre, y es que este, como yo lo creo, se conquista realizando algo que nadie ha hecho antes, ni después. He consultado con eruditos que han perdido el cabello y la digestión leyendo manuscritos apolillados y sin apolillar; he solicitado informes de sociedades sabias y de doctas academias, y hoy, después de tan prolija investigación, puedo pregonar, urbi et orbi, que nadie ha hecho lo que hice yo. Si no tengo derecho a la gloria, entre otras razones porque no he matado ni siquiera un conejo, ni a la fama, sí lo tengo a que mi nombre aparezca en los diccionarios de conversación, y ésto ya colma mis aspiraciones.

«General -le dije a mi noble salvador-: ¿No sería posible hallar en el pueblo una casa que yo pudiera tomar en alquiler?». Ese mismo día fuí trasladado a una vivienda muy por el estilo de la del general, quien, según mis súplicas la había alquilado por mi cuenta, en sesenta pesos mensuales; pagué el primer mes adelantado me instalé en ella. Denuncié a Enrique como hombre peligroso, sin precisar cargo. Esto le valió que lo redujeran a prisión conmigo. A Fermín se le asimiló a recluta, dándole de alta en el batallón, para que pudiera servirnos sin violar la orden del osco ministro de la guerra.

El general hizo poner centinelas a la puerta delante de la casa y en el solar, que por detrás llegaba al río, en el preciso lugar en donde hervía y se estrellaba entre las rocas, marcando la crisis -valga la expresión- el salto de Honda. Así, aquella humilde casa quedó convertida en cárcel, y el inquilino forzado de ella, que era yo (y aquí está el hecho excepcional y único que me distingue entre los hombres), pagaba el alquiler de su prisión.

Reto y emplazo, a quien me contradiga, a que se muestre un caso, uno solo, fuera de éste, en que tal cosa haya sucedido. Y no fijo límites.

Búsquese en los recónditos anales de Nínive, de Babilonia, de Egipto, de Grecia o de Roma, o en los de la edad media, o del renacimiento, o en los de la historia moderna, en Europa o en América, o en donde se quiera. Un preso que paga arriendo como cualquiera otro inquilino, es algo original, único, aunque no sea ni glorioso, ni sublime. On fait ce que I'on peut.

Reconozco que parte de la distinción les corresponde de derecho a los egregios gobernantes de mi patria, que ordenaron mi encarcelamiento. El laurel -llamémosle así- alcanza para todos.

L'mie prigioni no fueron ni tétricas, ni fastidiosas. Como a Silvio Pellico, a mí también se me hizo un largo interrogatorio, que había sido preparado en Bogotá, «con todas las de Caín». Por lo demás, el cuestionario delataba una desconcertante impercia en los asuntos industriales y económicos de que se trataba, mal compensada por el ansia de adular estos o aquellos enconos banderizos, imperantes por el momento y necesariamente efímeros, como la hora fugitiva a que pertenecían. Todo aquello, eso sí, en nombre de la «patria», de «los intereses nacionales» y de otras tantas socorridas invocaciones de la comedia política, en aquel país y en aquella época, y en todos los países y en todas las épocas, porque en esto los hombres son unos mismos en todos los tiempos de la historia.

A mí me quedaba todavía un jirón de juventud, Enrique, mi cómplice ad hoc, tenía la suya en pleno fulgurar; ambos teníamos buena salud y buen humor; los guisos que nos suplía la cocinera del hotel vecino, no incluídos, a Dios gracias, en el entredicho del señor ministro de la guerra, sin ser tan suculentos y eclécticos como los de Caréme o de Paillard, llenaban decorosamente su noble misión; un traficante local nos había iniciado en los misterios de su bodega, enseñándonos cuáles eran los burdeos, málagas y champañas fabricados en Hamburgo o en Honda mismo, y cuáles los de genuina procedencia. Decía aquél ínclito embustero: «de todo puede hacerse vino, hasta de uva»; ante nuestra insistencia consintió en someterse, moyennant finance, a nuestros prejuicios reaccionarios, y nos suministró vinos que, siguiendo la rancia tradición bíblica, consagrada por el padre Noé con aquella curda memorable y varias veces milenaria, procedían exclusivamente de uva, ya francesa, ya española, sin que nosotros, hijos de una época progresista y pía, excluyéramos ni la del Danubio, ni la del Rhin, ni la del Po. Para algo es uno liberal y libre-cambista, y si no se respetan los principios, ¿qué cosa se respeta?.

Nos bañábamos de mañanita de pie al borde del río; Fermín y algún hijo de Marte de los que hacían la guardia, olvidado por unos instantes de su noble carácter de carcelero efectivo y defensor potencial de la patria, nos echaban agua a totumada limpia, como hacen con los caballos; la recogían en los pequeños remansos en que se refugiaba, después de estrellarse entre las peñas, toda blanca de trémulas espumas, y nos la arrojaban sobre las desnudas carnes, como una lluvia de perlas desgranadas.

No nos faltaban ni puros, ni pitillos; ese ramo de la delectación humana estaba bien desempeñado por las obras de Partagás, de Cabañas y de un don Prudencio Rabell, de clamorosa nombradía, en las cajetillas al menos.

Además teníamos libros. Unos volúmenes de versos, unos de crítica, unos de historia; Byron, Goethe, Leopardi, Mathew Arnold, Sainte-Beuve; algo moderno de esos días, olvidados ya, y -casi me ruborizo al decirlo- Gaboriau.

Así equipados, nos dispusimos con cristiano espíritu a sobrellevar con la paciencia que ordena nuestra santa madre iglesia, «las flaquezas y adversidades de nuestros prójimos», y la verdad es que no fracazamos en nuestro propósito.

Los oficiales de la guarnición, que mandaban las escoltas, encargadas de vigilarnos, las cuales eran relevadas todos los días, dieron en la flor de tratarnos como a seres corrientes y molientes; compartían. nuestras comidas, nuestros vinos, nuestros puros y cigarros y nuestras lecturas; de suerte que entre ellos y nosotros se estableció muy en breve una franca cordialidad, muy humana, pero ominosa en su esencia para bien de la República que exigía nuestra prisión. Aquello era un principio de corrupción, que habría bastado si él se hubiera enterado, por lo menos para hacer estremecerse de ira las gafas y el gorro del traicionado ministro de guerra.

Enrique leía en voz alta. Desde que Gaboriau entró en escena, los demás autores quedaron poco menos que olvidados. Los hombres de guerra que nos rodeaban -un oficial y ocho o diez soldados- sucumbían al conjuro de las narrativas espeluznantes; soltaban las armas y se agrupaban en torno del lector. Cuando les llegaba la hora del relevo, se iban mal de su grado, y cuando volvían, solicitaban que se les ataran los cabos de lo sucedido. Así, en contubernio flagrante con los soldados de la patria, recorrimos toda la escala del crimen, en esos días de prisión, cabe la margen del revuelto Magdalena.

En algunas ocasiones venía el general Morgan; siempre por la noche; cenábamos juntos y departíamos después largamente, fumando, encendiendo un puro en la colilla del otro y engarzando una observación o una anécdota a otra, como cuando se sacan guindas o cerezas de un cesto. Jamás hablaba de su persona; su plática revelaba que había leído mucho en libros y en el libro de la vida. Aquella actitud ante el destino, serena, acaso resignada, sin desfallecimientos ni melancolías rebeldes, ponía de manifiesto un temple probado en las vicisitudes, tal vez forjado por ellas, como el de las hojas de combate en el fuego. Leía con avidez cuanto libro le caía en la mano; muy pronto devoró todos los volúmenes de mi corta biblioteca de viaje, en su mayor parte viejos amigos suyos. Leía con provecho; carecía de disciplina académica y sus conocimientos que eran extensos y variados, sin encasillamientos pedantescos de escuela, ni de secta, y equilibrados por un buen gusto nativo, diríase que infalible. Era refractario, por carácter y por mentalidad, al lugar común, a la sensiblería, y a la pose. No había en su ser moral un acto de lo que en inglés llaman philistine.

¿Quién era él? ¿De dónde venía? ¿Cómo había llegado él con un nombre y un ser tan genuina mente anglosajones, a jefe de tropas colombianas? Esta curiosidad era natural; nadie se atrevía, de seguro, a indagar con él mismo; bien se advertía que aquella suavidad de carácter, resultaría rígida, adamantina, en el punto preciso a que él le pareciera; además, para la casi totalidad de quienes tenían que rozarse con él, ya superiores jerárquicos, ya subalternos suyos, ya individuos del montón que a su lado se movían, él era sólo un militar inglés, porque esa era su lengua nativa, que servía en el ejército de Colombia. Nadie se paraba a pensar si detrás de esa vida había una tragedia, un misterio o un dolor irredimible. Cada cual tiene su propia cruz, y la de cada uno es bastante para sí.

Mi cautiverio había durado cerca de tres semanas cuando el supremo gobierno decidió que me trasladara a Bogotá. El señor ministro de justicia y el señor ministro de la guerra comunicaron el aviso al alcalde y al general. Se me manifestó que me dejarían viajar sin escolta, bajo mi sola promesa de presentarme en la capital en un plazo de siete días. En la mente oficial había sobrevenido un cambio.

Iba a partir al día siguiente; el general vino a cenar conmigo y a despedirse. Nuestras pláticas ocurrían en un angosto corredor, en la parte de atrás de la casa, que daba al solar. Allí teníamos dos sillas mesedoras. Hablábamos en lo oscuro, sin luz, para no atraer a los insectos. Los puros encendidos lucían como tizones en el rescoldo y el humo ascendía en giros irregulares en el aire cálido y espeso de la noche tropical. No había luna; la noche estaba tan clara que permitía discernir en el cielo un azul intenso tachonado de estrellas titilantes como estremecidas en ritmos luminosos; en la tierra, envuelta en sombra más densa que el aire, apenas se destacaban los objetos vulgares inmediatos, los muros, los árboles entecos, las piedras del solar; a lo lejos, del otro lado del río, se alzaba la cordillera inmensa, negra, disforme, en partes como coronada de estrellas, por las constelaciones que parecían suspendidas al ras de alguna cresta más empinada que las otras. Reinaba aquel silencio, casi reverente, de la naturaleza, cuando el viento pliega sus alas y los elementos duermen; resonaba sólo el galopar incesante de las aguas del río, como el rumor de una muchedumbre humana, en la distancia.

Hacía rato que entrambos callábamos. Respondiendo a un pensamiento mío que mis labios no habían articulado, el general empezó a hablar por primera vez de sí mismo; su discurso estaba tan en armonía con mis deseos de saber algo sobre él, que entonces no me dí cuenta del fenómeno que se cumplía en aquel momento. Y dijo, evocando memorias, con el ademán y el tono de los hombres que cantan solos, a media voz, y para sí:

«La casa, construída a principios del siglo dieciocho, era del tipo colonial clásico, adoptado para las plantaciones, en Virginia y en las Carolinas, y copiado después de Alabama, en Georgia y en los demás Estados del sur.

«Una corona de humo en el centro, coronada por un frontispicio triangular, y a los lados dos cuerpos de edificios simétricos, de solo dos pisos; todo de un blanco deslumbrante; las columnas y los muros del frente estaban envueltos en madre selvas y jazmines; desde las ventanas se divisaban los barracones de los esclavos; los algodonales interminables, y allá, muy lejos, el río, afluente del Mississippi, en que se mecían los planchones usados para transportar el algodón.

«Bajo el techo de esa casa habían vivido sus vidas seis generaciones de mis mayores; aquella tierra era nuestra, consagrada por el sudor de nuestra frente y porque guardaba nuestros muertos en su seno.

«Un día nos llegó un rumor de odio, como el soplo de un horno; los nuéstros habían proclamado su derecho de vivir a parte y a su manera; los otros, los del norte, pretendían imponernos la unión con ellos, convertida en yugo para nosotros; como pacto eterno e inviolable; pretendían imponernos sus costumbres y modelar lo más íntimo de nuestra vida a su guisa y talante. Y como eran más numerosos y más ricos que nosotros, juzgagan que todo ello sería labor sencilla y rápida, como las siega del grano en los trigales.

«Porque resistíamos, éramos traidores, y nuestra lucha era rebelión; habían invadido nuestros campos y nuestras ciudades. Ardía la guerra en toda la nación, ayer una, dividida ya para siempre entre ellos y nosotros.

«En casa quedaron mi madre y mi hermana; mi padre, mis dos hermanos y yo, partimos para el campamento; así en todos los hogares del sur sólo quedaron las mujeres, los ancianos y los niños.

«Aquel fue un guerrear de cuatro años; sin tregua, sin piedad, y sin descanso, con la ilusión del triunfo en los primeros días, cuando llevábamos la rebelión de victoria en victoria en las puntas de nuestras bayonetas; de negra desesperación desde que la fortuna nos volteó la espalda y sentíamos ya el dogal inexorable que nos estrangulaba, sin esperanza de salvación.

«Mi padre y mis hermanos perecieron combatiendo antes de Gettysburg; mi batallón cargó con Pickett en esa jornada homérica; tres días hacía que el cañoneo retumbaba sin cesar; al caer de la noche se tendían en el mismísimo campo de batalla, los vivos a descansar y los heridos a morir; el último día nos vio atravesar, a paso de carga, en frente de la artillería del enemigo, las mil ochocientas yardas del valle asesino que nos separaba de sus trincheras; las rompimos, dejamos la mitad de los nuestros en el campo. No pudimos retener las posiciones conquistadas. Esa batalla nos costó la tercera parte de nuestro ejército, y fue el principio del desastre definitivo, que sobrevino cerca de dos años más tarde.

«Ya no hubo ilusión. Para el soldado del sur sólo había, según las palabras de Garibaldi: Sete, fame, marcie forzate, battaglie e morte».

El general hizo una pausa. Me pareció que la epopeya alentaba en el ambiente y que era batir de tambores el clamoreo del río entre las peñas.

El general prosiguió:

«Alrededor de Richmond, como un león herido, se recogió el ejército de Virginia, al mando del egregio Lee; el sur agonizaba, había dado cuanto tenía, riquezas y hombres, y la invasión avanzaba como la avenida de un gran río; el ejército de Potomac, al mando de Grant, estrellaba sus ondas humanas contra nuestras defensas, sacrificando vidas como si fueran hojas de árboles; todos los días llegaban refuerzos para ellos, en tanto que, no pudiendo nosotros sacarlos de las cunas, ni de las tumbas, nuestras tropas mermaban como bloque de hielo que derrite el sol.

«La guerra es el infierno, había dicho Sheridan; Sherman paseaba su antorcha incendiaria en una faja de sesenta lenguas de ancho, desde Atlanta, en el centro del país, hasta el mar; no dejó a su paso ni una casa, ni un árbol, ni un sembrado. Todo lo redujo a cenizas; otros jefes seguían su ejemplo en otras regiones de nuestro territorio; donde no se estaban matando los hombres, los vencedores incendiaban el país de los vencidos.

«Con todo, aunque faltaban las raciones, no nos faltaban los pertrechos, y aunque éramos uno contra cinco, les disputamos el suelo palmo a palmo. Llegó el día fatídico de la rendición. "No tenemos el derecho de morir", nos dijo Lee. " ¿Quién velaría por nuestras mujeres y por nuestros hijos? Es preciso aceptar lo inevitable". Se vistió de gala, con un uniforme nuevo y entregó su espada; los veinte mil soldados que aún le acompañábamos -una legión de espectros, desarrapados y famélicos- sentíamos al entregar las armas, que la voluntad de Dios pesaba sobre nosotros como una losa de granito.

«Grant no quiso despojarnos; le dejó su espada a Lee; ordenó que se nos entregaran nuestros caballos, según lo dijo en el parte a Washington, porque: "los habrán menester para labrar sus campos". Si hubieran prevalecido los hombres de guerra, que la habían hecho afrontando el peligro y la muerte, los vencidos habrían tenido el derecho al mañana; no fue así: sobrevino la invasión de los políticos, más inclementes y voraces que la tea de Sherman y de su hueste de incendiarios.

«Yo no tenía campos que labrar, ni hogar, ni familia; todo me lo había arrebatado la guerra. No podía, honradamente, jurar fidelidad a la Unión victoriosa; me lo vedaban, no un rencor insano, sino un mar de sangre, un incendio de cuatro años, que me dejaban solo en el mundo, con la amargura incurable en el alma y un puñado de cenizas en la mano».

El general prosiguió:

«Salí de aquel país que ya no era mío. No tenía fortuna ni profesión. Los cuatro años de ese vivir estremecido entre el azar y la violencia, se habían llevado mi juventud, y aún no contaba treinta años. Rodando de tierra en tierra, llegué a Egipto y tomé servicio en el ejército del Kedive; al fin, guerrear era lo único que yo sabía. Hice campañas en Arabia, en el Sudán, largas marchas en el desierto, al pie de las pirámides, de los márgenes del Nilo; en medio de esos hombres de tez bronceada, en aquel ambiente saturado de recuerdos viejos como la historia, revivía el pasado mío en mi conciencia. Ya veía el patio mío sereno y rumoroso con una palpitación de vida en el paisaje nativo; ya oía los cantos de los esclavos, al caer del sol, cuando regresaban del trabajo:

"Carolina del Sur, mi Carolina, su clima es ardiente; aquí trabajamos los negros todo el día al calor de los soles de verano, mientras el amo descansa a la sombra; a trabajar, a trabajar, antes de que raye el alba".

«Y vine a pensar que esa estrofa trivial, tantas veces escuchada, resumía las causas de la guerra: el germen del cataclismo residía en la iniquidad de nuestra vida social; los viajes me habían abierto los ojos, y mis dogmas de ayer se deshojaban como un roble al viento del otoño.

«Peleaba mis batallas otra vez; parecíame que la guerra duraba todavía, que era la corriente implacable y roja de un río, que me arrastraba fatalmente, más y más allá; o ya vivaqueaba en los viejos campamentos; surgían en la llanura la ciudad improvisada de tiendas móviles, que ondulaban al viento, como las copas de los árboles, las hogueras cariñosas, en que hervía el rancho, los grupos de hombres al amor de la lumbre, que olvidaban, entre cuentos y cantos, el afán intenso de aquel vivir inseguro, estrujado entre el combate de ayer y el de mañana:

«Otra vez se alzan nuestras tiendas en el viejo campamento; dadnos un canto que nos consuele; hay muchos corazones abrumados aguardando que la guerra cese; muchos ojos enturbiados, buscan en el cielo la aurora de la paz.

«Y así, en la distancia con el correr del tiempo, el furor de antaño se tornaba en piedad, no por los muertos, porque la muerte es paz, sino por los vivos que lloran a sus muertos; en vano para ellos las primaveras y los otoños traerán las flores y los frutos a los campos agostados ayer por el combate».

«Un camarada de los días de guerra me llamó a Colombia; soñaba él un viejo sueño siempre nuevo, de un áspero despertar cuando amanece el día y la realidad se impone. Suyas eran, o podían ser, unas minas en que el oro andaba entre mezclado grano por grano, con las arenas del lecho de un riachuelo milagroso,' que a los dos, a él y a mí, míseros despojos del naufragio humano de una causa egregia, nos había de llevar a la opulencia, y más que todo a la independencia personal. Sólo hallamos los granos de arena, los de oro no.

«Andando a la aventura, pude llegar a la capital. Recorría las calles, sin rumbo ni intención En mi bolsa quedaban dos pesetas de a cinco. No tenía techo que me amparara, a nadie conocía. En esas circunstancias, las ciudades parecen cementerios y los hombres fantasmas intangibles.

«Topé en mis peregrinaciones con una plazoleta de forma irregular; por dos de sus costados se alzaban edificios que tenían aspecto de conventos; en un ángulo había una iglesia de arquitectura incolora; por el centro corría, en ancho y pedregoso cauce, un arroyo vergonzante, que salía por debajo de un puente de mampostería, situado a un extremo de la plazoleta, y se escurría por debajo de otro idéntico al primero, al extremo opuesto.

«En las puertas de los antiguos conventos había centinelas; aquello comenzaba a interesarme. Sobrevino el relevo de guardia, fijé la atención en el desempeño del acto; me ocurrieron reparos sobre detalles, insignificantes tal vez para los legos, pero de importancia para los hombres del oficio, porque las reglas son las reglas y la táctica no admite licencias como la poética. La táctica es cosa seria.

«Instintivamente me acerqué hacia el grupo de soldados que ejecutaban el relevo; tanto los dos centinelas, el entrante y el saliente, que se comunicaban al oído la palabra sacramental del santo y seña, como los otros que apostados a tres metros de distancia de ellos, a norte, sur, éste, y poniente, con la bayoneta calada y el arma lista, protegían la transmisión del talismánico vocablo, todos estaban íntimamente posesionados de la trascendental significación de aquella ceremonia y hubieran muerto en defensa de ella. Nada podía ser más grato a mis aficiones -ya temperamentales y orgánicas- de viejo militar. La verdad, por otra parte, es, que en la plaza no se veía un alma, y que ni mosca cruzó el círculo mágico que formaban aquellos denodados guerreros, retando con sus bayonetas a los cuatro puntos cardinales.

«Terminada la maniobra del relevo apareció y salió del edificio el coronel del cuerpo, a quien reconocí por los galones que llevaba en la bocamanga de su uniforme de cuartel. Sin darme cuenta de lo que hacía, me acerqué a él, le hice el saludo militar y le dije que deseaba sentar plaza en su batallón. Ese mismo día me dieron de alta como soldado raso de la cuarta compañía. Ni el coronel Acevedo, ni mis nuevos compañeros de armas, los oficiales y soldados de su mando, sabían ni tenían porqué saber que me había tocado pelear en más combates que al más aguerrido veterano del ejército de Colombia, y que en algunos de ellos, como en Gettysburgh o en Shilon, había quedado en el campo mayor número de hombres que el de diez veces ese mismo ejército al que yo acaba de ingresar.

«Por aquel entonces había llegado al parque nacional una batería de seis ametralladoras americanas, desarmadas y empaquetadas en numerosas cajas. También habían venido, como era natural, planos, diseños y direcciones para armarlas. Todo ello le fue entregado a un animoso funcionario que ocupaba el puesto de subguarda parque nacional. Este último había hecho trasladar las cajas al cuartel de mi batallón.

«El dicho funcionario no había visto una ametralladora en su vida; era joven, acometedor y se decía que sabía álgebra, trigonometría y cálculo en grado superlativo. Procedió a armar las ametralladoras y, dadas las circunstancias, obtuvo un éxito, sino del todo completo, sí altamente meritorio. La visualidad, es decir, el aspecto, era exacto al de los diseños; el mismísimo inventor no hubiera podido menos de reconocerlo. Sucedía, sin embargo, que le habían sobrado piezas y que las ametralladoras no funcionaban. Todo lo demás estaba perfecto.

«El joven guardaparque rindió un luminoso informe, del que resultaba la demostración incontrovertible, por álgebra, por trigonometría, y por cálculo, de que el inventor y los fabricantes eran unos redomados pillos, pues los tales aparatos no podían jamás dar los resultados que se decía; en el informe se pedía, además, que se exigieran las responsabilidades del caso, sin miramientos ni contemplaciones, pasando los papeles al procurador nacional para que éste procediera sin demora, pues sin duda, había complicaciones colombianas. El informe terminaba, una vez sacudidas las estorbosas trabas técnicas, con un elevado apóstrofe al patriotismo colombiano, edificante y conmovedor.

«Pude enterarme, pues leía los periódicos, de que el incidente tomaba serias proporciones; el guardaparque fue el héroe del día, no sólo por su competencia científica, sino por su valor cívico. Se llegó a pedir la acusación del presidente de la República, del secretario de la guerra y del ministro de los Estados Unidos, y que, depuesto éste último, se mandara otro a Washington, para obtener por la vía diplomática, si era preciso, o directamente de los tribunales de justicia norteamericanos, daños y perjuicios de los vendedores, fabricantes, inventores, intermediarios y demás cómplices en el fraude perpetrado contra el tesoro nacional.

«Busqué la ocasión de hablarle al coronel a solas, lo que no era fácil para un simple soldado. Cuando lo pude hacer, le dije:

«-Coronel, yo he sido, entre otras cosas, artillero; creo que las ametralladoras sirven, y si me entregan una de ellas, estoy seguro de poderla armar y de que funcionará.

«El coronel me miró estupefacto, como si yo hubiera proferido una blasfemia, y dijo:

«-¿Pero no sabe usted lo que ha dicho el doctor X? Haré que le den a usted una copia del informe para que lo lea... ¿Sabe usted álgebra... trigonometría..., cálculo?

«-No mi coronel, ni jota... pero he manejado ametralladoras en batallas campales, y me ha tocado atacar y defender posiciones barridas por el granizo mortífero que vomitan...

«Me entregaron una ametralladora. Mucho había adelantado la evolución de la artillería en los diez años transcurridos desde el fin de la guerra de secesión en Norteamérica, pero en Oriente había podido seguir yo esos adelantos; armé la ametralladora sin tropiezo, y lo que es más, la hice funcionar, y no me sobraron piezas.

«Muy pronto estuvo armada toda la batería y adiestrados en la maniobra y manejo de las piezas sesenta hombres del batallón, diez para cada ametralladora. El doctor X dejó el puesto de guardaparque para ocupar uno en el congreso, a donde lo había llevado el voto popular, en reconocimiento de su pericia científica y de su patriotismo, tan oportuna y tan sagazmente esgrimido en defensa de los intereses nacionales.

«Detrás del cuartel había un gran patio o solar, que tenía cerca de ciento cincuenta metros de fondo; en un extremo de él, fue levantado un montón de arena de cinco metros de espesor, de cuatro de altura y de unos veinte de largo, con la parte fronteriza alisada con tablero de escuela. Disparando sobre ese montón les enseñé a mis soldados a describir con las balas, curvas, ángulos y semi-círculos y otras figura geométricas; la distancia era demasiado corta pero permitía demostrar las ominosas posibilidades del arma.

«Un día recibió el batallón orden de vestir de parada; sobre el cuartel fue izada la bandera nacional. A eso de las once de la mañana se formó el batallón en el gran patio de atrás. De las seis ametralladoras, cinco se hallaban a un lado del batallón, con los hombres que las servían. La otra había sido apostada enfrente al montón de arena, y yo estaba allí con diez hombres para maniobrarla. Hacía un tiempo maravilloso; el cielo azul, sereno el ambiente; los aceros y los bronces relucían como incendiados. La banda tocó el Himno Nacional. El coronel mandó presentar las armas. Entraban al patio, por un gran portal que daba al cuartel, diez o doce individuos vestidos de paisanos, de levita y chistera, y un militar con uniforme de general, apuesto ,y gallardo como el que más, que juzgué yo debía ser el presidente de la República. Se estacionaron cerca de mí para ver cómo funcionaba el aparato. En pocos minutos quedó terminada la demostración. Sobre el frontón de arena las balas habían dejado las huellas de su paso con nitidez y simetría absolutas, como si fueran labor paciente de un supremo artista, enamorado de la precisión matemática.

«Del grupo de espectadores se destacó uno de ellos de mediana estatura, más bien pequeño, llevaba la barba entera y ésta era de un negro azabache. Pude advertir que tanto sus compañeros como los militares, le abrían el paso, con marcada deferencia. Llegó hasta donde yo estaba; me felicitó con frase cordial, y, ya al volverse para retirarse, dijo:

«-¿Usted no es colombiano?

«-No señor.

«-¿De dónde es usted?

«-Nací en uno de los Estados del Sur de los Estados Unidos, fuí soldado de la Confederación.

«-¿Y después?

«-No presté el juramento de fidelidad a la Unión y salí del país...

«Me habló en inglés:

«-¿Qué grado tiene usted aquí?

«-Soldado.

«-¿Cómo se llama usted?

«-Morgan.

«Se despidió con un ademán, se unió al grupo de sus compañeros y pronto desaparecieron todos bajo el portal por donde habían entrado. El militar de la figura arrogante era el secretario de guerra, el general Santos Acosta».

En este punto, el general Morgan se incorporó, tomó su sombrero, se cubrió, me tendió la mano para despedirse, y estrechando la mía agregó:

«Dos días más tarde fuí ascendido a capitán, poco después a sargento mayor. El primer despacho me llegó con una carta de exquisita cortesía del hombre de pequeña estatura y de la barba recortada, que me había hablado en inglés, el día de la demostración en el patio del cuartel: era el doctor Santiago Pérez, Presidente de la República».

Londres, abril 10 de 1914

(*)
El presente artículo no se encuentra incluido en ninguna de las ediciones anteriores de «Reminiscencias Tudescas» y «Cuentos a Sonny». Se incorpora en ésta, por considerarlo de indudable valor histórico y literario.