LOS CAMINOS DEL TIPLE
DAVID PUERTA ZULUAGA
SU MUSICA EN NUESTRA COLECCION VIRTUAL
Obra galardonada en el Cuarto Concurso
De Historia nacional “Eduardo santos”
Casa Editorial El Tiempo, 1985.
INDICE
CAPITULO PRIMERO
Teorías sobre el origen del tiple
1. Degeneración de la guitarra
2. Creación criolla en el siglo diecisiete
3. Descendiente del timple canario
4. Derivado de la chitarra battente
5. Adaptación criolla de la guitarra
6. Creación criolla durante el siglo diecinueve
CAPITULO SEGUNDO
Los cordófonos pulsados en España (Período 1492-1770)
A. Laúd, vihuela y guitarra hacia el año 1500
1. El laúd
2. La vihuela
3. La guitarra
B. Vihuela y guitarra, años 1500 - 1578
C. Guitarra, años 1578 - 1700
CAPITULO TERCERO
La palabra tiple
CAPITULO CUARTO
Los instrumentos musicales en el Nuevo Reino durante la conquista y la colonia (Período 1492 - 1700)
A. Los primeros instrumentos
B. La acción misionera
C. Los tiples de Tópaga
D. Las pinturas de Vásquez Ceballos
CAPITULO QUINTO
Guitarras y tiples en el siglo dieciocho
A. En España
B. En la Nueva Granada
CAPITULO SEXTO
El timple canario y la chitarra battente
A. El timple canario
B. La chitarra battente
CAPITULO SEPTIMO
El tiple en Colombia a partir de 1800
A. La época de la independencia
B. El tiple a mediados del siglo diecinueve
C. Análisis del origen del tiple
1. Los instrumentos renacentistas en América
2. Familia de la vihuela en el Nuevo Reino
3. El tiple
D. Proceso evolutivo, años 1840 – 1900
1. El tiple de cuatro cuerdas
2. El tiple de cinco cuerdas
3. El tiple de ocho cuerdas, con órdenes pareados
E. Proceso evolutivo a partir de 1900
F. Resumen cronológico
CAPITULO OCTAVO
El tiple en la vida nacional
A. El ámbito social
B. Los intérpretes
1. Siglo diecinueve
2. Primera mitad del siglo veinte
3. Segunda mitad del siglo veinte
C. Conclusión
ANEXO # 1
Descripción del tiple colombiano actual
Nota General
Tiple colombiano actual - Nomenclatura
Tiple colombiano actual - Dimensiones típicas
Descripción del tiple colombiano actual
1. Clasificación
2. Especificaciones típicas de construcción
3. Encordado
4. Afinación
5. Modalidades de ejecución
6. Instrumentos afines
ANEXO # 2
Tiples de otros países
1. España
2. Islas Filipinas
3. Argentina, Uruguay y Chile
4. Bolivia y Perú
5. Brasil
6. Panamá
7. México
8. Cuba
9. Puerto Rico y República Dominicana
10. Venezuela
EDICIONES AMP
Damel Ltda.
Bogotá, Colombia
1988
© DAVID PUERTA ZULUAGA
PRIMERA EDICION, OCTUBRE DE 1988
ISBN 958-95166-1-O
DIRECCION EDITORIAL: GERMAN PUERTA ZULUAGA
FOTOGRAFIAS CARATULA: DIEGO VELASQUEZ
COMPOSICION: COMPULASER - R. Ayala
IMPRESION: ESTUDIO 3
EDICIONES AMP
Damel Ltda.
Calle 7O A No 7-18 (602) Tel. 2554531
Obra galardonada en el Cuarto Concurso de Historia Nacional Eduardo Santos, Casa Editorial El Tiempo, 1985. Colección Jorge Ortega Torres. Libro reseñado en : Boletín cultural y bibliográfico
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Un paisa, trotamundos y sin complejos - pleonasmo del antioqueño - se echó el tiple a la espalda y se vino, con su música, a esta parte de España. Sólo le faltó llegar con las cotizas y el carriel. Porque además se trajo la ruana. Para cobijarse el cuerpo y el alma. Al fin y al cabo fue desprendida de “capa castellana” como jura y rejura el poeta pereirano Luis Carlos González.
Ese paisa, David Puerta, está en Madrid. Templando las doce cuerdas de su tiple. Que son los doce apóstoles mensajeros del código melódico del alma colombiana. Este instrumento musical, es hijo de la guitarra española. Ella es la madre. Vino a buscar la paternidad responsable. Para dejarlo de una vez legalizado. No santificado en pila bautismal porque este sacramento lo tuvo en fondas camineras, empotradas en las derivaciones del los Andes colombianos.
David Puerta quiere construir una historia del tiple. No está satisfecho con que esa historia la hagan cada noche a solas, el bambuco y el pasillo, el torbellino o la guabina. Quiere establecer en bibliotecas madrileñas, en archivos sevillanos y catalanes su génesis, se desarrollo, su patente definitiva que no es de corso escudriñando las diferentes teorías que hay sobre este instrumento. Tiple (y hágame un tiple maestro) que nos llevó a despertar a la vida folclórica al mismo tiempo que en nosotros despuntaban, quereres y sentimientos.
David es un místico. O un soñador. Se vino por su cuenta y riesgo sin ningún patrocinio oficial a plantar el tiple sobre la piel del toro, imitando a quienes hace menos de medio milenio implantaron con la espada y la cruz, en territorio americano, la guitarra. Es la conquista en reversa. Es la conquista musical. Es el pago del corazón a la herencia artística llevada en carabelas. David vendió todo, colgó su “tránsito” y sus “compases” de ingeniero, para venirse abrazado a la curvatura de su caja tiplera. De la misma que se pegaban para superar el naufragio de la rutina, los viejos juglares que arrancaban de Tartarín y de Pelón y se detenían en la troya incomparable del gran Ñito.
Para muchos David Puerta se enloqueció. Dejar colgados de la brocha sus ingresos como próspero ingeniero para venirse por su cuenta a enriquecer el patrimonio cultural de Colombia, es una de esas actitudes insólitas. Que no tienen buen recibo en una sociedad egoísta y utilitarista como la nuestra. David está loco. Loco de remate. Se enfermó de locura. Le sucedió lo que al portero del manicomio... Pero él sonríe. Con una sonrisa de niño travieso. Tiene su meta trazada. Animada por su especial y personal concepción de la vida. De su vida, atada a las cuerdas del tiple. De un instrumento al cual le hacen calle de honor, las castañuelas y las panderetas.
David no se vino como serenatero. El es un concertista en la más fiel expresión del vocablo, Se vino a investigar. Se trajo una valija sobre la cual seguramente pagó exceso de equipaje llena de documentos sobre las diversas hipótesis que se han ventilado sobre el origen del tiple. Uribe Holguín, Caicedo Rojas, Hernández de Alba, Jorge Añez, Pardo Tovar, Perdomo Escobar, desfilan por los ficheros de David Puerta. Ellos alumbran la senda que se ha propuesto recorrer por estos caminos ibéricos, el paisa Puerta encendido por la devoción hacia un instrumento que lo mismo prende la chispa del señor del frac en los salones zalameros, que la del yesquero imaginativo en la fonda auténtica del poncho y del arriero.
David Puerta investigando de día y David Puerta tocando su tiple de noche en agradables tertulias de los exiliados voluntarios, va a dar para muchas trasnochadas. Es, en definitiva, un raro fenómeno, una especie descontinuada que ya creíamos extinguida y la cual se escapó de las manos del Inderena cultural, de la jaula dorada de la burocracia criolla, para venir a sonar las cuerdas de su tiple sobre los álamos madrileños y sobre las crestas de las empenachadas torres góticas españolas.
Tomado de: "Carta de España", El Colombiano, Medellín, Nov. 20 de 1983.
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CAPITULO PRIMERO
TEORIAS SOBRE EL ORIGEN DEL TIPLE
Son muchos los esfuerzos adelantados por los estudiosos de nuestro folklore musical para elaborar una historia del tiple colombiano. Sin embargo, por múltiples motivos, quienes han trasegado por los vericuetos de la investigación no han logrado establecer la génesis, el desarrollo, el proceso de incorporación de este instrumento al acervo cultural del país. Cada uno de los tratadistas ha llegado a esbozar una conclusión diferente. El pueblo colombiano desconoce por ello los elementos que le permitan valorar la importancia de su instrumento típico, como símbolo y síntesis de la colombianidad.
Para dar una somera idea del problema, se exponen a continuación las diversas teorías y opiniones publicadas hasta la fecha.
1. Degeneración de la guitarra
El primer comentario que aparece en Colombia sobre el tema, más que una hipótesis, es un juicio de valor. En 1849, José Caicedo Rojas publica un artículo, a raíz de un incidente ocurrido en la localidad de Chitaraque, no lejos de San Gil, en Santander, durante la guerra civil de 1840. Algunos soldados del ejército en que militaba el autor, habían desertado a causa de la melancolía que les produjo una noche de parranda y cantos regionales con acompañamiento de tiple. Caicedo, al narrarlo, hace una detallada descripción del instrumento, de las coplas que con él se cantaban, del inmenso arraigo popular de que gozaba.
Sin embargo, al subrayar la diferencia entre la música y las danzas criollas con sus antecesoras españolas, afirma: “En la Nueva Granada tenemos el tiple y la bandola que son una degeneración de la vihuela española”, y agrega: “el tiple es una degeneración grosera de la española guitarra, lo mismo que nuestros bailes lo son de los bailes de la península”. Posteriormente repite: “Nuestro tiple es una degeneración informe de la vihuela: un vestigio de las antiguas costumbres peninsulares mal aclimatadas en nuestro suelo”. (37, t. I, p. 71-72, Véase Bibliografía).
El reputado músico Guillermo Uribe Holguín, durante conferencia del 3 de agosto de 1923 pronunciada en el Conservatorio de Bogotá, hace eco del comentario de Caicedo, diciendo:
El tiple es una degeneración de la guitarra, o sea una
guitarra sin las cuerdas mi y la (...)
Si la misma guitarra no ha logrado conservar puesto de honor
en la ejecución de la música seria y su uso, salvo
raros casos está restringida a acompañamientos de música
popular, ¿a quién te podría ocurrir proponer el empleo del
tiple en obras efectivamente artísticas? (217, p. 137-138)
Hay que considerar estos ácidos comentarios como “síntomas tempranos de autodegradación” (193). Cuando se fijan parámetros de calidad en los gustos importados, sin que al mismo tiempo los principios y criterios que conforman la propia idiosincrasia estén firmemente sustentados, se obtiene el engaño como único producto. Así se cambiaron el oro y la plata de los nativos por los espejos y abalorios foráneos.
Estos conceptos peyorativos ya fueron ampliamente discutidos y cuestionados en el artículo “Defensa del tiple”, publicado en Lecturas Dominicales de El Tiempo, Bogotá (164). Pero vale la pena señalar que Caicedo Rojas y Uribe Holguín, en sus opiniones sobre el tiple, no tienen siquiera el mérito de la originalidad. Lo mismo se dijo desde 1611 en España, respecto a la guitarra: que era una degeneración de la vihuela. Por eso el catedrático y músico Regino Sáinz de la Maza, tuvo que dedicar un extenso párrafo de su libro La guitarra y su historia, a desvirtuar esa creencia general (187, p. 12).
Otros investigadores han tratado de localizar la génesis del instrumento colombiano en algún lugar de la corriente evolutiva, natural y artística, de la organología musical. Estas hipótesis se exponen en seguida.
2. Creación criolla en el siglo diecisiete
En su libro Canciones y recuerdos, de 1951, el músico bogotano Jorge Añez cita una observación del profesor Roberto Pizano, acerca de las pinturas realizadas por el artista neogranadino Gregorio Vásquez Ceballos, en las pechinas de la cúpula de la iglesia de San Ignacio en Bogotá hacia 1686, y señala la presencia de tiples nacionales en manos de los ángeles músicos allí representados. Esto lleva a Añez a concluir que “si en 1686 ya existía el tiple entre nosotros, de hecho se supone que la adopción de ese instrumento databa de años atrás” (17, p. 37).
Por su parte, el historiador de la música en Colombia, Pbro. José Ignacio Perdomo Escobar, cita una antigua frase jesuita para suponer que, hacia 1680, se expendían en las tiendas de .Tópaga, Boyacá, “guitarras y tiples para multiplicar la alegría de las gentes buenas” (157, p. 26). Posteriormente, al analizar el archivo de la Catedral de Bogotá, se apoya en el mismo dato para sugerir que la música popular tiene su origen en los cantos de iglesia acompañados de instrumentos de cuerda (158, p. 117).
3. Descendiente del timple canario
El historiador Guillermo Hernández de Alba lanza en 1954, en el periódico El Espectador, de Bogotá, una teoría totalmente distinta: “En las Islas Canarias, como instrumento musical típico, tienen uno pequeño denominado el timple, cuya función es la de acompañamiento... acaso nuestro tiple sea una evolución mayor del timple canario” (94).
Miguel Angel Martín, investigador y compositor, dice en su libro Del folclor llanero, 1978: “Yo creo que la voz tiple nos la trajeron los Canarios y creo que los primeros tiples se fabricaron en el asentamiento casanareño de Támara, Morcote, Pauto y Tame” (117, p. 55).
4. Derivado de la chitarra battente
Andrés Pardo Tovar y Jesús Bermúdez Silva, en 1963, se refieren al tiple de la siguiente manera:
Podría haber sido inventado en nuestro país, quizás a comienzo del siglo XIX o aún antes... Tímidamente, sin embargo, nos atreveríamos a insinuar un posible origen de nuestro tiple en la chitarra battente, instrumento que durante le época barroca gozó de gran popularidad en el sur de Italia y en España. Como el tiple, ese instrumento tenía doce cuerdas dispuestas en órdenes (¿triples?) (150, p. 23).
5. Adaptación criolla de la guitarra
Guillermo Abadía Morales adelanta en 1973 la hipótesis de que el tiple es una adaptación colombo - venezolana de la guitarra hispano - morisca, a partir de tres alternativas,
a) si al llegar la guitarra a América, hacia el 1600, tenía cinco órdenes dobles, pudo perder entre nosotros el orden grave y triplicar los restantes;
b) pudo haber sucedido que se suprimieran los órdenes quinto y sexto;
c) pudo derivarse de la guitarra de cuatro cuerdas de la época de los Reyes Católicos, triplicando estos mismo órdenes.
Abadía deja en pie, además, las tesis de Perdomo Escobar como una posibilidad que merece mayor investigación (1, p. 145-146).
Joaquín Piñeros Corpas, en la Introducción al Cancionero noble de Colombia, coincide con el criterio de la adaptación del instrumento español, así: “Aceptada la eliminación de la quinta y la sexta cuerdas de la guitarra, se impuso el tiple como instrumento de acompañamiento por excelencia” (161, p. 12).
Antonio José Restrepo, en la sección “Conviene a saber” que forma parte del Cancionero de Antioquia (1926), habla del “tiple antiguo antioqueño, de meras cinco cuerdas” (175, p. 84) y en su apoyo trae a colación la copla:
Cinco cuerdas tiene un tiple
cinco dedos tengo yo
cinco sentidos tenía
la zamba que me olvidó (175, p. 85)
Copla que bien pudiera complementarse con esta otra, del mismo Cancionero:
Mal hayan las cinco cuerdas
en que yo aprendí a tocar
desde chiquito no reza
el que se ha de condenar (175, p. 192)
Jorge Añez, en la obra ya citada, contradice lo anterior con las siguientes palabras:
La comparación que hace Restrepo entre el número de los dedos de la mano, los sentidos y las cuerdas del tiple no se justifica, pues de acuerdo con las investigaciones que se han hecho, se llega a la conclusión de que en todo el territorio colombiano el tiple tuvo desde un principio cuatro cuerdas (que luego se triplicaron en cada orden), nunca cinco (17, p. 33).
En cuanto al posible origen del tiple, Añez se pronuncia así:
A mi ver, y si no estoy equivocado, el tiple no es más que una simple copia de la guitarra traída durante la Conquista (que se inició en 1499), dado que la guitarra de entonces tenía cuatro órdenes y cuatro cuerdas, ya siete cuerdas, distribuidas en los mismos cuatro órdenes, así: la prima, sencilla, y duplicadas la segunda, la tercera y la cuarta (17, p. 31-32).
6. Creación criolla durante el siglo diecinueve
Harry C. Davidson publica en 1970, dentro de su Diccionario folclórico de Colombia, una extensa monografía del tiple, ampliamente documentada. En ella analiza los conceptos expresados por Añez acerca de las pinturas en San Ignacio y por Perdomo sobre la doctrina de Tópaga. Concluye que no existen bases suficientes para aceptar dichas teorías y afirma en cambio: “Este instrumento ingresó al patrimonio artístico colombiano más o menos a comienzos del siglo XIX” (59, t. III, p. 127). Acepta así la posibilidad que habían mencionado Pardo Tovar y Bermúdez Silva.
* * *
Tales son, en síntesis, las principales alternativas publicadas sobre el tema. En medio de su diversidad y antagonismo ofrecen al menos un punto en común: todas dan por sentado que durante el siglo diecinueve el tiple es ya un fenómeno cultural incrustado en la vida nacional.
En torno a esas alternativas han girado los comentarios de otros escritores, como Javier Ocampo López, Manuel Benavides y Gustavo Sierra, por citar unos cuantos. Tradicionalmente, además, circulan otras versiones no expresadas por escrito. Una de ellas, por ejemplo, dice que la palabra tiple viene de triple, por tener tres cuerdas en cada uno de los órdenes.
Este abanico de opiniones personales, teorías más o menos razonables e hipótesis sin sustentar, no ha producido más que una tremenda confusión. A decir verdad, ninguna ha sido elaborada de manera definitiva, porque siempre queda flotando la sensación de duda e incertidumbre. La razón es explicable. Los tratadistas no han tenido acceso ni han estado en posesión de todos los documentos necesarios para adquirir la perspectiva y formular una historia coherente, ajustada y consecuente con la realidad del desarrollo instrumental, desde la época del descubrimiento de América hasta nuestros días.
Existe en Europa copiosa documentación directa acerca de la evolución de los instrumentos musicales ibéricos, en estudios hechos por musicólogos de todas las nacionalidades y en métodos de enseñanza instrumental en todos los tiempos. Sin contar con un cúmulo de fuentes indirectas en la pintura, la escultura y la literatura.
Sin embargo es muy poco, casi nada, lo que de esos documentos ha llegado hasta nuestros país, para ser libremente consultado e interpretado por el público. Si acaso existen algunos dentro de nuestro territorio, lamentablemente reposan en la profundidad de las bibliotecas privadas de unos pocos afortunados. Por este motivo, los investigadores colombianos han tenido que resignarse a recoger datos de segunda mano, filtrados por las citas incompletas o no relacionadas con el tema, que se encuentran en los contados libros que sí se conocen aquí.
Para establecer el proceso histórico que se presenta en este libro, hubo que partir nuevamente de ceros: cuestionar todas las alternativas, examinar una por una las citas bibliográficas y fuentes utilizadas, averiguar su confiabilidad, abrir nuevos rumbos investigativos en Colombia y, por último, recolectar en bibliotecas, archivos y librerías del Viejo Continente los datos que pudieran complementar el escaso caudal de información local.
Puesto que en la América precolombina no existió entre las tribus indígenas ningún instrumento de cuerda, distinto de la timbirimba y las demás variedades del arco de boca, podía de antemano descartarse cualquier posibilidad de origen del tiple como consecuencia del desarrollo de instrumentos nativos. Así pues, había que buscar su génesis entre los instrumentos traídos por los conquistadores europeos, e investigar los siguientes aspectos:
1. Los instrumentos de cuerda existentes en la península ibérica a finales del siglo quince y la evolución de los mismos durante los siglos posteriores.
2. Los instrumentos musicales traídos al Nuevo Mundo y especialmente a la Nueva Granada por conquistadores, colonizadores y misioneros, durante el mismo período.
3. El paralelismo o secuencia cronológica de la evolución de los cordófonos españoles, en relación con los instrumentos análogos en la Nueva Granada.
4. La etimología y el proceso de utilización de la palabra tiple desde su origen hasta nuestros días.
5. Las especificaciones de los tiples y timples en la península española, las Islas Canarias y diversos países iberoamericanos, así como su eventual relación histórica y morfológica con el tiple colombiano.
6. Las características y posibles puntos de contacto de la chitarra battente italiana con los instrumentos de la época colonial neogranadina.
Es insensato pretender una meta en que se agote por completo un tema de por sí extenso y complicado. Pero sí puede esperarse reducir los límites de las especulaciones, delinear más claramente aquellas hipótesis consideradas como probables, y rechazar definitivamente las improbables o ilógicas. En otras palabras, fijar un marco de referencia para precisar las fronteras entre lo absurdo, lo posible y lo probable.
Y como dice Solyenitsyn: “Por favor, perdonadme si no pude verlo todo, recordarlo todo, intuirlo todo”.
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LOS CORDOFONOS PULSADOS EN ESPAÑA (PERIODO 1492-1700)
A. Laúd, vihuela y guitarra hacia el año 1500
El año de 1492 es una fecha estelar para España. El 2 de enero, los Reyes Católicos toman posesión de la ciudad de Granada, último reducto del dominio árabe en la península. El 12 de octubre, Colón descubre las Indias Occidentales y coloca el nuevo territorio bajo el mando de la corona de Fernando e Isabel. Simultáneamente con el período de florecimiento político y económico ocasionado por tan importantes sucesos, se presenta una vertiginosa evolución en las manifestaciones artísticas, como reflejo del renacimiento europeo. Es en la música donde el desarrollo español alcanza los más altos grados durante la primera mitad del siglo dieciséis, para abrir campos al esplendor literario que será llamado el ‘Siglo de Oro”.
El 14 de septiembre de 1502 arriban a territorio colombiano por primera vez los descubridores españoles. Conviene, por tanto, detenerse en el examen de los tres principales instrumentos de cuerda pulsada existentes al iniciarse el siglo de las conquistas. Del laúd, la vihuela y la guitarra se derivan, sin género de duda, todos los demás que sirvieron al quehacer artístico en nuestro país.
1. El laúd
En un inventario que ordenó la reina Isabel de todos los objetos guardados en el Real Alcázar de Segovia, en noviembre de 1503, el año anterior a su muerte, se enumeran los siguientes instrumentos: un ducemel, un arpa, tres chirimías, una flauta de boj, seis laudes de diversas especificaciones, dos vihuelas de arco viejas, muy deterioradas, dos clavicímbanos, unos órganos de hojas de flandes con fuelles y dos flautas más (21).
Los laúdes detallados son todos de “costillas grandes. De uno de ellos se dice que tiene cinco órdenes de cuerdas; de otro, que tiene las clavijas de hueso blanco y el cuello labrado de ataraceas. Por estas descripciones se sabe que son ejemplares del tipo de laúd que había llegado a España en manos de los invasores árabes a comienzos del siglo octavo. A éste, de cuatro órdenes, le había sido aumentado un quinto orden por Ziryab, en el siglo noveno, y fue el modelo implantado en la escuela de música del califato de Córdoba, primera escuela de este tipo e importancia en Europa occidental (146, p. 14).
Acerca de este instrumento existe bastante documentación. Figura en una lista escrita por el sevillano Al-Shagandi hacia 1231 (106, p. 35). Aparece en la iconografía de las Cantigas de Alfonso X el Sabio (ca. 1283). Es el “corpudo alaut” de que habla el Arcipreste de Hita en 1389. Se muestra en muchas pinturas de la época y es tal vez el instrumento que sufre el menor número de modificaciones externas. Siempre aparece con tapa de forma ovalada, fondo abombado (de costillas), con la cabeza o clavijero formando un ángulo abierto respecto al mástil o cuello. Hacia finales del siglo quince, su encordado está compuesto por una cuerda simple en la prima, llamada chanterella y cuatro o cinco pares en los restantes órdenes.
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El Laúd en el siglo XVI. Detalle de un cuadro de Fernando Gallego. |
2. La vihuela
El príncipe don Juan, único hijo varón de los Reyes Católicos, recibió desde su infancia la esmerada educación musical acostumbrada en las casas reales desde los tiempos de Enrique IV de Castilla. Una crónica de los Oficios de Cámara del príncipe en 1490 relaciona los instrumentos allí utilizados:
Un clauiorgano e organos e clauicinbanos e clauicordio e
vihuelas de mano e vihuelas de arco e flautas: e en
todos esos instrumentos sabia poner las manos ... Tenía
músicos de tamborinos e ducaynas e de arpa e un rrabelico
muy precioso ... muy gentiles ministriles, altos de
sacabuches e cheremías e cornetas e trompetas bastardas
e cinco o seys pares de atabales (71, p. 182).
No es extraño que entre las fanfarrias militares de trompetas, chirimías y tambores, figurasen instrumentos de música de cámara y, entre éstos, las vihuelas de arco y de mano. Ya fueron encontradas en la relación del Alcázar de Segovia. Además, por otras fuentes se sabe que las vihuelas gozaban de gran predilección en la corte. Prueba de ello, los altos sueldos con que eran remunerados los cuatro “tañedores de vihuela” que servían como ministriles en la corte de la reina Isabel en 1495 (12, p. 68).
Algunos autores han intentado trazar la historia de la vihuela remontándose hasta los albores de la civilización en Oriente, Egipto y Grecia. Aunque todavía se discuten tan lejanos ancestros, lo cierto parece ser que los antecedentes próximos se encuentran en las violas y guitterns medievales de origen latino. A finales del siglo quince, las vihuelas eran instrumentos en forma de ocho alargado, de fondo plano y mástil recto, con el clavijero en ángulo nulo o muy pequeño respecto al mástil. El número de cuerdas variaba entre diez y catorce, según que tuvieran 5, 6 ó 7 órdenes o pares. Estos órdenes se afinaban al unísono, o con una de las cuerdas a una Octava más baja que su compañera. Se distinguían tres tipos de vihuela:
a) De arco. Como su nombre lo indica requerían para su ejecución de un arco de crin de caballo. Estas evolucionaron hacia la viola de gamba y dieron origen al violoncello actual.
b) De péñola. Se tocaban con pluma o plectro. Estas, en simbiosis con las mandoras, fueron los antecedentes inmediatos de las bandurrias y mandolinas.
c) De mano. Se tocaban punteando las cuerdas con las yemas de los dedos. Son las que ofrecen mayor interés para este estudio, por lo cual en lo sucesivo, al hablar de vihuelas solamente se tendrá en cuenta este tipo.
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La historia de los instrumentos de cuerda se remonta a los albores de la civilización, |
El nombre de vihuela, según opinión generalizada, procede de las palabras latinas fides y flducula, “cuerda’. A través del latín medieval, estos sustantivos van transformándose en fídula , vitula, citola, vigola y finalmente vigüela y vihuela. (183, p. 220). Desde el siglo trece consta por escrito el nombre definitivo. En el texto anónimo Libro de Apolonio se lee: “A guisósse la duenya, flziéronla logar! tenpró bien la vihuella en un son natural”.
En la larga lista de instrumentos que aparece en el Libro de Buen Amor, del Arcipreste de Hita (1389), figura la variedad de péñola; y en el siglo quince, Juan del Encina, en El triunfo del amor, vuelve a nombrarla. Estas, entre otras muchas referencias literarias.
En el poema Una coronación de Nuestra Señora, por el bachiller Fernán Ruíz, de finales del siglo quince, figura un instrumento mencionado como “quarta viuela”. En opinión de Daniel Devoto, podría entenderse como “cuarto de vihuela” o vihuela a la cuarta”, pues “estas denominaciones fraccionadas designan, en la casi totalidad de los casos, instrumentos más pequeños (y por ende más agudos) que el instrumento normal” (231, p.8).
En la escultura y la pintura existen representaciones interesantes. Uno de los ancianos músicos del Pórtico de la Gloria en la catedral de Santiago de Compostela, sostiene en sus manos un claro antecesor de la vihuela (1280). Y en el portal de entrada al palacio de los Condes de Montarco en Ciudad Rodrigo, provincia de Salamanca, un gracioso ministril esculpido en piedra hacia 1495, luce garbosamente su perilla, bigotes y frondosa cabellera, mientras toca un pequeño instrumento en el que resaltan seis trazos, indicativos de otros tantos órdenes.
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l zq. Arco superior del Pórtico de la Gloria, catedral de Santiago de Compostela, 24 ancianos músicos tañen instrumentos en boga durante el siglo XIII. Uno de ellos toca la cítola, antecesor de la vihuela. | |
3. La guitarra
En las dos listas de instrumentos de propiedad de la familia real que se han mencionado, no aparecen las guitarras. Pero de su existencia en la época considerada, da buena fe el poema religioso “Una coronación de Nuestra Señora fecha por el bachiller Fernán Ruiz de Sevilla”, que forma parte de un cancionero editado a finales del siglo quince. En uno de sus pasajes se lee:
Jugavan de arpa e de chernubela
guitarra, xabeva, de buen añafil
de tuca bombarda, de cuarta vihuela
de lira, de flauta, ducayna gentil (107, p. 299).
La guitarra de esos años, finales del siglo quince y principios del dieciséis, puede apreciarse en una imagen de madera tallada que se expone en el tesoro de la catedral de Avila. Se trata de un ángel que tañe un instrumento en forma de ocho alargado, con cuatro cuerdas perfectamente visibles, que bien pueden representar cuerdas simples o grupos de cuerdas. Existen además muchos otros grabados y cuadros que permiten observar la guitarra con toda nitidez.
Los cuatro grupos podían estar constituidos por cuerdas simples (4 cuerdas en total) o una cuerda en la prima y tres pares en los órdenes restantes, para un total de siete cuerdas, que era la disposición más corriente; o con cuatro pares de dos cuerdas. En las guitarras españolas, los diversos órdenes pareados se afinaban al unísono mientras en Inglaterra, Alemania y Francia, la segunda cuerda de cada par estaba doblada a la octava de su compañera (9, p. 837).
Diversos tratadistas han pretendido rastrear los orígenes de la guitarra hasta mucho antes de la era cristiana. Un autor alemán publicó en Berlín, en 1907, un libro titulado La guitarra desde el tercer milenio antes de Cristo (26). Pero para el propósito de este trabajo es suficiente con saber que hubo un instrumento medieval llamado cítola o cedra que dio origen a dos instrumentos principales: el cistro en Italia, y la guitarra en España.
La corte de Aragón, durante el reinado de Alfonso el Magnánino (1416-1458), vio florecer la guitarra en manos de trovadores occitanos y catalanes. Algunos de los nombres de esos trovadores quedaron registrados en las crónicas reales y uno de ellos, a quien apodaron Rodriguet de la Guitarra, tuvo luego destacada actuación en el implantamiento de los patrones culturales de la corte de Nápoles (180, p. 318).
El Libro de Buen Amor ha sido ya varias veces nombrado aquí, por una razón: constituye el catálogo más completo que se conoce hasta la fecha de los instrumentos en uso a finales del siglo catorce. La guitarra es mencionada allí de la siguiente manera:
Recíbenle los omnes e dueñas, con amores;
con muchos instrumentos: salen los atabores,
allí sale gritando la guitarra morisca,
de las bozes aguda e de los puntos arisca,
el corpudo alaut, que tien punto a la trisca;
la guitarra ladina con estos se aprisca (184, p. 338).
En esta lista, la guitarra morisca es la misma mandora; la guitarra ladina, o latina, es simplemente la guitarra. En el siglo catorce, el adjetivo latino significaba autóctono, o sea de una cultura con ascendiente romano, en contraposición con la cultura árabe que le dio el nombre a la guitarra. De esta manera, al decir guitarra latina, se quería indicar que era un instrumento árabe transformado dentro del suelo hispánico.
Se ha hecho notar la ausencia de las guitarras entre los instrumentos de la corte de los Reyes Católicos. Ello se debe, en primer lugar, a una posible ambigüedad en la nominación. El término “vihuela” cobijaba en sentido genérico una variedad de instrumentos entre los cuales se incluían las guitarras y aun los laúdes. Así pues, es factible que entre las vihuelas de mano inventariadas quedasen comprendidas una o varias guitarras.
En segundo término, a un posicionamiento social. No obstante la ambigüedad en la denominación, sí existían unas diferencias de orden estrictamente técnico entre los dos instrumentos, que no alcanzaban a influir en el lenguaje común. La vihuela tenía cinco o más órdenes de cuerdas, mientras por guitarra se entendía solamente la de cuatro órdenes, que, como es de suponer, era de un menor tamaño. Dicho de otra manera, toda guitarra era una vihuela, pero no toda vihuela era guitarra.
Ahora bien, la vihuela se tocaba punteando individualmente las cuerdas con las yemas de los dedos y para ello se requería de cierta destreza, muy difícil de adquirir sin profesores que solamente las altas clases sociales podían pagar. La guitarra, en cambio, se tocaba “rasgueada”, aprovechando unos acordes en posiciones fáciles para los dedos de la mano izquierda, mientras con la derecha se golpeaban simultáneamente todas las cuerdas (169, p.7).
De esta manera se facilitaba al pueblo llano la elaboración de su música, sin el refinamiento que exigía la música culta de los grandes palacios. Por eso el pueblo la adoptó como su instrumento favorito (19, p. 19).
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Por lo expuesto hasta aquí puede concluirse:
Por lo expuesto hasta aquí puede concluirse:
1. Hacia el año 1500 se conocían y utilizaban en España, entre otros, tres instrumentos que ya tenían una larga tradición: el laúd, la vihuela y la guitarra.
2. El nombre genérico de vihuela servía para designar varios tipos de instrumentos, entre ellos la guitarra.
3. La vihuela propiamente dicha, tenía cinco o más órdenes de cuerdas y era el instrumento favorito de las clases nobles.
4. La guitarra era una modalidad de vihuela con cuatro órdenes, se tocaba rasgueada y se usaba preferentemente por las clases populares.
Para encontrar nuevos documentos que permitan elaborar un análisis técnico y detallado de esa organografía, es necesario proyectarse hasta mediados del siglo dieciséis, puesto que el primer tratado de ejecución instrumental sólo viene a publicarse en España en 1536. Actualmente no se conservan más de veinte ejemplares de cordófonos europeos fabricados antes del año 1600, repartidos en muy diversas instituciones del Viejo Continente. Esto supone una gran dificultad para entrar en mayores detalles sobre sus características particulares.
B. Vihuela y Guitarra, años 1500-1578
Con el advenimiento del siglo dieciséis, se desencadenó una tremenda expansión cultural que abarcó todos los ámbitos, especialmente el musical. De tal actividad son prueba los once métodos de enseñanza publicados en diversos lugares de España en sólo 43 años. Estas publicaciones se enumeran a continuación, con la fecha y lugar de edición, un título simplificado y el nombre del autor:
| 1536 | Valencia | El Maestro | Luis Milán |
| 1537 | Valladolid | Seis libros del delfín | Luis de Narváez |
| 1546 | Sevilla | Tres libros de música en cifra para vihuela | Alonso de Mudarra |
| 1547 | Valladolid | Silva de Sirenas | Enríquez de Valderrábano |
| 1552 | Salamanca | Libro de música para vihuela | Diego Pisador |
| 1554 | Sevilla | Orphenica Lyra | Miguel de Fuenllana |
| 1555 | Osuna | Declaración de instrumentos | Juan Bermudo |
| 1557 | Alcalá | Libro de cifra nueva | Luis Vanegas de Henestrosa |
| 1565 | Valladolid | Arte de tañer fantasía | Tomás de Santamaría |
| 1576 | Valladolid | El Parnaso | Esteban Daza |
| 1578 | Madrid | Obra de música | Antonio Cabezón |
De la vigencia de la vihuela durante todo este siglo, son testimonio los libros mencionados que tratan todos, en una u otra forma, del instrumento. Para referirse a este grupo de maestros compositores y ejecutantes, se les designa con el nombre de “escuela de vihuelistas”, aunque no constituyen realmente una continuidad de estilo, ni en la forma de enseñar ni en el carácter de sus composiciones.
La guitarra continuó en manos del pueblo y fue ascendiendo poco a poco en la escala social. Varios de los maestros tratadistas le dedicaron su atención, componiendo para ella piezas de creciente dificultad. En cuanto a su arraigo, Ludwig Pfandl dice:
La guitarra era el instrumento indispensable del pueblo, un instrumento por decirlo así, casero; y para ser cantadas al son de las guitarras estaban hechas la mayor parte de coplas y versos de arte menor que constituyen el rico tesoro de la poesía popular. Al son de guitarra se cantaba en la casa y en la calle, y era ella el aparato imprescindible de recreos y diversiones (159, p. 246).
En los demás países europeos, la guitarra de cuatro órdenes no fue patrimonio exclusivo del pueblo, sino que se incrustó en las más altas esferas. En Francia, el rey Enrique II le otorgó especial predilección (215, p. 343). A partir del año 1550 se publicaron en francés varios tratados, entre los que sobresalen los de Guillaume Morlaye y Adrian le Roy. En Inglaterra, al morir el rey Enrique VIII en 1547, dejó 21 guitarras entre los instrumentos de su colección, ejemplares que hoy están lamentablemente desaparecidos (132, p. 84).
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Portada del Delfín de Música de Narvaez, Valladolid, 1537. Biblioteca Nacional Madrid |
El laúd, en cambio, padeció una extraña circunstancia. Con la expulsión de los reyes moros de Granada no se liquidó de golpe la influencia árabe y quedaron muchos restos de su centenaria tradición. El laúd sobrevivió durante algunos años, especialmente en Andalucía. Pero a medida que la condición de moro iba tomándose incómoda e indeseable, a raíz de las disposiciones reales en pro de la homogeneidad religiosa, cada vez fue volviéndose más inseguro y peligroso tocar los instrumentos de ancestro musulmán. Como podían usarse en cambio, otros instrumentos de origen latino o cristiano, el laúd fue desapareciendo paulatinamente de la península. Los demás países europeos, que no tenían el rencor por lo árabe, pues no les afectaba el recuerdo de la cruenta y larga lucha que España había sostenido, continuaron usando el laúd y enriqueciendo su repertorio hasta bien entrado el siglo dieciocho.
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Guitarrista francesa del siglo XVI. Dibujo de T. Stimmer. Biblioteca Musical del Ayuntamiento, Madrid. |
Los métodos de los vihuelistas
Para tener una idea de las características técnicas de los instrumentos en boga durante el siglo dieciséis, hay que adentrarse, así sea brevemente, en algunos de los métodos de enseñanza de la escuela de los vihuelistas. Pero antes, es necesario recordar algunas nociones de teoría musical que permitan una mejor comprensión del tema.
La altura absoluta de un sonido está definida por el número de vibraciones por segundo. Hoy en día, por convención, se tiene establecido que el tono de La (a’) que se coloca en el segundo espacio del pentagrama (en clave de Sol), corresponde al sonido que se produce con 440 vibraciones por segundo. Un sonido con el doble de vibraciones (880) corresponde a un La más agudo (a”), una Octava por encima del anterior. En igual forma, un sonido de 220 vibraciones por segundo será un La grave (a), una Octava más baja que el La central:

Las alturas relativas de unos sonidos respecto a otros, están dadas por los intervalos. Intervalo es la distancia que separa dos sonidos en la escala tonal. Se mide partiendo del sonido grave hacia el agudo y se cuenta incluyendo la primera y la última notas. De Do a Re, por ejemplo, hay dos notas consecutivas y se forma un intervalo de Segunda; de Mi a Si, hay que contar Mi, Fa, Sol, La, Si y resulta un intervalo de Quinta; de Fa a Re, el intervalo es de Sexta, porque intervienen seis notas: Fa, Sol, La, Si, Do, Re. Según la presencia o ausencia de semitonos y notas alteradas por bemoles o sostenidos, los intervalos pueden clasificarse en justos, menores, mayores, aumentados, disminuidos. Pero no será necesario ampliar más esta explicación para seguir el curso de la historia.
La afinación de los instrumentos durante el siglo dieciséis, estaba fundamentada en el sistema de Guido d’Arezzo, quien acomodó la teoría musical proveniente de los griegos, para adaptarla a la concepción cristiana escolástica. Según este sistema, llamado guidoniano, las escalas ascendentes partían de una base, Gammaut, que era un bajo universal que podía cifrarse en cualquier tono. Luego se colocaban, por encima de él, los demás tonos. De esta manera quedaban fijadas y definidas las alturas relativas.
Las alturas absolutas, en cambio, no podían definirse con precisión. Todavía no se habían homologado los parámetros acústicos y, por tanto, las alturas finales de afinación dependían muchas veces de factores intrínsecos de los instrumentos, tales como la calidad de las cuerdas de tripa animal, el tensionamiento máximo al que podían someterse los pegantes en los puntos de sujeción, etc. No es raro encontrar advertencias como la que hace Venegas de Henestrosa: “A mi parecer será mejor comenzar (a templar) de la prima, que tiene más peligro de quebrarse, y que se suba en el alto que se pudiere sustentar, y luego templar la segunda” (220, p. 161).
Las obras instrumentales son presentadas al público en tablaturas, o sea gráficos en los cuales las diversas cuerdas se indican por líneas horizontales paralelas. Sobre éstas, con números codificados van señaladas las posiciones de los dedos, según los sitios que deben pisarse para obtener los tonos necesarios.
El primero de los tratados fue elaborado por Luis Milán, en la ciudad de Valencia. Los manuscritos se entregaron al editor en 1535 y la publicación apareció a finales del año siguiente. Conviene recordar que para esas fechas, apenas se estaba organizando en Santa Marta la expedición de Jiménez de Quesada, que habría de conducir a la fundación de Santafé de Bogotá en 1538.
La vihuela de Luis Milán consta de seis órdenes, formados por cinco pares en los órdenes graves y una prima sencilla. Se afina por intervalos de Cuarta, con una Tercera mayor entre las cuerdas terceras y cuartas. En notación moderna, los tonos serían, de grave a agudo, Sol, Re, Fa, La, Re, Sol, que se muestran a continuación comparándolos con los de la guitarra moderna (Mi, La, Re, Sol, Si, Mi):
Los Seys Libros del Delphin de música de cifra para tañer vihuela, de Luys de Narvaez, fueron transcritos y analizados por Emilio Pujol. En la introducción a su estudio, Pujol elaboró el cuadro que se reproduce en seguida, con las características de los instrumentos (168, p. 9).

| VIHUELA | LAUD | GUITARRA | |
| Fondo | Plano | Abombado | Plano |
| Cabeza | Inclinada | En ángulo recto | Inclinada |
| Clavijas | Doce | Once | Ocho |
| Contornos | Incurvaciones laterales y aros uniendo las dos laterales superficies | Ovalado y sin aros laterales | Incurvacion |
| Cuerdas | Seis órdenes unísonos | Tres órdenes requintados, dos órdenes al unísono y una sola prima | Cuatro órdenes, el más |
| Trastes | Diez | Diez | Diez |
| Ambito | Dos Octavas y una Séptima | Dos Octavas y una Séptima | Dos Octavas justas |
No lo dice Pujol, pero está implícita en el cuadro una importante conclusión: la vihuela era un instrumento con forma de guitarra y afinación de laúd. Adolfo Salazar, al tratar el tema, opina:
Vihuela es simplemente el nombre que sirve para indicar la música de laúd tocada (con su especial técnica) en la guitarra. La vihuela no es, pues, un instrumento sino un nombre, que desde el siglo XIII al XVIII denomina instrumentos diversos (189, t. I, p. 394).
Alonso de Mudarra, en sus Tres Libros dedica cuatro piezas especialmente compuestas para la guitarra de cuatro órdenes, correspondientes al quinto, cuarto, tercero y segundo de la vihuela común. Uno de esos temples es el de Cfaut, Ffaut, Alamire y Délasolre (en la nomenclatura guidoniana), susceptibles de transposición real o imaginable, a Do, Fa, La, Re (188).
Orphenica Lyra, de Miguel de Fuenllana, contiene también música para “la vihuela de cuatro órdenes, que llaman guitarra” (75, fol. 4r).
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Declaración de Instrumentos, de Juan Bermudo, 1555. Portada y una de las páginas donde se trata de las guitarras y su relación con las vihuelas. Biblioteca Nacional, Madrid. | |
El libro del religioso franciscano Juan Bermudo es uno de los más conocidos de este período. El título, larguísimo, se conoce por el nombre abreviado de Declaración de Instrumentos y, como allí mismo se dice, “se hallará todo lo que en música desearen”. A continuación se copia la parte pertinente a la guitarra, que se encuentra en el folio xcvi, capítulo LXV, “De las guitarras que se usan ahora”, respetando la sintaxis pero actualizando la ortografía: De mayor habilidad se puede mostrar un tañedor con la Viene a continuación la explicación musical detallada, con la nomenclatura de la época en el sistema guidoniano, acerca de la manera de afinar esta guitarra a los nuevos”. Indica siete afinaciones con los mismos intervalos relativos, una para cada uno de los tonos de la escala, según la altura que se requiera para la cuarta cuerda. En notación moderna, suponiendo el La central como mese o nota intermedia, esas siete afinaciones o temples serían los siguientes:
inteligencia y uso de la guitarra que con el de la vihuela,
por ser instrumento mas corto ... se usan dos maneras de
guitarra y son la que dicen a los nuevos y a los viejos,
a los altos y a los bajos, de las cuales dos diferencias
trataré en el presente capítulo. A la cuerda más baja ... yo
le llamaría cuarta, y a la otra tercera, a la siguiente segunda
y a la más alta prima ... La guitarra a los nuevos tiene
todas cuatro cuerdas en el temple y disposición de la vihuela
común, que serán sacadas la sexta y la prima. Digo, que si
la vihuela quereis hacer guitarra a los nuevos quitadle la
prima y la sexta, y las cuatro cuerdas que le quedan son
las de la guitarra (25).
I II III IV V VI VII Primas La Si Do# Re Mi Fa# Sol Segundas Mi Fa# Sol# Fa Si Do# Re Terceras Do Re Mi La Sol La Si b Cuartas Sol La Si Do Re Mi F

Y continúa Bermudo: Esta misma guitarra suelen tañer a los viejos, y no hay otra En la Declaración de Instrumentos se encuentran dos asuntos más que interesan para nuestro tema. El primero, en el folio xxx, se refiere al número de trastes: ‘Comúnmente suelen poner a este instrumento diez trastes y es un medio bueno, si en las vihuelas bien proporcionadas pocas veces pueden caber más de once. La vihuela que pudiera tener doce ya va fuera de proporción”. En esa época, las divisiones para señalar los espacios o trastes, eran simplemente unas cuerdas de pequeño diámetro, enrolladas y anudadas en contorno del mástil. La separación entre ellas, que teóricamente obedece a una escala logarítmica, se establecía de manera empírica por medio de reglas o patrones graduados. El segundo dato se halla en el folio xcii: “Ya puse guitarras de cuatro órdenes viejas y nuevas; quiero poner una nueva en el orden y número de cuerdas. Puede hacerse una guitarra de cinco órdenes” (25). La vihuela de siete órdenes según Bermudo, 1555. 8. N. Madrid. Con lo expuesto, es suficiente para deducir algunas conclusiones generales: 1. La guitarra en uso, en España y otros países europeos, hasta mediados del siglo dieciséis, continuaba con cuatro cuerdas u órdenes. En 1555, Bermudo propone como innovación la guitarra de cinco órdenes. 2. En las vihuelas había un intervalo de Tercera localizado entre las cuerdas terceras y cuartas. En las guitarras, el intervalo de Tercera estaba entre las cuerdas segundas y terceras. Esta es la diferencia fundamental en razón de la función musical. 3. Los intervalos para la afinación de la guitarra “a los nuevos” corresponden exactamente con los del tiple colombiano actual. De los temples o afinaciones indicados por Bermudo, los números IV y V son los más utilizados. El temple “a los viejos” se conoce entre los tiplistas con el nombre de “tiple con cuarta en Do”. 4. A mediados del siglo dieciséis continúa la sinonimia e identidad de los nombres vihuela y guitarra; aunque en los títulos de las obras de los vihuelistas sólo se nombra al primer instrumento, en muchos casos contienen composiciones para el segundo. Vihuela del siglo XVI, con seis órdenes duplicados y cinco bocas de resonancia.
diferencia entre ambas sino que en la de los viejos se baja
la cuarta un tono. Suele estar en la guitarra a los nuevos
la cuarta cuerda un diatesarón (intervalo de Cuarta) de la
tercera; en la de los viejos está un diapente (intervalo de
Quinta) que son siete semitonos... Para templar esta cuerda
cuarta a los viejos ha de hollar la dicha cuarta cuerda en
el séptimo traste y será unísonos (con la tercera cuerda)..


Museu de la Musica, Barcelona.
Los últimos años del siglo dieciséis marcan el ocaso de la vihuela y la aparición de un instrumento que habría de señorear la vida musical europea durante los doscientos años siguientes. Los últimos años del siglo dieciséis marcan el ocaso de la vihuela y la aparición de un instrumento que habría de señorear la vida musical europea durante los doscientos años siguientes. No bien acaban de editarse los últimos libros de los vihuelistas (Daza y Cabezón), cuando la guitarra de cinco órdenes propuesta por Bermudo empieza a abrirse paso, llegando muy pronto a desplazar por completo a la vihuela del favor popular. El nuevo instrumento se forma de una simbiosis entre la vihuela cortesana y la vihuela popular que habían llenado el arte musical del siglo. Ello ocasiona que el nombre de vihuela continúe usándose durante muchos años, al punto de que, ya entrado el siglo diecisiete, se escriba una obra hoy conservada en la Biblioteca Nacional de Madrid, por Antonio de Santa Cruz, con el título de Libro para bigüela hordinaria y que trata, en realidad, de la guitarra de cinco órdenes. Manteniendo las características físicas externas de la vihuela, se adiciona un quinto orden en el registro grave a los ya existentes para la guitarra de cuatro. Así, se conservan los detalles del fondo plano o muy poco convexo, las incurvaciones laterales, la forma de 8 más o menos alargado, la disposición y número de trastes, la inclinación de la cabeza respecto al mástil, etc. El tamaño es algo menor que el de las vihuelas previas, como se observa en el ejemplar construido por Belchior Dias en Lisboa, en 1581, que hoy se exhibe en el Royal College of Music, de Londres. En la práctica, la adición de un quinto orden a la guitarra de cuatro, es exactamente lo mismo que la supresión del primer orden de la vihuela de seis. Musicalmente, sin embargo, hay una diferencia sutil pero importante. La nota central del sistema hexacordal guidoniano, o mese, que en la vihuela y el laúd se localizaba según la ortodoxia medioeval en la región central del instrumento, se desplaza de manera definitiva hacia el registro agudo, abandonando la tradición instrumental para acomodarse a las nuevas modalidades interpretativas. El desplazamiento del único intervalo de Tercera para situarlo entre las cuerdas segunda y tercera, implica una concepción organológica totalmente distinta: la guitarra deja de ser subsidiaria del laúd y la vihuela para convertirse en instrumento autónomo. Este nuevo instrumento es rápidamente bautizado como “guitarra española” en los círculos musicales europeos y se le dedican numerosos tratados, entre ellos: Se conocen muchos más, editados en Francia, Inglaterra y otros países. Pero la lista permite apreciar varios puntos interesantes. Primero, que hay textos en lengua castellana, publicados en París y Nápoles. Segundo, que aparece en Italia un instrumento llamado chitarriglia. Según el autor Calvi, citado por Turnbull, se toca por medio de acordes y tiene un menor tamaño que la guitarra, que a su vez requiere de tablatura por ejecutarse punteada (213, p. 43). Tercero, en el curso del siglo solamente tres de los métodos se imprimen en España, lo cual prueba su difusión continental. Por último, la vihuela ha desaparecido por completo del panorama musical. El método de Amat tiene como fecha de edición 1586, pero según Pujol la fecha real es 1596, por un error de imprenta en la edición príncipe (170). De todas maneras, la obra obtiene gran acogida y es reimpresa, copiada y plagiada un sinnúmero de veces, llegando incluso a proyectarse hasta 1764, casi dos siglos a partir de su aparición, cuando se edita “corregida y aumentada” por Andrés de Sotos. Portada del método para Guitarra española y vandola de Juan Carlos Amat, El ejemplar de Amat consultado para esta investigación, editado en Gerona en 1639, reposa en la Biblioteca Nacional de Madrid. Su título, que ocupa toda la primera página, dice, con ortografía actual: Guitarra española y vandola en dos maneras de guitarra, En el capítulo Primero explica: “Esta guitarra española de cinco órdenes está compuesta de nueve cuerdas: una en el orden primero, llamada prima; y en los demás órdenes dos, las cuales llamamos segundas, terceras, cuartas y quintas”. A continuación presenta una detallada descripción, que para no fatigar al lector con la ortografía de la época se resume así: Las segundas y terceras (con dos cuerdas en cada orden) se afinan al unísono. Las cuartas y quintas llevan una cuerda gruesa y otra delgada, con intervalo de Octava en cada par. Las alturas relativas se obtienen: pisando las terceras en el segundo traste, deben sonar al unísono con una de las cuerdas quintas; la otra quinta, una octava más baja. Pisando las quintas en el segundo traste, dan el tono de las segundas. Estas en el tercer traste, dan las cuartas. Y las cuartas en el segundo traste, corresponden a la prima sencilla. Es, ni más ni menos, la forma de afinar hoy en día las cinco primeras cuerdas de la guitarra. Amat llama punto al acorde. Según él, “cada punto tiene su figura y disposición diferente y cada una tiene tres voces diferentes que son bajete, alto y tiple”. Página del método de Amat, edición 1639. Cap í tulo Nono, El capítulo Nono, en la página 37, trata de la guitarra de cuatro órdenes “que es la de siete cuerdas”, o sea con una cuerda en la prima y tres órdenes graves con cuerdas duplicadas. Explica que “sólo se halla una diferencia, y es esta, que en la guitarra de cinco hay un orden más, que es el quinto; pero quitado éste, es ni más ni menos que la de cuatro”. Y concluye: “El que quisiere tocar la guitarra de cuatro órdenes, siga todas las reglas y el mismo estilo de esta guitarra de cinco órdenes y haga de cuenta que el orden quinto estuviese borrado de este librito” (10). De suerte que la guitarra de cuatro órdenes existe en 1639, cuando ya Santa Fe de Bogotá ha visto crecer tres generaciones. Por otra parte, es significativo el hecho de que el tratado se ocupe del “templar y tañer rasgado”, pues Montesardo alega en 1606, ser el primero en señalar o codificar los acordes para este sistema de ejecución. No sobra comentar acerca del instrumento que aparece desde el título en el método de Amat: la vandola. Ni por la explicación que da el autor, ni por otras fuentes ha logrado saberse con exactitud en qué consiste. Grunfeld comenta que podría tratarse de una guitarrita de cuatro cuerdas, con una afinación distinta de la tradicional (88, p. 102). La enciclopedia Salvat de la música la define, bajo el encabezado de “bandola”, como un instrumento similar a la bandurria pero de un menor número de cuerdas (192, t. I, p. 317). José Subirá recoge una opinión de Pujol en el sentido de que tal vez podría asimilarse con el llaut guitarrenc de Cataluña, debido a semejanzas morfológicas y etimológicas con los nombre de “mandola” y “pandora” que tienen la misma raíz. En este caso, podría ser como una espece de rebec o pandora oriental, probablemente afinada por intervalos de Cuarta entre todos los órdenes (207, p. 215). No obstante tan parcos antecedentes, quien se interese por el germen etimológico y organológico de la bandola colombiana, tendrá que remitirse a la vandola del siglo dieciséis.
1596 Barcelona Guitarra española y vandola Juan Carlos Amat 1606 Florencia Nuova inventione d’intavolatura Girolamo Montesardo 1626 París Método muy facilísimo Luis de Briceño 1629 (?) L’Accademico Caliginoso G. Paolo Foscarini 1636 París Harmonie Universelle P. Mann Mersenne 1639 Bolonia Scherzi Armonici Francesco Corbetta 1640 Nápoles Nuevo método de cifra N. Doizi de Velasco 1646 Bolonia Intavolatura di chitarra e chitarriglia Carlo Calvi 1650 Bolonia Armoniosi concerti Domenico Pellegrini 1674 Zaragoza Instrucción de música Gaspar Sanz 1677 París Luz y norte musical Lucas Ruiz de Rivayaz 1684 Madrid Poema harmónico Francisco Guerau 1692 Bérgamo Caprici Armonici Ludovico Roncalli

edición de Gerona, 1639. Biblioteca Naci
castellana y catalana de cinco órdenes, la cual enseña
de templar y tañer rasgado, todos los puntos naturales
y bemolados con estilo maravilloso. Y para poner en ella
cualquier tono, se pone una tabla, con la cual podrá
cualquiera sin dificultad cifrar el tono y después tañer
y cantarle por doce modos. Y se hace mención también de
la guitarra de cuatro órdenes (10).

dedicado a la guitarra de cuatro órdenes, B . N. Madrid.
La obra de Gaspar Sanz, Instrucción de música sobre la guitarra española aparece en 1674 y tiene ocho ediciones sucesivas, la última de ellas en 1697. Está dedicada por completo a la guitarra de cinco órdenes y no menciona la de cuatro (198). Tampoco se considera ésta en las publicaciones de Lucas Ruiz de Rivayaz (1677) y Francisco Guerau (1684).
Aparentemente, podría pensarse que la guitarra de cuatro órdenes ha sufrido un eclipse. La realidad es que los métodos para la de cinco enseñan música punteada, para lo cual se requieren aptitudes y conocimientos especiales, que sólo pueden ostentar los músicos profesionales y unos cuantos aficionados capacitados para entender los sistemas de tablatura. Como la de cuatro se toca rasgueada, con acordes de acompañamiento para canciones populares, los tratadistas de estos años no consideran necesario insistir en un tema ya cubierto ampliamente por Amat.
Porque la guitarra de cuatro órdenes continúa en manos del pueblo. Luis de Góngora, en uno de sus Romances Líricos la nombra así:
En mi aposento otras veces
una guitarrilla tomo,
que como barbero templo
y como bárbaro toco.
Con esto engaño las horas
en los días perezosos (86, p. 65).
Por eso mismo, cuando Mozart y Daponte necesitan ambientar en la Sevilla barroca su ópera Las bodas de Fígaro, se atienen a las indicaciones de Beaumarchais y colocan la guitarrilla en manos del barbero, como se observa en el Acto I, escena II:
Se vuol bailare | (Si desea bailar |
Los pintores europeos del siglo diecisiete ofrecen un especial interés, ya que para esa época empieza a formarse la escuela plástica neogranadina, bajo el liderazgo de Gregorio Vásquez Ceballos; esta escuela dibuja muchos instrumentos dentro de los temas religiosos usuales. Por consiguiente, existe la manera de compararlos con los instrumentos dibujados por los mismos años en los países europeos.
Los sevillanos Diego Velásquez (1599-1660) y Francisco de Zurbarán (1598-1664), muestran la guitarra en pinturas que hoy forman parte del gran tesoro artístico de la humanidad. Los tres músicos, de Velásquez, expuesto en la Gemaldegalerie de Berlín, enseña con profusión de detalles dos guitarras y un violín. Zurbarán, en Las tentaciones de San Jerónimo, da una visión poco corriente del instrumento por detrás, con lo cual puede apreciarse el fondo plano, así como las incurvaciones laterales y el modo de fijar los trastes al mástil.
Una muy nítida representación frontal, donde pueden distinguirse perfectamente los cuatro órdenes duplicados y la prima simple, es la ofrecida en el Angel con guitarra del español Guzmán de la Cuesta, cuadro que se exhibe en el Bowes Museum de Durham, Inglaterra. En 1693, José García Hidalgo editó en Madrid unos Principios para estudiar el nobilísimo arte de la pintura, con ilustraciones de las manos y las posiciones de los dedos para formar los acordes de los cinco órdenes, adaptando y mejorando los dibujos contenidos en el método de Gaspar Sanz.
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Detalle del cuadro Dos damas de la familia Lake, de Peter Lely, Tate Gatlery, |
Como los anteriores, muchos artistas de otros países dedicaron su paleta al instrumento en boga. El inglés Peter Lely (1618-1680); los flamencos Pieter Brueghel el Joven, Theodoor Rombouts (1597-1637), David Ryckaert (1612-1661), Jan Vermeer (1632-1675), Karel Dujardin (1622-1678); los franceses Jean de Boulogne (1594-1632), Jean Daret (1613-1668), David Teniers el Joven (1610-1690). Como si fuera poco, con la sola obra pictórica de Antoine Watteau (1684-1721) bastaría para conocer todas las posiciones, acordes, detalles de construcción, proporciones, medidas, ambiente social y entorno general de la guitarra barroca.
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Página del libro “Principios para estudiar el nobilísimo arte de la pintura, de J. García Hidalgo, 1693. |
Por su parte, toda la literatura española del siglo de oro está saturada de menciones al instrumento. Hablan de él Cervantes, Lope de Vega, Calderón, Góngora, Mateo Alemán, Espinel y demás componentes de la pléyade genial de la época gloriosa de las letras castellanas.
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CAPITULO TERCERO
LA PALABRA TIPLE
Se han analizado los cordófonos de pulsación existentes en España durante un período de casi quinientos años, entre el comienzo del siglo trece y el final del diecisiete, sin encontrar ningún instrumento llamado tiple. Para entender esta circunstancia, hay que seguir paso a paso el origen y la evolución del vocablo entre esas dos fechas. Pero antes, es necesario revisar cuál es su utilización actual.
El Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, edición Espasa Calpe de 1970, define la palabra tiple con varias acepciones, a saber:
1. La más aguda de las voces humanas, propia especialmente de mujeres y niños.
2. Guitarrita de voces muy agudas.
3. Vino de uvas.
4. Vela de falucho con todos los rizos tomados.
5. Palo de una sola pieza.
6. Persona cuya voz es el tiple.
7. Persona que toca el tiple.
Pueden dejarse de lado las acepciones referentes a la marinería y la enología (3, 4 y 5), para prestar atención a las que tienen connotación musical (1, 2, 6 y 7).
Las acepciones números 1 y 6 son complementarias y de uso corriente en la actualidad, al menos en España donde se dice, por ejemplo, “los tiples de la Escolanía de Montserrat” o “la tiple María Callas”.
La acepción número 2 es incompleta. Omite mencionar el instrumento típico colombiano, que hoy en día no puede catalogarse como “una guitarrita de voces muy agudas”. No tiene en cuenta que en España se usan instrumentos llamados tiples y que no forman parte de la familia de la guitarra: bandurria tiple, laúd tiple, etc. Y olvida un instrumento de gran importancia en Cataluña: la tiple, que es una especie de oboe pequeño que con el flabiol, las tenoras, los cornetines, el trombón, los fiscornos y el contrabajo, constituye la cobla, o conjunto musical imprescindible para la ejecución de la sardana, cuya danza está acendrada en lo más hondo del sentir catalán.
La acepción número 7 también resulta imprecisa, por lo menos en lo que corresponde a Colombia, donde se llama tiplero o tiplista a la persona que toca el tiple; y no es del caso discutir aquí las diversas connotaciones que dichas palabras traen consigo.
Pero queda claro de todas maneras lo que la Real Academia quiere significar: tiple denota un sonido de registro agudo, vocal o instrumental y, por extensión, la voz o el instrumento que lo emiten.
El origen de este significado se remonta hasta el siglo doce, cuando se puso en práctica una modalidad que habría de revolucionar toda la concepción musical aceptada hasta entonces para el canto religioso. El advenimiento de la polifonía como opuesta al canto llano, adicionó a la única voz que tradicionalmente se utilizaba, nuevas voces que dieron un mayor cuerpo armónico al conjunto sonoro .


En Cataluña, la tiple es el instrumento de viento que aparece en la foto superior a la derecha. El flabiol, con el tamboril, a la izquierda. Detrás, los demás instrumentos que conforman la cobla, agrupación típica catalana. En la foto inferior, rondas de danzantes de sardana a la salida de misa de doce frente a la catedral de Barcelona. Fotos D. Puerta.
La voz principal continuó llamándose primum o tenor (quia discantus tenet, o sea, la que tiene la base melódica); la voz organal pasó a ser el duplum (origen de la palabra dúo) y la tercera voz en el registro alto o agudo, se denominó triplum (38, t. I, p. 274).
Durante varios siglos se consideró a los maestros Leonin y Perotin de la catedral de Notre Dame en París, como los iniciadores de este sistema polifónico, hacia 1160. En la época moderna se ha demostrado que antes de tal fecha existían antecedentes en Inglaterra y principalmente en España, ya que el “Congaudeant Catholici” del Códice Calixtino de Santiago de Compostela, es “la composición a tres voces reales más antigua de todas las conocidas en el mundo culto”, pues proviene de la primera mitad del siglo doce y anterior, por tanto, a las obras de los maestros parisinos (14, p. 35).
La voz de duplum, que tenía a su cargo el desarrollo de los melismas contrapuntísticos, fue denominada contra y, por analogía, de ella se derivaron las palabras que hoy en día sugieren el registro grave: contrabajo, contralto, etc. El triplum, que llevaba las notas superiores, se llamó también superius, de donde emana la palabra soprano. Triplum, a su vez, se convirtió en el treble del inglés, que todavía subsiste; al español y al portugués pasó primero como triple y luego se convirtió en tiple.
Respecto a la reducción fonética de triple a tiple, Juan Corominas comenta:
Es sin duda chocante, pero es paralela a la de tremblar
a temblar, aunque en este caso sea más antigua y en una
voz más patrimonial del pueblo; pero en rigor nada se opone
a que admitamos, como en temblar, que hubo primero
una pronunciación vulgar o dialectal *tripre reducida por
disimilación a *tipre y luego tiple por restauración
parcial de la pronunciación correcta (53, t. IV, p. 457).
En castellano, la referencia literaria más antigua se encuentra en algunos de los poemas de Iñigo López de Mendoza, Marqués de Santillana (1398-1458). En Triumphete de amor dice: “de melodiosas aves / oí sones muy suaves / triples, contras e tenores” (197, p. 166).
Al servicio del rey don Fernando de Aragón, se contaban en 1477 los siguientes músicos: “Johannes Urreda maestro de capilla, Fray Antonio Martín de Exea, tenor, Bartolomé Aguilera de Toledo, triple, Bartolomé de Castro, contra, Francisco de Ocanya, cantor contrabaxus” y otros (12, p. 49).
La última mención conocida donde aparece el nombre triple, antes de suprimir definitivamente la letra “r”, está en la Egloga de la Natividad de Fernando de Yanguas, escrita antes de 1518 y citada por Corominas. Allí se lee la frase: “tú frísale al triple” (53, t. IV, p. 457).
En los documentos relacionados con las capillas catedralicias o palaciegas de la época, se encuentran abundantes referencias de este tipo, que tienen el mérito de ser aplicaciones directas de una realidad artística en plena vigencia.
Higinio Anglés, al hablar de las capillas o grupos encargados de los oficios solemnes con canto polifónico, escribe:
Las nóminas correspondientes a la capilla de la casa real
de Castilla durante la época de Carlos V y Felipe II hablan
de “tiples” en el sentido de “falsetes”. Su conjunto estaba
formado siempre por bajos, tenores, contraltos, tiples y
cantorcicos niños; las catedrales españolas, ya en el siglo
XVI, mencionan las voces “falsete” y “castrados” (13, p. 22).

Una página de Recopilación de sonetos y villancicos, Juan Vásquez, Sevilla, 1560, muestra la palabra "tiple" designando la voz más aguda del registro coral. Archivo general de Indias, Sevilla.
En 1548, Fernández de Oviedo escribió el Libro de la Cámara Real del príncipe don Juan, quien vivió entre 1478 y 1497. Ya, al hablar de los instrumentos, había sido mencionado. Pero vale al pena transcribir aquí un párrafo con su ortografía original, pues contiene una pintoresca descripción de la persona del príncipe y, además, muestra cómo la palabra tiple se usaba de manera corriente a mediados del siglo dieciséis:
Era el príncipe don Johan, mi señor, naturalmente inclinado
a la música y entendíala muy bien, aunque su voz no era tal,
como él era porfiado en cantar e para eso, en las siestas,
en especial en verano, yuan a palacio Johannes de Anchieta,
su maestro de capilla, e cuatro o cinco muchachos, mozos de
capilla de lindas bozes, de los cuales uno era Corral, lindo
tiple, y el Príncipe cantaua con ellos dos oras, o lo que le
plazía, e les hazía thenor e era bien diestro en el arte (71, p. 182).
Cuando Oviedo redactó lo anterior, ya hacía por lo menos seis años que la palabra tiple constaba en un documento escrito en el Nuevo Mundo. En efecto, la Relación que hizo el padre dominico Gaspar de Carvajal acerca de la expedición de Orellana por el río Amazonas, muestra que el término era de uso corriente en América, fuera del recinto palaciego o la solemnidad religiosa. En 1542, apenas cuatro años después de la fundación de Santafé de Bogotá, Carvajal escribió lo siguiente, transcrito con la ortografía actual:
Vimos venir por el río arriba cuatro canoas llenas de indios
a ver y requerir la tierra, y como nos vieron, dan la vuelta
a gran prisa, dando arma, en tal manera que en menos de un
cuarto de hora oímos en el pueblo muchos atambores que
apellidaban la tierra, porque se oyen de muy lejos y son tan
bien concertados, que tienen su contra y tenor y tiple (43, p. 328-29).
En el archivo de la catedral de Bogotá reposa una copiosa documentación que ilustra el uso de la palabra tiple en esta ciudad. Al lado del Magniflcat octo tonorum de Cristóbal de Morales (1500-1553) que trae la denominación de Tiples I y II para las voces superiores, se encuentran joyas como la serie Magníficats sobre los 8 tonos a 4, de Gutierre Fernández Hidalgo (1540-1620), donde se habla de superius para la voz aguda; una Salve Regina de mismo autor, fechada en 1585, llama Tiple I al agudo; y un Lauda Jerusalemm de Vicente García (1593-1650), que asigna al Tiple I notas que llegan hasta el La superagudo (158, p. 708-11).
Por otra parte, en algunas de las partituras para el acompañamiento instrumental, se habla del cuarteto de chirimías, formado por tiple, contralto, tenora y bajo (158, p. 7).
Por lo anterior pueden señalarse los siguientes hechos:
1. Que para mediados del siglo dieciséis la palabra tiple era conocida por toda clase de personas, tanto en España como en América.
2. Que se usaba solamente para designar voces e instrumentos de registro agudo, sin especificar un instrumento en particular.
El tratado etimológico de Covarrubias, publicado en 1611, ofrece una perspectiva cercana, con tres siglos menos que la que pueden dar los textos de nuestro tiempo. Dice Covarrubias:
Tiple - triple, díxosse assí, quasi triple porque en rigor
la música tiene tres vozes acordadas, baxo tenor y superano,
que es el tiple y por ser tercera voz en orden se dixo triple (55, p. 962).
El siglo de oro de las letras castellanas marca el clímax cultural de la península. En los escritores místicos y profanos se retrata con todos sus defectos y virtudes el alma del pueblo español, su entorno, su circunstancia vital. El más calificado representante basta para ilustrar el uso de la palabra tiple en los albores del siglo diecisiete.
Miguel de Cervantes es un espejo fiel que refleja todos los asuntos de su tiempo y sus gentes. Son tantas y tan atinadas sus anotaciones de carácter musical, que se han escrito varios libros para tratar solamente de este aspecto. Ha llegado a pensarse que, si no fue ejecutante de guitarra antes de perder su brazo en Lepanto, tuvo por lo menos una esmerada educación en este arte (204, t. II, p. 152). Se sabe que hacia 1552, estando Miguel de unos cinco años, fue embargada su casa paterna, a la sazón en Valladolid. Dentro del escaso inventario de bienes retenidos, junto a unos pocos muebles, ropas, dos libros de medicina y uno de gramática, una imagen del Niño Jesús y enseres de cocina, figuraba una guitarra (232, p.28). El hecho es que, ya adulto, Cervantes conoce personalmente a los músicos más importantes de su época; sabe adentrarse en su sicología, “el músico primero murmura que canta” dice en el Licenciado Vidriera (45, p. 886); está al tanto de sus ilusiones y de las peripecias de su trabajo, que describe magistralmente en El Celoso Extremeño (45, p. 906); incluye a los barberos guitarristas en todas sus obras de teatro; distingue perfectamente los diversos instrumentos, al punto de mencionar en su obra completa 36 tipos diversos, cada uno de ellos con las características ambientales que le son propias (173, p. 135). La guitarra, particularmente, aparece siempre tratada con simpatía, respeto y conocimiento (“Prima es una cuerda de guitarra; la guitarra tiene cinco órdenes”) afirma en el Entremés de los Habladores (45, p. 1729).
Pues bien, no está el tiple en Cervantes como instrumento musical, sino como sonido. Habla de la “voz atiplada” en el Celoso Extremeño. Y como uno entre muchos ejemplos que podrían darse, se extracta a continuación un diálogo entre dos personajes de la comedia La casa de los celos:
Yo te sacaré, a tu gusto,
o cantor, o pregonero
Déjame atar; quita el brazo.
Con qué voz quieres quedar:
tiple, contralto o tenor?
Contrabajo es muy mejor
(45, p. 257).
Podrá aducirse que Cervantes no es músico. Por eso es conveniente recordar aquí a un músico y escritor, famoso y destacado en ambos menesteres. Vicente Espinel (1550-1624) es quien da vida y popularidad a la guitarra de cinco órdenes, a tal punto que se le atribuye la invención de la quinta cuerda. Eso, al menos creen Cervantes, Lope de Vega y otros personajes no menos conocidos, como el gran guitarrista y autor Gaspar Sanz. Hoy se sabe que Espinel no es el inventor de algo que ya Bermudo había anticipado. Pero, de todas maneras, se trata de un gran ejecutante, puesto que gracias a su actividad artística, la guitarra desplaza por completo a la vihuela. De suerte que cuando habla de cuestiones musicales, hay que creerle.
Como poeta lírico, pasó a la posteridad por haber introducido la nueva combinación métrica llamada décima o espinela, en su honor. Como novelista, por su obra picaresca Vida del Escudero Marcos de Obregón, de donde son tomados los dos ejemplos siguientes. El primero, es una graciosa comparación: “Que yo tenga cincuenta años y mi mujer quince o dieciséis, es como querer que un contrabajo y un tiple canten una misma voz, que por fuerza han de ir apartados ocho puntos el uno del otro” (65, p. 83).
El segundo, establece la diferencia entre un instrumento, la guitarra, y una voz, el tiple: “Tomando sus guitarras, lo primero que cantaron fue unas octavas mías (...) Comenzó el tiple, que se llamaba Francisco de la Peña, a hacer excelentísimos pasajes de garganta (...) y yo a dar un suspiro a cada cláusula que hacían” (65, p. 301).
En todos los demás ejemplos que pueden hallarse en el resto del siglo diecisiete, continúa viéndose la palabra tiple en contextos de registro sonoro. Para que aparezca designando un instrumento de cuerda específico, hay que llegar hasta el año 1754, cuando se publica en Madrid un libro de Pablo Minguet. Pero de eso se hablará en su debida oportunidad.
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Todo el expediente se refiere a la petición de que se exima de pagar tributos de “demora” y “quintos”, a cuatro indios que sirven en la iglesia como cantores y quienes, por copar su tiempo en este oficio, no pueden dedicarse a otros menesteres productivos.
Todo el expediente se refiere a la petición de que se exima de pagar tributos de “demora” y “quintos”, a cuatro indios que sirven en la iglesia como cantores y quienes, por copar su tiempo en este oficio, no pueden dedicarse a otros menesteres productivos.
En la argumentación correspondiente, dice el padre Ellauri:
Certifico (...) como en la Iglesia de este dicho pueblo
se hazen y celebran los oficios divinos con la decencia
y aseo que se pudiera en la mas cuydadosa de Españoles
asisten de ordinario muy buen numero de cantores tan
diestros en canto de órgano y variedad de instrumentos
de chirimías, flautas, bajones, cornetas, fogotes, órgano,
arpas biguelas, discantes, rabeles, bigolones, clave y
otros instrumentos que pueden competir con lo bueno o
mejor del Reino.
Antes de continuar con el aspecto musical, merece ser señalada como anécdota la tramitación jurídica de tan modesta solicitud. Se presentó el 6 de octubre de 1646 al marqués de Miranda, Juan Fernández de Córdoba, presidente gobernador y capitán general del Reino. Con cédula de 1648, el Rey preguntó cómo se hacía en estos casos en las demás iglesias. (Ya se vio atrás que esta misma concesión existía en Fontibón en 1632). La Audiencia, en 1650, informó que era costumbre no cobrar los impuestos a los cantores de las doctrinas y cuantificó la exención solicitada: “La demora de cada indio monta cada año seis pessos y seis reales para el Encomendero y más el quinto de esta demora para Vuestra Majestad que monta once reales de cada año cada uno”. En total, se necesitaron cuatro años de papeleo para resolver sobre un asunto que valía cuarenta y cuatro reales por año a las arcas de Su Majestad; ya el encomendero había renunciado a su derecho de veinticuatro “pessos” y veinticuatro reales por año. Y hubo además que establecer fiador para garantizar el pago de esos tributos, en caso de que Su Majestad no estuviese de acuerdo con tan drástica disminución de sus ingresos. El lector, como diría el padre Jerez, “sabrá discernir” que nuestra herencia colonial no fue solamente de folklore.
Al final de cuentas, la solicitud fue aprobada pero no alcanzó a disfrutarse, pues la doctrina de Tópaga se cambió por la de Pauto y los jesuitas se retiraron de la primera, muy poco tiempo después de 1650.
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Pagina de la solicitud elevada por el Padre Ellauri, párroco doctrinero de Tópaga, |
Volvamos a los instrumentos musicales de la misión. La lista entregada por el padre Ellauri es similar a las de otras iglesias que ya se han detallado en otro lugar. Al lado del órgano y el clavicordio, figuran los instrumentos de viento (chirimías, flautas, bajones, cornetas, fagotes) y los de cuerda: arpas, violines (bigolones) rabeles, vihuelas (bigüelas) y discantes.
Del arpa ya se sabe que es la herencia jesuita por excelencia en México, Paraguay y los llanos colombo-venezolanos. Aún se conservan en Tópaga ejemplares de estas arpas doctrineras. Los rabeles y violones eran instrumentos de arco, de los cuales se originaron los actuales violines y violonchelos. Las vihuelas pudieron ser de una o varias de las modalidades ya analizadas, incluyendo las guitarras. Y quedan finalmente los enigmáticos discantes.
La palabra “discante” , como indicativa de un instrumento musical, tuvo una vida muy corta. Aparece por primera vez en una obra de Cristóbal de Castillejo hacia 1583 y luego, en un par de ocasiones, en los clásicos literarios. Fray Luis de León dice “Tendría vuesa merced por su cocinero y daríale su salario al que no pudiese salar una olla y tocase bien un discante?” y Jovellanos: “Usted sabe ya el asunto de las únicas coplas que sé cantar en mi discante” (8, t. II, p. 1.574).
Emilio Pujol, en su introducción al estudio de la Silva de Sirenas de Valderrábano, informa que el discante (o discantus) tiene su origen en los albores de la consonancia y marcha paralela de las voces, y que en las definiciones dadas por algunos técnicos figura este vocablo como propio de un instrumento semejante a la guitarra (172, p. 8). Parece que la palabra sirvió primero para designar de manera genérica los instrumentos de sonido agudo y hubo así discante de oboes, discante de chirimías, etc. Luego se usó específicamente para las guitarras pequeñas y después, a finales del siglo diecisiete, dejó de utilizarse para dar campo a la palabra tiple, según Felipe Pedrell (152, p. 132).
Discante no figura en Covarrubias (1611). Pero este autor menciona la guitarrilla como la guitarra pequeña de cuatro órdenes (55, p. 670). Esta es la misma que nombran Lope de Vega, Cervantes y Góngora, conocida en italiano como “chitarrino’ (Mozart, en Las bodas de Fígaro) o “chitarriglia”, como figura en el tratado de Calvi, de 1646.
En síntesis, los discantes de que habla el padre Ellauri son lo mismo que las guitarrillas. Estos instrumentos, con cuatro o cinco órdenes, de tamaño pequeño, fueron luego llamados tiples, pero medio siglo más tarde. De ahí que se haya calificado como anacronismo la frase del padre Jerez acerca de los tiples de Tópaga, que tantos errores desencadenó.
D. Las pinturas de Vásquez Ceballos
Para cerrar este capítulo sobre los instrumentos musicales del siglo diecisiete en la Nueva Granada, debemos referirnos obligadamente a la obra pictórica del artista santafereño Gregorio Vásquez de Arce y Ceballos, quien durante el período barroco de la segunda mitad del siglo se encargó de engalanar las iglesias de su ciudad natal. En muchas de sus pinturas aparecen los instrumentos, por primera vez en nuestra historia plástica. En ellos se creyó reconocer al tiple, como instrumento ya formado e integrante del acervo folclórico neogranadino.
Harry Davidson anota en su Diccionario la cronología de esa entusiasta apreciación de los tiples en manos de los ángeles músicos de Vásquez Ceballos. Quien primero habló de ello fue Luis Mejía Restrepo, en un artículo publicado en el Papel Periódico Ilustrado en 1887, así:
Réstanos aún hablar de un ingenioso refinamiento de Vásquez,
de una feliz prueba de su acendrada nacionalidad, de la
original innovación que introdujo en los coros que coronan
muchos de sus nacimientos, poniendo en manos de los ángeles,
en vez de las tradicionales arpas y liras, la indígena
castruera, las guitarras españolas, la clásica pandereta
y los tiples nacionales (122).
Esta frase fue citada por Roberto Pizano Restrepo en su libro sobre Vásquez editado en París en 1926, y luego utilizada por Jorge Añez en Canciones y Recuerdos de 1951. A su vez, Perdomo Escobar incluyó una fotografía de detalle de uno de los cuadros en la Historia de la música en Colombia, con la observación: “Nótese el angelito de la izquierda con su tiple en la mano” (157, p. 105).
Son tres, principalmente, las pinturas donde puede apreciarse el instrumento de cuerdas que Mejía, Pizano, Añez y Perdomo identifican como el tiple nacional. La coronación de la Virgen por la Trinidad, óleo sobre tela, de 1697 y La adoración de los pastores, óleo sobre madera, que se exhiben en el Museo de Arte Colonial en Bogotá; la tercera es un fresco que adorna la pechina suroriental de la cúpula de la iglesia de San Ignacio en la misma ciudad, dentro del conjunto pictórico dedicado al evangelista San Mateo.
Hay sendos ángeles en esas pinturas, con diseño similar. Todos aparecen en posición reclinada, apoyando sobre la pierna derecha un instrumento de forma de ocho alargado, la boca en la caja de resonancia con un diámetro igual al ancho del mástil; la perspectiva de los dibujos impide precisar el número de clavijas, pero pueden nítidamente contarse nueve cuerdas, repartidas en cuatro grupos dobles en los órdenes graves y una prima sencilla. Los trastes no llegan a copar la longitud del mástil y podría decirse que los primeros siete tienen su localización adecuada. La mano izquierda de los tres ángeles muestra el mismo acorde. La mano derecha tiene los dedos extendidos, como punteando, en la Coronación, y está cerrada, como rasgueando, en la Adoración y el fresco de San Ignacio.
La sistemática aparición del mismo acorde no permite suponer una mediana formación musical del pintor santafereño. Pero hay que tener presente que éste no estaba interesado en la musicología sino en la imaginería. Y vale la pena hacer notar que el Angel con Guitarra del pintor coetáneo español Guzmán de la Cuesta, ostenta un instrumento idéntico al dibujado por Vásquez y ejecuta el mismo acorde con la mano izquierda, que el tantas veces repetido en las pinturas barrocas neogranadinas.
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lzq. Detalle de La Coronación de la Virgen de Vásquez Ceballos, (Museo de Arte Colonial, Bogotá). | |
Para refutar la idea de que sean tiples los instrumentos allí representados, no hace falta argumentar acerca del tamaño relativo, el número de cuerdas, el número de trastes, etc. En realidad, no hay más que comparar los dibujos de Vásquez con los de la copiosa iconografía europea del mismo período barroco, para establecer de manera inequívoca, que los instrumentos pintados en Santafé son las mismas guitarras de cinco órdenes que habían ingresado al mundo musical desde finales del siglo dieciséis, según fueron descritas por Amat y los tratadistas posteriores.
No son tiples los instrumentos pintados por Vásquez. Una hipótesis más que hay que rechazar. Esto ya había sido aclarado por el crítico de arte Francisco Gil Tovar, quien afirma:
El criollo Vásquez fue perfectamente sincero en su criollismo
al imitar los tipos y las cosas europeas. Lo era al pintar las
cuatro estaciones del año en un lugar donde no las hay; al
evitar todo tipo indio o mestizo en la comparsería pastoril
de sus belenes; al componer sus bodegones con algunas frutas
no existentes a la sazón en el país; al colocar sus santos en
paisajes imaginarios a la europea; al carecer de la más mínima
intención de que sus numerosos ángeles músicos tañeran algún
instrumento aborigen (82, p. 53).
Pero sí puede extraerse una conclusión: la guitarra de cinco órdenes era conocida en nuestro país, por lo menos un siglo antes de que se impusiera la de seis cuerdas.
Vale la pena advertir que además de las pinturas de Vásquez ya comentadas, existen en Colombia otros ejemplos iconográficos de ángeles tañedores de vihuela, provenientes de los años coloniales. En la nave derecha de la catedral metropolitana de Pamplona (Norte de Santander), se encuentra colocado un cuadro de autor anónimo, fecha aproximada finales del siglo XVII, que muestra a Santa Ana, María y Jesús con el acompañamiento de la música celestial sonada en diversos instrumentos de la época, entre ellos la vihuela. Otro cuadro, que bien pudiera ser considerado como el más antiguo conocido en nuestro país sobre el tema, se exhibe en el Museo de Arte Religioso de Duitama (Boyacá), con el nombre de La Presentación de la Niña María. Esta obra se remonta al siglo XVI y se conservó en la iglesia de El Espino, pequeña población al norte de Boyacá. El autor es también desconocido. Los tres ángeles músicos están dibujados en la posición usual, en la franja superior del cuadro. El de la derecha tañe una viola de gamba; el del centro, un arpa; el de la izquierda, una vihuela de gran tamaño. Aunque sólo se aprecia una parte de la caja armónica y el mástil se difumina tras la sombra del arpista, es inequívoca la identificación de la vihuela como el instrumento que tantas veces se ha descrito en este libro.
Como estos dos ejemplos, deben quedar por ahí, escondidos en iglesias y sacristías, muchas otras muestras pictóricas que algún día merecerán el rescate, el estudio y el análisis detallado por parte de los especialistas.
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CAPITULO QUINTO
GUITARRAS Y TIPLES EN EL SIGLO DIECIOCHO
A. En España
La guitarra de cinco órdenes cubre el panorama musical español durante la mayor parte del siglo dieciocho. Para este instrumento se imprimen solamente tres nuevos métodos, debido tal vez a la gran preponderancia alcanzada por la Instrucción de Gaspar Sanz. En 1780 se publica la primera obra dedicada a la guitarra de seis órdenes y, ya para finalizar el siglo, tres obras de diferentes autores confirman la estabilidad del instrumento en su forma definitiva. Esos métodos, con sus fechas, nombres abreviados y autores, son:
1714 Resumen de acompañar la parte con la guitarra Santiago de Murcia 1754 Modo de tañer los instrumentos mejores Pablo Minguet y Irol 1764 Arte para aprender con facilidad Andrés de Sotos 1780 Obra para guitarra de seis órdenes Antonio Ballesteros 1799 Arte para tocar guitarra española por música Fernando Ferandiere 1799 Principios para tocar la guitarra de seis órdenes Federico Moretti 1799 Escuela para tocar con perfección la guitarra Antonio Abreu
Santiago de Murcia fue preceptor de la reina María Luisa Gabriela de Saboya, primera esposa del rey Felipe V. El Resumen constituye la última obra escrita con el sistema de tablatura, pues las siguientes utilizan la flotación en pentagrama.
Es en el método de Pablo Minguet en 1754, donde se menciona por primera vez el cordófono tiple. El título de esta obra, que copa toda la primera página, dice así, con ortografía actual:
Reglas y advertencias generales que enseñan el modo de tañer
todos los instrumentos mejores, y más usuales, como son la
guitarra, tiple, bandola, cítara, clavicordio, órgano, arpa,
salterio, bandurria, violín, flauta travesera, flauta dulce y
la flautilla. Con varios tañidos danzas, contradanzas y otras
cosas semejantes, demostradas y figuradas en diferentes láminas
finas, por música y cifra, al estilo castellano, italiano, catalán
y francés, para que cualquier aficionado las pueda comprender con
mucha facilidad y sin maestro, con una breve descripción de cómo
el Autor los aprendió, que está al volver de esta hoja (128).
La disposición general de la guitarra es la misma que ya se reseñó en los métodos de Amat y Sanz. Pero se observa una pequeña variación consistente en que todos los órdenes, incluyendo Las primas, tienen cuerdas duplicadas. Además de las explicaciones detalladas, Minguet anexa gráficos que muestran las diversas posiciones de los dedos de la mano izquierda para efectuar los acordes. Aquí, como en Sanz, los dedos que no intervienen en el acorde están señalados por anillos.
La primera parte del texto se dedica al rasgueado. La regla duodécima enseña:
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| Izquierda, portada del método de Pablo Minguet y lrold, 1754, primero donde aparece el tiple como cordófono. Trata de la guitarra pequeña de cinco órdenes. Derecha, el método de Andrés de Sotos, 1764, versión acondicionada y con carátula plagiada del de Amat, 1596. Biblioteca Nacional, Madrid. | |
Del modo de tañer el tiple y cómo se acompaña con la guitarra. Antes que empiece a tratar de cómo se tañe este instrumentillo, será preciso explicar el modo de templarlo; y así digo, que las terceras del tiple se igualan con las cuartas de la guitarra de suerte que, tañéndolas, hagan una misma voz. Y las demás se templan, ni más ni menos, como las de la guitarra.
Los puntos de este instrumento son los mismos que los de la guitarra, y para acompañar se tañe un punto más alto. Supongamos que por la guitarra se tañen los pasacalles o las folías españolas por el uno, en el tiple se han de tañer por el dos; y para tañerlo bien es menester hacer muchos redobles y aprisa, sin salir del compás, para que chille o haga música ruidosa.
Llama la atención la frase final, con el énfasis de que se toque con redobles y aprisa, sin salir del compás; este mismo consejo podría darse en la actualidad a quien desee acompañar un joropo llanero en el cuatro o un pasillo fiestero en el tiple colombiano.
Es muy extraña la indicación de que “las terceras del tiple se igualan con las cuartas de la guitarra”, cuando debiera ser al revés, si se quiere que el tiple suene más agudo. La única explicación razonable es que Minguet denomina las órdenes en sentido inverso al tradicional y llama primeras a las cuerdas más graves y va ascendiendo la numeración con la altura tonal. Si se sigue este razonamiento, las cuartas de la guitarra, empezando desde las graves (que hoy serían las quintas), equivaldrían a las segundas; de igual manera, las terceras del tiple, equivaldrían a las mismas terceras contando de abajo hacia arriba. Sólo así se entiende el texto. Además, los gráficos que da el mismo Minguet confirman esta suposición, pues allí se muestran los órdenes numerados en el orden correcto: primeras, las agudas; quintas, las graves.
En los dibujos de los puntos o acordes se aprecian mejor las afinaciones relativas. El punto uno, corresponde al acorde de Mi mayor; el dos, al La mayor. Así, pues, entre el tiple y la guitarra existe un intervalo de Cuarta, O sea que para Minguet, el tiple español no es más que una guitarra pequeña, con los mismos cinco órdenes de la grande, pero afinados más altos. En este caso, lo que Minguet llama tiple, es exactamente el instrumento que todavía hoy se conserva en Bolivia con el nombre de “guitarrilla boliviana”, con cinco órdenes dobles afinados una Cuarta sobre la guitarra normal.
La segunda parte del método de Minguet trata del punteo. La regla octava, “De cómo se tañe el tiple de punteado con la guitarra”, se limita a advertir que los puntos o acordes, naturales o bemolados, no deben rasguearse sino tocarse “arpeados”, es decir, arpegiados.
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Páginas diveras del método de Minguet, 1754: Demostración de los puntos o acordes; |
En cuanto a la vandola, se continúa en el misterio. Según Minguet, las quintas, sextas y terceras de la vandola equivalen respectivamente a las terceras, cuartas y primas de la guitarra. No dice cómo se afinan las segundas ni las cuartas de la vandola, pero aclara que las primas se ajustan una Octava más baja que las sextas. Aplicando a este texto el mismo razonamiento de inversión de los órdenes, quedarían las siguientes relaciones tonales entre la vandola y la guitarra en secuencia normal:
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Páginas diveras del método de Minguet, 1754: Ilustración gráfica de los acordes. |
El método de Andrés de Sotos, publicado en 1764, no es otro que el de Juan Carlos Amat, con casi dos siglos de existencia, pero “dispuesto, recopilado y aumentado” por Sotos quien, inclusive, no tiene reparo en utilizar la misma figura que Amat colocó en su portada. El nombre completo del texto es:
Arte para aprender con facilidad y sin maestro, a templar
y tañer la guitarra de cinco órdenes, o cuerdas; y también
la de cuatro o seis órdenes, llamadas guitarra española,
bandurria y vandola, y también el tiple. Demuéstrase con
grande claridad la formación de los 12 puntos naturales y
12 bemolados con láminas; y principalmente se pone una tabla
que por ella se puede cifrar cualquier tono, tocarle y
cantarlo por doce modos distintos, sacado de las mejores
obras y maestros; dispuesto, recopilado y aumentado por
Andrés de Sotos. Año de 1764 (205).
No hay problema en la identificación del tiple, pues, como Minguet, llama así a la guitarra pequeña afinada más alta que la normal y con los mismos cinco órdenes. Llama vandola a la guitarra de seis órdenes, pero tampoco aclara sus características de afinación y encordado. La bandurria, según Sotos, sería la guitarra de cuatro cuerdas, pero con afinación distinta. Es una obra confusa que no añade ningún dato de interés a los ya conocidos.
Los métodos de Antonio Abreu, Federico Moretti y Fernando Ferandiere, publicados todos en 1799, tratan ya de la guitarra de seis órdenes, con la disposición general que habría de perdurar hasta nuestros días.
Abreu dedica todavía un capítulo a la de cinco órdenes (5). Moretti llama la atención al hecho de que, tanto en Francia como en Italia han desaparecido ya los órdenes duplicados y las guitarras de esos países se construyen con seis cuerdas simples, por lo cual pueden afinarse mucho más rápidamente que las españolas (130, p. 9).
Ferandiere utiliza todavía la nomenclatura antigua para las notas, pero el temple es el mismo: sextas en Elami (Mi), quintas en Alamirre (La), cuartas en Delasolre (Re), terceras en Gesolreut (Sol), segundas en Befami (Si) y primas en Elami (Mi). Todos los pares son afinados al unísono, a excepción del sexto, que tiene un bordón y una sextilla octavada. En cuanto a las primas, dice: “También debieran ser dos, pero la experiencia ha enseñado que es mejor una sola” (69, p. 1).
El tiple de esa época quedó inmortalizado en una bella representación plástica: un Majo de Lorenzo Baldissera Tiépolo (1736-1776), hijo del Tiépolo más conocido, Juan Bautista. Expuesto actualmente en el Palacio Real de Madrid, este cuadro fue pintado para la corte española en 1770 y muestra el pequeño tamaño relativo, los cinco órdenes pareados, las diez clavijas y sólo seis trastes. Con la mano izquierda, el tañedor hace un acorde de Sol menor. Los dedos de la mano derecha arañan las cuerdas, como en un arpegio.
La guitarra del siglo dieciocho quedó profusamente ilustrada en la obra pictórica de dos grandes artistas españoles: Francisco de Goya y su cuñado Ramón Bayeu.
Goya, quien vivió entre 1746 y 1828, caracterizó todo el período plástico bautizado con su nombre: el goyesco. De su amor por la guitarra no queda duda. El mismo lo confirmó en carta de julio de 1784 a su amigo Martín Zapater, donde dice que fuera de una estampa de la Virgen del Pilar, una mesa, cinco sillas, una sartén, una garrafa de vino y una guitarrilla, una parrilla y una lámpara, todo lo demás es superfluo (163, p. 156). Cálida nota humana de quien, a partir de 1793, no podría volver a disfrutar del sonido de su instrumento favorito, pues una sordera total lo acometió a los 47 años de edad. Pero aunque no oyese las guitarras, las pintó, y de qué manera. El baile en San Antonio de la Florida (1777) y El ciego de la guitarra (1778) se destacan entre otros muchos de sus cuadros; un Majo de 1780; las caricaturas donde aparece un simio ridiculizando al ministro Godoy, quien toca para el rey Carlos IV; algunos dibujos de su último período, etc.
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Tiple español de finales del siglo XVIII, tañido por el Majo |
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En dos cuadros de Ramón Bayeu (1746-1793) que se exponen en Madrid, aparecen las guitarras con toda nitidez. El majo de la guitarra, del Museo del Prado, tañe una de cinco órdenes dobles. En El baile junto al puente en el canal de Manzanares, del Museo Municipal, muestra a tamaño natural una guitarra de cinco órdenes y una de seis. Aquí pueden apreciarse claramente detalles como las vetas de la madera de las tapas, el número de cuerdas y de clavijas, las posiciones de las manos y los acordes que da la mano izquierda.

El Majo de la guitarra de Ramón Bayeu con la guitarra goyesca de
cinco ordenes. Museo del Prado, Madrid.
Se llega así al siglo diecinueve. Y para no dejar trunca la historia de la guitarra, que debió incluirse completa en este estudio sobre el tiple, mencionemos brevemente su trayectoria hasta el tiempo actual La guitarra de seis cuerdas simples pronto se impondría. Durante el siglo diecinueve libró una ardua batalla, que en ocasiones pareció perdida, frente a otros instrumentos de concierto. Fue salvada gracias a la actividad de grandes músicos de la época romántica, tales como el padre Basilio (Miguel García), Fernando Sors (1778-1839), Mauro Giuliani (1780-1840), Dionisio Aguado (1784-1849) y Francisco Tárrega (1854-1909). Finalmente, con dos poderosas vertientes (la clásica, representada por Andrés Segovia y Regino Sáinz de la Maza, y la flamenca, con una pléyade de grandes virtuosos), irrumpió en el siglo veinte con tal fuerza que hoy en día es el instrumento que cuenta con mayor número de simpatizantes y ejecutantes en el mundo entero.
Las vihuelas desaparecieron en España desde finales del siglo dieciséis. Las guitarras de cuatro cuerdas no volvieron a mencionarse desde la época barroca. Los tiples peninsulares sí continuaron en ámbitos cada vez más reducidos, hasta confinarse a las regiones del Levante y Murcia.
En esta última provincia puede seguirse el rastro durante el siglo diecinueve. La colección de cantos Alegrías y tristezas de Murcia, recopilada en 1857 por Julián Calvo y citada por Livermoore, habla de los aguinaldos que se acompañaban con “guitarras, guitarricos, bandurrias, o con timples, címbalos muy pequeños, sonajas y panderos”; dice también que entre las malagueñas se cuenta una tonada que cantaban los muchachos de La Huerta y añade que “los jóvenes que limpian las calles por la mañana la cantan sin el acompañamiento de las guitarras, guitarricos, bandurrias, tiples y violines usados la noche anterior, dando así por la mañana un eco de la misma serenata” (106, p. 141-42).
B. En la Nueva Granada
Durante el siglo dieciocho no se presenta variación en la organografía ya detallada para el siglo anterior. Las vihuelas y guitarras continúan siendo mencionadas en las crónicas. Davidson enumera en su Diccionario las diversas oportunidades en que aparecen estos instrumentos en nuestro territorio, en su orden:
1. Vihuela.
En 1708, en Girón, Santander, con ocasión de la fiesta dada el
20 de agosto para celebrar el nacimiento del príncipe Felipe.
Hacia 1736, en el poblado de San Regis, entre Guanapalo y Meta.
En 1739, en la provincia de Santa Marta. En 1756, en la población
de Timaná, Huila. En 1761, en Mogotes, Santander, (59, t. III, p. 291-292)
2. Guitarra.
En 1722, en la población de San Ignacio, en los Llanos Orientales.
En 1759, por los lados de Paicol, Huila. En 1760, cerca de Tumaco.
En el mismo año, a bordo de un barco que traía al sabio Mutis desde
Cádiz hasta Cartagena de Indias. En 1792, durante la celebración de
la novena de aguinaldos en Santafé de Bogotá (59, t. II, p. 302-03).

Facsímil del documento de 1746 donde se menciona, por primera vez en Colombia,
el tiple como instrumento diferente de la guitarra.
Archivo Central del Cauca, Popayán.
En 1746 se menciona en nuestro territorio por primera vez la palabra tiple para designar un instrumento de cuerda. Ese año, con ocasión del paseo de la jura para la coronación del rey Fernando VI de Borbón, se hicieron varios festejos en Popayán: desfiles, comedias, actos religiosos. La relación de estas celebraciones se encuentra en un expediente que reposa en el Archivo Central del Cauca, en esa ciudad, con la signatura No. 9648, Colonia, CIII, 21, distrital, según catalogación efectuada por el Dr. José María Arboleda Llorente. Allí se cuenta que “hubo mascaradas de indios, con instrumentos músicos proporcionados a sus estaturas de guitarras, tiples, flautas, y otros varios”.
Para 1791, según Cordovez Moure, los tiples también forman parte de los conjuntos musicales que celebran la nochebuena en Bogotá: “desde las seis de la tarde, recorrían bulliciosos grupos cantando bambucos y otros aires nacionales, acompañados de tiples, guitarras, chirimías y panderos, sin perjuicio de entrar donde quiera que pedían improvisar el fandango” (52, t. IV, p. 204).
Al terminar el siglo hacia el año 1800, según narra el costumbrista Rafael Eliseo Santander, la diversión favorita de los artesanos santafereños es el piquete o merienda servida en los campos aledaños a la ciudad capital, Fucha, Boquerón, San Diego o San Victorino. Luego, por la tarde, “al son del guitarrillo y el pandero, los ánimos se habían desahogado de las fatigas de la semana, con un rato de solaz y confianza” (196, p. IV).
Hay que aclarar que la palabra tiple también aparece durante el siglo dieciocho en otras regiones del continente americano. Torre Revello, citado por Viglietti, cuenta que en el Montevideo de ese siglo, “en muchas casas había el tiple, especie de guitarra, y el clave, a cuyos sones se animaban las tertulias. En campaña se armaban francachelas al son del tiple y del canto monótono de entonces”. Y aclara Viglietti: “El tiple era una especie de guitarra más pequeña, de voces agudas; su sonido más bajo solía corresponder al Si de la quinta cuerda de la guitarra corriente” (222, p. 115).
Hablando de los gauchos uruguayos en 1789, Viglietti recuerda el relato de un viajero Espinosa: “Si es invierno, juegan y cantan unas raras seguidillas desentonadas... que llaman de cadena, perico o malambo, acompañándose con una desacordada guitarrilla, que siempre es un tiple” (222, p. 116).
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EL TIMPLE CANARIO Y LA CHICHARRA BATTENTE
Dos instrumentos extraños a la organografía colombiana han sido recordados como posibles hontanares del tiple. Son ellos, el timple de las Islas Canarias y la chitarra battente italiana.
A. El timple canario
Son admiración del mundo
el canto de los Canarios,
el timple con la guitarra
y nuestros bailes de magos.
(Copla popular de Tenerife)
La conquista de las Islas Afortunadas o Canarias se inicia en 1402 por marinos normandos al servicio de Enrique II de Castilla. Pero la bravía resistencia de los guanches nativos sólo viene a quebrantarse en 1496, cuando el Adelantado Alvaro Fernández de Lugo entrega el territorio a la soberanía de los Reyes Católicos, con un estatus político del tipo de señoríos feudales. Finalmente, en tiempos de Carlos III, hacia 1770, quedan abolidos los señoríos y el archipiélago entra a formar parte del Estado español. Hoy las siete islas están agrupadas en dos provincias: Las Palmas y Santa Cruz de Tenerife.
El proceso de conquista y transculturación de las tribus nativas de Canarias es contemporáneo y paralelo al sufrido por los indígenas americanos, como idéntico es el curso evolutivo de las expresiones folclóricas a ambos lados del Océano Atlántico. Los guanches, a la llegada de los españoles, no tienen más instrumentos musicales que los de percusión. Un cronista cuenta que “después de los bailes hacían zonzonetes con piedrezuelas y tiestos de barro” (85, p. 80). Hacia 1604, los instrumentos de acompañamiento son todavía “dos calabazas secas y algunas piedrecitas dentro conque tocan dulce son canario” (221, p. 109).
A partir de la natural instrumentación percutiva y como resultado de la introducción de los elementos musicales procedentes de la península, esos “zonzonetes” primigenios van convirtiéndose poco a poco en una gama rica y variada de ritmos y canciones propios, hasta culminar en las malagueñas, tajarastes, isas y folías que identifican las Islas Canarias de manera tan particular, como las cuecas a Chile o los bambucos a Colombia.
Eduardo López-Chávarri Andújar resume así los conceptos:
Son inciertos en grado sumo los orígenes del arte en las
Islas Canarias. De la misteriosa y antigua raza “guanche”
no hay noticias concretas. Se ha creído que la poética
languidez de ciertos cantos y danzas canarias fuese un
sedimento del espíritu racial primitivo. Pero también está
afianzada la opinión de que aquel carácter proceda de la
musicalidad andaluza pura, sin mezclas gitanas, como hubieron
de llevarla a las islas los andaluces y demás españoles que
llegaron al archipiélago (109, p. 42).
Sebastián de la Nuez Caballero elaboró el cuadro que se reproduce en seguida, donde clasifica, según su origen, los instrumentos que actualmente se usan en el archipiélago (139, p. 12).
1. Instrumentos musicales del folklore de Canarias que pueden ser originales de ellas o de otros lugares no peninsulares:
La guajira. El pito de agua. El bucio.
Las chácaras. La rasqueta. La huesera o el raspado.
2. Instrumentos musicales que existen o existieron en la Península y que han tomado naturaleza especial en las Canarias:
El contro o contra. El requinto. El tiple o timple. La
flauta, pito o chiflo. El tambor, tamboril, tafuriaste
o ginso. La pandereta o tajaraste.
3. Instrumentos musicales corrientes en la Península que se han hecho populares en las Canarias:
La guitarra. El laúd. La bandurria.
La primera mención escrita que se conoce del tiple o timple, proviene de principios del siglo diecinueve. Domingo J. Navarro, al narrar las costumbres de los pobladores de Las Palmas de Gran Canaria, emite este juicio:
Fuera de la esmerada solemnidad del culto dentro del precioso
y alegre templo y de las infinitas promesas que se cumplían,
no había que pedirle a la fiesta otra cosa que el continuo y
desapacible sonido de las guitarras y tiples, el interminable
bailoteo, los desacordes cantares, los alegres ajijides (136, p. 65-66).
Respecto de las características y posible origen, Nuez Caballero comenta:
El tiple es un guitarrillo, una bandurria pequeñita,
una especie de vihuela de cinco cuerdas de tripa,
que tiene voces muy agudas; esto lo confirma nuestro
fabricante, que nos dice que hace los aros y el fondo
de mora y el mástil o brazo y la tapa de madera de pino,
el diapasón y el puente de ébano. ¿Cómo se originó este
instrumento musical y cómo llegó a Canarias? Arriesgamos
nuestra hipótesis a falta de otra mejor. Creo que al
principio este instrumento no sería más que otra de las
tantas formas de guitarras o guitarrillas, que servirían
para acompañar las diversas voces en el conjunto de las
melodías. Pero hacia el siglo XVIII, pues en Covarrubias
no consta aún como instrumento (...) En este momento se
verificaría el bautizo de aquel humilde guitarrillo que
haría de “tiple” a veces, lo mismo que la bandurria. Así,
sin duda, vendría de España, porque ni Portugal ni Italia
tienen la voz más que como voz de soprano o más aguda (139, p. 15).
Ya se vio por el costumbrista Navarro, que en Canarias se usó primero la palabra tiple, que luego se convirtió en timple sin desaparecer por ello el vocablo original. En cuanto a ésta singularidad fonética, el mismo Nuez Caballero continúa:
Habríamos pues, de suponer una asimilación primera de
“Triple-tiple”. Esta palabra llegó así a Canarias,
pero en nuestro Romancero existía ya el fenómeno de la
creación de una nasal como refuerzo de una articulación
difícil o por contagio de otra palabra semejante;
son los casos de “figicare-ficar” que dio hincar,
y de “alauda” alaudula, alaun (1) a, alondra, quizá
por contagio con golondrina. Se pueden así aducir otros
epéntesis de “n” en Romance español, pero la prueba
más concluyente es que en Canarias este fenómeno
está vivo en el pueblo, donde oímos de “encima”, encimba,
de “asorado”, asorimbado (...) En el caso de Tiple-timple,
podemos tener un posible contagio con “templar”
las cuerdas (139, p. 16)
Con estas largas citas del trabajo de Nuez Caballero se comprueba que el instrumento no es originario de las islas; que el nominativo que lo designa vino de España, probablemente en el siglo dieciocho y que la palabra ‘timple” es una adaptación canaria del nombre original.
Manuel García Matos describe el instrumento como un pequeño guitarrillo de cuatro o cinco cuerdas, según las islas; que se tañe generalmente rasgueado y ocasionalmente al punteo. En este caso, puede “hacerse alarde de auténtico virtuosismo, como permiten apreciar las bellísimas folías al timple de Tenerife” (81, p. 22).

Timple de Las Palmas de Gran Canaria. Longitud total, 61 centímetros.
Se observan cinco cuerdas y solo siete trastes. Foto A. Mora.
Talio Noda Gómez aclara que cuando es de cuatro cuerdas como en Tenerife, los intervalos se afinan como las cuatro primeras cuerdas de la guitarra. El de cinco cuerdas, de Lanzarote y Fuerteventura, se llamó primero camellillo, debido a la fuerte influencia morisca a la cual se debe el fondo abombado. Dice también que hay lugares donde se le llama timplillo o contra (138, p. 12).
El ejemplar que se tuvo a mano es construido n Las Palmas de Gran Canaria. Su tamaño es muy pequeño. Tiene una longitud total de 61 centímetros, repartidos así: caja de resonancia, 26 cms.; mástil, 20 cms.; cabeza o clavijero, 15 cms. El mástil tiene 5,5 cms. de ancho, igual al diámetro de la boca, cuenta con siete trastes.
La tapa superior tiene la forma de un ocho alargado, con ancho máximo de 15 cms. y mínimo de 10 cms. De las incurvaciones laterales se desprenden las costillas que conforman el fondo abombado, tipo laúd.
Las cinco cuerdas van sostenidas en otras tantas clavijas de madera. Son de tanza o nylon, con los siguientes calibres: prima y cuarta, No. 45; segunda y quinta, No. 50; tercera, No. 60. La afinación en orden descendente, es: Re, La, Mi, Do, Sol.

Para afinar el timple canario con el tiple colombiano, hay que sonar al unísono las primas del tiple con la tercera del canario. O lo que es igual, la primera del timple al aire, al unísono con las primas del tiple colombiano, pisadas en el décimo traste.
Un Manual del timple, editado en Santa Cruz de Tenerife en 1971 por Gustavo Benítez Suárez, contiene algunas apreciaciones que cierran la descripción del instrumento:
El timple tiene un hermano que es el ukelele, oriundo
de Portugal y que luego se extendió a Oceanía y Hawai;
hoy en día se le conoce también en Europa y América.
Primeramente el timple se llamó camellillo,
precisamente por diferenciarse del anterior en la
joroba típica, ya que el ukelele es plano por detrás
y además tiene solamente cuatro cuerdas.
El camellillo se construyó primeramente en el Puerto
de la Luz y luego pasó a Lanzarote, donde se le dio
más importancia. Actualmente está repartido en todas
las Islas en las que son fabricados por diferentes
artesanos; los instrumentos mejor logrados salen de
Las Palmas y Lanzarote. En la provincia de Gran Canaria
se toca con las cinco cuerdas y en la de Tenerife le
suelen suprimir la última cuerda dejándole solamente
cuatro (24, p. 3).
Con la extensa descripción anterior, quedan mostrados todos los elementos de juicio para entrar a considerar la posible influencia del timple en la formación del tiple colombiano.
Ante todo hay que señalar la gran cantidad de puntos disímiles entre ambos instrumentos. Aparte de las diferencias en tamaño, pluralidad de las cuerdas y número de trastes, que sólo podrían indicar un grado de avance evolutivo, resaltan tres diferencias básicas que impiden suponer que uno se haya derivado del otro, no importa en cuál dirección:

La página 78 del método de F. Sarmiento, 1969, Tenerife,
Gran Canaria, muestra acordes del timple de cinco cuerdas.
1. La tesitura o gama tonal. La primera cuerda del instrumento canario se afina a una tonalidad que está a un intervalo de Séptima (Mi-Re) por encima del colombiano. Esto significa que el canario tiene un sonido mucho más agudo.
2. La afinación relativa. Con un intervalo de Tercera colocado entre las cuerdas tercera y cuarta, el canario conserva la misma afinación relativa que las vihuelas y laúdes de cinco órdenes existentes a mediados del siglo dieciséis. El tiple colombiano, a su turno, lleva el intervalo de Tercera entre las cuerdas segundas y terceras, con disposición idéntica a las guitarras de cuatro órdenes afinadas “a los nuevos”, de la misma época.
3. El fondo convexo o abombado. Esta forma típica del timple, es también característica del laúd de origen árabe y todavía se halla presente en el laúd marroquí, a sólo 120 kilómetros de las Canarias. A ella se debe el nombre original de camellillo. En el tiple colombiano, el fondo siempre ha sido plano.
Las dos últimas diferencias anotadas, podrían indicar una posible génesis del timple canario en el laúd de la época de los Reyes Católicos y no, como parece creer Nuez Caballero, en los “tiples” españoles de mediados del siglo dieciocho, pues como se sabe por el tratado de Minguet, dichos tiples tenían la afinación relativa de las guitarras, no de los laúdes.
Hay que pensar entonces en una evolución paralela de los instrumentos canario y colombiano, sin dar demasiada importancia al hecho de que la primera mención del tiple como instrumento de cuerda haya aparecido en la Nueva Granada por lo menos medio siglo antes que en Canarias. Esto, en cuanto al timple de cinco cuerdas.
Ahora bien, en cuanto al timple de cuatro cuerdas, mencionado como hermano del ukelele, podría perfectamente descender, como éste, del machete portugués, dada la cercanía geográfica. Sin embargo, las características del timple de cuatro cuerdas son en un todo semejantes a las del cuatro llanero. Esta circunstancia abre una perspectiva que nunca se ha contemplado detenidamente. Valdría la pena que se investigase en el archipiélago si la modalidad instrumental referida pudo haber sido llevada por nativos de Canarias que se vieron forzados a abandonar a Venezuela en 1813, a raíz de la “Guerra a muerte” decretada por Bolívar. Esta fecha coincide, extrañamente, con la primera mención del nombre de tiple en las Islas, como ya se ha visto.
Así como no es defendible la tesis del origen canario del tiple colombiano, tampoco puede argumentarse que la voz tiple haya sido traída por ellos. Si Miguel Angel Martín, al exponer su creencia, se refiere a la voz humana de registro agudo, ya está demostrado que ese registro existía entre los indios. Si habla del vocablo tiple, ya se dieron pruebas de que la palabra se conocía en América y específicamente en la Nueva Granada desde los albores de la Conquista, mucho antes de ser utilizada en Canarias.
Pero, para agotar las alternativas, puede estudiarse la factibilidad de que hubiese sido un nativo de Canarias quien usó por primera vez esa palabra en la Nueva Granada. La posibilidad estadística de esa eventualidad es muy remota. Peter Boyd-Bowman investigó los ancestros de las familias españolas que vinieron al continente americano en la primera mitad del siglo dieciséis. Los andaluces formaron el 40% de esa migración. Otro 10% provenía de las provincias de Cáceres, Badajoz y Salamanca. Luego, en orden de importancia numérica, Valladolid, Burgos, Toledo, Córdoba, Cádiz, Jaén, Vizcaya, Avila, Segovia, Madrid, Palencia, Zamora, Santander, Ciudad Real, Guadalajara, Guipuzcoa, Soria, León, Logroño, Alava, Asturias, Cuenca. Por último, con menos de un uno por ciento entre todos, y para todo el continente, los procedentes de Galicia, Navarra, Aragón, Cataluña, Valencia, Baleares, Murcia, Canaria y Granada, en su orden (30, t. I, p. XII). Entre los primeros 5.481 colonizadores, sólo 8 eran canarios.
Y aún esas escasas personas de origen canario que formaron fracción infinitesimal en la inmigración, de haber recordado su instrumento (y no está demostrado que existiese en 1550), lo hubieran denominado camellillo, nombre, por lo demás, totalmente desconocido en Colombia.
No. Definitivamente, no. El tiple colombiano no tiene nada que ver con el canario.
B. La chitarra battente
B. La chitarra battente
“Chitarra” es el equivalente italiano de guitarra. “Battente” es palabra derivada de “battere”, batir, golpear, entornar. El nombre completo significa algo así como “guitarra rasgueada”, pero en lo sucesivo se denominará guitarra batiente, en deficiente traducción literal cuyo único objeto es facilitar la lectura y diferenciarla de otros instrumentos rasgueados con los cuales podría confundirse.
El Dizionario della musica popolare europea, de Leydi y Mantovani, la describe así:
Es un instrumento de cuerda propio, en la actualidad, de la
región meridional de Italia. Se diferencia de la guitarra normal por
los costados más anchos, la forma más alargada, el fondo abombado y,
principalmente, por la presencia de una cajita (scatola) de pergamino,
más o menos finamente perforada, con planos concéntricos que van
disminuyendo su tamaño, como en una especie de fuelle con forma de
embudo. Este elemento se fija al borde de la apertura sonora, penetra al
interior de la caja armónica y se ata al fondo con crines o hilos de acero muy
delgados. De esta manera se garantiza al instrumento su sonoridad particular.Las guitarras batientes construidas en los siglos XVI al XVIII
(que también se llamaron laúdes) tenían cuerdas dobles repartidas
generalmente en cinco pares y, más raramente, siete.
Las de uso popular en la actualidad tienen casi todas cinco cuerdas simples
de metal. Por su encordadura típica y por tener las cuerdas todas
del mismo diámetro, presenta una especie de indeterminación tonal
con un ciclo monótono y limitado, que permite proporcionar al canto
un subfondo uniforme, pero rítmicamente elaborado, muy similar al
que se obtiene con ciertos instrumentos de cuerda provenientes del
Cercano Oriente. La guitarra batiente se usa para acompañar el canto
y el baile, ya sea sola o en unión de una o más guitarras normales y
otros instrumentos como los tamborines y las castañuelas (105, p. 97).
El New Grove dictionary of music and musicians la presenta en estos términos:
El fondo abombado no es el único signo identificador de la
guitarra batiente; este instrumento, que se tocaba con plectro,
compartió la característica del fondo abombado con la guitarra,
que se tocaba con los dedos, pero difería de ella en que ésta
tenía cuerdas de tripa, mientras la batiente tenía sus cuerdas
y trastes metálicos. Las cuerdas no iban sujetas al puente
sobre la tapa, sino continuaban hasta la cara exterior del contorno.
Diferían también en el ángulo que la tapa adquiría a partir del
puente, pues en la guitarra normal la tapa era completamente
plana. Aunque tenía generalmente las cuerdas pareadas, también
se presentaban los órdenes triplicados. En caso de que una guitarra
tuviese órdenes triples, se llamaba a la Rodrigo. La
batiente se usaba solamente para acompañamiento (214).
Michel Correte describe un método para encordarla con cinco órdenes triples afinados al unísono, excepto el cuarto y el quinto que llevan una de las cuerdas templadas a una octava superior (54).
Por último, Sybil Marcuse informa que, “a diferencia de otros miembros de la familia de las guitarras, la batiente tenía trastes metálicos fijos” (114, p. 96).
Existen algunos ejemplares de este instrumento en los museos europeos, cuyas fotografías pueden observarse en los libros de Paganelli (149) y Buchner (34). Para esta investigación se estudiaron las dos que se exhiben en el Museo de la Música en Barcelona, identificadas con los números 438 y 439, en muy buen estado de conservación aunque no cuentan con los encordados completos. Una de ellas, con diez clavijas, para cinco órdenes dobles, según ranuras de la cejuela. La otra con quince clavijas, correspondientes a cinco órdenes triples. Ambas tienen el fondo abombado, tipo laúd, y delicados trabajos de incrustaciones de madera para la ornamentación exterior. El aspecto más sobresaliente, con todo, es la presencia de la cajita o embudo descrito por Leydi y Montovani que, partiendo de la boca en la tapa superior, llega hasta el fondo en planos concéntricos.
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| Guitarra Batiente italiana. siglo XVIII, vistas anterior y posterior. Foto A. Buchner. | La cajita (scatola) de una guitarra batiente del Museum de la Música, Barcelona. |
No fue posible averiguar la época aproximada en que se suprimieron los órdenes múltiples para dejar el instrumento con las cuerdas simples que tiene en la actualidad. Pero sí quedó claro que siempre tuvo cinco órdenes como mínimo.
No hay que dejar pasar un aspecto de carácter anecdótico. El nombre de guitarra a la Rodrigo con el cual se distinguió la variedad con órdenes triplicados, proviene de un antiguo personaje que ya había sido mencionado en esta historia: Rodriguet (nombre catalán) o Rodrigo de la Guitarra, quien estuvo al servicio del rey Alfonso el Magnánimo de Aragón (1401-1458) y dejó su nombre registrado como alto exponente del “mester de juglaría” en las crónicas de dicha corte. Cuando el reino de Nápoles fue conquistado para la corona aragonesa, en 1442, Rodriguet fue designado para un importante cargo en los nuevos territorios y a él pudo deberse la introducción de la guitarra para competir exitosamente con el cistro por esos lares.
¿Cuál puede ser la influencia de la guitarra batiente en el tiple colombiano?
En realidad, ambos instrumentos presentan algunos puntos comunes, entre otros:
1. Las cuerdas metálicas.
2.. La modalidad interpretativa de rasgueo y acompañamiento.
3. Los órdenes triples.
4. La afinación octavada de una de las cuerdas en los órdenes triples: una octava superior para la batiente, inferior para el tiple.
De juzgar solamente por estas semejanzas, podría hablarse de influencia del instrumento italiano sobre el colombiano. Pero tal posibilidad se anula al considerar las protuberantes diferencias:
1. El número de órdenes. La guitarra batiente siempre tuvo cinco órdenes como mínimo, a veces hasta siete. El ejemplar de doce cuerdas que Pardo Tovar y Bermúdez Silva mencionan en apoyo de su tesis, consta sin duda de seis órdenes duplicados y no, como creían los distinguidos investigadores, de cuatro órdenes triples.
2. El fondo convexo o abombado en el instrumento italiano.
3. Las características físicas sobresalientes de la guitarra batiente, que nunca se han presentado en el tiple, tales como la cajita o embudo en planos concéntricos de diámetros decrecientes en el interior de la caja de resonancia; la forma de fijación de las cuerdas fuera del puente, sobre la cara exterior del contorno; el ángulo formado por la tapa, a partir del puente.
Queda pendiente un interrogante insuperable: ¿Cómo pudo venir ese instrumento a la Nueva Granada? Aquí, por supuesto, no hay constancia ni de su llegada ni de su presencia. Para que pudiera arribar a nuestras tierras ha debido pasar antes por España. Y de este paso tampoco existe rastro.
Tienen razón Pardo Tovar y Bermúdez Silva al conceder a la guitarra batiente un gran favoritismo en el sur de Italia durante la época barroca. Prueba de ello, el que haya sobrevivido hasta nuestros días en esas regiones. En España, por el contrario, no hay razón para asignarle una popularidad semejante. Es más: hay motivos para dudar de que hubiera sido siquiera conocida en la península ibérica.
En efecto, no queda allí constancia de su uso. No aparece en la literatura ni en la plástica, ni mucho menos en las obras de carácter musical o tratados instrumentales del período en que se supone su florecimiento: el barroco. Y no fue por falta de contacto. Por las relaciones entre Castilla, Aragón y Nápoles; por el inmenso flujo migratorio en ambas direcciones; por las continuas guerras en que participaron soldados hispánicos, de todo lo cual quedó crónica suficiente en la literatura y la historia.
Por otra parte, a la corte española llegaron en diversas ocasiones músicos italianos eminentes, entre los cuales Moretti, Scarlatti, Corbetta, Farinelli, son los más destacados de una extensa nómina. Ninguno de ellos logró (si acaso lo intentó) introducir la guitarra batiente. Por una razón: era España quien imponía la moda.
Vincenzo Giustiniani, en su Discorse sopra la musica de suoi tempi (1628), da cuenta de ese hecho.
La guitarra española se puso de moda al mismo tiempo en
toda Italia, especialmente en Nápoles y parece que la
guitarra y la teorba hubiesen conspirado para derrotar
al laúd entre las dos. En esto tuvieron éxito, de la
misma manera como la moda española en los trajes prevalece
sobre todas las otras modas en Italia (84).
Esta prevalencia española venía de muy atrás. El autor Burckhardt, hablando de la familia Borgia hacia el año 1500, dice: “Los Borgia tienen tan poco de italianos como los aragoneses de la corte de Nápoles. Alejandro habla con César, públicamente, en español; con motivo de su recibimiento en Ferrara, Lucrecia viste traje español y le cantan bufones españoles”. Esto, por no mencionar a César, despachando frente a su corte, con todos los cánones de la lidia, seis toros en una sola corrida (35, p. 90).
Si Rodriguet de la Guitarra inició la modalidad de triplicar los órdenes, debió hacerlo después de llegar a Nápoles, pues no dejó esa herencia en Aragón. Es notoria la ausencia de esta particularidad en los instrumentos españoles.
De suerte que las aparentes semejanzas entre el tiple y la guitarra batiente no pueden obedecer más que a una feliz coincidencia. Esto acontece, por lo demás, con mayor frecuencia de la imaginable. Hay un ejemplo moderno que puede ilustrar esa eventualidad.
El instrumento típico de la música moderna griega es el bouzouki. Tiene cuatro órdenes dobles, afinados con los mismos intervalos relativos del tiple colombiano, pero sin las Octavas de las cuerdas intermedias. Se tañe con plectro. Tiene caja abombada como el laúd, y un mástil largo que acomoda 17 trastes, cinco más que el tiple. Se asemeja a éste en unos aspectos, difiere en otros, aunque sus sonidos son muy parecidos. Pero de ninguna manera podría hablarse de influencia del tiple, que resulta mucho más antiguo, en la formación y desarrollo del bouzouki. Este empezó a evolucionar en El Pireo y Atenas hacia 1923, a partir del baglamá o laúd otomano de tres órdenes, llevado por los turcos expulsados de Anatolia a raíz del “incidente de Esmirna”. Con él se comenzó la música rembétika o laik, subfondo cultural que paulatinamente emergió a los estratos superiores de la sociedad ática (228).
Hacia 1950 se añadió el cuarto orden de cuerdas para conformar finalmente el instrumento con el cual Theodorakis, Hadjidakis, Peristeris y otros compositores enseñaron al mundo entero a bailar el sirtaki al estilo de Zorba, mediante una promoción fílmica y literaria sin precedentes en la historia.
Es coincidencia que el bouzouki griego tenga rasgos comunes con el tiple. Es coincidencia que el tiple tenga rasgos comunes con la guitarra batiente italiana. En ninguno de los dos casos puede hablarse de influencias recíprocas, dependencias o derivaciones. Esto tiene claridad meridiana.
Al Concurso Nacional de Intérpretes, organizado por Colcultura en Bogotá en 1980, se presentó con el nombre de “Trío Instrumental Colombiano” un conjunto de bandola, tiple y guitarra, de excelente calidad, bajo la dirección del maestro antioqueño Jesús Zapata. El tiple de la agrupación, fabricado en Medellín, consta de cinco órdenes triplicados, añadiendo a la disposición tradicional un quinto orden en La. Esta innovación dentro de nuestro medio es, por coincidencia y nada más que por eso, una intuitiva reinvención o, si se prefiere, el retorno de la guitarra batiente, motivado por las necesidades interpretativas de arreglos armónicos en los que el tiple juega papel fundamental. Es esa la manera como se ha experimentado el desarrollo organológico, y este ejemplo lo comprueba.
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EL TIPLE EN COLOMBIA A PARTIR DE 1800
A. La época de la Independencia
La primera mención que se encuentra en el siglo diecinueve, no recuerda a los tiples por su sonido, sino por su silencio. En efecto, durante la Patria Boba, en Bogotá, José María Caballero anota en su minucioso Diario, para el 16 de enero de 1813: “Hoy ha habido un ayuno general mandado por los gobernadores del arzobispado (...) Toda la gente está muy devota y fervorosa. En todo este tiempo no se ha oído ni un tiple, ni diversión alguna” (36, p. 117).
Poco después irrumpen las huestes ibéricas de la reconquista, que a sangre y fuego se apoderan del naciente país y siegan con fusilamientos las vidas de los más prominentes ciudadanos. Policarpa Salavarrieta sucumbe con dignidad frente a la metralla. A su recuerdo de patriota valiente y esforzada, va unida su estela musical como animada bundelera que “con su conversación, su canto y su guitarra, hacía el encanto de la sociedad” (15).
La guerra de independencia origina un fenómeno de migraciones masivas sin antecedentes en la dilatada vida colonial. De un momento a otro, grandes contingentes de varones en edad de luchar, se ven desarraigados de sus campos y aldeas para iniciar extensos peregrinajes.
Los viajes, por lo demorados y costosos, habían sido hasta entonces patrimonio exclusivo de pocas personas. Se movilizaban los clérigos, los funcionarios y recaudadores de impuestos de la corona, tal cual estudiante, los arrieros y comerciantes, los españoles de nacimiento y criollos de familia acomodada. El pueblo raso, en cambio, no había tenido más horizonte que el de su solar nativo.
El toque de clarín revolucionario modifica toda esta situación. Se desbordan los limites parroquiales. Entran en contacto gentes y costumbres que nunca antes se habían conocido. Conviven al calor del campamento pastusos y caraqueños, cucuteños y tolimenses, momposinos y marinillos. Campesinos de tierra fría se ven súbitamente transportados a los cañones del Patía o a los llanos de Carabobo. Calentanos del Valle o el Apure remontan la cordillera y soportan los gélidos aires paramunos de Pisba o Pichincha.
Pero adonde se encuentren todos ellos, van regando y sembrando la semilla cultural que llevan consigo, su atávico equipaje de emociones y recuerdos, sus decires, refranes e instrumentos. Simultáneamente, en múltiple proceso de toma y daca, aprenden lo que otros ofrecen, oyen sus romances, coplas, leyendas y cantares, comparten sus experiencias y conocimientos, hacen eco del saber popular allí representado en variado mosaico regional.
En este contacto reside la primera noción de unidad. El intercambio de músicas e instrumentos va a irrigar por toda la geografía el germen del folklore.
Antes de 1810, Francisco de Paula Santander es apenas un bien parecido estudiante de provincia en el colegio de San Bartolomé en Bogotá, que de manera romántica galantea a la joven Chepita, hija de un andaluz empleado de la Casa de Moneda. Como el cucuteño sabe “rasguear la guitarra y cantar”, además de contar con gran apostura física, no deben pasar inadvertidos sus requiebros (203).
Empieza la campaña libertadora. Una crónica de Luis Eduardo Avello señala que:
Cuando el ejército republicano inició su marcha triunfal
a través de los Llanos Orientales (proeza digna de ser
cantada en versos de epopeya) en las noches del llano,
maravillosamente blancas, tibias y perfumadas con el
aroma sensual de las resedas, Bolívar solía escuchar
complacido el ingenuo canto de los soldados llaneros
que al son de tiples y al compás de maracas poblaban
el ambiente con las notas de su música evocadora del
lejano hogar, donde la compañera y el hijo de su alma
y de su carne, esperaban llenos de fe el regreso del
padre, soldado de la libertad y héroe en gestación (4).
Con el ingreso victorioso de las tropas libertadoras a Bogotá, después de la batalla de Boyacá, llega también el tiple en manos del general Santander; aún se recuerdan las coplas que alegremente cantaba, compuestas por José Félix Merizalde, refiriéndose a las damas españolas que precipitadamente abandonan la ciudad:
Ya salen las emigradas,
ya salen todas sin juicio
con la noticia que trajo
el general Aparicio.
Ya salen las emigradas,
ya salen todas llorando,
detrás de la triste tropa
de su adorado Fernando.
Se asegura que un bambuco, La guaneña, es el ritmo que imprime el ánimo a las tropas de Córdoba para su “paso de vencedores” en la jornada de Ayacucho (23, p. 63). No sería de extrañar. Los aires populares regionales han empezado ya por esas fechas a extenderse y conocerse por todos los confines del territorio grancolombiano.
El pueblo adivina su nueva libertad para encauzar a su arbitrio la creatividad artística. Porque ya no es necesario aceptar sin beneficio de inventario todo aquello que viene de la península y que ha sido admitido siempre porque sí, sin reflexión ni voluntad. Los patrones culturales importados de la metrópoli ya no pueden ser impuestos de manera oficial.
Como sucede siempre y en todas partes, una pequeña minoría de la clase burguesa continuaba volviendo los ojos hacia tierras extranjeras, para buscar allá los moldes y prototipos de un “buen gusto” por imitar o copiar.
El pueblo desconoce e ignora esos cánones estéticos. Quiere pensar por cuenta propia, decir lo que desea, a su manera. Pero no puede deshacerse de una herencia laboriosamente incubada por misioneros y gobernantes del prolongado lapso virreinal. Es una herencia que circula por la sangre, se acumula en la conciencia colectiva, permanece enraizada en las fibras del ser y del sentir. El pueblo tiene que recurrir a esa cantera, único recurso de que dispone, para extraer de ella sus recursos expresivos. Los ritmos, cantares e instrumentos que le han sido enseñados, deben colocarse ahora al servicio de un nuevo lenguaje, de una nueva identidad. Es la construcción, con materiales heredados, del nuevo edificio cultural de la patria.
La guerra de independencia es fermento y catalizador de ese proceso. Antes de ella, todo viene de afuera. En ella, el pueblo empieza a adquirir la noción de su autenticidad. Después de ella, ya dentro del régimen republicano, se da un nuevo uso a los viejos elementos; se reorientan los rumbos; desaparecen para siempre los valores extraños que no se han incrustado suficientemente dentro del alma colectiva; crecen y prosperan los que tienen algún significado en la necesidad o el afecto.
Al principio, como es de esperarse de un pueblo que siempre ha sido llevado de la mano, los pasos son vacilantes. Las primeras manifestaciones artísticas son, y tienen que ser, copiadas de lo anterior. Pero poco a poco se va independizando el arte, como sucedió con la política. Ante la displicencia de los “cultos”, galerones, bambucos y torbellinos empiezan a difundirse en círculos cada vez más amplios. Las emociones represadas por el temor a la ira del amo o al ridículo de los compañeros, asoman en cantos que ya tienen aceptación general. Porque el mestizo reconoce en ellos su rostro y su figura. Cada región del continente adquiere fisonomía y originalidad, se distancia paulatinamente de los prototipos ajenos y rubrica el sentir propio. Es el folklore.
B. El tiple a mediados del siglo diecinueve
Luego de una infancia de varios siglos en que nadie se toma el trabajo de bautizarlo con nombre propio, el tiple adquiere uso de razón durante la gesta emancipadora. Parte de allí un proceso de desarrollo que le permite identificarse a mediados del siglo diecinueve.
Y llega finalmente a su mayoría de edad con los años postreros de la misma centuria, cuando adopta de manera definitiva las características que han de proyectarse hasta nuestros días y que lo distinguen de todos los demás tiples del mundo: tamaño mediano, cuerdas metálicas repartidas en cuatro órdenes triplicados, con sendas cuerdas octavadas en medio de los órdenes segundo, tercero y cuarto.
Para entender ese proceso, es necesario analizar primero el estado en que se encuentra durante el período 1840-70, de cuando datan las primeras noticias específicas y concretas del instrumento en dibujos, descripciones detalladas, métodos de enseñanza y menciones de carácter literario. Con esa perspectiva, se podrá recapitular todo el panorama evolutivo desde los años de la Conquista y, posteriormente, seguir su huella hasta la época centenarista en que puede hablarse ya, con propiedad, del tiple colombiano.
En 1843 llega a la Nueva Granada el diplomático y pintor inglés Edward W. Mark. Durante su viaje de Cartagena a Bogotá, demora en Guaduas, estación obligada para los viajeros de esa ruta. El 28 de junio de 1845 pinta en acuarela la Plaza de mercado de Guaduas y en ella, por primera vez en la historia plástica de nuestro país, figura el tiple. Un campesino descalzo, de pantalón azul y sombrero alón, tañe con la mano zurda un pequeño cordófono de cuatro clavijas cuyo tamaño contrasta con el inmenso bayetón azul de rayas rojas. En diciembre de ese mismo año, Mark lleva su paleta a Ráquira, Boyacá, donde dibuja un Baile campesino. Los instrumentos de la orquesta están apenas bosquejados, pero no queda duda de que se trata de cordófonos similares al de Guaduas (116).

Detalle de la acuarela Plaza de mercado de Guaduas, de Edward Mark, 1845.
Es esta la primera representación gráfica conocida del tiple colombiano
Biblioteca Luis-Angel Arango Bogotá
¿Cómo es el tiple por esas épocas? Caicedo Rojas lo describe en la primera monografía escrita sobre el instrumento (1849), refiriéndose a las guerras civiles de 1840 en tierras de Santander:
Hecho toscamente de madera de pino, sin pulimento ni barniz,
no excede en su mayor longitud de cincuenta centímetros.
El mástil o cuello ocupa, por lo regular, más de la mitad de esa
extensión, y en él se hallan incrustados los trastes de metal
o de hueso, cuyo número varía mucho; pero no siendo de uso sino
los dos o tres más cercanos a la ceja, en los demás poco se curan
los fabricantes de colocarlos a distancias convenientes y según
las reglas de la guitarra. Por lo regular llevan cuatro cuerdas
de las que se fabrican en el país; algunos suelen tener encordado
doble, pero es más común el sencillo. Estas cuatro cuerdas, tan
altas o agudas como lo permite la extensión del instrumento, están
templadas como las cuatro primeras de la guitarra: mi, si,
sol, re; pero siendo demasiado débil esta última, por lo
delgado de la cuerda, para que pueda distinguirse con claridad
su sonido, se requinta ordinariamente, agregándole otra cuerda
unísona con ella y en octava aguda. Suele templarse de alguna
otra manera, pero esta es la más común y usada (37, t. I, p. 77).

Baile Campesino en Ráquira, 1845, acuarela de Mark, 1845.
Biblioteca Luis Angel Arango, Bogotá
Este párrafo merece un examen detenido. Destaca en primer lugar el tamaño, de apenas cincuenta centímetros, o sea poco más de la mitad de la longitud actual, de ochenta y nueve o noventa. La utilización común de los dos o tres primeros trastes indica que no se puntea en él, sino que sirve para rasguear con los acordes básicos de la armonía. Las cuerdas, “de las que se fabrican en el país”, deben ser de tripa animal, como las mencionadas en la copla tenzana:
Güenas cuerdas tien’el tiple,
son de tripas de cordero,
y ¡ah bonito que lo toca
ese muchacho soltero! (120, t. I, p. 27).
La afinación, como las cuatro primeras de la guitarra. Y por último, y no menos importante, habla con la misma palabra tiple de tres modalidades distintas del instrumento: el de cuatro cuerdas; el de cinco cuerdas con tres órdenes simples y uno (el cuarto), duplicado; y el de ocho cuerdas, con los cuatro órdenes duplicados.
El de cuatro cuerdas, que parece ser el más común, está representado en muchas pinturas de la época. Ya fueron descritas las acuarelas de Mark. Ramón Torres Méndez publica en 1851 el Álbum de costumbres granadinas y elabora otros cuadros que hoy se exponen en el Museo Nacional de Bogotá. En Torbellino - Baile de tierra caliente, el tiplecito de cuatro cuerdas es acompañado por un pandero. Este mismo instrumento se muestra en el Album de la Comisión Corográfica (1850-54), lámina 12, Tipos de Boyacá (83) y aparece también en la conocida pintura coetánea Camino del mercado, de Eugenio Zerda.
El tiple con cinco cuerdas, por duplicación de uno de los órdenes, debido a la fragilidad de las cuerdas graves, curiosamente no se muestra en los cuadros de la época. Hay que advertir que en éstos, por causas tales como la perspectiva del dibujo, el mínimo tamaño de la figura, la colocación de la mano del ejecutante, etc., no es posible generalmente diferenciar el número de cuerdas. Pero en la mayoría de los casos sí puede contarse el número de clavijas. Los instrumentos representados son de cuatro a seis clavijas, nunca de cinco.
De los ejemplares de seis clavijas, sí hay testimonio gráfico. El baile de campesinos - Sabana de Bogotá, de Torres Méndez, muestra dos tiples que forman la orquesta para la danza. Uno de ellos, con cuatro clavijas. El otro, con seis. Del mismo autor, el Vendedor de sombreros, que ostenta su tiple de seis cuerdas. Y la lámina 28 de la Comisión Corográfica, pintada por Manuel María Paz en 1856, se ha hecho famosa con su representación del diminuto instrumento de seis clavijas en manos de un indio sáliva de la provincia de Casanare (51).
Puede ser que, para efectos de simetría en la cabeza del instrumento, algunos ejemplares se construían con seis clavijas, dejando en libertad al ejecutante para añadir una quinta cuerda a las cuatro tradicionales, si lo consideraba necesario. De esta manera quedaba sin ocupar una de las clavijas. Esta explicación no parece muy convincente. En cambio, puede sugerirse otra teoría: que no se tratara de tiples de cuatro órdenes, sino de guitarras pequeñas de seis órdenes simples, llamadas también tiples en el sentido más castizo de la palabra.
Hay que tener presente que de esas guitarrillas hay constancia por esas épocas. La Ley Orgánica del Comercio de Importación de 1847 incluye dentro del arancel las “guitarrillas o tiples pequeños” (164). Los instrumentos con tales características, provenientes de España no tienen por qué ser distintos a los construidos allá, con seis cuerdas simples.
La última modalidad mencionada por Caicedo es la de ocho cuerdas en cuatro pares. Aunque el mismo autor advierte que no es muy común, resulta muy significativa su presencia coexistente con las otras variedades más sencillas. Este instrumento quedó plasmado en un hermoso dibujo de A. de Neuville (1869), con Ñapangas jóvenes del Valle del Cauca. Es verdad que el dibujo es posterior en casi treinta años a la época descrita en el artículo de Caicedo, pero las características son las mismas que pueden inferirse de ese texto.
Tenemos, pues, que el mismo nombre sirve para tres versiones distintas del mismo instrumento. Es el fenómeno que ha sucedido desde los tiempos de los Reyes Católicos para la identificación organográfica. Un sustantivo, como vihuela, o un adjetivo calificativo, como tiple, designan series instrumentales de familias similares en su forma y función musical, por la identidad que en ellas supone el concepto popular, aunque contengan sutiles diferencias sólo accesibles a unos pocos entendidos.

Ñapangas jóvenes del Valle del Cauca, de A. de Neuville, 1889. Las cuerdas de los instrumentos apenas están bosquejadas, pero las ocho clavijas sí pueden contarse, tanto para el tiple que toca la muchacha, como para la bandola que reposa en el piso. Biblioteca L. A. Arango, Bogotá.
C. Análisis del origen del tiple
C. Análisis del origen del tiple
1. Los instrumentos renacentistas de América
Antes de intentar la formulación de una hipótesis acerca de la génesis del tiple, hay que revisar la trayectoria seguida en el territorio colombiano por los instrumentos existentes en la época del Descubrimiento.
a. El laúd
Del antiguo laúd renacentista no queda huella en el continente americano. Ciertamente, dos países tienen instrumentos con tal nombre. Pero ni el laúd cubano, que es en realidad una bandurria, ni el laúd peruano, con seis órdenes afinados como la guitarra común, conservan la forma alabeada o la afinación característica del instrumento arábigo, ajustada a las rígidas normas de las escalas griegas del período clásico.
El laúd vino a las Indias, sin duda. Algunas referencias literarias dan señal de su presencia por estos lares. Una bellísima talla del barroco santafereño lo muestra en la puerta de la capilla del Sagrario en la catedral de Bogotá, junto con la viola, el arpa y el bajón. Vásquez Ceballos lo dibuja en la pechina suroccidental de la cúpula de la iglesia de San Ignacio y en algunos de sus famosos ángeles músicos que decoran cuadros de tema religioso. Pero es un hecho que, en Colombia, el laúd no formó nido perdurable.
b. La vihuela y la guitarra
Posiblemente muchas de las vihuelas traídas de España o fabricadas en las Indias fueron inicialmente de la modalidad conocida propiamente con ese nombre: en forma de ocho alargado, con cinco o más órdenes pareados y afinación de laúd. Se destinaba específicamente para el punteo y así debió de utilizarse durante los primeros años de la presencia española en América. Se sabe que varios de los métodos de la escuela de vihuelistas fueron traídos al nuevo continente y aquí circularon: Milán, Daza, Fuenllana, Valderrábano, Narváez, Bermudo. De este último queda constancia en Colombia, a través de la poesía de Domínguez Camargo. Todo esto indica claramente que la modalidad original de vihuela cortesana es conocida y probablemente utilizada. Lo curioso es que no hubiese sobrevivido el instrumento con esas características. Su afinación no existe en ningún país americano, salvo, tal vez, como una de las múltiples formas en que templan su guitarra los payadores argentinos y los campesinos chilenos y peruanos.
Tanto el nombre como el instrumento desaparecen por completo del panorama musical español desde mediados del siglo diecisiete. No así en América. El vocablo traído por los primeros conquistadores continúa utilizándose hasta la época actual en varios países del continente. En Colombia, y particularmente en Antioquia, el nombre de vihuela permanece con varias connotaciones hasta finales del siglo diecinueve o principios del veinte.
La vihuela mejicana actual, no es otra que la guitarra de cinco órdenes pareados, cuya ejecución se hace por golpe o rasgueo. En Argentina, es la misma guitarra de seis cuerdas, con la que se acompaña la voz rotunda de Martín Fierro:
Aquí me pongo a cantar
al compás de la vigüela,
que el hombre que lo desvela
una pena estrordinaria,
como la ave solitaria
con el cantar se consuela.
2. Familia de la vihuela en el Nuevo Reino
Davidson dedica un capítulo de su Diccionario (59, t. II, p. 292-94), a demostrar que vihuela y guitarra son dos instrumentos diferentes en la historia musical colombiana.
Esto es cierto para el caso de España y, quizás, para los años de Conquista y primeros de la Colonia en nuestro país. Pero a partir de cierta época, que podría ubicarse a mediados del siglo diecisiete, ambos vocablos se usan para designar el mismo instrumento: la guitarra, con número de órdenes variable con el tiempo y según las etapas evolutivas de cuatro a cinco y a seis; con tamaño grande o mediano y afinación de guitarra, no de laúd como la vihuela cortesana original.
Son muchos los argumentos que podrían aducirse para sustentar esta última afirmación. El primero está en la manera como Caicedo Rojas habla indistintamente de la vihuela y la guitarra para señalar el origen del tiple y la bandola. Además, el somero repaso a las menciones dadas en el capítulo dedicado al siglo dieciocho, mostrará los grupos instrumentales en que aparecen vihuelas o guitarras, según el orden señalado por Davidson:
En 1708, en Girón: vihuelas, castañetas, sonajas, clarines, cajas, pífanos y trompetas; en 1736, en Santo Regis: arpa, vihuela y chirimía; en 1756, en Timaná: arpa, violín y vihuela; en 1722, en San Ignacio: chirimía, flautas, clarines, clavicordio, guitarras, arpas; en 1759, en Paicol: dos guitarras, dos flautas y dos tamboriles; en 1760, a bordo del barco que trajo al sabio Mutis a Cartagena: dos violines y una guitarra.
A las menciones anteriores puede añadirse una que trae Sergio Elías Ortiz, sobre las fiestas del 7 al 15 de febrero de 1784 en Socorro, Santander, para celebrar el nombramiento del Arzobispo-Virrey Caballero y Góngora (144). Los grupos instrumentales constan de clarines, trompetas, vihuelas y violines.
Resalta en todas estas listas un hecho notable. Nunca aparecen juntas la vihuela y la guitarra dentro del mismo contexto. Es inevitable preguntarse la razón, puesto que por las características tímbricas de cuerda pulsada, de haber sido instrumentos diferentes debieron haber formado parte de los conjuntos instrumentales, complementándose mutuamente como hoy lo hacen la guitarra y el tiple, uno con la melodía y el otro con el acompañamiento. Pero se observa todo lo contrario. Las guitarras o vihuelas, según el caso, forman parte del grupo acompañante, mientras otros (violines, arpas, flautas, chirimías) son los melódicos.
La explicación es evidente: se trata del mismo instrumento. Unos autores, nacidos en América o con largo tiempo de permanencia en ella, las llaman vihuelas. Otros, nativos de España y recién llegados de la península, las llaman guitarras.
Si esto es así, pueden entenderse varios de los enigmas musicológicos que han intrigado a los precedentes investigadores. Nito Restrepo, por ejemplo, habla de vihuelas antioqueñas que tenían “hasta siete cuerdas” (175, p. 85). No se trata de vihuelas de siete órdenes como se ha pensado, sino de las antiguas guitarras de cuatro órdenes, tres de ellos duplicados y la prima sencilla. En antiguas coplas boyacenses figura una vihuela de once voces:
Yo tocando mi vigüela,
mi vigüela di once voces;
las niñas que se lo riyen
y mi mujer qu’echa coces.
Yo tocando mi vigüela,
mi vigüela di once voces;
mis primitas bailandito,
mi mujer que tira coces (120, p. 26-27).
Tampoco es una vihuela de once órdenes. Es la guitarra de seis órdenes y once cuerdas tal como la describe Ferandiere en 1799, con una prima simple y cinco órdenes pareados.
La “guitarra a los nuevos” según Mudarra (1546), Fuenllana (1554) y Bermudo (1555), continúa en España hasta el período barroco de finales del siglo diecisiete. Como el nombre de guitarra le es adjudicado a la nueva modalidad de cinco órdenes popularizada por Espinel, la de cuatro empieza a distinguirse como guitarrilla o discante; al construirse modelos pequeños de cinco órdenes, se llaman tiples, forma en que continúan a partir de 1754.
Hay un plazo considerable de casi doscientos años (desde la Conquista hasta el barroco) para que la guitarra “a los nuevos” haya sido traída a Colombia. Pero aquí se le conoce desde el principio como vihuela, según el uso popular. Cuando se impone la guitarra de cinco órdenes, ambos modelos son designados con el vocablo vihuela hasta principios del siglo dieciocho. No hay manera de saber en la actualidad a cuál de las variedades pertenecen las vihuelas mencionadas en los dos primeros siglos de cultura española en nuestro medio.
Con los albores del siglo dieciocho en el Nuevo Reino, empieza a identificarse como guitarra la modalidad de cinco órdenes, sin perder por ello la denominación de vihuela. La guitarra de seis órdenes siempre es conocida por su nombre universal.
Los instrumentos de tamaño pequeño, que al principio también son vihuelas, toman en ocasiones el nombre de discantes, como figuran en la doctrina de Tópaga en 1645. Cuando el término deja de usarse, empiezan a llamarse tiples, a finales del siglo diecisiete o principios del dieciocho, siguiendo el nombre inventado y traído acá por los españoles. Por eso en 1746, en Popayán, se indican ya los tiples y las guitarras como instrumentos diferentes. La guitarra, con cinco órdenes; el tiple, con cuatro o cinco, pero de menor tamaño.
3. El tiple
De acuerdo con todo lo expuesto, el origen del tiple colombiano actual se encuentra en la guitarra de los años de la Conquista, proyectada en el tiempo hasta la era republicana del siglo diecinueve. La descripción que hace Caicedo Rojas del instrumento en 1840 no permite lugar para equívocos. Las características anotadas son idénticas a las guitarras “a los nuevos” de trescientos años atrás. O sea que durante todo el período colonial esas guitarras permanecieron en el corazón del pueblo, sin modificaciones ni eclipses. Cambiaron los nombres, no las especificaciones instrumentales. Toda la confusión que ha existido entre los investigadores radica en la identificación. Es, pues, un problema de semántica, no de musicología, el que ha oscurecido hasta ahora la investigación y que con la explicación anterior, queda totalmente despejado.
Esta conclusión no es solamente de orden lógico. También se llega a ella por eliminación de las restantes teorías. Quedó demostrado atrás que el tiple como tal no existía en 1680 en Tópaga, ni figura en las pinturas barrocas santafereñas, como piensan Añez, Perdomo y otros. No desciende del timple canario, como suponen Hernández de Alba y Martín. No tiene parentesco ancestral con la guitarra batiente, como sugieren Pablo Tovar y Bermúdez Silva.
De donde se deduce que el tiple actual es una creación criolla del siglo diecinueve, a partir de la guitarra de la época de los Reyes Católicos.
Esta conclusión aglutina las teorías de Davidson, Añez y Abadía, quienes atinaron en parte con ella. Para Davidson, el instrumento ingresó al patrimonio artístico colombiano, más o menos a comienzos del siglo diecinueve. Lo que sucedió en realidad durante ese siglo, o tal vez antes, fue denominar como tiple a un instrumento que ya había ingresado a nuestro patrimonio artístico desde la Conquista.
Añez tiene razón al considerar que el tiple del siglo diecinueve es una copia de la guitarra traída por los españoles. Esto coincide con la tesis de Abadía en su tercera alternativa, que supone al tiple como derivado de la guitarra de la época de los Reyes Católicos.
Las otras dos alternativas de Abadía no son probables. No hay por qué suponer la necesidad de esperar hasta cuando la guitarra tuviese cinco o seis órdenes para proceder a quitarle cuerdas, cuando ya existía un instrumento de cuatro. La supervivencia de la guitarra renacentista en nuestro país, muchos años después de su desaparición en la península, demuestra que estuvo aquí desde la Conquista.
Para esclarecer el punto relacionado con el tiple antioqueño de cinco cuerdas, basta anotar que en Antioquia los instrumentos tuvieron nombres distintos de los conocidos en las demás regiones del país. Antonio José Restrepo hace un listado en su Cancionero de Antioquia donde incluye la “vihuela” de tamaño grande y con cuatro órdenes; el “cuatro’, con cuatro cuerdas también, pero “subidas a un tono de requinto que se oye en las más profundas cañadas”; la “guitarra”, de seis cuerdas; la “vihuela brava”, que era la misma bandurria o bandola; por último, el “tiple antiguo”, de cinco cuerdas, correspondiente al castizo tiple español con los mismos órdenes, en tamaño reducido (175, p. 84).
¿Y dónde se hicieron los primeros tiples? Imposible saberlo. Todo depende de lo que se considere como tiple. Cree Miguel Angel Martín que los primeros ejemplares se fabricaron “en el asentamiento casanareño de Támara, Morcote, Pauto y Tame”. Para su conclusión parece basarse en el cuadro pintado en 1856 por la Comisión Corográfica, donde se muestra a un indio sáliva en posesión del guitarrillo de seis cuerdas. No es viable esta teoría, si se advierte que desde 1818 la familia Norato fabricaba instrumentos en Chiquinquirá (150, p. 9); que diez años antes del cuadro de la Comisión Corográfica, Mark había pintado tiples en Guaduas, otra población de tradición artesanal en la construcción de instrumentos y de donde procedía Policarpa Salavarrieta, quien, como se ha visto, era consumada ejecutante; que en 1849, Caicedo Rojas refiere que tanto en Guaduas como en Chiquinquirá “suelen sacarlos por cargas, como las papas, para expenderlos en los pueblos principales” (37, t. I, p. 79).
¿Por qué no considerar, de acuerdo con Caicedo Rojas, a Guaduas y Chiquinquirá como la cuna de los tiples? Y, si a eso vamos, ¿por qué no hablar de cualquier otra ciudad del país? Aquí todavía queda mucha tela de dónde cortar.
D. Proceso evolutivo, años 1840-1900
Son incontables las menciones de carácter literario que pueden encontrarse en los escritores y costumbristas de este período, donde se muestra la gran preponderancia alcanzada por el instrumento en todas las regiones del país. David Guarín, Juan B. Ortiz, Ricardo Carrasquilla, Juan Francisco Ortiz, José María Angel, Medardo Rivas, José Caicedo Rojas, entre los del grupo El Mosaico; al lado de éstos, Ramón Guerra Azuola, José María Samper, Manuel Ancízar, Salvador Camacho Roldán, Eugenio Díaz Castro, Jesús Rozo, Antonio Ospina, Enrique de Narváez, Lucio Pinzón, por nombrar unos cuantos; más los viajeros extranjeros que dejaron relatadas sus incidencias, como Miguel Cané, Augusto Le Moyne, Isaac Holton, Edouard André, Charles Saffray, Ernst Rothlisberger y varios más. Todos ellos señalan la presencia del tiple en Cundinamarca, Valle, los Santanderes, Cauca, Nariño, Antioquia, el viejo Caldas, Tolima, los Llanos, Huila y Boyacá.
No es necesario atiborrar nuestra historia con todas esas citas. Baste decir que se refieren a una o varias de las modalidades de tiple descritas por el artículo de Caicedo Rojas, tantas veces citado. En esas tres modalidades surgen otras tantas vertientes, así:
1. El tiple de cuatro cuerdas
Continúa subsistiendo hasta nuestros días con las mismas características que tenía en 1840 y con el mismo nombre que se le daba en Antioquia. Se trata nada menos que del “cuatro’ llanero de Colombia y Venezuela.
2. El tiple de cinco cuerdas
No obstante lo afirmado por Añez, y aunque no figura en la iconografía neogranadina, esta modalidad sí existió y dejó huellas de su presencia. Lo atestigua la copla tenzana:
Toqu’e esa cuerda primero
y endespués toqu’el bordón;
tocando las cinco cuerdas
llorará mi corazón (120, p. 27).
En 1870, un artículo titulado El llanero habla de música tocada en “una bandola grande, acompañada en un tiple que llaman cinco y unas maracas” (66, p. 15). Todavía existe en Venezuela un instrumento con el nombre de cinco, que presenta muchas variantes y afinaciones. Una de ellas es, precisamente, la duplicación de uno de los órdenes del cuatro (18, p. 102). No es extraña entonces esa mención en nuestros llanos, bien por tratarse de un ejemplar traído de Venezuela, o por haber sido construido en nuestro medio, según la costumbre usual. Y no tiene importancia si el nominativo se originó a uno o a otro lado del Arauca.
3. El tiple de ocho cuerdas, con cuatro órdenes pareados
Es aquí donde se encuentra el antecedente inmediato de donde arranca la evolución organográfica que lleva al tiple y al requinto actuales. Así lo demuestran los primeros métodos de enseñanza instrumental conocidos en Colombia, editados por José Eleuterio Suárez, José Viteri y Telésforo D’Alemán entre 1868 y 1877.
El Método fácil para aprender los tonos en el tiple, de Suárez, es el primero. Se conserva en ejemplares sin fecha ni portada, en las bibliotecas Luis Angel Arango y Nacional, de Bogotá. En 8 páginas, compendia todos los datos necesarios para formar los acordes básicos de acompañamiento, utilizando los primeros cuatro trastes. Por las características ortográficas y tipográficas, que pueden compararse con otros textos coetáneos, se sitúa su publicación en una fecha cercana pero anterior a 1868. En la página 1 se indican las “Reglas para encordar el tiple”, así:
Dos primas de un mismo grosor; dos segundas de igual
condición a las de las primas, pero un poco más gruesas,
o si se quiere puede sustituirse una de ellas con una
más delgada (requinta); dos terceras, constantes de una
cuarta de bandola (entorchado delgado) y una delgada o
sea requinta; y dos cuartas, así: una de ellas un
entorchado un poco más grueso que el de la bandola y
una requinta de un grueso igual al de las primas. Todas
las requintas se colocarán encima de sus respectivas cuerdas. (206)
Aquí están ya las cuerdas metálicas, como puede deducirse al hablar de “entorchados”; octavadas en los órdenes segundo, tercero y cuarto; la afinación, que da el mismo Suárez, es la de Mi, Si, Sol, Re.
En 1868 publica José Viteri su Método completo para aprender a tocar tiple ¡ bandola sin necesidad de maestro. Se refiere en el prólogo a “una lacónica publicación relativa al aprendizaje del tiple” que “ha hecho un autor”. Alude seguramente al librito de Suárez, a quien critica porque “se ha notado generalmente que el laconismo excesivo produce la confusión y mediocridad en estos casos”. Y procede a despejar la confusión con una mayor aún. Ateniéndose al más puro casticismo, pero ignorando la consagración que ha hecho el uso popular de ambos vocablos, trata de imponer el nombre de “tiple” a la “bandola” y viceversa, con estas palabras:
Impropia o vulgarmente se le ha dado el uso de bandola
a este instrumento, que naturalmente debe llamarse tiple
porque sus sonidos lo revelan; y como varios autores han caído
en la red, nos tomamos la libertad de hacer esta observación
artística (223, p. 1).
Andando con cuidado por estas páginas para no resultar perdidos en el laberinto de las denominaciones, se aprecian para el tiple las mismas características detalladas por Suárez. En cuanto a la bandola, se encuentra una particularidad: tiene también la forma aguitarrada, o de ocho; sus cuatro órdenes dobles se afinan Sol, Re, La, Mi, como los cuatro primeros de la bandola actual.
Dice Viteri al final de su método, respecto a la bandola, que “últimamente se le han aumentado dos cuerdas cuyos sonidos más bajos que los de las ocho primeras hacen más armonioso este instrumento; este descubrimiento (...) se lo debemos al inteligente y laborioso señor Diego Fallon, artista científico y profundo”.
En 1877 sale al público la primera edición del Nuevo sistema para aprender fácilmente los tonos del tiple, por Telésforo D’Alemán, con la debida autorización y los privilegios del autor, otorgados por el presidente Aquileo Parra. En el prólogo advierte:
El tiple (llámase también bandolón) es uno de los instrumentos
que, con razón, está llamado aparentemente a formar parte en
una orquesta, ya por lo sonoro y sentimental como también por
lo bellísimo de sus acordes en armonía y por su melodía muy
dulce; muy propio para los acompañamientos, no carece de nada
su diapasón, pues es extenso y completo y no tiene defecto
alguno. Puede decirse que en una orquesta hace las veces de
acompañamiento de violín (56, p. 5).
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La portada (izquierda) y una página interior (derecha) del método para tiple de Telésforo D’Alemán, primera edición, 1877. En el tiple del erguido ejecutante pueden contarse ocho clavijas. Biblioteca Nacional, Bogotá | |
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En cuanto al encordado dice que se compone de las mismas cuerdas que ya han sido descritas por Suárez, pero aclara:
En cuanto al encordado dice que se compone de las mismas cuerdas que ya han sido descritas por Suárez, pero aclara:
La prima y la requinta de la cuarta deben ser iguales a las segundas de la bandola
(un instrumento más pequeño o propiamente llamado tiple requinto).
(...) Sólo de estas cuatro órdenes consta el tiple, conocido mucho tiempo ha.
Téngase presente que para encordarlo deben ponerse las requintas
debajo, o sea lo contrario de lo que hasta hoy se practica, a lo
cual se le ha notado un defecto insoportable, i es que por mui bien
templado que esté, nunca puede afinar lo suficiente, i su sonido es
mui áspero y chillón, no produciendo consiguientemente la dulzura,
porque las requintas dominan la octava baja de los bordones o
entorchados (56, p. 9).
El primer párrafo transcrito suministra la clave para entender todo el problema de identificación de los tiples y las bandolas durante la segunda mitad del siglo. Algunos investigadores han quedado perplejos ante las menciones que muchos de los escritores y costumbristas (como los enumerados al comienzo de esta sección), supuestamente entendidos en música, hacen del tiple como instrumento que lleva la melodía, o lo describen con encordadura de bandola, o simplemente lo llaman bandola. La razón es que tanto tiples como bandolas tienen para esa época la misma forma aguitarrada, el mismo número de cuerdas y de órdenes aunque con afinaciones distintas, como explica Viteri. A los más grandes se les dice tiple o bandolón; a los más pequeños, bandola o tiple requinto.
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Un baile de bambuco en El Bordo, Cauca, según plumilla de Sirouy, 1875. |
O sea que en 1868 se tiene noticia cierta en Colombia de la misma vandola derivada de la vihuela de péñola de la época de los Reyes Católicos, descrita en 1586 en el método de Amat, y que ha intrigado a los investigadores de la musicología española. Su presencia en época tan tardía nos obliga a aceptar que también forma parte de la gran familia de “vihuelas” que llegaron al Nuevo Mundo y permanecieron humildemente entre nosotros hasta la era republicana.
La forma aguitarrada de esas bandolas existe también en las “vihuelas bravas” antioqueñas lo cual demuestra, una vez más, que en esa región del país se conservaron intactos los nombres más antiguos de la organografía. En el Valle del Cauca la bandola tiene forma aperada (de pera), como puede observarse en el dibujo Ñapangas jóvenes, de A. de Neuville (1869) (6, p. 57). Y como bandolas y tiples son diferentes en este último departamento, se comprende la queja del escritor vallecaucano Leonardo Tascón cuando afirma:
Los de aquí han ido a la capital de la
república a disipar el dinero y a adquirir
vicios, han hecho la mala obra de enseñar
a nuestros coterráneos el disparate de
llamar tiple a la bandola y bandola al tiple (208, p. 43)
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Músico de El Bordo, Cauca, dibujado por Sirouy, 1875, El tiple de forma aperada se tañe con la mano abierta. Biblioteca L. A. Arango, Bogotá. |
Pero no tenía Tascón por que preocuparse. Muy rápidamente volvieron las cosas a su punto.
La manera más fácil de entender la complicación aparente entre tiple y bandola, que ha desconcertado a tantos investigadores, es mirar con detenimiento la figura que acompaña el método para bandola publicado por D’Alemán en 1885 (57). A la izquierda, un tiplecito pequeño, que es la bandola; su ejecutante está provisto de un plectro, para puntear. A la derecha, el tiple propiamente dicho, de mayor tamaño, y cuyo ejecutante abre la mano derecha en posición de rasgueo.
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La bandola y el tiple en Bogotá, 1885, como aparecen en el método para bandola de D’Alemán. A la izquierda, la bandola de forma aguitarrada tañida con plectro. A la derecha, el tiple, ejecutado por rasgueo. Biblioteca Nacional, Bogotá |
Es interesante la explicación del rasgueo por D’Alemán:
El rasgado se hace en acordes, produciendo en ellos ritmos
caprichosísimos según el aire que venga al caso;
el torbellino, por ejemplo, es uno de los aires más comunes,
pero su monotonía en el ritmo del rasgado lo embellece.
Así el del bambuco, que es aristocrático, y otros aires más serios.
El rasgado, pues, lo hace la mano derecha en las cuatro
cuerdas, que por otra parte la izquierda va modulando
los acordes y variando rápidamente el posturaje o el acorde
a que haya de pasar. Se produce el rasgado con los cuatro
dedos, por el lado de las uñas, con rapidez y suavidad,
bajando la mano, atendiendo que los dedos bajen uniformes,
uno tras otro, y para subir se hace únicamente con el
pulgar, también por el lado de la uña, suavemente y aprisa,
de modo que suenen todas las cuerdas casi instantáneamente.
La posición de la mano derecha debe ir un poco sesgada sobre
las cuerdas, encima de la boca, arqueados los dedos igualmente,
y el pulgar tocando la punta con la del índice, de modo que queda
la mano como si hubiera de tener un rollo de papel cogido en su volumen.
En este instrumento, aunque el rasgado es tan bonito en sus
acompañamientos para los aires mencionados ya, u otros aires
que entusiasman mucho, como los bundes campestres, es mucho
más laudable y delicioso cuando es punteado, que ya variando
en arpegios, ya en acordes, ya en modulaciones varias, adornadas
por el ritmo monótono de los bordones y acompasadas por bellísimos
acompañamientos por medio de la cejuela, como pudiera tocarse
en la guitarra; pues es claro, la guitarra, bandolón tiple y el tiple requinto,
son instrumentos de ejecución como sucede en la familia, digámoslo así,
del violín; hay el contrabajo o bajón, violoncelo, viola y violín (56, p. 40).
Una segunda edición del Nuevo sistema de D’Alemán ve la luz en 1895, corregida y aumentada. Incluye gráficos muy bien diseñados, para todas las posiciones de acordes, escalas en dúos a dos cuerdas y otras novedades pedagógicas, pero sin modificaciones en las características instrumentales. Este método no requeriría sino la actualización en cuanto al número de cuerdas, para ser utilizado de manera conveniente y provechosa en nuestros días, ya que es más completo y mejor orientado que algunos de los tratados modernos que hoy circulan.
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Una página del método para tiple de D’Alemán, edición 1895, enseña el punteo de escalas a dúo, |
Más o menos por estas calendas se empieza a hablar de los tiples cundinamarqueses llevados a Antioquia. Antonio José Restrepo refiere que hacia 1887 regresó a su pueblo natal y fue obsequiado con una serenata: “Me salieron con canciones de las que cantan los blancos” con guitarras españolas, acompañándose mis felibres de aquel día con tiples guadueros, encordados con alambres extranjeros” (175, p. 64). Se sorprende Nito de que ya no retumben las antiguas vihuelas barrigonas de cuatro cuerdas de tripa y, que en su lugar, se usen tiples traídos de Guaduas con cuerdas metálicas.
Esta modalidad de tiple había sido llevada a Antioquia durante la guerra de 1860-64, por las fuerzas de Mosquera (91, p. 176). Según crónicas citadas por Hernán Restrepo Duque, el primero que se fabricó en Medellín (1880), lo hizo el Cojo Raimundo Arango por encargo de don Viviano Arenas, quien a su turno lo regaló a Germán Benítez (176, p. 85). De suerte que cuando figura el tiple en escritos anteriores a estas fechas, debe entenderse que se trata del castizo guitarrillo de cinco órdenes, desaparecido con la llegada de las guitarras de seis cuerdas, tal como Nito nos enseña.
Pedro Morales Pino, nacido en Cartago en 1863, recibe de don José María Hoyos sus primeras lecciones de tiple a los siete años de edad. En 1877 viaja a Bogotá a perfeccionar su educación en las artes musicales y plásticas. Aunque es gran dibujante, la música lo envuelve definitivamente para convertirlo en su pionero, profeta y apóstol. En 1884, una velada lírica lo consagra como ejecutante de bandola. En 1899 organiza y dirige la agrupación que, con el nombre de “Lira Colombiana, emprende viaje al exterior (129).
Una fotografía tomada a la “Lira Colombiana” en Nueva York, a principios de 1901, muestra los instrumentos llevados desde Bogotá. Se trata del mejor documento para ilustrar la forma como terminan el siglo diecinueve los estados evolutivos de la bandola y el tiple.
Las bandolas que portan Morales Pino, Blas Forero y Carlos Wodsworthy, tienen la forma de pera que había sido tradicional en el Valle. A los cinco órdenes de Diego Fallon, se ha añadido un sexto orden en Fa#, con lo cual ha quedado reinventada, por así decirlo, la bandurria española. Y, cosa curiosa, de no haberse adoptado la forma aperada vallecaucana, sino la forma aguitarrada bogotana, la bandola sería hoy un instrumento idéntico a la octavina de las islas Filipinas. Así de extraña es la organografía.
El tiple del Ciego Carlos Escamilla tiene un largo mástil, ocho clavijas de “palo” para otras tantas cuerdas, arregladas seguramente en la forma prescrita por D’Alemán, con los bordones encima de las requintas para que no suene “muy áspero y chillón”. En este momento puede hablarse ya con propiedad del tiple colombiano, pues se ha liberado de todas las ataduras que lo afiliaban a la guitarra y a la bandola.
Pero volvamos a la bandola bogotana de cuatro órdenes, anterior a Fallon y Morales Pino, y sobre la cual se habló extensamente en el método de D’Alemán. Posiblemente (y aquí entramos por primera vez en el campo de la especulación), continuó creciendo mientras veía crecer a sus congéneres primero a cinco, luego a seis órdenes y se modificaba la forma ancestral. Esta bandola, con la forma de un tiplecito de cuello larguísimo, requerido para el punteo de los torbellinos de la usanza, no sería de extrañar que muy pronto modificara su afinación tradicional de violín para asemejarla a la del tiple, su compañero de andanzas de muchas décadas y que, en gracia de los nuevos tiempos, había adquirido nueva configuración. ¿Sería esa la manera como se originó el requinto, tan ampliamente usado hoy en día en Santander, Boyacá y el Tolima Grande? No tendría nada de raro. Por eso se plantea la hipótesis, como un tímido esbozo de algo que exige una posterior confirmación por parte de los estudiosos.
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La “Lira Colombiana en 1901. De pie, Gregorio Silva, Pedro Morales Pino y Blas Forero. Sentados, Carlos Escamilla y Carlos Wodsworthy. El tiple de Escamilla tiene ocho cuerdas; las bandolas tienen ya los seis órdenes de cuerdas y la forma de pera. Foto cortesía de H. Restrepo D. |
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E. Proceso evolutivo a partir de 1900
E. Proceso evolutivo a partir de 1900
Con la llegada del siglo veinte, el tiple experimenta los dos cambios morfológicos que le dan fisonomía definitiva: la triplicación de sus órdenes y el clavijero mecánico.
Las cuerdas pareadas, con una requinta y un bordón, representan un inconveniente. Si se coloca la cuerda gruesa por encima de la delgada, domina el sonido grave. Si, por el contrario, el bordón queda debajo de la requinta, el sonido es áspero y chillón. Esta dificultad se resuelve en los primeros años del siglo colocando nuevas requintas en los órdenes segundo y tercero, con lo cual se llega a las diez cuerdas, así: 2-3-3-2.
En 1907, una nueva edición del método de D’Alemán a cargo de Telésforo Eugenio, hijo del autor, da cuenta de esta innovación. La encordadura descrita es: dos aceros en las primas; dos aceros y un cobre en las segundas; dos aceros y un entorchado delgado en las terceras; una requinta de acero y un entorchado grueso en las cuartas. Pero también, al decir de Eugenio Telésforo: “Algunos acostumbran poner dos requintas en las cuartas además del entorchado, así como en las primas tres, o sea doce cuerdas, lo cual es superfluo, pues con diez es suficiente” (58, p. 5).
Tal vez las diez no son suficientes, pues queda sin solucionar el problema del cuarto orden. De allí que las doce cuerdas se impongan a partir de la segunda década del siglo, en la forma como hoy se conoce.
En 1915, Santos Cifuentes escribe para una revista argentina el artículo “Hacia el americanismo musical - La música en Colombia”. Habla allí del tiple con doce cuerdas, pero añade un par de impropiedades, indicativas de que el destacado músico sinfónico no está familiarizado con los instrumentos populares. Dice que cada uno de los órdenes está constituido por tres cuerdas de acero (ignorando los entorchados) y que una de las que corresponden al Si, al Sol y al Re va templada una Octava más alta y se llama requintilla, cuando en realidad son dos las requintillas y uno el entorchado (48). Lo importante es que ya, en 1915, las doce cuerdas son característica permanente.
El último paso evolutivo abandona las clavijas de madera para dar campo al clavijero mecánico, que por medio de piñones fija la cuerda en la posición requerida y facilita el ajuste sonoro en mínimos intervalos tonales. Este desarrollo logra superar el inveterado problema de la afinación, propicio para toda suerte de apuntes y consejas.
A Miguel Antonio Caro se atribuye la socarrona afirmación de que “no había oído tocar sino templar el tiple”. Y de antaño se conoce en Antioquia la fórmula más eficaz para exorcizar el diablo: colocar a la puerta de la casa un tiple destemplado. El diablo amanece tratando de afinarlo y se olvida de sus otros menesteres.
Un documento fotográfico de 1921 muestra la “Lira Colombiana” en plena madurez. Hay dos tiples. Uno, en manos de Aristóbulo Ortiz, ostenta las doce clavijas de madera. El otro, de Alberto Escobar, tiene el clavijero mecánico. Cinco años antes, en 1916, se hacen retratar dos excelentes artistas: Ricardo Vargas Sicard y Ernesto Salcedo Ospina, en curioso contraste. El pianista Vargas, de rigurosa etiqueta. El tenor Salcedo, en traje tropical y con un tiple en la mano. Este instrumento es el primero, cuya fotografía se conoce, que hace gala del adelanto tecnológico en el clavijero.
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La “Lira Colombiana” en 1921. Los tiples tienen ya doce cuerdas. El de Aristóbulo Ortiz, fila posterior, segundo de izquierda a derecha tiene clavijas de madera; el de Alberto Escobar, primer plano a la izquierda, clavijero mecánico. Morales Pino está sentado contiguo a Escobar. Foto cortesía H. Restrepo D. |
A partir de allí el tiple no sufre mas modificaciones externas, aunque se obtendrán mejoras en la técnica constructiva: en el procesamiento y secado de maderas, para la nobleza del sonido; en la calidad de los pegantes, lacas y barnices, para garantizar la estabilidad en medio de los cambios de clima; en la separación precisa y exacta de los trastes, para una justa afinación; en la determinación de la longitud vibrante de las cuerdas para que puedan subirse a los tonos necesarios sin peligro de falla. Y se llegará finalmente al refinamiento y perfección de los instrumentos fabricados hoy por Alberto Paredes en Bogotá, o por Carlos Norato y Hernando Guzmán, en Cali.
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Es esta la primera fotografía conocida del tiple con clavijero mecánico, en manos del tenor Ernesto Salcedo Ospina, quien viste traje informal y establece curioso contraste con el pianista Ricardo Barcas Sicard, de rigurosa etiqueta. Foto tomada en Nueva York, hacia 1916. Cortesía de L. M. Medina. |
Son muchos los métodos de enseñanza escritos en los últimos años. Lelio Olarte edita en 1936 uno sin mayor trascendencia. Alberto A. Flórez publica el suyo en Medellín en la década de los cuarentas, donde habla de tiples de diez o doce cuerdas. En un catálogo de la Casa Conti, en 1945, se anuncian para la venta las obras de Afanador, Carvajal, Martínez, Muñoz y Ortiz.
Y haciendo a un lado todos los sistemas modernos que prometen la enseñanza a distancia, sin maestro y sin tiple, hay que destacar el aporte que representan en su oportunidad los trabajos de Alfonso Granados y Helena A. de Granados. “Los promeseritos”; el método para acompañamiento editado en Cali por Angel María Cruz, uno de los mejores que se conocen; y el redactado por Arley Otálvaro y Libia Ladino para uso de la Academia Distrital Luis A. Calvo, en Bogotá.
F. Resumen cronológico
Los conceptos expresados en los capítulos precedentes, basados en la documentación de que actualmente se dispone, pueden sintetizarse cronológicamente según eventos importantes que, a manera de hitos, establecen un marco de referencia para encuadrar el proceso histórico del tiple en nuestro país:
| 1502- 1550 | Llegan al Nuevo Reino guitarras de cuatro órdenes y vihuelas de cinco o más; ambos instrumentos adoptan el nombre de Vihuelas. Hay constancia de la presencia de Alvaro Ruíz, “músico de voz y dedo” en Cartagena. |
| 1542 | Aparece la palabra tiple en el continente americano |
| 1571 | Se sabe que hay vihuelas en Tunja, tañidas por Jorge Voto. |
| 1585 | Se utiliza la palabra tiple en partituras de la Catedral de Bogotá, para designar voces e instrumentos de registro agudo. |
| 1645 | Entre los instrumentos de la misión jesuita de Tópaga, se relacionan las vihuelas y los discantes como instrumentos diferentes. |
| 1746 | El tiple es mencionado por primera vez, en Popayán, para designar un cordófono distinto de la guitarra. |
| 1813-1870 | Los tiples figuran en numerosas referencias literarias. |
| 1818 | Se establece en Chiquinquirá la familia Norato como constructora de instrumentos. |
| 1845 | Primeras representaciones pictóricas del tiple, en las acuarelas de Mark. |
| 1849 | Se publica el primer artículo descriptivo del tiple (Caicedo). Hay tres variedades, todas ellas con cuatro órdenes: a) de cuatro cuerdas simples; b) de cinco cuerdas, con el cuarto orden pareado; e) de ocho cuerdas, con todos los órdenes pareados. |
| 1868 | Primer método de enseñanza (Suárez), para el tiple de ocho cuerdas; los órdenes tercero y cuarto tienen cuerdas octavadas; esta disposición es opcional para el segundo orden. Hay similitud con la bandola en la forma aguitarrada. |
| 1890-1901 | El tiple continúa de ocho cuerdas. La bandola adopta su forma aperada definitiva. |
| 1907 | Método de D’Alemán para tiples de diez y doce cuerdas. |
| 1915 | El tiple tiene las doce cuerdas, en la disposición fin |
| 1916 | Primera fotografía conocida del tiple con clavijero mecánico. |
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El tiple en Colombia a partir de 1800 |
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CAPITULO OCTAVO
EL TIPLE EN LA VIDA NACIONAL
A. El ámbito social
La herencia que el tiple recibe de la guitarra renacentista no consiste únicamente en las características morfológicas. Adquiere, además, la misma condición dentro del entorno social. Mientras las clases nobles y palaciegas españolas prefieren sofisticados medios sonoros como la vihuela cortesana y el laúd, el pueblo raso encuentra en la sencilla guitarra de cuatro órdenes, que no ofrece complicaciones teóricas, la herramienta adecuada para expresar sus gustos y necesidades. Es un instrumento mirado con desdén por los nobles refinados y por eso Covarrubias se duele de que la guitarra pueda ser interpretada por cualquier mozo de caballerías (55).
Son esos los términos en que viene a las Indias. Traída y tañida, no por músicos eminentes de alta formación académica, sino por soldados y segundones, tripulantes y subalternos, campesinos empobrecidos en estériles parcelas de Andalucía o Extremadura, que anhelan encontrar fortuna en la generosidad de nuestro suelo.
Durante varios siglos, la guitarrilla permanece de manera humilde pero decidida en el complejo cultural del virreinato. Es al principio un germen de transculturación. Pero a medida que el criollo se va aferrando a la tierra que lo sustenta; al paso que el mestizo incrementa su participación dentro del volumen poblacional, el instrumento ve crecer sus raíces y hundirse con mayor vigor en el campo demográfico, como patrimonio colectivo y popular.
Para los artesanos, servidores y campesinos es compañera indispensable en bodas y funerales, en duelos y parrandas. Allá las clases pudientes con sus violines y arpas. La gleba que no ostenta escudos ni blasones, que carece de apellidos importantes o prebendas económicas, echa mano del guitarrillo, lo convierte en emblema, canta con él sus bundes y torbellinos, no tan elaborados quizás como los paspiés, boleros y contradanzas, pero de sabor más genuino y sentido.
Con el despuntar del alba republicana, cambian los personajes pero no las circunstancias. En los salones de la aristocracia criolla, delicadas manos femeninas tañen la guitarra de seis cuerdas acompañando al piano o al violín. María del Carmen, hija del presidente Domingo Caycedo, hace de la guitarra española su amiga y confidente en páginas ingenuas que llegan hasta nuestros días, como eco de la música de los años 1825-40.
El tiple se ha quedado en las manos callosas de la gente común; mirado como instrumento de segunda categoría, minimizado, despreciado, subvalorado. Pero vivo, actuante, con vigencia solidaria, cotidiana y permanente.
Antonio José Restrepo, con la gracia de su castizo estilo y el valor de la experiencia propia, narra cómo es la diferencia social entre los instrumentos:
En Colombia se hace completa diferencia que ya marcamos,
entre el canto de los blancos de la clase superior y el canto popular
neto de las clases inferiores en cultura y riqueza (...)
Cuando yo tuve uso de razón, como dice Astete,
y comencé a darme cuenta de las cosas, a gustar del canto
y de la música, por allá en medio de la guerra civil de 1860-64,
en mi glorioso pueblo de Concordia (...) no había en aquel
mi pueblo sencillo más instrumentos músicos que la guitarra gaditana (...)
rasgueada y cifrada por los blancos y aun por las señoras de ellos,
algunas de las cuales solían cantar sus canciones en las tertulias caseras (...)
Con la guitarra sonora se acordaba en raras ocasiones un violín
desperdigado, de aquellos “templados por el trisagio”, que inmortalizó
el doctor Hermenegildo Botero y que algún sacristán de gorja
bajaba del coro angélico al modesto salón de la alcaldesa.
Pero imperaban siempre entre la gente del bronce, de bayetón o ruana,
guarniel repleto de chismes, machete al cinto, garrote
de guasco o verraquillo colgado al brazo, el ojo del zurriago,
descalzo el pie o alguna vez con alpargatas, sombrero de caña de iraca,
caído maliciosamente de un lado, baja el ala y quebrada la copa;
imperaban siempre, digo, la vihuela barrigona, el tiple cenceño,
acompañados del tamboril (si acaso había baile), del guache estrepitoso,
y todos ellos secundando el canto bravo
(cante jondo, que dicen en España) de los fornidos jayanes que
los tocaban, ya reposadamente como en la guabina, los monos o el bambuco,
ya en las notas apresuradas y vehementes de la caña, el gavilán, el bizarro,
el salgaelsol, el amanecer, la cartagena, el sapo, el gallinacito, el currulao,
el mapalé o la frenética carrumba (175, p. 390-92).
Hacia 1837 acude a la plaza de mercado de Sonsón un hombre del pueblo llamado Roso Valencia, a improvisar ensaladas o trovas marcando sus acordes en el tiplecito cuatrero”. Por esas mismas fechas, el poeta Gregorio Gutiérrez González ignora a Roso y se hace acompañar en sus serenatas por la elegante guitarra que toca Félix Mejía (29, p. 46 y 71).
En Santander, hacia 1840, se habla de los “bailes de tercera, que eran los de la gente de baja condición, que se verificaban en las afueras del pueblo (...) se amenizaban con tiple y pandereta” (80, p. 68).
Cuando la Comisión Corográfica sale en 1850 a dejar testimonio gráfico y literario de la vida de la nación, da sin proponérselo el mejor ejemplo de las diferencias sociales de los instrumentos. Cuando hay que pintar un paseo de “gente bien” en los alrededores de Bogotá (Lámina 30 del Album), aparece la guitarra en manos de un solemne cachaco de bigote, vestido de paño y sombrero de fieltro. Cuando se trata de campesinos o proletarios, es el tiple el que asoma, con su escaso tamaño, entre curtidas manos semiocultas por ruanas descomunales.
En los escritores del grupo de El Mosaico, el ámbito descrito para el tiple huele a trapiche y a guarapo: fondas camineras, serenatas aldeanas, fiestas patronales en pueblos de tierra caliente, aglomeraciones donde las clases inferiores no precisan tarjeta de invitación.
Pero, por otro lado, el instrumento ha ido calando en la clase media. Los lánguidos acordes tipleros empiezan a escucharse en reuniones familiares, en noches de bohemia estudiantil, donde los señoritos se contagian del gusto por una música que les llega de estratos inferiores. En tiendas y ventorrillos urbanos se forma el caldo de cultivo para un creciente romanticismo que conducirá a la emotiva expresión centenarista. Por eso empiezan también a surgir las voces angustiadas de quienes creen que la infiltración del tiple en las altas esferas sociales conlleva la pérdida del buen gusto y el refinamiento. Manuel Pombo exclama:
Hay guitarras comunes que sólo sirven para acompañar cantos vulgares;
instrumentos de baja condición, alma de la parranda y de la orgía;
pero la guitarra aristocrática, educada en los salones y gabinetes (...),
esa guitarra distinguida que recuerda los tiempos poéticos de los
trovadores y las frescas veladas del caballero (...), la guitarra de Sor,
de Aguado, de Huerta, de Londoño, de González, de Franco, de Padilla
y varios otros; esa guitarra que mereció los elogios de poetas como Thomas
y Chateaubriand y que privó con honra en la corte de Luis XIV, no tendrá
dentro de poco reemplazo en la buena sociedad (162).
Es batalla perdida. El tiple se ha consolidado. Pero no en desmedro de la guitarra, a la que hace compañera en morganática unión. No importa que un secretario del Arzobispo de Bogotá lance fulminantes anatemas como éste, de 1864:
Se avisa al público en general (...) que no habrá en las
próximas fiestas de aguinaldos chirriadera en los templos,
como las funciones de zarzuela que se dieron en los dos años pasados.
Por consiguiente no habrá títeres en la iglesia, ni música de tiples,
guacharacas y panderetas; ni se tocará la jurga, ni el bambuco ni el palito
ni la caña ni alguno de los sones populares de las ventas y los figones (16, p. 4).
En las novelas de Tomás Carrasquilla queda resumido el proceso de ascenso social del tiple, similar al experimentado en todas las comarcas del país.
En El zarco se encuentra el siguiente diálogo:
- Andá, tráete el capador y el cuatrico - manda el cura
al primer trago - para que me toqués y me cantés mientras
me tomo el cacao.
- Si ya no surrunguea en el cuatrico - indica mano Higinio –
Si pu’ai se consiguió una vigüela (41, p. 1414).
En Frutos de mi tierra, la primera vez que el tiple es mencionado por su nombre, está en manos de “negros de la crema fina”, mientras la orquesta del Jockey Club de Medellín tiene “guitarras, bandolas y acompañadores” (41, p. 81). En Grandeza, el tiple es ya ejecutado por “artesanos y artistas de todo género, hasta del comercial” durante una gallinación en Campoalegre (41, p. 259). Luego, en la misma novela, para el baile de máscaras “unos vienen de tiple y canciones por lo serio; otros de carrascas y de coplas por lo charro” (41, p. 336). Ese es, ni más ni menos, el proceso: desde el bunde popular, hasta el baile de máscaras de la alta sociedad. Y todo en un lapso no mayor de cuarenta años, los que van de 1850 a 1890.
A partir de la última década de ese siglo se halla el tiple en manos “blancas y de buena familia”. Alterna con la guitarra en los salones bogotanos, en las casonas solariegas del Valle, en la intimidad de las tertulias paisas. Pero sin haber dejado de pertenecer al jolgorio de un San Pedro huilense, una molienda en Vélez, un piquete bogotano o una lechona ambalemuna.
Porque desde entonces el tiple adquiere dimensión de símbolo. Invade todos los estratos sociales. Se convierte en arma, utensilio y herramienta. Se humanizan sus cuerdas y con ellas se dice y expresa todo lo que el pueblo necesita decir y expresar. Es “mi sentir hecho canción” para un huilense como el Papi Tovar, mientras para un santandereano como José A. Morales es “clarín y bandera, alma comunera, rencor y querer”. En ese “tiple sentimental y macho” encuentra un caldense como Bernardo Arias Trujillo “todos los tonos que traducen estados de alma colombiana.
Nadie mejor que Jorge Robledo Ortiz, cantor de la raza, para evocar en sentidas palabras lo que el tiple significa en el ámbito social colombiano. Que esa voz telúrica irrumpa desde la atalaya montañera para tocar a rebato por todos los confines de la patria, en un texto inédito gentilmente cedido para este libro:
En esa caja de madera frágil, de cintura de mujer y
anatomía de violín maicero, está el proceso anímico
de una raza invencible, de un pueblo nacido para la
grandeza, para la conquista y el triunfo.
Un tiple fue el compañero de nuestros abuelos cuando
se aventuraron en la selva a sembrar caseríos y a descuajar
el porvenir. En sus cuerdas está la historia de todos los maizales
de Antioquia y del Quindío, de los cafetales que crecen a la sombra
de los yarumos y de las chapoleras en flor; de los arrieros de Bolívar
y del Cauca, de Anserma y de Sonsón, de esos hombres
que se enfrentaban al monte y al camino sin otras armas que un
escapulario, un corazón sin miedo y una frente limpia como sus
apellidos de ascendencia vasca.
Por las cuerdas de un tiple descendían los mineros al
socavón para arrancarle a las entrañas de la tierra
el oro para la argolla de la amada y el resplandor
para la custodia de la iglesia campesina.
Un tiple ha sido el consejero inseparable de nuestros
ingenieros. Ellos saben que antes de nivelar el teodolito,
es preciso apretar las clavijas de ese instrumento que
les ha de recordar la buena fe, el cumplimiento, la
responsabilidad y la entereza de unos viejos cuya palabra
valía más que una escritura.
Cuando un tiple suena, el alma tiene temple de virilidad
y las manos que lo rasgan son callosas y los ojos son
firmes y el gesto es resuelto y el amor es sincero.
Para que un tiple suene con su sabor de casta, es preciso que
esté respaldado por diez generaciones de hachas, que se
estremezca con el recuerdo del abuelo y que se conozca de
memoria todos los senderos de arriería, todas las fondas
camineras, las fatigas del trabajo y las alegrías y penas del amor.
El tiple que descansa en un clavo y recuesta su carga de
bambucos a la blanca pared de la casita campesina, tiene
nuestro mismo apellido y se sabe los nombres de nuestros
seres queridos. Cuando lo tomamos en las manos, nos
parece que acariciamos el cofre de la abuela; la trenza
sin pecado de una novia lejana que se peinaba con la misma
loción con que se peinan la yerbabuena y el tomillo; el rústico
bastón que servía a nuestro padre para apoyar su buena voluntad
y la paz de esas horas en las que Dios llenaba todos los rincones
del alma y la vida era simple y abierta como los corredores,
por donde se entraba el crepúsculo en busca de canciones.
En el tiple están los sueños de los hijos, la juguetona
inexperiencia de los nietos, la oración de la madre, el
retorno del hermano mayor, el canto de un río que se quedó
en la infancia, la copla del arriero, la madrugada de los surcos,
las noches que en Titiribí copaban los socavones para jugarse
al dado una constelación y las serenatas que servían de prólogo
a un nuevo hogar honrado, con manteles humildes, con pan en
abundancia y con la fe colgada como una hamaca entre el crucifijo y los maizales.
No es gratuito el afecto con que Robledo Ortiz menciona a Titiribí. Esta población, engastada como una joya en los riscos del suroeste antioqueño, es cuna de grandes hombres en la política, las artes, las ciencias y las letras. Nombres que no pueden leerse sin emoción: Nito Restrepo, Salvo Ruiz, Jaime Llano González, Fernando Calle Garcés, Jorge Montoya Toro, José González (José Buche), Pedro Bedoya, Licio Restrepo, Eduardo Cadavid Angel, Alejandro Correa, Santiago Vélez Escobar, Francisco Betancur, entre otros muchos, pertenecen a la pléyade de valores musicales de Titiribí, para quienes el tiple ha sido cómplice y testigo permanente de aventuras en los etéreos dominios del arte, rociado a veces generosamente con el gustoso guaro regional.
A manera de concreción práctica de toda esa suma de sentimientos y gracias al fervor de Fernando Calle Garcés, la municipalidad de Titiribí dio el ejemplo de incorporar el tiple como elemento primordial a su escudo de armas, convirtiéndose de paso en la primera región del mundo que utiliza este instrumento con propósitos heráldicos. Por tratarse de una hermosa simbología, vale la pena transcribir la explicación que Calle Garcés, como autor del proyecto, da de su concepción:
En el primer cuartel superior izquierdo, está un arcabuz
con tres flechas que significan que nuestros aborígenes
fueron indios; el fondo verde de ese cuartel nos indica
la agricultura de nuestra tierra.
En el segundo cuartel superior derecho se encuentra una
rama de cafeto enfrutecida, indicativa de la riqueza
cafetera de la comarca. Se ha rescatado para la heráldica
un instrumento típico colombiano como es el tiple. Colocarlo
en este cuartel significa un reconocimiento a los viejos troveros
que sembraron de coplas y canciones las fondas camineras y
las veredas de nuestro pueblo como lo hacían los antiguos juglares
en épocas remotas. El fondo de este segundo cuartel es oro que
significa la minería que ha sido fuente de trabajo y riqueza de la comarca.
El tercer cuartel lo comprende la mitad del escudo. En él
se plasma la salida del oro y del carbón de la mina, que
como se dijo anteriormente, forman la principal riqueza de la población.
Sobre las montañas, en la parte superior izquierda de este cuartel,
aparece un sol naciente que nos cubre a todos por igual sin distingos
de raza, de creencias ni colores; y en la parte superior derecha,
la rueda dentada que demuestra el trabajo de nuestros hombres
en lucha permanente por la subsistencia. Hacen parte también del
escudo cuatro banderas astadas del municipio: dos a cada lado,
que se pierden en la mitad de la parte inferior del escudo.
En la parte superior, entre un óvalo, aparece el nombre del municipio.
Allí mismo se incluye el año de fundación del caserío, 1775, que
posteriormente fue elevado a la categoría de municipio,
al ser trasladado al sitio actual.
Cuando el tiple se lleva a los altares patrios, dentro de los símbolos terrígenas, alternando con los hontanares genéticos, los medios de subsistencia y los paisajes del entorno telúrico, es porque definitivamente se ha incorporado a la vida más íntima de un pueblo. Ante esto, no queda nada por decir.
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Escudo de armas de la ciudad de Titiribí, Antioquia, único en el mundo que ostenta un tiple dentro de los elementos heráldicos, al lado del oro y el carbón, el café, la rueda del trabajo y la flechas indígenas. Foto cortesía de F. Calle. |
B. Los intérpretes
Por las breñas del Chicamocha, entre los cañaduzales de Tipacoque y las datileras de Soatá, limitado al suelo por sus pies descalzos y al hombro por su tiple chiquinquireño, anda desde hace tiempos un humilde labriego. Es el primero que llaman cuando hay boda o velorio fino. Es el primero que se trepa a la flota, en medio de gallinas sudadas y calabazos de guarapo, cuando se arma la romería a Chiquinquirá. Toca para los godos paramunos y los liberales calentanos. Suena su tiple en los rincones de las fondas mientras los demás hablan gravemente de tumbar al alcalde, correr la acequia o arreglar el camino real.
Su nombre lo conocen todos: Agapito. Su apellido solamente lo sabe Eduardo Caballero Calderón, que lo aventó al oficio de tiplero por el mundo agreste de su Tipacoque. Pidámosle a Agapito que abandone esas páginas inmortales, que trascienda su atmósfera literaria y venga aquí en nombre y representación de todos los tipleros campesinos. Los que han hecho la historia verdadera del tiple, que no está contada en fríos tratados académicos ni consta en archivos o notarías, porque se escribe cada noche en moliendas, serenatas y toldas de arriería. Que Agapito rasgue unos acordes elementales para recordar a todos sus congéneres anónimos y proletarios, los “tipos del campo que dibujaba la Comisión Corográfica, los Agapitos que desde la noche de los tiempos han cargado en sus hombros el madero sonoro, para redimir a su pueblo de penas y fatigas. Y que sea el primero en la lista, para que su nombre reemplace a todos los que inadvertidamente han quedado omitidos.
Porque estaría incompleto este recorrido por los dominios del tiple si no se consignaran los nombres de aquellos ejecutantes poseedores de diversos grados de maestría pero igualados en el entusiasmo, que escribieron a golpes de bambuco la sonora historia del instrumento. Sus nombres, recopilados escarbando crónicas y tratados, repasando periódicos y programas viejos, esculcando memorias de amigos y archivos, entran a estas páginas por derecho de conquista, como guardianes del tesoro cultural de la patria.
1. Siglo diecinueve
Ante todo, el general Santander. Con su ejemplo de calentano desenvuelto, enseñó a los cachacos santafereños que el tiple podía ser aceptado en los más remilgados salones. A tal punto lo logró, que en tertulias de 1847 un inglés, Mister Sheridan, había aprendido a rasgar el tiple con perfección y cantaba los más lindos bambucos.
Santos Mogollón hizo gala de virtuosismo en los pesebres de 1856, interpretando en el tiple los valses de moda.
José Eleuterio Suárez, Lorenzo Lleras, Ramón Ordóñez, José Viteri y Telésforo D’Alemán llegaron a tan altos grados que se dieron el lujo de escribir sus métodos de enseñanza.
Diego Fallon, que sabía de todo. Poeta, compositor, pedagogo, ingeniero, matemático, tiplista eximio y reformador de la bandola.
Roberto de Narváez, hombre exquisito y culto. Tocaba tan dulce y sentido, que llegó a afirmarse que “antes de tocar, mojaba los dedos en el alma”.
Antonio Morales, tunjano y rimador, “en cuyas manos el tiple hacía bailar las piedras”; autor de aquella cumbre poética que empieza:
Soy José Risurrición
y mi apelativo es Ramos;
toy pa’servirle a mis amos
con toda satisjaición.
Se recuerda también en Bogotá al Chato Ayarza, quien con el Chato Melo a la bandola y Nicomedes Mata a la guitarra, conformó un trío del que se habló hasta en la Academia de la Lengua.
El Ciego Carlos Escamilla, tan genial como músico y tiplista, que se recurría a sus dictados para los arreglos de acompañamiento de la “Lira Colombiana”. Morales Pino dejó el recuerdo de su impecable rasgueado y es factible que a él se deba la evolución en el número de cuerdas. Hay que mencionar a su maestro en Cartago, José María Hoyos.
Mateo Tibidor, casanareño de Yopal, para quien el tiple era un juguete y hacía figuras con el instrumento.
Narciso Mora, caballero de bien al viejo estilo, constructor y ejecutante de guitarras, bandolas y tiples.
Eusebio, el Motoso Uribe y Heliodoro, de quienes no queda constancia de sus nombres completos, pero cuyas voces y tiples continúan vibrando en la historia musical del altiplano.
Severo Berrío, militar y músico - confluencia común en una época de guerras civiles e hidalguía espiritual -, quien al compás de un tiple guaduero entonaba canciones tolimenses.
David Arévalo, intérprete de las canciones del Catire Aureliano González. El caleño Luis Carlos Alvarez, maestro en la ebanistería y en el tiple de bambuquero.
Y aquel Perico, el zipaquireño Pedro C. Peña quien, en 1856, abandona la costumbre tradicional de rasgueado y empieza a puntear las mejores melodías de su tiempo. De Perico se recuerda aún el gracioso aviso con el que anunciaba los productos de sus misceláneas en la Ciudad de la Sal:
Aquí encuentra usted pabilo,
lápices, plumas y tinta,
polvos, jabones y cintas,
telas de bonito estilo,
camisas y pantalones,
peinillas, ganchos, botones,
y hasta cuajo comprimido.
Para todo mal remedio
menos, ay, que triste suerte,
ni droga contra la muerte
ni antídoto contra el tedio.
Ñito Restrepo expande esta lista, consagrando su evocación a copleros y rimadores a lo divino o a lo humano, dentro de la más pura estirpe de Quevedo o Calderón, según el caso:
Rafael Londoño, cantor de agarre, hijo del ño Mateo que peleó en Ayacucho; Carmen Lora, del Tonusco; Indalecio Ortiz, titiribiseño; Martín López, Sampayo y Trinidad Rodelo, de la tierra abajo, de Remedios al Magdalena; Cocoa, el cantor manizaleño; Vicente González, alias Vicentón; Pastor Correa; Milagros Cachón, que produjo sensación en Quibdó; Juan Yepes, musicalizador del Canto del Antioqueño, obra del malogrado Epifanio; el negro Emiliano Pasos, cuya voz de bajo profundo hacía el dúo a Yepes; Valentín Diosa, cantor de cartel; José Miguel Córdoba, empecinado serenatero en Concordia y luego próspero comerciante en la Villa.
Hay otros que merecen figurar: Roso Valencia en Sonsón; Cesáreo Mesa y Francisco Ortega en Medellín, cantores famosos hacia 1830-40.
Salvo Ruiz, digno rival del gallo que le saliera en coplas y tiplería, trovador legendario de quien vale al pena recordar los versos en que hace testamento,
Pa’dejále a la familia
mis versos, mi viejo tiple,
la copa y una peinilla.
Y el mundo pa’que lo breguen
ahora que está tan bueno,
lleno de acaparadores
ventajosos y rateros (185).
Sin dejar de mencionar por eso al mismo Ñito, “que les podía dar a todos la ventaja de la semana por el sábado”.
De la mano de Hernán Restrepo Duque podemos conocer a otros personajes del tiple en el siglo pasado:
Ricardo Acevedo Bernal, Alejandro A. Flórez Roa, Ernesto Neira, Roberto Mesa, Pablo J. Valderrama y el Ciego Ras, entre quienes descollaron en Bogotá. Nicolás Soto, Germán Benítez, Clímaco Vergara, el Manco Eduardo Arango, Chucho Garcés, Quico Puerta González, entre la bohemia de Guanteros en Medellín.
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Para hablar de los tipleros que en este siglo han sido, hay que empezar por un grupo de caballeros que entre chascarrillos y versos de alta factura, dan forma y sentido a la canción popular. Los integrantes de la “Gruta Simbólica” encuentran en el sonido de las cuerdas, el vehículo apto para combatir gobiernos, agasajar a la mujer amada o expresar de manera lírica la efervescente introspección del romanticismo centenarista.
Bajo la égida de Morales Pino, se reúne en Bogotá una selecta nómina de artistas. Rafael Riaño, Ricardo Acevedo Bernal, Pablo Joaquín Valderrama. En un tiple que le ha regalado Emilio Murillo, Julio Flórez compone la letra de Mis flores negras. Clímaco Soto Borda, pontífice del epigrama, es también intérprete magistral del tiple y la bandola. Julio De Francisco despierta admiración cuando rasga su bambuco El indio. Así acontece con Eduardo Echeverría, autor de El Palomo.
Antonio Jetón Ferro llena con su nombre toda una época de inspiración, música y buen humor. Es chiquinquireño, claro está, de la tierra de los tiples, de Julio Flórez, de Edmundo Patojo Guarín, del Chisgo Márquez y del ingeniero José Ignacio Ruiz.
Víctor E. Caro lleva su tiple a bautizarlo en Roma con el nombre de Picio, reminiscente de aquel otro Picio bugueño, ingenioso y recursivo, también conocido como Enrique Fernández de Soto.
Otros dos boyacenses: Pedro Bermúdez, cuyo requinto aún parece escucharse por los lados de Ráquira y Octavio Quiñones Pardo, cantor de Boyacá y autor de Mi guabinita. Y un zipaquireño que honra el instrumento: Felipe Sánchez.
En la calle del Sofocón, de la Ceja de los Andaquíes al sur del Huila, hace y deshace en 1915 Misael Herrán, personaje legendario y novelesco. Se cree que era sastre en Pitalito y que pasaba las horas cantando y tocando tiple, aunque algunos dicen que era tinterillo y estafador (73, p. 29). De todo hay en la viña del Señor.
En Bogotá residen otros grandes: Rafael Cabral de Melo, Chipilo Forero, Emilio Sierra, Ricardo Cuberos, Fulgencio García, Jorge Andrade, Ignacio Afanador, Aristóbulo Ortiz, Daniel Uribe, maestro de todos ellos. Adolfo Lara, autor de la imperecedera Tupinamba, se hace protagonista de un epigrama que le dedicara el Tuerto López:
Al Pote con dulce cara
rogó Inés, chica ejemplar,
su guitarra le templara;
y esa noche el Pote Lara
a donde Inés fue a templar (155).
Con Milciades Garavito, dos tolimenses más: Sebastián Riaño y el médico Manuel Antonio Bonilla. En Ibagué sienta plaza y cátedra el maestro Alberto Castilla, tiplero furtivo que entrega a su nueva patria chica el himno regional del Bunde tolimense.
Octavio Marulanda recoge en amable evocación, los nombres principales de una altísima cumbre tiplera que emerge en el Valle del Cauca en las primeras décadas del siglo, en torno de esa basílica musical que es la hacienda “La Brisa” (119).
Ramoncito Becerra, el primer maestro; Pedro María Becerra, sólido compositor; Ernesto Salcedo, que con el tiple acompaña el prodigioso instrumento de su garganta; Manuel Salazar, heraldo de Morales Pino por esas tierras; José María Barona y Tulio Gáez, ejecutantes de postín. Y Benigno Mono Núñez, quien aprendió en el tiple los elementos que lo llevarían a figurar entre los mayores bandolistas de todos los tiempos y que, con su nombre y su presencia, ilumina en el Festival de Ginebra, su pueblo, una de las más bellas manifestaciones musicales que se celebran en Colombia.
Hacia 1917 transcurre la época gloriosa de los “Músicos de Majalandrín” en Yarumal, Antioquia, cuando el tiple conquista amores y honores en manos de Iván de Greiff, Francisco Cuartas, Gustavo Sánchez, Emilio Eusse y Luis Emilio Puerta, bajo la diestra batuta del maestro Enrique Bermúdez.
Desde 1903 Pedro León Franco y Adolfo Marín han paseado su trashumancia, tiple en mano y patria en corazón, por todos los caminos de México y Centroamérica; y han dejado su nombre de combate, Pelón y Marín, inscrito en el primer disco fonográfico que recoge el sonido de un tiple, en Nueva York, 1908.
Pelón y Marín son precursores de los grandes duetos que, sobre el soporte armónico de una guitarra y un tiple, llenan con sus voces nuestra historia musical. De los más destacados en la primera mitad del siglo: Alejandro Wills y Alberto Escobar; Alcides Briceño y Jorge Añez; Manuel Ruiz Blumen y Miguel Angel Trespalacios; Joaquín Arias y Mariano Latorre; Samuel Ospina y Samuel Martínez; este mismo Martínez con Augusto Trespalacios; hasta rematar con Obdulio Sánchez y Julián Restrepo, dueto que abre surco profundo en el sentir montañero.
¿Hay alguien que se acuerde hoy del pasillo Colombia, la guabina Bogotana o el pasillo Ribereña? Podría apostarse que muy pocos. Pero todos conocen un tema que fue derrotado por esas tres composiciones, en un concurso de 1928: Tiplecito de mi vida, con letra de Víctor Martínez Rivas y música de Alejandro Wills. Este torbellino, una de las más logradas producciones colombianas, se estrena el 24 de octubre de ese año, en el teatro Olympia de Bogotá.
Tiplecito de mi vida
pedazo de mis montañas,
cómo suenan de sentidas
tus notas en tierra extraña
Y cómo ríen de bien
tus cromáticas escalas
con el gotear de mi llanto
sobre tu bruñida caja.
Caja que a mí se me antoja
una gigante crisálida
de las que son mariposas
las canciones de mi patria.
Canciones que por sentidas
bien merecen ser copiadas
con golondrinas por notas
y alambres por pentagramas
En 1929 se lleva oficialmente por primera vez el tiple a Europa. Colombia se hace presente en la Feria Internacional de Sevilla, España, con una embajada artística compuesta por los nombres más relevantes del momento musical: Emilio Murillo, Alejandro Wills, Jerónimo Velasco, Francisco Cristancho y Alberto Escobar. Formalmente, Escobar es el tiplista. Pero el instrumento cambia de mano cuando se hace necesario para las diversas interpretaciones. Esta embajada es calurosamente aplaudida y premiada por una España que reconoce en esos ritmos e instrumentos, la madurez y autonomía de una semilla plantada mucho tiempo atrás.
Entretanto, salen de Aguadas los Hermanos Hernández, Hector, Pacho y Gonzalo, a demostrar que en tiples, guitarras y bandolas puede darse albergue cumplido y decoroso a las más exigentes partituras. Lástima grande que Luis Emilio Puerta, el gran tenor, no haya podido vencer su timidez para acompañarlos en sus giras por tierras extranjeras.
Por tierras santandereanas, Lelio Olarte deja la impronta de su genio. Miguel A. Durán pone a volar su Mariposita azul sobre las cuerdas de un tiple comunero. Donato Monsalve sorprende a los bumangueses con su tiple y su dulzaina. Nicolás Milagro Mosquera lleva al cenit el estilo punteador rescatado de La Aguadita, Vélez y Socorro, para enseñarlo a Pacho Benavides y Ezequiel Mejía. Aparte, y con igual estatura tiplística, Eufemiano Ariza se inscribe como tronco de un apellido que se deletrea con zeta y con requinto.
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Primera página de la partitura para piano de Tiplecito de mi Vida, de A. Wills y V. Martínez, |
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Más al norte, en Ocaña, Pamplona, Salazar de las Palmas, Cúcuta, el tiple prende chispas de inspiración en Gerardo Rangel, Víctor M. Guerrero, Rafael Contreras y Oriol Rangel, mientras asoma por esos tiempos y esos lares uno de los más grandes acompañantes que se conozcan: Rodrigo Mantilla.
En Pasto, José Riascos funda estudiantinas y enseña el tiple con vocación de apóstol.
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Una página del catálogo de los tiples en venta por Conti, Bogotá, hacia 1928 |
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A raíz de una conferencia de Uribe Holguín, donde afirmó que en los maestros alemanes se podían encontrar esquemas rítmicos de los aires típicos colombianos, Rendón publicó esta caricatura que localiza a Beethoven en la “Atenas Suramericana”, con un tiple en la mano, 1923. Biblioteca Nacional, Bogotá. |
En Medellín, fragua su leyenda Santiago Vélez Escobar, el Caratejo, quien se describe:
Me gustan las mujeres, música y trago;
he escrito muchos versos y algunas prosas;
toco muy bien el tiple y entre otras cosas
hasta silbando a veces me siento gago.
Jesús Zapata y Antonio La Silga Ríos son testigos del nacimiento de la industria discográfica en Antioquia y acompañan los primeros bambucos que allí se graban.
Y sobresale entre todos la figura señera de Tartarín Moreira, llamado Libardo Parra Toro para efectos civiles. Tiplista excepcional, bohemio y compositor, oficiante máximo de un ritual bambuquero cuyos efluvios despiertan en el alma antioqueña los más acendrados sentimientos.
Humberto Correal funda hacia 1929 el “Quinteto Calvo”; los altos cánones interpretativos que impone Correal son dignamente emulados por Vásquez Pedreros. Esa calificada herencia sólo podrá ser entregada posteriormente a un ejecutante de la categoría humana y artística de Guillermo Amado.
Pocas veces se han conjugado en una misma persona tantas dotes de cultura, señorío, sensibilidad y técnica como en Jorge Núñez Pontón, uno de los primeros solistas del instrumento. Maestro de muchos destacados intérpretes, tiene el honor de haber fundado, hacia 1940, la primera orquesta de tiples que se recuerda.
Tomás Molano Rosas fue testigo excepcional del movimiento artístico de la capital, donde ocupó lugar distinguido gracias a su gusto exquisito, sus inspiradas composiciones y su elegante manejo de la guitarra. Poco antes de morir, en 1983, recordó los mejores tiplistas con quienes alternó. Entre varios que ya han sido mencionados, figuran Artemidoro Romero, Roberto Villar, como acompañantes, y Alejandro Zapata como solista. Y, particularmente, Gilberto Chato Murillo, Leonidas Nieto y un policía de apellido Riaño que hacia 1930 se mezclaba en las tertulias con la aristocracia musical santafereña.
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3. Segunda mitad del siglo veinte
Con el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán el 9 de abril de 1948, cae la patria de bruces y llega al medio siglo con el alma en vendajes. Una insostenible situación política hace que muchos hombres se vean obligados a tomar el camino del monte. Dumar Aljure y Guadalupe Salcedo, cuando el fragor de la lucha les permite un instante de reposo, entonan en el tiple sus corríos, en versos rescatados diligentemente por Miguel Angel Martín:
Vengo a dejar un recuerdo
como soldado obediente
que improvisa sus cantares
relaciones de su mente;
que tuvo muy poco estudio
pero es algo inteligente,
perseguido del gobierno
sin tener nada pendiente (117, p. 76).
Esa violencia es una sinrazón que entristece a las gentes de bien de todo el continente. Atahualpa Yupanqui, hermano solidario de quienes saben que el hombre “es tierra que anda”, emite desde Argentina su lamento:
Solo una vez he llorado
callao llanto de indio.
Fue en la sierra del Tolima
al tirar mi tiple al río.
Nos íbamos monte adentro.
Era noche de peligro.
¡Que nadie fume ni hable!
Era noche de peligro.
Andábamos silenciosos.
Corazón endurecido.
Cuando llegó la consigna
como un puñal de dos filos:
¡El que tenga tiple en mano
que arroje su tiple al río!
Tal vez otro haya pasado
aquello que yo he vivido.
Ser hombre de causa firme
y no temerle al peligro.
Y cumplir con la consigna
arrojando el tiple al río.
Sentí su queja en las piedras
al rodar por el abismo.
Como pidiéndome amparo
con el último sonido.
La noche creció dos veces
en el monte, y dentro mío.
Y yo me fui sombra adentro
y el tiple cayó en el río.
Adiós compañero fiel
de juventud y amoríos.
Nos mordía los talones
la sombra del enemigo.
...............................
Mañana cuando amanezca
han de oír los campesinos
un nuevo canto en el agua.
Mitad canto, mitad grito.
Madera rota en las piedras,
alma que busca un camino.
Lo encuentra y se va cantando
sobre la espuma del río (226, p. 55).
Por su lado, la música colombiana tradicional también se encuentra en estado de sitio, acorralada por los boleros, tangos, rancheras y guarachas que, con creciente comercialización, invaden los receptores de radio, las victrolas campesinas y los ambientes urbanos.
En Armenia, mientras Sedy Cano puntea su inimitable Viejito Sinvergüenzón, Evelio Moncada y Bernardo Gutiérrez dan un paso al frente para alinearse entre quienes no se resignan a ver desaparecer sus bambucos. Rescatan el Tiple viejo, empeñado en cruel hipoteca de ilusiones:
Hoy te exhibe el montepío
lleno de bruscos remiendos,
sin la cinta roja al cuello
y mohoso el clavijero.
................................
A ti al menos te fijaron
interés al diez por ciento,
ya que la carroña humana
no la cotiza el peñero.
Porque vale más que un hombre
el coco de un tiple viejo.
Y llegan Moncada y Gutiérrez al taller del maestro Monsalve, para pedir en bambuco insuperable:
Hágame un tiple, maestro,
pero hágame un tiple bueno,
que toque y toque bambucos
y cante bambucos viejos.
Iguales a los que llevo
como un tesoro en secreto,
todos escritos con llanto
en el papel del recuerdo.
Como atendiendo ese llamado, se abre para el tiple una nueva ruta, no transitada hasta entonces, con la grabación de discos donde el instrumento adquiere categoría de protagonista. Con la modalidad tradicional en Santander, el tiple punteado con pluma o plectro y acompañado por otros instrumentos, generalmente tiple y guitarra, sale al mercado una realización que obtiene gran acogida y obliga a sucesivos tirajes. Canta un tiple, de Pacho Benavides, con el acompañamiento de José A. Morales, muestra a los colombianos una novedosa manera de expresar sus propios sentimientos.
Por esta grabación, Benavides es reconocido como el renovador del instrumento. Es invitado al Palacio Presidencial, donde estrena en honor del general Rojas Pinilla el bambuco Sol de junio y se convierte así en el único tiplista que se presenta de manera oficial en la residencia de los gobernantes de Colombia.
Como el alcance nacional resulta estrecho para su creciente fama, Benavides salta las fronteras y llega con su equipaje melódico a Venezuela, Cuba, México, Estados Unidos, Austria, Portugal, Suiza, Francia y España.
Siempre habrá que reconocerle a Benavides su carácter de precursor y paradigma. Acarició con personalísimo estilo sus propias composiciones. Es verdad que no rayaba a la misma altura cuando acometía la interpretación de pentagramas ajenos, pero esto no ensombrese una tesonera labor en su afán de abrir una trocha para que otros tiplistas pudiesen transitar.
Nació Pacho Benavides el 20 de octubre de 1900 en Vélez, Santander. Estudió en la escuela del Centenario y en el Colegio Universitario de su ciudad natal, donde también conoció a su esposa y compañera de tantos años, doña Aura Sarmiento. Su primera presentación en el Teatro Colón de Bogotá se efectuó el 25 de mayo de 1967, con ocasión de una semana cultural santandereana. Recibió importantes condecoraciones y honores, entre los cuales tuvo siempre en alto aprecio a la “Orden de la Guabina y el Tiple”, señal indudable de que logró ser profeta en su tierra. Falleció en Bogotá el 18 de diciembre de 1971. De sus innumerables composiciones, se recuerdan especialmente Veleñita, Guabina No. 2, Anocheciendo, Lejana Juventud, Lontananza, Caricias, Tatica, Socorro, etc.
Importantísimo papel en el éxito de Benavides cumplieron sus acompañantes, que deben recordarse porque sus nombres fulguran con luz propia dentro del panorama artístico nacional. Edilberto Quiroga, arquitecto y tiplista de respeto. Carlos J. Mancipe, compositor inspirado y dueño de un rasgueo de mano derecha que ya quisieran para sí muchos colegas. Aristarco Gómez, arquitecto, guitarrista, señor y maestro en toda la extensión de la palabra. Eduardo Osorio, decano de la guitarra criolla, con una dilatada y ejemplar trayectoria.
Una vez abierto el mercado del disco para el tiple, Gonzalo Hernández asombra a sus compatriotas con su maestría imposible de imitar. Es el solista de tiple sólo, que marca una nueva orientación con sus Surrungueos y bambucos. Investigador y talentoso, Hernández ensaya el tiple polifónico, tratando de introducir elementos electrónicos al cuerpo mismo del instrumento.
Alvaro Dalmar, en Su majestad el tiple, hace gala de una consumada técnica y una prodigiosa digitación, aprovechando el doblaje en las pistas para conseguir efectos impresionantes. Mario Martínez, en Un tiple y un corazón, apela al sentimiento con su ejecución confidencial, pulida y emotiva y el respaldo de Jaime Martínez y Jaime Llano González.
Vienen luego Rodrigo Becerra, en Ecos de mi tiple, Olga Acevedo en varios acetatos, Marcos Murcia en Canta un tiple, vol. IV, Peregrino Galindo en Soy colombiano y Arcesio Salazar en Mi tiple y yo.
Luis Uribe Bueno recurre a su innegable virtuosismo y utiliza los adelantos tecnológicos del doblaje para lograr un gigantesco avance en Mis tiples y mis guitarras y Tiple cumbiambero.
En los últimos años, José Luis Martínez lleva el estilo punteador a su máxima expresión, cuando graba en compañía de su hermano Alejandro el disco Ensueño colombiano. Y Gustavo Adolfo Rengifo entrega en Campo en la ciudad una selecta muestra de sus originales composiciones, subrayadas por un tiple solista fuera de serie.
* *
A finales de los años cuarentas, salta a la palestra un dueto que durante muchos años gozará de aceptación inextinguible: Darío Garzón, guitarra y primera voz, con Eduardo Collazos en el dúo y el tiple. Garzón y Collazos renuevan el repertorio, dan salida a nuevos compositores y preparan el camino del éxito discográfico para los duetos subsiguientes, en los que el tiple continúa jugando su papel de primera importancia: los hermanos Martínez, Jaime y Mario; Los Tolimenses, Jorge Ramírez y Lizardo Díaz, en cuyas manos aparece por primera vez el tiple en la televisión colombiana, el 13 de junio de 1954; José Macías y Octavio Ríos; Julio Gómez y Carlos Villegas; Luciano Bravo y Juan de Dios Concholón Bedoya; Alvaro Villalba y Rodrigo Silva; Jaime Posada y Fernando Calle, entre los más destacados. Y ya en nuestros días, los hermanos Calero, José Vicente y Andrés Alberto.
Las agrupaciones instrumentales típicas, que desde la “Lira Colombiana” y “Ecos de Colombia” hasta el “Conjunto Granadino” y la “Rondalla Bumanguesa” han tenido siempre en el tiple un baluarte armónico, forman un capítulo relevante dentro del desarrollo de nuestra cultura musical.
El Trío Morales Pino, de Diego Estrada (bandola), Alvaro Romero Sánchez (guitarra) y Peregrino Galindo (tiple), ocupa lugar de privilegio en su modalidad. Más de treinta años de supremacía acreditan por qué este conjunto llegó a ser considerado en su momento como “el más perfecto que se haya formado en el país”. Y sea esta la oportunidad para rendir cumplido homenaje de admiración a Peregrino Galindo quien, como en la consigna académica, ha pulido, fijado y dado esplendor al tiple colombiano.
En ocasiones, y ante ausencias temporales de Galindo, el trío ha contado con la experta colaboración de jóvenes y esmerados acompañantes como Arley Otálvaro y Hernando Duque Bedoya.
Las altas esferas, que durante mucho tiempo sólo fueron ocupadas por Estrada, Romero y Galindo, han visto llegar con sobra de méritos al Trío Joyel, que cuenta como director y arreglista a uno de los más talentosos músicos de los últimos tiempos: Fernando León Rengifo, quien es, además, connotado bandolista que pone punto cimero en la ejecución y el virtuosismo, “esas dos ariscas cualidades”, al decir de Jaime Llano González. A su lado, Fidel Alvarez y Glauco Cedeño en distintas épocas, han dado cabal muestra de firmeza en la guitarra criolla. Y Aycardo Muñoz, por su elegante rasgado, su delicadísimo punteo, los brillantes efectos que extrae del instrumento y su perfecta disciplina académica, ha sido considerado como uno de los más completos ejecutantes del tiple en la actualidad.
Ya se habló atrás del Trío Instrumental Colombiano. Por donde pasa Jesús Zapata deja huella de buena música. Este trío, bajo su dirección y el liderazgo de su bandola, cuenta con Elkin Pérez en la guitarra y Jairo Mosquera en el tiple. Su ejecución se proyecta de una manera distinta, con arreglos donde cada instrumento lleva una parte autónoma dentro del mejor formato de la clásica música de cámara.
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Izquierda: Peregrino Galindo, Aycardo Muñoz y David Puerta. Actuación en el Teatro Colón de Bogotá, abril 22 de 1979. Derecha, Gustavo Adolfo Rengifo, Lucho Vergara, | |
Como destacados tiplistas en otras agrupaciones deben figurar los nombres de Pablo Emilio Sanabria, en el Trío Santiago de Tunja; Gustavo Leal, director de Cuerdas Javerianas; Ferney Giraldo, en el Trío Lisandro Varela; Georgina Forero, acompañante de la insigne pianista Ruth Marulanda; Juan Mendoza, del Trío Bacatá; Isaac Santoyo, en el recordado Nocturnal Colombiano de Oriol Rangel; Eduardo Carrizosa Navarro, Jaime Barbosa, Samuel Ruiz y Santiago Barrero en la Estudiantina Bochica; Jaime Cerón, José Rubio y el médico Jorge Hernández en la Estudiantina Colombia; Jorge E. Sosa, en Nueva Cultura; Pedro Gómez, Luis Alejandro López, Félix Celedón, Merced Rosado, Mingo Cotes y Enrique Zimmerman, del Conjunto La Vieja Guardia, de Riohacha, conjunto que por sí solo merece todo un capítulo aparte; Orlando Mateus, Luis Leguizamón y Hernando Ariza en Los Luceros de Oiba; Alonso Angel, del Trío Calima; Eduardo Guzmán, otrora compañero de Marcos Murcia, en el Trío Alma Colombiana; Carlos Conde, punteador inigualable, en dúo con Rodrigo Mantilla; José Patrocinio Castañeda, en el Conjunto Instrumental Colombiano, con Iván Uribe, Fortunato Caruso y otros músicos de similar jerarquía; Jorge Pineda y Fidel Alvarez, en la estudiantina Emblema de Colombia; Luis Agudelo, el Papi Tovar, Julián Lombana, Patricia Ramírez, Ricardo Márquez, Stella de Mesa y Amalia Ramírez, en distintas épocas de la Orquesta Colombiana de Francisco Chistancho C.; Ernesto Baraya, en el Trío Ritmos Nacionales; Alberto Puentes, en el Trío Oriol Rangel; Marco Tulio Arango, Manuel Osorio y Guillermo Ceballos, en Perla del Ruiz.
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Agrupación musical “Vieja Guardia” de Riohacha, Guajira, cuando participaba en los actos conmemorativos del Sesquicentenario de la batalla naval de Maracaibo, julio 24 de 1973 Pertenecían a la agrupación entre otros, Enrique Zimmerman, Antonio Ezpeleta Damíes, Juan Brugés, Luis Barrios Gómez, Hermócretes Pimienta, Carlos Vidal Brugés. Los tiplistas eran Luis Alejandro López y Pedro Gómez R., con instrumentos de la casa Padilla de Bogotá. Foto cortesía de L. A. López |
En conjuntos de formación esporádica o aleatoria, se ha visto lucir el tiple en manos de Gilberto Chato Murillo, Juvenal Cedeño, Glauco Cedeño, Hector Vargas, Gustavo Motta, Raúl Sánchez Niño, Luis Candelo, Guillermo Uribe Cataño, Jaime Figueredo, Oscar Hernández (lo mismo que sus hermanos Hector, Pacho, Gonzalo y Pepe), Isabel Chava Rubio, conocida compositora, Aquiles Téllez, fino artista santandereano.
Sin estar vinculados a agrupaciones específicas, mantienen viva la devoción por el instrumento muchos otros ejecutantes; en Bogotá, Carlos González y Jorge Rojas, quienes han dado numerosos recitales como solistas; en Cali, Gustavo Sierra, profesor distinguido y admirado, Angel Forero, Jairo Cardona y Miguel Angel Saldarriaga; en Popayán, Alfonso Castillo; en Santander, Nelson Olarte y Carlos Aponte, cultores de la tradición del tiple punteado; en Boyacá, Luis Alfredo Pedraza, Felipe Atuesta, Heriberto Soto y Yezid Fonseca; en Antioquia, William Mejía, Hector Alvarez y Argemiro García, así como los hijos de este último; en Ibagué, Víctor Manuel Plazas; en Bucaramanga, Jorge Eliécer Rodríguez y Mario Arenas; en Armenia, Alvaro Londoño; en Villavicencio, Lucy Medina de Alvarez; en Neiva, Jesús Antonio Reina; en Pitalito, José I. Trujillo. Y tantos más, imposibles de enumerar.
León Cardona no es muy conocido como tiplista, pero es uno de los grandes. Juega con el tiple como con cualquier otro instrumento musical. Se recuerda aquí, porque a Cardona podrían perfectamente aplicarse las palabras que hace cuatrocientos años se dijeron del vihuelista Narváez: a los que no entienden de música, lo que hace Cardona parece milagroso. Y a los que sí entienden, les parece milagrosísimo.
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En 1973 se abre un capítulo nuevo en la historia del tiple. La ciudad de Mariquita, Tolima, organiza el primer concurso nacional para solistas del instrumento. Resultan ganadores indiscutidos Pedro Nel Martínez, de Santander; Enrique Parra, de Tolima, y Gustavo Sierra, del Valle.
En mayo de 1975 se celebra el segundo de tales concursos. Los premios son obtenidos por José Luis Martínez, de Cundinamarca; Gustavo Adolfo Renjifo y Lucho Vergara, del Valle; Enrique Parra, de Tolima, y Aycardo Muñoz, de Bogotá.
En 1978, en Ibagué tiene lugar el tercero y último de la serie de concursos en tierra tolimense. Los premios son discernidos a Jairo Arenas, de Santander; Enrique Parra, de Tolima; Elkin Pérez, de Antioquia, y Hugo Realpe, de Nariño.
A partir de 1979, dentro del marco del Festival Mono Núñez en Ginebra, Valle, se abre una competencia especial para solistas. Los triunfadores han sido: Lucho Vergara, en 1979; Gustavo Adolfo Renjifo, en 1980; Hernando Duque Bedoya, en 1981; Enrique Parra, en 1982, 1983, 1984 y 1985. Culminó Enrique Parra con el gran premio Mono Nuñez en 1987.
En recientes concursos en Ginebra también han tenido destacada participación dos jóvenes tiplistas: Carlos Augusto Guzmán, ibaguereño, y Fabián Gallón, pereirano.
El Instituto Colombiano de Cultura otorgó un premio especial en el primer concurso nacional de intérpretes, a Hernando Duque Bedoya, por su brillante actuación. Duque también actuó en el marco del “Carrefour mondial de la guitarre”, celebrado en Martinica en 1982, cosechando muy favorables comentarios.
En agosto de 1987, la biblioteca Gabriel Turbay de Bucaramanga organizó una Semana Nacional del tiple, con exposiciones, conferencias, conciertos, charlas didácticas, un concurso de fabricantes de instrumentos (ganado por Hector Cruz Blanco, Carlos Norato y Javier Navarro) y, como evento central, un concurso de duetos de tiplistas, dentro de la más clásica modalidad santandereana. Dada la altísima calidad de los participantes, el jurado de este concurso se vio en la necesidad de otorgar menciones adicionales. Resultó ganador indiscutido el dueto formado por Rafael Aponte y Jesús Carrero, de Bucaramanga, con una inolvidable versión de “Forma de Pasillo”, de Manuel Mejía; en segundo lugar, Gustavo Leal y Rogerio Hernández, de Bogotá, con un magnífico arreglo de “Chatunga”, de Jorge Mendoza; en tercer puesto empataron los duetos de Pablo Emilio Sanabria y Yesid Fonseca, de Tunja y los hermanos santandereanos Ricardo y Javier Gómez. Menciones especiales obtuvieron José Joaquín y Rubén Darío Gómez, padre e hijo respectivamente, originarios de Betulia, Santander, así como los hermanos charaleños Evaristo y Domingo López.
Que los nombres de estos ganadores cierren lujosamente la nómina de ejecutantes de nuestro instrumento nacional. En ellos confía el pueblo colombiano para que el tiple y la música que en él se interpreta, continúen llevando su mensaje de patria durante muchos años más.
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José Luis Martínez V. Foto tomada de un programa de mano para su recital en el |
En el lenguaje popular colombiano, cuando se mencionan “unos tipleros”, es porque se está hablando de músicos de mala muerte. Es extraño. Nunca se dice guitarreros” o “flauteros” o “violineros”. La razón ya se conoce: nuestro congénito sentimiento de autodegradación, el complejo de creer que lo colombiano, por fuerza ha de ser malo. Es porque nunca hemos querido parecernos a nosotros mismos.
Hoy, como en ninguna otra época, el tiple se ve sometido a tremendas fuerzas contrarias. Poderosos intereses comerciales conducen los gustos y las modas hacia arquetipos alienantes, que el pueblo debe aceptar porque no se le deja opción ni alternativa. El trabajo nacionalista quiere hacerse figurar como una empresa utópica de gentes trasnochadas a quienes ha dejado el tren del progreso. Y a nombre de ese progreso mal entendido, se violan todos los anclajes que han aferrado el alma colombiana a su propio sentir.
El tiple ha ido perdiéndose paulatinamente de los medios masivos de comunicación. Cada vez con menor frecuencia se escucha su sonido por la radio o la televisión. La industria disquera, que anualmente publica millares de títulos, sólo ha entregado al mercado una veintena de discos de tiple en medio siglo. Los esfuerzos de las instituciones oficiales por promover concursos, recitales y festivales, se desvanecen ante la falta de presupuestos. El magnetismo de las músicas electrizadas y extranjerizantes socava los valores tradicionales y obtura los caminos del tiple, en batallas que parecen irremediablemente perdidas. Por eso se está expidiendo partida de defunción a un instrumento que nunca tuvo cédula de ciudadanía. Y ha llegado a afirmarse que el tiple es una especie en extinción, como las focas polares o las gentes honradas.
Pero esta situación no es nueva y será superada como siempre se ha hecho. Doscientos años de indiferencia y menosprecio no han logrado arrancar el tiple de las manos del pueblo colombiano. En academias folclóricas y conjuntos de jóvenes estudiantes, en grupos campesinos y en solistas urbanos, el instrumento persiste contra la indolencia de quienes debieran defenderlo, contra el interés de quienes buscan acabarlo; soporta los embates del ridículo y el abandono. Porque el pueblo comprende que lo importante no es el hecho físico de unas cuerdas atadas a un madero, sino el símbolo que encarna, como síntesis de la lucha de unos pocos por expresar la identidad de todos.
Porque hay artistas que reconocen el compromiso. Saben que el pueblo es el punto de partida y receptor final de toda manifestación cultural. Toman prestado el tiple y lo devuelven limpio y restaurado, para que el pueblo, su legítimo dueño, pueda reconocerlo y utilizarlo.
José Luis Martínez y Pablo Emilio Sanabria; Gustavo Adolfo Renjifo y Gilberto Murillo; Pedro Nel Martínez y Guillermo Amado; Aycardo Muñoz y Jairo Arenas; Hernando Duque y Luis Enrique Parra; Lucy Medina de Alvarez y Georgina Forero están ahí, como cabezas visibles de un gran conglomerado, para constituirse en vigilantes de la heredad. Mientras existan esas manos y esos corazones, el tiple vivirá y podrá mostrar orgullosamente la idiosincrasia colombiana ante al faz de la Tierra. Porque como bien dice Jorge Sosa:
No me avergüenza mi tiple,
no se callará mi canto:
nadie se deja quitar
lo que le ha costado tanto.
Seguiremos tocando el tiple como enarbolando una bandera. Para que se nos permita ser como somos. Para que no naufrague la colombianidad. Para que no se destruyan nuestras raíces. Para que se cumpla algún día el ideal de una patria genuina y colombiana.
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ANEXO No. 1
DESCRIPCION DEL TIPLE COLOMBIANO ACTUAL
Nota General
Al mencionar las afinaciones, se adopta una nomenclatura internacionalmente aceptada, así:
1. Cuando no es necesario fijar las alturas absolutas de los sonidos, las notas se designan por sus nombres usuales: Do, Re, Mi, Fa, Sol, La, Si.
2. Si se requiere especificar el registro u octava dentro de la gama sonora, las notas se denominan con letras iniciales afectadas por índices. Según este código, las letras A, B, C, D, E, F, G, corresponden respectivamente a La, Si, Do, Re, Mi, Fa, Sol, así:

3. Los diversos órdenes de cuerdas se mencionan empezando por las primas (o agudas) y luego, en sentido descendente, hasta los órdenes de sonido más grave.
Tiple colombiano actual - Momenclatura Tiple colombiano actual - Dimensiones típicas


1. Clasificación
El tiple colombiano es un cordófono (instrumento cuyo sonido se produce por vibración de cuerdas) de pulsación (PUL), con mástil dividido en trastes y caja de fondo plano. Normalmente, la pulsación se logra con las uñas y yemas de los dedos. En ocasiones se puntea con plectro o plumilla; en algunas regiones, como Santander, el plectro más común es una hoja o cuchilla de afeitar. Bermúdez lo clasifica como laúd de mango con caja de pulsación S-H: 321.322.5 (230, p. 92).
2. Especificaciones típicas de construcción
| ELEMENTOS | MATERIALES USADOS |
| a. Tapa armónica | Madera de pino, abeto, comino, nogal. |
| b. Aros laterales y espalda | Madera de palo de rosa, cedro, comino. |
| c. Mástil y talón | Madera de ce |
d. Diapasón (tablilla o tablero adosado al mástil) | Madera de ébano, nogal. |
| e. Cejuela | El elemento superpuesto a la tapa en madera de ébano, nogal, chuguacá. Las cuerdas reposan en una tirrilla similar a la cejuela, en cacho, hueso, tagua, plástico. |
| g. Trastes | Alambre de cobre rojo o amarillo, incrustado en el diapasón. |
| h. Clavijas | Hoy están normalizados los clavijeros mecánicos, de patente comercial. Para clavijas de madera se usa chuguacá, ébano, cedro, naranjo, coralito. |
| i. Lacas, barnices y pegantes | Hoy en día existen excelentes productos comerciales. Tradicionalmente se usó para los barnices una mezcla de alcohol, goma laca y aceite mineral; como pegante, una mezcla de cola, ácido oxálico, jugo cítrico y albayalde. Las proporciones fueron siempre secreto de fabricante. |
Para una descripción detallada del proceso constructivo y los elementos estructurales internos, ver la obra (150) de Bibliografía general, que describe la artesanía instrumental en Chiquinquirá. Los detalles varían con la técnica empleada por cada fabricante y con el mayor o menor precio de venta final del instrumento.
3. Encordado
Se usan doce cuerdas metálicas distribuidas así:
Calidad | Sonido | Diámetro aproximado | ||
pulgadas | milímetros | |||
| a. Primas | 3 aceros | e’ | 0.009 a 0.012 | 0.229 a 0.305 |
| b. Segundas | 2 aceros laterales 1 cobre o | b’ | 0.007 a 0.008 | 0.168 a 0.203 |
| entorchado central | b | 0.018 | 0.457 | |
| c. Terceras | 2 aceros laterales 1 cobre o | g’ | 0.008 a 0.010 | 0.203 a 0.254 |
| entorchado central | g | 0.020 | 0.58 | |
| d. Cuartas | 2 aceros laterales | d’ | 0.010 a 0.014 | 0.254 a 0.356 |
| 1 entorchado central | d | 0.025 | 0.635 | |
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4. Afinación
a. Sonido real
b. Notación normalizada en partituras
c. Tesitura o extensión
d. Diapasón
Los espacios donde no se indica nota, corresponden al sostenido de la anterior o al bemol de la siguiente.
En términos generales, los tiples construidos en la actualidad obedecen a los requisitos musicales anotados y se dice que son “afinados en Do”. Algunos, sin embargo, no alcanzan a subir las segundas a la nota Si (b’), por lo cual se afinan más bajo, ya sea medio tono (afinación en Si) o un tono (afinación en Si bemol).
5. Modalidades de ejecución
Básicamente son tres: rasgueado, punteado y solista.
a. Rasgueado: es la manera tradicional, para acompañamiento de la voz humana u otros instrumentos. La mano izquierda coloca los acordes correspondientes mientras los dedos de la mano derecha golpean simultáneamente las cuerdas, llevando el ritmo.
b. Punteado: es el estilo tradicional santandereano, que utiliza plectro (o cuchilla de afeitar) para pulsar las cuerdas y llevar la melodía en el tiple o el requinto, con acompañamiento de otros tiples y guitarras.
c. Solista: es una combinación de los dos estilos anteriores, en la cual se busca que el mismo instrumento lleve la melodía e incorpore el acompañamiento, valiéndose el ejecutante de las uñas y las yemas de los dedos, sin usar el plectro.
Respecto a la ejecución en general, Davidson dice:
El secreto de tocar el tiple está en la mano derecha. Dar
los tonos con la izquierda en forma más o menos acertada y
rápida es asunto que hasta un medio paralítico puede hacer
con aceptable eficacia. Pero surrunguearlo, acariciando
amorosamente sus cuerdas, taparlo haciéndole pozos de encantado
silencio, tañerlo bravamente en joropos y torbellinos, puntearlo
entre canto y canto llevando la melodía, eso, lector amigo, exige
más que habilidad, un don especial, una magia única que pocos
tienen. Entra en ello el juego de la muñeca, el despliegue en
abanico de los dedos, el asentarse de la palma de la mano que
cae sobre las cuerdas palpitantes de emoción, las uñas que
desgranan el milagro de las notas. Poner un tiple a hacer ruido,
es cosa que logra cualquiera. Ahora bien: hacerlo hablar, reír,
cantar, gemir, llorar... eso no lo logra el que quiere sino el
que puede (59, t. III, p. 195).
6. Instrumentos afines
Caballero, aquí, adelante!
sea en totuma o en jarro,
se le da bueno y bastante.
Y se le presta el guitarro
para que toque o que cante.
Este aviso de tienda da una idea de la ambigüedad en las denominaciones de los cordófonos típicos. En Santander y en los Llanos Orientales, se llama guitarro al tiple corriente; en esta última región también se usa el nombre de guitarra para el cuatro, mientras al requinto se le dice bandola, en clara reminiscencia de los nombres antiguos de ambos instrumentos.
a. El cuatro (o guitarra llanera) se homologa con el instrumento venezolano del mismo nombre. De menor tamaño que el tiple, sus cuatro cuerdas (de nylon, en la actualidad), se afinan generalmente b’, f’#, d’, a. Para mayor ilustración, véanse las obras de Miguel Angel Martín (117, p. 48-50) y de Guillermo Abadía (3, p. 43).
b. El requinto. Este instrumento presenta un mástil más largo y una caja armónica más pequeña que los del tiple corriente, del cual se distingue además por la ausencia de cuerdas octavadas.
Sus cuatro órdenes se afinan al unísono: e’, b’, g’, d’. Puede constar de diez o doce cuerdas; el más común es el de diez, con órdenes duplicados en las primas y cuartas y triplicados en las segundas y terceras. Normalmente se tañe con plectro, aprovechando su agudo sonido para llevar la melodía, aunque suple en ocasiones al tiple como instrumento de acompañamiento. Se utiliza principalmente en Huila para el rajaleña, en Boyacá y Santander para el torbellino y la guabina:
Esta es la dicha guabina
que cantamos pu’allá abajo;
los de aquí también la cantan
pero con mucho trabajo.
...............................
Pues la muerte es una sola
como una sola es no más
la guabina de La Aguada,
la guabina original,
que es madre de la antioqueña
y la de Chiquinquirá.
Las dimensiones típicas de un requinto moderno son:
- Longitud total: 860 mm.
- Longitud mástil: 516 mm.
- Longitud cabeza: 206 mm.
- Número de trastes: 21
- Longitud caja armónica: 344 mm.
- Busto (diámetro superior): 178 mm.
- Cintura (escotadura): 159 mm.
- Caderas (diámetro inferior): 246 mm.
- Ancho de aros caja: 75 mm.
- Longitud vibrante de las cuerdas: 536 mm.
Las demás especificaciones de construcción son en un todo similares a las del tiple.
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ANEXO No.2
TIPLES EN OTROS PAISES
En España y en aquellos países que recibieron su influencia cultural a través de la colonización, la palabra tiple ha servido para denominar instrumentos de variada índole con registro agudo que, en ocasiones, presentan algunas características comunes con el colombiano. Existen también cordófonos llamados de distinta manera, que ostentan algunas semejanzas morfológicas con el tiple. Se reseñan brevemente a continuación, según sus países de origen.
1. España
Tras un largo proceso evolutivo, las guitarras españolas vinieron a formar una familia completa. Sus principales elementos son (178):
| Encordado | Afinación | |||||
| a) Guitarra común | 6 simples | e’ | b’ | g d | A | E |
| b) Guitarra tenor | 5 órdenes | g’ | d’ | bbem f | C | - |
| c) Guitarra requinto | 6 órdenes | b’ | f’# | d’ a | e | B |
| d) Guitarra de jota | 5 órdenes | g’ | d’ | bbem f | C | - |
| e) Tiple o guitarrillo | 5 órdenes | e’ | b | g d | A | - |
Es Murcia la provincia donde mayor utilización se da al tiple español, en medio de un folclor mediterráneo, vivo y palpitante, que hoy recoge una herencia acumulada de varios siglos. La historia de las “Cuadrillas de Hermandades’ murcianas, ha sido trazada hasta el siglo trece. Estos grupos musicales son conocidos según su función como auroros, anímeros, cuadrillas de Pascua, etc. Recorren las calles de pueblos y aldeas (Lorca, Caravaca, Blanca, Fuente Alamo, Moratalla, Yecla) solicitando ayuda económica con fines benéficos. Los animeros lo hacen para las ánimas del purgatorio:
Todos los años venimos
a pedir como es notorio
limosna para las almas
que están en el Purgatorio.
Dadle limosna a las almas
que ya las teneis aquí
que pueda ser que mañana
la pidamos para ti.
Los instrumentos usados, además de percusiones, violín, bandurrias y laúdes, incluyen toda la familia de la guitarra, que Luna Samperio describe así:
Zaramanguel, requinto, tiple o timple, guitarro tenor y bajo,
citados por orden de tamaño de menor a mayor, formando un
conjunto en el afinamiento de todos ellos. Constan de ocho
cuerdas, tres dobles y dos sencillas, correspondiendo las
las sencillas a la prima y la quinta. Las dobles, segunda, tercera
y cuarta. Todos ellos de forma parecida a la guitarra (113).
Los tiples así definidos son variantes regionales murcianas de aquel que, desde 1754, apareció en el tratado de Pablo Minguet. En Cataluña, la tiple es una especie de oboe o chirimía que forma parte de la orquesta típica que interpreta la sardana, baile popular catalán; en Canarias, existe el timple descrito detalladamente en el capítulo sexto de este libro. En las demás provincias de la península se prefiere la denominación de guitarrillo a la de tiple, pero se usa este último vocablo con sentido genérico para instrumentos de registro agudo (bandurria tiple, laúd tiple, etc.).
2. Islas Filipinas
Cuando en 1521 llegaron los europeos a estas islas asiáticas ya existían en ellas los instrumentos de cuerda, importados probablemente de las culturas china y japonesa.
El cronista López de Gómara, al describir la isla de Cebú (Zebut), narra:
El rey Hamabar vestía solamente unos pañicos de algodón y una
escofia bien labrada... Tañía vigüela con cuerdas de alambre
y bebía de las porcelanas con una caña, cosa de risa para los
nuestros (110).
El proceso de transculturización fue, durante varios siglos, en un todo similar al de las Indias Occidentales. Actualmente, el folclor musical presenta todas las características de mestizaje y, a pesar de la implantación oficial del idioma inglés, los instrumentos conservan sus nombres castellanos originales.
Algunos de los aires tradicionales filipinos recuerdan a los colombianos. Hay danzas en ritmo de 2/4, marchas en 4/4 y valses en 3/4. Estos últimos, en ocasiones presentan esquemas de guabina.
El grupo instrumental, que en su conjunto sonoro evoca las tunas españolas, está constituido por:
a. La guitarra española de seis cuerdas. Con ella se marcan los bajos y se rasguean acordes.
b. La bandurria, idéntica a la bandola colombiana. Se afina: g’, d’, a, e, B, F#.
c. El pícolo, es una bandurria pequeña, afinada: e”, g’, d’, a, e, B.
d. La octavina, con forma y tamaño similares al tiple colombiano. Tiene 14 cuerdas, se tañe con plectro, punteando la melodía con las bandurrias. No se usa en acordes rasgueados. Las 14 cuerdas están repartidas en 6 órdenes, así: tres primas en g’; tres segundas en tres terceras en a; dos cuartas en e; dos quintas en B; un bordón de sexta en F#. Esta octavina es análoga a un instrumento usado en Casasimaro, provincia de Cuenca, en España, y conocido allí como octavilla.
3. Argentina, Uruguay, Chile.
Los cordófonos usados principalmente en estos países son la guitarra (llamada también vihuela) y el charango. Para los campesinos y payadores argentinos, el tiple es sólo la denominación de un temple o afinación, entre los veinte o más que se utilizan para la guitarra de seis cuerdas.
En épocas pasadas, se conoció como tiple una variedad de guitarra de tamaño menor y con afinación especial. Carlos Vega informa:
Todos recuerdan que el tiple es una guitarra de menor tamaño.
Rara vez se encuentra, y en muy pocas provincias argentinas.
Tuve ocasión de ver y estudiar el tiple en Córdoba. Su afinación,
basada en la de la guitarra, lleva la sexta cuerda a Sol y la
cuarta, Re, a una Octava superior. Las otras cuerdas conservan la
altura normal (219).
También se denominan como tiples las tres primeras cuerdas agudas de la guitarra normal, como aparecen en la copla de Atahualpa Yupanqui:
Tiene la guitarra mía
tres tiples y tres bordones;
con unos canto alegrías,
con otros lloro pasiones.
En Chile se usa todavía la guitarra de cinco cuerdas; en ocasiones se igualan la sexta y al quinta cuerdas de la guitarra normal; en este caso se llaman cincos o quintos.
4. Bolivia y Perú
El instrumento típico es el charango. Se caracteriza por su caja de resonancia, hecha con la caparazón de un armadillo, o imitando en madera esa forma peculiar. Tiene tamaño reducido y consta normalmente de 5 órdenes dobles, con las terceras octavadas; se usan cuerdas de nylon, afinadas así, de primas a quintas: e” e”, a’ a’, e’e”, e’, e”, g’g’.
Los investigadores han detectado hasta once variantes del charango: de cáscara, de 5 cuerdas, de 6, de 8, de 10, de 12 y de 20; de 6 órdenes simples o dobles. Hay también charangos con cuerdas metálicas, llamados chilladores, con otras tantas modalidades (18).
La guitarra pequeña se llama requinto, cuando va afinada una Quinta superior a la guitarra normal; y octavín, cuando se templa a una Octava superior.
Los tiples peruanos son de cuatro órdenes; hay una modalidad de cuatro cuerdas, afinadas f”#, b’, e’, a; otra, con ocho cuerdas pareadas y la misma afinación; y otra variedad, con diez cuerdas, más grande que el colombiano, que puede ejecutarse rasgueando o con plectro.
5. Brasil
La viola o pinxo es el instrumento más popular. Consta de cinco o seis órdenes dobles, con diversas afinaciones. La más usual para cinco órdenes es: e”e”, b’b’, g’g, d”d’, a’a’; la de seis órdenes añade a la anterior un sexto par, afinado ee.
El cavaquinho tiene cuatro cuerdas, generalmente metálicas, afinadas d”, b’, g’, d’.
6. Panamá
Existe en este país una guitarrilla típica llamada mejoranera. Consta de cuatro órdenes simples, aunque a veces se duplica la tercera cuerda. Se usan varias afinaciones. Las más usuales son: e’, b, aa’, d’; b, a’, d’, g; e’, b, gg’, d’.
7. México
Existe una variedad del charango, con la caparazón del animal llamado mulita; la jarana es un guitarrillo de cinco órdenes dobles. En la misma familia, pero de mayor tamaño, figura la vihuela, que se ejecuta rasgueada. Con cinco cuerdas simples, la huapanguera es una guitarra corriente en la región huasteca.
8. Cuba
Las décimas se hicieron para que Maceo, Máximo Gómez y Quintín Banderas las cantaran sobre el mástil del tiple, al decir de Alejo Carpentier (40, t. II, p. 520). Es este un instrumento muy usado en la música campesina cubana. Tiene forma de bandurria pequeña, con cinco cuerdas dobles, afinadas por Quintas descendentes.
El cordófono típico más representativo es el tres, que Orovio describe así:
Consta de tres cuerdas dobles, de acero, sobre brazo y caja
de madera, afinados al unísono, dos en Octava alta y la otra
en una Octava más baja, en Re menor. Se toca con púa de carey.
Su uso fundamental es en los grupos de son y en el punto guajiro.
Según testimonios recogidos por Alberto Muguercia en Oriente,
zona de su origen, “los primitivos eran hechos con cajas de
madera de las usadas para envolver bacalao. El brazo se hacía
de una madera más fuerte y las cuerdas de curricán encerado.
Nené Manfugás, personaje casi legendario, lo tocaba, sobre
1892, por las calles de Santiago de Cuba, traído de Baracoa’ (141, p. 413).
La afinación corriente del tres, es: d”d”, g’g’, b’bem b’bem. Cuando los órdenes van octavados, se afinan: e”e’, b”b’, g’g.
9. Puerto Rico y República Dominicana
En “Cantos Dominicanos”, de Nicolás Ureña de Mendoza, hacia 1855, se lee:
En una noche de luna,
libre el pecho de cuidado,
del tiple al son acordado
cantaba la mediatuna...
Los guajiros se acercaban
del Ozama a la ribera
y aquella voz hechicera
arrobados escuchaban.
El tiple dominicano “es una especie de guitarra pequeña, de 5 cuerdas dobles, caja plana de forma aperada como la bandurria española. Está completamente extinguido”, según Luna de Espaillat (112, p. 223). Antiguamente esas bandurrias se distinguían por el número de cuerdas y se llamaban cuatros, seises, doces, etc. (93, p. 254).
En Puerto Rico, el tiple es un instrumento muy pequeño; consta de cuatro o cinco cuerdas, que se afinan de dieciséis maneras diferentes (18, p. 117).
10. Venezuela
El instrumento por excelencia es el cuatro, en un todo similar al llanero colombiano. Es más pequeño que un tiple; consta de cuatro cuerdas. Se conocen innumerables afinaciones. El llamado “temple normal” o “por requinto” es b”, f’#, d’, a’; la afinación más usada, sin embargo, es la que se canta como “cambur pintón” con las siguientes notas: b’, f’#, d’, a. En este último caso se denomina “temple por natural”. Para mayores detalles sobre este instrumento, por lo demás tan popular en Colombia, ver los trabajos de Miguel Angel Martín (117) e Isabel Aretz (18).
Existen también en Venezuela diversas variedades de cinco o quinto. Es esta una guitarrilla algo mayor que el cuatro, con cinco cuerdas simples aunque, en ocasiones, conserva cuatro órdenes por duplicación de la cuarta cuerda.
Una curiosa modalidad de este último instrumento, es el cinco y medio. Se añade al cinco una sexta cuerda, llamada tiple, afinada a una cuarta superior de la cuerda normal más aguda. La cuerda tiple no va sujeta al clavijero de la paleta, sino a una clavija que atraviesa el talón.
Con similares características, y propio de la región de Falcon, existe el instrumento llamado cuatro y medio. La cuerda de resonancia o tiple, sujeta a una clavija que atraviesa el talón, se afina a la Cuarta inferior de la cuerda grave del cuatro normal.
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AGRADECIMIENTOS
Son muchas las personas y entidades a quienes debo constancia expresa de mi agradecimiento por su valiosa cooperación para este trabajo.
Mi esposa, Amelia Mora, compañera solidaria de todos los momentos, angustias, peripecias y satisfacciones.
Las doctoras Ellie Anne Duque y Florencia Pierret me ilustraron acerca de la metodología de investigación.
El maestro Guillermo Abadía Morales, constante animador de esta tarea, dedicó muchas horas al análisis y discusión de los problemas inherentes a la formulación de las teorías sobre el origen del tiple.
El insigne poeta Jorge Robledo Ortiz facilitó gentilmente los textos inéditos de su autoría, que engalanan estas páginas.
El historiador R.P. Juan Manuel Pacheco, S.J., orientó la búsqueda del material original acerca de las doctrinas jesuitas en la época colonial.
El escritor y periodista Hernán Restrepo Duque suministró oportunos consejos para la redacción definitiva y autorizó la reproducción de las fotografías de la “Lira Colombiana”.
El periodista Luis Mario Medina obsequió la fotografía de Ernesto Salcedo y Ricardo Vargas.
Los maestros Vicente Niño y Fernando León acopiaron muchos de los nombres que figuran en la lista de intérpretes del tiple.
Teresita de Sánchez, en Caracas; Elena Mora, en Nueva York; Ramiro Puerta, en Toronto; Fernando Calle, en Medellín, y María del Carmen Saavedra, en Funmúsica, Cali, colaboraron con la adquisición del material bibliográfico y documental.
El embajador de Colombia en España, Dr. J. Emilio Valderrama; el ministro consejero, Dr. Guillermo Mejía; la agregada cultural, Tere Barvo Bárcenas; el cónsul de Colombia en Madrid, Dr. Alberto Velásquez Martínez, así como los demás funcionarios de la embajada y el consulado, facilitaron los contactos y abrieron las puertas de los centros de documentación en ese país.
El gerente de la Federación de Cafeteros de España, Dr. Luis Ignacio Múnera, patrocinó una serie de conciertos y permitió así financiar parcialmente los costos de documentación.
El distinguido intérprete y folclorista español, Manuel Luna Samperio, me condujo a la fantástica experiencia del folklore de la provincia de Murcia.
Doña Rosario Parra, directora del Archivo General de Indias, en Sevilla; doña Pilar Redondo Salinas, directora de la Biblioteca Musical del Ayuntamiento de Madrid; don Hipólito Escolar, director de la Biblioteca Nacional en Madrid; el maestro Romá Escalas Llimona, director del Museo de Música del Ayuntamiento de Barcelona; el maestro José Ma. Llorens Cisteró, director del Instituto Español de Musicología, en Barcelona, y todos los funcionarios de esas entidades que me atendieron amable y eficazmente.
En Bogotá, los directivos y empleados de la Biblioteca Nacional, el Archivo Nacional, el Museo Nacional, el Museo de Arte Colonial y la Biblioteca Luis Angel Arango.
El Dr. Jorge Enrique Sáenz efectuó una invaluable labor en la corrección final del manuscrito. Asimismo, debo destacar la colaboración de Blanca Pinzón y Cecilia Rosenvaig en la mecanografía, y de Mary Correa y Gloria Segura en las ilustraciones.
Germán Puerta, como director editorial, sacó adelante esta publicación, con afecto y dedicación.
Por último, pero no menos importante, todos los autores e investigadores cuyo trabajo previo sirvió de base y apoyo como fuente de consulta. Este libro no hubiera podido escribirse, de no existir la ingente labor de tantas y tan meritorias personalidades. Gracias a ellas, se comprueba la antigua verdad de que “lo poco que sabemos, lo sabemos entre todos”.