En la segunda sala del Museo del Oro Zenú del Banco de la República en Cartagena de Indias, La tradición Zenú, se describen las características del territorio ocupado por los zenúes y los aspectos sociales, tales como el trabajo orfebre, la economía, la importancia de los animales y la biodiversidad regional, temas que se reflejan en las representaciones realistas de la fauna.

Así mismo, se destaca la importancia de las mujeres, plasmada de manera magistral en las múltiples representaciones femeninas, como eje fundamental de la reproducción social.

La funebria y los rituales y ceremonias relacionados con los entierros y los túmulos funerarios cobran importancia en la medida en que se relacionan con la fertilidad. La conexión de las mujeres con los ritos funerarios se percibe en la forma redondeada de los túmulos y en los ajuares encontrados en excavaciones, compuestos por numerosas representaciones femeninas con el vientre abultado. Los indígenas Zenú actuales continúan construyendo estos túmulos y los siguen relacionando con el vientre materno que representa la gestación.

Se distinguen de la tradición Zenú los pueblos tardíos de las riberas del río Magdalena, como los malibúes.

Como parte del recorrido, en el vestíbulo que conecta las dos salas del segundo piso se exhiben siete urnas funerarias, representativas de la región de Tamalameque, en el Bajo Magdalena, y que se contraponen a los túmulos zenúes.

         
   
 
       

La Tradición Zenú

Alrededor de 2.000 años atrás, las Llanuras del Caribe colombiano se encontraban habitadas por numerosas poblaciones zenúes que compartían la manera de relacionarse con el medio ambiente y los mismos conceptos sobre la vida y la muerte. Construyeron un extenso sistema hidráulico que, durante más de trece siglos, sirvió para drenar las aguas de inundación. En el siglo XVI todavía levantaban túmulos funerarios y elaboraban adornos de orfebrería y objetos de cerámica igual que sus ancestros, hechos que atestiguan una larga tradición cultural. En épocas cercanas a la conquista española, los zenúes, dispersos por las sabanas no inundables, compartían su forma de pensar con los vecinos del río Magdalena y de la Serranía de San Jacinto.

         
   
 
 
 
 
 

El territorio del Gran Zenú comprendía desde el valle del río Sinú hasta el bajo río Cauca. Agricultores, pescadores, comerciantes, orfebres y tejedores estaban organizados en pueblos dirigidos por señores locales que pagaban tributo a los caciques regionales como el Finzenú, quien gobernaba en el río Sinú; el Panzenú, líder de las llanuras inundables del río San Jorge, y el mítico cacique Zenufana, en el bajo río Cauca, donde se encontraban yacimientos de oro. Cada uno de ellos tenía funciones políticas, religiosas y económicas complementarias.

Líderes regionales que gozaban de prestigio y poder sagrado organizaban y convocaban a la comunidad para el mantenimiento del sistema hidráulico y para la realización de ceremonias donde se reafirmaba la identidad cultural de la población. En estas ocasiones la gente de cada región se distinguía por el uso de adornos particulares. Los señores de la región de Ayapel usaban grandes pectorales mamiformes martillados, adornados con figuras zoomorfas.

Poblaciones asentadas en las sabanas que separan los valles del Sinú y del San Jorge, como la actual Planeta Rica, controlaban el intercambio. Sus gobernantes se caracterizaban por el uso de adornos de buen oro recargados de placas colgantes que emitían destellos de luz.

Durante siglos, los orfebres del río San Jorge y del bajo Cauca produjeron masivamente piezas como las orejeras de filigrana y adornos martillados en oro fino. Esta tradición metalúrgica se mantuvo aún después de la conquista española.

         
       
   
 
 
 
 

Mineros y orfebres del Zenú

Minería

En el siglo XVI el historiador español López de Gomara describía las actividades mineras en los ríos de la región así: “…Cogen oro en do quieren… en aquel río y en otros, y a las veces pescan granos como huevos de oro puro…” (1552).

Martillado y repujado

Los orfebres del Zenú elaboraron por martillado numerosas piezas en oro de alta ley. Tejuelos metálicos, obtenidos al refinar los metales, eran martillados sobre yunques de piedra hasta conseguir láminas del largo y grosor deseado. Al martillar el metal, éste tiende a fracturarse y endurecerse; para recobrar la ductilidad los orfebres calentaban las láminas al rojo vivo y luego las enfriaban para seguirlas martillando.

Los diseños repujados se lograban con cinceles y punzones trabajando sobre ambos lados mientras apoyaban la pieza sobre superficies blandas pero resistentes.

La transformación de la cera en metal

La técnica de la fundición a la cera perdida fue usada para hacer miles de orejeras de filigrana y reproducir formas de gran realismo en tres dimensiones.

Para hacer figuras huecas el diseño se tallaba primero en una matriz de arcilla y carbón molido. Este modelo era recubierto con cera de abejas y rematado con un embudo del mismo material que luego serviría para verter el metal. Para las piezas macizas la figura se modelaba directamente sobre la cera. La figura en carbón y cera se recubría con sucesivas capas de arcilla que formaban un molde. Una vez seco, se lo calentaba para extraer la cera derretida y en el espacio vacío introducir el metal líquido. Cuando el molde estaba frío se rompía, se cortaban los conductos de fundición y se pulía la pieza.

         
       
       

Economía en el gran Zenú

La agricultura, la pesca, la cacería y el intercambio de materias primas y productos manufacturados fueron la base de la economía. Poblados ubicados en las zonas limítrofes entre las distintas regiones controlaban la circulación de estos bienes.

En el siglo XVI, sal y conchas provenían de los pueblos de la costa; la caña fleche y productos alimenticios se cosechaban en el valle del San Jorge, mientras que el oro se adquiría en las cabeceras de los ríos Sinú y San Jorge y en el bajo Cauca. La región del río Sinú, se destacaba por la producción metalúrgica, los tejidos de mantas, hamacas y objetos de cestería.

         
     

El renacer de los difuntos

La muerte estuvo ligada a la vida, a la fertilidad y a la glorificación de los ancestros. En las ceremonias funerarias, con danza y música se festejaba el renacimiento del difunto en el mundo subterráneo mientras se construía el túmulo sobre su tumba. En estas ocasiones se reunían diferentes poblaciones y se afianzaba el prestigio de los líderes.

El difunto era enterrado con sus pertenencias. Los ajuares funerarios variaban de acuerdo con la posición social del individuo e incluían copas muy decoradas, vasijas, instrumentos musicales y adornos personales.

Sobre el entierro se plantaba un árbol. Este, junto con la redondez del túmulo y las mujeres de arcilla que acompañaban al muerto, simbolizaba la fertilidad y la nueva vida. De sus ramas colgaban campanas que sonaban con el viento.

Religiosidad, templos y mujeres

Periodos de inundación y sequía, la generosidad de las cosechas y la reproducción de la sociedad eran asuntos relacionados con las mujeres en el pensamiento religioso de estas poblaciones. Esto explica la existencia de miles de mujeres de barro enterradas bajo los túmulos funerarios y la importancia religiosa y política de la mujer en el siglo XVI, cuando el gran centro religioso de Finzenú era dirigido por una cacica.

Con pigmentos minerales y vegetales se pintaban las partes descubiertas del cuerpo utilizando rodillos y sellos de cerámica. Los diseños estampados en el pecho eran similares a las mantas tejidas y a los canastos.

La conquista de las llanuras

En el año 1533 el gobernador Pedro de Heredia fundó la ciudad de Cartagena y encabezó una expedición por el río Sinú en busca del oro de las “sepulturas de mogote” o túmulos. El saqueo de los sepulcros zenúes del Sinú y de los valles del San Jorge y del Cauca fue tan próspero y la región tan rica en mano de obra indígena y productos cultivados, que gracias a ellos se financió la gobernación de Cartagena durante muchos años.

         
       
   
 
         
   
 
 
 

Pueblos del siglo XVI

Después del 1100 d.C. la población zenú disminuyó. Los pueblos se agruparon en el río Sinú y en las sabanas que delimitan las regiones pantanosas, y algunas regiones fueron ocupadas por gente que venía desde el río Magdalena.

En el valle del Magdalena y en la Serranía de San Jacinto vivían navegantes, orfebres y agricultores que aprovechaban las crecientes del río para abonar los terrenos donde sembraban maizales y yucales. Mantenían relaciones sociales y de parentesco con las poblaciones zenúes e incluso compartían ideas religiosas y temas comunes en su orfebrería, cerámica, y tejidos. En el siglo XVI, los españoles llamaron a estos grupos Malibúes.

Las poblaciones de la Serranía de San Jacinto y de las riberas del Magdalena permanecieron en estas zonas hasta épocas coloniales. Los orfebres de esta región prefirieron las aleaciones ricas en cobre para elaborar sus adornos, los cuales se distinguen por la representación de escenas donde se destacan felinos, anfibios y aves. Muy esquemáticamente representaron la figura humana ataviada. Sus penachos de plumas, bastones de mando y adornos en el pecho sugieren que se trata del chamán con sus atributos de poder. Colgantes con rostro humano y tocado de plumas se prolongan en cuerpos que podrían ser de un pez, un lagarto o un crustáceo; un ser acuático y mítico propio de aquellos ambientes cenagosos y ribereños.

En 1589 el historiador Briones de Pedraza describió una ceremonia que vio en el bajo Magdalena:

Llevan algunos en la cabeza a manera de sombrero de pluma... y por su orden... puestos todos en unos dúhos, que son las sillas do se sientan... A la cabecera de todos están los principales, y siempre a los principales les ponen dos totumas de chicha en la mano... y hay sus gaiteros que tañen con unas flautas muy largas”.

Los ceramistas del río Magdalena también hicieron recipientes en forma de mujeres de contornos redondeados. Al igual que las zenúes, éstas fueron depositadas como parte de las ofrendas funerarias de los difuntos.

En el Bajo Magdalena el entierro dentro de urnas funerarias se practicó como un segundo enterramiento realizado algún tiempo después de la muerte. En ellas se incorporaba el personaje definitivamente al mundo subterráneo, donde estaría en contacto con los demás parientes difuntos. Los diseños de la pintura en los rostros de estas urnas, procedentes de la región de Tamalameque podrían representar la diferenciación social dentro de la comunidad que se conservaba incluso después de la muerte.

         
       
         
       

Los primeros pobladores

Culturas del oro y el cobre en la Colombia prehispánica

La tradición zenú (esta página)

El sistema hidráulico