Paisaje

Paisaje

La primera manifestación moderna

“El paisaje es una orquesta en que todo se ha de tocar al tiempo bajo una misma batuta, para lograr la vibración del aire“.1
Ricardo Gómez Campuzano

En 1894 la pintura de paisajes empezó a enseñarse en la Escuela de Bellas Artes de Bogotá con la creación de la cátedra de Paisaje, a cargo del diplomático español Luis de Llanos2 (1845-1895) y el colombiano Andrés de Santa María3 (1860-1945). A partir de entonces, este género empezó a cobrar importancia en el arte, aún sobre la predilección por el retrato que imperaba en las prácticas academicistas de finales del siglo XIX.

Las representaciones de la naturaleza comenzaron a ocupar un lugar destacado en el panorama artístico nacional. Los artistas se dedicaron a pintar con fervor el territorio colombiano y el paisaje accedió a un lugar privilegiado en los salones de arte. Muestra de ello es la Exposición del Centenario en 1910, uno de los capítulos más interesantes en la historia del arte del país. En aquella oportunidad, cuando Gómez Campuzano obtuvo mención de honor por el conjunto de sus paisajes, no solo se presentó un significativo número de paisajes, sino que se premiaron, en su mayoría, obras que representaban la naturaleza. Este hecho confirmó la importancia del género paisajístico en la plástica colombiana del momento.

La pintura de paisajes representó el primer intento de hacer un arte nacional y moderno, en el que los artistas podían permitirse ciertas libertades cromáticas y compositivas. Pese a esto, su deseo de mantenerse en el mercado los llevó a moderar las innovaciones. Si bien en el siglo XIX el paisaje había sido apenas un elemento o telón de fondo, a comienzos del siglo XX la naturaleza se convertía en la razón fundamental de la pintura colombiana.

El paisaje se convirtió entonces en el tema central para un amplio grupo de artistas que quiso exaltar en sus pinturas las características físicas del país. Estos pintores finiseculares coincidían en la conveniencia de registrar la naturaleza rica, variada y deslumbrante que los rodeaba. Muchos de ellos, como era lógico, pusieron sus ojos en las extensas tierras de la Sabana y en su romántico atractivo. Unidos por su admiración ante la belleza del altiplano cundinamarqués, impregnaron sus pinturas con un notorio nacionalismo, derivado del orgullo y la fascinación que sentían por este territorio.

Claramente, la Sabana fue el paisaje nacional por excelencia y uno de los más apetecidos por una clase social favorecida por la economía agrícola de exportación que, a comienzos del siglo XX, tuvo en el café su principal producto. Clásico representante de esta escuela, Ricardo Gómez Campuzano pintó la luz y la topografía de la región, dotándola de gusto y carácter. Obras como Lluvia sabanera (1976), el Salto del Tequendama (sin fecha) y Desolación (1917), ilustran el amor que, desde niño, profesó por estas tierras extensas y melancólicas.

Acostumbrado a los cielos hidrópicos, a los eucaliptos y al agua de las charcas, el artista bogotano logró ennoblecer el paisaje de la Sabana, adulándolo a veces pero comprendiéndolo y exaltándolo siempre,4 como bien lo indica el crítico Adel López. Su manera sugestiva de tratar los saucedales, los cielos y los remansos es producto de un estado íntimo de recogimiento y contemplación que caracterizó al artista frente al paisaje y que en 1930 Eduardo Castillo describió así:

Gómez Campuzano es un admirable, un vigoroso paisajista. Pinta la naturaleza emocionadamente, haciéndola expresar estados de la sensibilidad humana. Sus evocaciones de la Sabana de Bogotá, que él ha visto y estudiado durante años, ofrecen una sugestión íntima y avasalladora. Quizás ninguno de nuestros artistas ha sabido comprender, como lo ha logrado él, todo el encanto magro y fino que tiene esta vasta extensión [. . .].5

Hablar de la Sabana a comienzos del siglo XX, era hablar del ‘edén andino‘, de sus tierras fértiles, de sus arboledas y sus aguas puras. De todo un territorio y una región, cuyos límites estableció el escritor Tomas Rueda Vargas, al escribir: “[La Sabana] es toda la extensión de la altiplanicie, sin descontar las laderas que se confunden con la cordillera, y los valles de Sopó, La Calera y Tabio“.6 No obstante, la Sabana y Bogotá eran una misma cosa para los bogotanos, estaban unidas espiritualmente, en cuanto este vasto territorio representaba los valores culturales de la capital.

De este modo, la Sabana se constituyó en la gran fuente de inspiración de la pintura colombiana en un periodo que el historiador de arte Eduardo Serrano sitúa cronológicamente entre 1894 y 1930, que abriga a la denominada Escuela de la Sabana, representada en artistas como Eugenio Peña (1860-1944), Ricardo Moros Urbina (1865-1942), Coriolano Leudo (1886-1957), Jesús María Zamora (1871-1948), Roberto Páramo (1859-1939), Ricardo Borrero Álvarez, Fídolo Alfonso González Camargo (1883-1942), Luis Núñez Borda (1872-1970), Miguel Díaz Vargas (1886-1956) y Ricardo Gómez Campuzano.

Entre la producción de estos artistas se cuentan las más destacadas obras del territorio nacional. Cada una de ellas dotadas con características propias que las hacen únicas. Así por ejemplo, Eugenio Peña, Roberto Páramo y Ricardo Borrero Álvarez, hicieron paisajes abreviados en los que se impuso la elaboración pictórica sobre la intención descriptiva; mientras Ricardo Moros Urbina, Jesús María Zamora y Ricardo Gómez Campuzano, ejecutaron descripciones minuciosas de la naturaleza.

Ricardo Gómez Campuzano fue reconocido principalmente como un pintor de paisajes. Este fue su género pictórico predilecto y aquel en el que se vio totalmente realizado. De allí que a lo largo de su carrera se señalen los aciertos del artista en este campo donde, según la crítica, reposó la madurez de su talento. Por su parte, la tierra colombiana fue el principal motivo de inspiración del artista, quien tuvo en el paisaje de la Sabana y en las escenas de tierra caliente sus temas favoritos. A ellos se suman las marinas, las escenas con animales y los paisajes urbanos a los que integró oportunamente la arquitectura. En estas obras, el artista bogotano dio importancia a la luz, a la atmósfera y al agua, creando representaciones que lo ubican, desde entonces, como un excelente intérprete de la naturaleza.

Como se lo ha denominado, Ricardo Gómez Campuzano fue ‘el pintor de la luz‘. Su cantera más rica, además de la Sabana, la constituyen los paisajes de clima cálido, en los que plasmó la atmósfera y la frescura del agua. De los continuos viajes que el artista bogotano realizó por la geografía nacional, el Tolima, Santander, Antioquia, la costa Atlántica, el Pacífico y el Valle del Cauca son las tierras en las que mejor se expresa la riqueza de su paleta. Así, sus paisajes de tierra caliente son alegres, espontáneos y agradables. Pinturas en las que enfatiza en el tratamiento romántico de las aguas y los crepúsculos, y que, en algunos casos, se aproximan a la pintura de Jesús María Zamora, como es evidente en las obras Río Magdalena (1976) y Río Cauca (1980).

Entre 1949 y 1951 Gómez Campuzano vivió en Canadá con su familia, allí, en las estaciones, encontró elementos plásticos de gran significación. Panoramas llenos de nieve en invierno o de hojas secas en otoño componen algunas de las obras más representativas de este periodo. Con ellas se destacan las marinas que pintó en la provincia de Nueva Escocia. Algunos de estos paisajes e imágenes harán parte de su época final, caracterizada por la repetición de obras de épocas anteriores.

Gracias a los valores heredados de la escuela paisajística española, influenciada por la Escuela de Barbizón, Ricardo Gómez Campuzano practicó la pintura al aire libre. Es así como, centrado en el estudio directo de la naturaleza, pintó gran cantidad de apuntes, obras en pequeño formato, que en muchos casos sirvieron de base a las pinturas más grandes que realizó en el estudio. En estas pequeñas tablas se manifiestan la sensibilidad y la emoción del artista ante el paisaje, así como el gesto y la simplificación propios de la pintura rápida. Igualmente, llaman la atención las derivaciones del impresionismo, representadas en los pequeños toques cargados de materia, en la luminosidad de la paleta y en las pinceladas sueltas. En 1979, durante la apertura de la exposición de Ricardo Gómez Campuzano en la galería Arte Autopista 2 de Medellín, Sergio Mejía Echavarría se refirió a este hecho así: “¡Cuánta luz! ¡Cuánto calor estético! ¡Cuánta grandeza de ánimo! ¡Cuán firmes los trazos! ¡Cuán seguros los volúmenes aún en la vaguedad a ratos impresionista que se esconden en algunos!“7

Gran parte de los paisajes del artista bogotano acusan la influencia del pintor Joaquín Sorolla, quien, fascinado por la luz del Mediterráneo, se convirtió en un intérprete del impresionismo. Las escenas de playa corresponden al género más conocido y divulgado dentro de la producción del pintor español. Así, las playas levantinas le suministraron a Sorolla constantes temas de inspiración, como los pescadores y pescadoras que tienen en el mar su sustento, las barcas y aparejos de pesca y los niños, que corren por las playas, se bañan y juegan. Imágenes muy cercanas a las marinas y escenas veraniegas que Gómez Campuzano pintó en la costa Atlántica, el mar Mediterráneo y en los mares de la provincia de Nueva Escocia en Canadá y en las que, además de su admiración por la luz, el artista hizo manifiesta su fascinación por el agua.

Los paisajes de Ricardo Gómez Campuzano ilustran una actitud descriptiva, cuyas audacias formales fueron la cercanía al luminismo español y a algunos recursos del impresionismo francés, hecho que se atribuye a su relación con Joaquín Sorolla, quien le dictó lecciones de pintura al aire libre en San Fernando. Fue grande la admiración de Gómez Campuzano por este maestro del arte ibérico del que se refirió así en 1981:

[. . .] Pero Joaquín Sorolla fue el que más me impresionó con sus clases de pintura al aire libre. Sorolla tiene toda la factura de Velásquez y fue el primero que iluminó las sombras al aire libre. Sus cuadros daban la impresión de una ventana rota a través de la cual se veía el paisaje.8

En 1964, Ricardo Gómez Campuzano regresó a España para exponer en el Círculo de Bellas Artes de Madrid. Estando allí visitó, durante un año, algunas provincias del país ibérico. La luz del Mediterráneo y sus contrastes violentos ejercieron una notable influencia en su paleta que, a partir de entonces, cobró mayor cromatismo. Las Barcas de Denia, el viejo puerto de Alicante, las ventas de naranjas de la huerta valenciana, las estrechas calles de Benidorm con su cielo inconfundible, la atmósfera brumosa entre la Serranía de Aitana y los rizos de las olas en Altea fueron los temas que dejó plasmados en obras como Barcas de Denia (1969) y Alicante (1975).9

De nuevo en Colombia en la década del setenta y con ánimo de mantenerse activo, el artista bogotano viajó por Santander, Boyacá, Tolima, Antioquia y Cundinamarca. Las descripciones detalladas de la naturaleza dieron paso a escenas cada vez más frescas para las que, en su afán por describir atmósferas, utilizó pinceladas rápidas y sugestivas de color. Prueba de ello son los paisajes tardíos de la Sabana y del Valle del Cauca, que pintó poco antes de su muerte en 1981, y en los que se anuncia la síntesis y simplificación a la que llegó su pintura.

Evidentemente, Gómez Campuzano fue un pintor del campo, abierto a todos los caminos de la luz. La naturaleza robó de su paleta las más ricas pinceladas. Sus paisajes son esa composición en la que, bien podríamos decir, todo se halla en perfecta armonía, lo que ilustra a la perfección sus palabras, cuando en una entrevista para El Espectador, expresó: “El paisaje es una orquesta en que todo se ha de tocar al tiempo bajo una misma batuta, para lograr la vibración del aire“.10

Redes

Referencias

  • 1. Héctor Osuna, “Ricardo Gómez Campuzano ríe y sobrevive“.
  • 2. Luis de Llanos llegó a Colombia en 1893 como secretario de la Legación Española. De formación académica española y con fuerte influencia de la Escuela de Barbizón, su pintura expresa la devoción que sintió por la naturaleza y su admiración por la Sabana de Bogotá.
  • 3. Andrés de Santa María se formó en Europa. Estudió en la Escuela de Bellas Artes de París, donde presenció el surgimiento del impresionismo, movimiento de vanguardia al que se adhirió. En 1893, regresó a Colombia.
  • 4. Adel López Gómez, “La exposición de Gómez Campuzano“, Cromos, núm. 910 (Bogotá, 28 de abril de 1934).
  • 5. Eduardo Castillo, “En la exposición de pintura de Gómez Campuzano“, Cromos núm. 727 (Bogotá, 6 de septiembre de 1930).
  • 6. Tomás Rueda Vargas, Visiones de historia y la Sabana (Bogotá: Instituto Colombiano de Cultura, 1975), 89.
  • 7. Sergio Mejía Echavarría, “Ricardo Gómez Campuzano“, El Colombiano (Medellín, 11 de febrero de 1979).
  • 8. Gloria Valencia Diago, “Setenta años ‘pinte que repinte‘ ¡todos los días!“.
  • 9. Guillermo Hernández de Alba y Álvaro Rengifo Pardo, Ricardo Gómez Campuzano (Bogotá: Villegas Editores, 1987), 141.
  • 10. Héctor Osuna, “Ricardo Gómez Campuzano ríe y sobrevive“.