Neocostumbrismo

Neocostumbrismo

Lo popular y lo cotidiano

“Al paisaje hay que dejarle caballo, señora, niño, lo que sea para darle más vigor“.1
Ricardo Gómez Campuzano

En la década de 1920, conocida como la ‘Danza de los millones‘, Colombia gozó de los beneficios de la prosperidad económica mundial y de la afluencia de capitales internacionales. En ese entonces se dieron los medios para el desarrollo y la modernización del país, gracias a factores como la indemnización por la pérdida de Panamá, el endeudamiento externo, el desarrollo industrial y una bonanza cafetera sin precedentes. Asimismo, surgieron las primeras luchas sociales que, encabezadas por campesinos, estudiantes y obreros, caracterizarían el periodo.

De cara a este panorama, en 1920 se fundó en Bogotá el Círculo de Bellas Artes, institución que buscó estimular la plástica y fomentar el mercado del arte. Este establecimiento presidió el auge de un nuevo costumbrismo que, plasmado a partir del dominio de los recursos tradicionales, satisfizo el gusto de las clases altas. Aunque el Círculo de Bellas Artes rechazó toda innovación, como se hizo evidente en la exposición de arte francés de 1922, cuando juzgó con rigor las propuestas de vanguardia, hay que reconocer que se acercó discretamente al impresionismo y, un poco más, al luminismo español, tendencia presidida por Joaquín Sorolla en España.

Los artistas Miguel Díaz Vargas, Coriolano Leudo, Eugenio Zerda (1878-1945), Roberto Pizano (1896-1929) y Ricardo Gómez Campuzano fueron los adalides de este nuevo costumbrismo, caracterizado por el dibujo correcto, la paleta luminosa y un sentimiento nacionalista. Agrupados en torno al Círculo de Bellas Artes, estos artistas poblaron sus lienzos con estampas de la vida diaria del país y ofrecieron un ambiente de confianza al presentar en sus pinturas una realidad claramente reconocible y sin distorsiones.2 Si bien buscaron consolidar una idea de arte nacional a partir de la representación de las costumbres locales, hay que aclarar que no profundizaron en los acontecimientos sociales o políticos en los que ahondaría la generación del treinta.

La preocupación por lo propio presente en la obra pictórica de Ricardo Gómez Campuzano, también se expresa en la idealización romántica de una Colombia bucólica e hispana que el artista llevó a sus lienzos evocando coloridos mercados, cocinas de tierra templada, anécdotas campesinas y escenas dominicales de los paseos en familia. Imágenes agradables, alegres y optimistas, que recrean la vida cotidiana en campos y veredas. Pensar lo nacional, a principios del siglo XX, era reconocer el valor de lo popular y lo cotidiano, así como propender por la permanencia de los valores académicos, todas características presentes en la obra de este artista bogotano.

Desde su juventud Ricardo Gómez Campuzano visitó las fincas de sus amigos y familiares, donde tuvo la oportunidad de conocer las faenas agrícolas y ganaderas, así como de disfrutar del ambiente del campo. Esta experiencia, sumada a su interés en las tierras colombianas, al inventario de imágenes que recogió en los viajes, a un componente patriótico y a la influencia de la pintura española, se constituye en la razón de su aprecio por la pintura de costumbres, gracias a la que fue considerado como un auténtico pintor de lo nacional. Así, en 1929, Lucas Jordán afirmó:

Lo que podríamos llamar cuadros de costumbres nos seducen aún más por la sencilla razón de que las figuras ya constituyen por sí mismas un carácter y una razón superior a la simple extática del paisaje. Por este aspecto [Gómez] Campuzano podría ser, y creemos que llegará a serlo dentro de breve tiempo, el genuino pintor nacional, en el sentido de intérprete del alma de la raza y de la índole de nuestra gente. Su ‘Mercado‘ es un retazo de historia patria. Hay allí realismo sano y fuerte, interpretación verídica de la escena regional [. . .].3

La de Gómez Campuzano es, sin duda, la nostalgia del hombre urbano acomodado que siente y expresa una profunda admiración por el campo. La presencia de este nuevo costumbrismo en su pintura, es prueba de su interés por representar la gente y sus costumbres teñidas de cierto romanticismo. Sus obras, en este género, se caracterizan por el correcto uso de los recursos académicos de influencia española y por el aprovechamiento de la paleta luminosa derivada del gusto por la pintura costumbrista de Joaquín Sorolla.

Si bien Ricardo Gómez Campuzano fue el pintor de la luz, es en sus cuadros de costumbres donde este elemento resulta aún más significativo. Igualmente en estas pinturas su paleta toma mayor cromatismo. Es por esto que su obra Lavanderas de Apulo, como bien la describió el crítico Adel López Gómez, exhibe una verdadera orgía solar en la que priman el color y los efectos de la luz.4 El artista realizó esta obra en un viaje desde el Tolima hasta Cundinamarca; después de su paso por Saldaña, El Guamo y Girardot, se detuvo en Apulo para pintar a un grupo de jóvenes lavanderas envueltas en una bruma calurosa y densa a orillas del río Apulo, Cundinamarca. El crítico Eduardo Castillo se refirió a la obra y a su cromatismo así:

Su cuadro llamado Lavanderas de tierra caliente es una sorprendente fantasía de colores, un poema de enérgico y audaz hipercromatismo. Los tonos se contrastan enérgicamente vibrando en el rojo violento de las vestiduras de las mujeres y en el verdor de las vegetaciones urentes. La luz reverbera allí sobre los seres y las cosas con cegadora violencia. Y todo el cuadro ofrece no sé qué rudo encanto de existencia elemental y primitiva, vivida libre y paganamente en el seno de la naturaleza.5

En una entrevista para el diario El Tiempo realizada en 1981, Gómez Campuzano afirmó: “Al paisaje hay que dejarle caballo, señora, niño, lo que sea para darle más vigor“.6 Quizás por esto la mayoría de sus cuadros de costumbres reúnen personas y animales de sobria y acabada ejecución, que evocan con armonía una realidad diáfana e idílica. Es el caso de La hacienda (1930), un lienzo de grandes dimensiones que pintó después de una visita a la finca El Tigre en el Tolima. En esta pintura, el artista reúne, en un rincón del solar campesino, a un grupo de animales compuesto por pavos reales, gallinas, piscos y gallos que, inmersos en la naturaleza encendida, son alimentados por la mano de una joven campesina. La hacienda es uno de sus cuadros de costumbres más afortunados en los que sobresalen el detalle y la riqueza del color.

Ricardo Gómez Campuzano contrapuso la pintura en el campo al riguroso trabajo en el estudio. Estas salidas fueron excusa para agradables paseos en familia, en los que al divertimento de los niños se sumaba el trabajo juicioso del pintor bogotano frente al caballete portátil. Así, muchas de sus pinturas recogen escenas tomadas en las excursiones a la Sabana o a los pueblos de ‘tierra caliente‘, donde, con sus hijos y su esposa, el artista disfrutaba de actividades como la pesca, el piquete y el baño en el río. En Veraneo (1936), por ejemplo, el artista bogotano presenta a su esposa y a sus hijas tomando el baño a orillas del río Chocho en cercanías de Fusagasugá, Cundinamarca. En esta pintura los efectos de la luz están convenientemente utilizados, evocando la alegría de la escena dominical.

Es importante resaltar que para los bogotanos las nociones de vacaciones y veraneo estaban asociadas a la afirmación de un estatus social, igualmente, a la aparición de medios de transporte como el ferrocarril y el automóvil que durante las primeras décadas del siglo XX permitieron el acceso rápido a las regiones más distantes de la ciudad. Para Campuzano, quien mostró especial interés en los temas campestres, evidente en obras como Diciembre (1943) y Día de campo (1935), este hecho fue determinante. Con frecuencia el artista realizaba viajes al Valle del Cauca, donde solía visitar a la familia de su esposa Inés Delgado y de paso se detenía a pintar en regiones como el Tolima y el Quindío. Asimismo, acostumbraba temperar en fincas ubicadas en las afueras de Bogotá. Es el caso de la hacienda Yerbabuena, que registró en obras como Cocina de Yerbabuena (1979) y Balcón de Yerbabuena (1975), entre otras.

Redes

Referencias

  • 1. Gloria Valencia Diago, “Setenta años ‘pinte que repinte‘ ¡todos los días!“.
  • 2. Santiago Londoño Vélez, Breve historia de la pintura en Colombia, 102.
  • 3. Lucas Jordán, “La exposición de Gómez Campuzano“, El Gráfico XVII, núm. 928 (Bogotá, 3 de mayo de 1929).
  • 4. Adel López Gómez, “La exposición de Gómez Campuzano“.
  • 5. Eduardo Castillo, “En la exposición de pintura de Gómez Campuzano“, Cromos XXX, núm. 727 (Bogotá, 6 de septiembre de 1930).
  • 6. Gloria Valencia Diago, “Setenta años ‘pinte que repinte‘ ¡todos los días!“.