Retrato

Retrato

La consolidación de una nueva clase

El retrato fue uno de los grandes temas en el arte colombiano a comienzos del siglo XX. Los más importantes artistas de la época acudieron a este género no solo para demostrar sus habilidades en cuanto a la representación de la figura humana, sino para tener acceso a un cuerpo social que les brindara la posibilidad de relacionarse con una élite poderosa económica y culturalmente. La pintura académica, que coincidió con el triunfo de la Regeneración, cumplió así con la tarea de contribuir a la diferenciación social de los grupos sociales acomodados frente a las clases populares.

Ricardo Gómez Campuzano fue uno de los retratistas más encumbrados de su época y el sucesor de grandes figuras como Epifanio Garay (1848-1903) y Ricardo Acevedo Bernal (1867-1930). Sus retratos de hombres, mujeres y niños ilustran la sociedad bogotana del momento, que encontró en este género su temática predilecta. Aunque al principio su pintura estuvo sumergida en la tradición paisajística, como se evidencia con su participación en la Exposición del Centenario, fue después de su segundo viaje a España cuando reforzó su práctica en este género, que a partir de entonces se convirtió en uno de los temas recurrentes en su pintura.

Parte de la preparación del artista bogotano en la Academia de San Fernando en Madrid fue la consagración al estudio de la figura humana. Esto, sumado a la influencia de la pintura de los grandes maestros que copió en el Museo del Prado y al estilo que aprendió de sus profesores Joaquín Sorolla, Julio Romero de Torres y Manuel Benedito, demuestra la importancia que tuvo en su formación la pintura académica española. Sus retratos, de gran fidelidad y verismo, son prueba del hábil manejo en el dibujo, las proporciones, el color y la composición, que reforzó a su paso por España.

Aunque durante las primeras décadas del siglo XX la crítica volvió los ojos favorablemente sobre la obra de Ricardo Gómez Campuzano, en especial sobre sus paisajes, se debe decir que los juicios sobre sus retratos no fueron del todo buenos. Así por ejemplo, en 1929, Caballero Escovar escribió: “Creemos que Gómez Campuzano vale más en el paisaje que en el retrato. Y que sus telas mejores son aquellas que muestran tierra caliente, tierra de sol“1 y en 1939, el crítico e historiador de arte Gabriel Giraldo Jaramillo añadió: “Gómez Campuzano trabaja incansablemente en el perfeccionamiento de sus paisajes; ama la tierra y sabe comprenderla; sus retratos nos parecieron suaves, bien dibujados aunque no todo lo hondos que quisiéramos“.2

Pero no toda la crítica fue mala. También hubo defensores. Incluso, después de su estadía en España, muchos críticos reconocieron la evolución del artista en este género, en el que día a día ganó mayor seguridad y prestigio. Así pues, en cuanto el artista bogotano comenzó a exponer con mayor frecuencia sus retratos, los comentaristas de arte comenzaron a apreciar su potencial y le dieron un lugar como retratista al joven pintor. Es así como refiriéndose a la exposición de Gómez Campuzano en el parque de la Independencia en 1928, Joaquín Tamayo sostuvo:

La nota dominante en esta exposición son los retratos y estudios de figura. Gómez Campuzano, después de numerosos ensayos, ha logrado un triunfo definitivo; hay en estas obras un adelanto seguro sobre las presentadas en años pasados, y en la generalidad se observan rasgos de verdadero gusto. Sobre todas se destaca de manera notable por su técnica, el retrato de la señorita Inés Delgado Padilla. Obra de vida, suavemente modelada, de tonos elegantes, tiene los rasgos definidos de la pintura española.3

Gómez Campuzano dejó un registro histórico de la época en los numerosos retratos que pintó por encargo. Atender los requerimientos de las clases acomodadas bogotanas fue una labor de gran prestigio para él, especialmente en la Bogotá conservadora, influyente y religiosa de comienzos del siglo XX. Durante este periodo es importante anotar que Colombia aún presentaba los caracteres de una sociedad decimonónica con raigambres coloniales. Desde el punto de vista social, la mayor parte de la población estaba compuesta por campesinos pobres y minifundistas de las ciudades colombianas; los sectores medios adquirieron posición en la sociedad como consecuencia del fortalecimiento en la industria; mientras los grupos sociales superiores estaban representados en los comerciantes e industriales, que por sus virtudes sociales y religiosas se constituyeron en paradigma de los colombianos.4

Mientras la clase obrera surgió a la par con el desarrollo industrial y el impulso que se le dio a las obras públicas; la burguesía se consolidó cultural y políticamente. Este grupo social, que tuvo como modelo a Europa, poco a poco comenzó a alterar las representaciones simbólicas más cotidianas tales como la moda, las buenas maneras, la arquitectura y la cultura, entre otros elementos que entraron a regir la diferenciación de clases.

En este contexto, el artista bogotano pintó a destacados personajes de la vida política, económica y cultural de Bogotá, que se hicieron retratar como símbolo de estatus. Entre sus modelos de mayor relevancia se destacan el presidente liberal Alberto Lleras Camargo quien, durante su segundo gobierno (1958-1962), posó para un retrato que hoy se encuentra en el Museo Nacional de Colombia y del cual el artista hizo un estudio previo en carboncillo; el conservador Miguel Abadía Méndez, presidente de Colombia en el periodo de 1926 a 1930; el influyente político y pensador Miguel Antonio Caro y el escritor costumbrista Tomás Carrasquilla.

Igualmente se deben mencionar los retratos de los empresarios Ramón Jimeno y Leopoldo Kopp, propietarios de las empresas más prestigiosas de la capital a finales del siglo XIX y comienzos del XX. Ramón Jimeno fue el accionista mayoritario de la entonces Compañía de Acueducto de Bogotá y el encargado, junto con Antonio Martínez de la Cuadra, de la construcción del primer acueducto por tubería de hierro en el año de 1888. Siendo un personaje poderoso e influyente en la sociedad capitalina, consiguió la exclusividad en la prestación del servicio de agua en Bogotá hasta 1914. Por su parte, el inmigrante alemán Leo Kopp fundó la Cervecería Bavaria en Bogotá, en la época en la que se establecieron nuevas industrias, principalmente de alimentos y bebidas.

La apertura de Bavaria, fundada en 1889 y que comenzó a producir en 1891, repercutió de manera inmediata en la vida de la ciudad. Esta industria de carácter moderno permitió la consolidación de la clase obrera; estimuló la construcción de barrios obreros como La Perseverancia; promovió la acumulación del dinero; contribuyó a la campaña contra la chicha y articuló otras actividades como la fundación de la industria del vidrio, que permitió desarrollar el mercado de las bebidas gaseosas.

Los óleos de Ramón B. Jimeno (1940) y Leopoldo Kopp (sin fecha) hacen parte de una serie de retratos en los que, con pinceladas seguras, el artista bogotano logra evocar la personalidad de aquellos hombres que por antonomasia se convirtieron en los modelos de la sociedad de la época. De medio cuerpo y en traje elegante, el empresario Ramón Jimeno es retratado con su mirada dirigida hacia un punto fijo. De manera similar, Leopoldo Kopp es presentado con distinción, dada su pose y vestimenta. Estas obras, de gran fidelidad y veracidad, son muestra del hábil manejo del dibujo, de las proporciones y del color que caracterizan la pintura de Gómez Campuzano.

Influenciado por la pintura del artista español Diego Velázquez (1599-1660), Ricardo Gómez Campuzano se valió de los contrastes, las medias luces y el claroscuro en algunos de sus retratos. Del mismo modo, utilizó el fondo negro con evidente oportunidad. En este ámbito son dignos de atención los retratos del pintor Eugenio Peña (1930), condiscípulo del artista bogotano y paisajista de la Sabana, y de Ramón Barba (1934), reconocido escultor de la época. Este retrato, en el que Campuzano representa a Barba envuelto en una amplia mantilla española y con la pipa en la mano, resulta admirable por su penetración psicológica. El uso de una gama cromática de grises y negros, con un fondo de inspiración barroca, sumada al dominio de la técnica, convierten esta obra en una de las más representativas del artista.

A estas pinturas que evocan los más tradicionales ejercicios de la ‘españolería‘, se contrapone la paleta colorida y el realismo iluminado de algunos retratos femeninos, en los que el pintor bogotano quiso fijar el atractivo y la espontaneidad de sus modelos acudiendo a una paleta más fresca. De esta época son los retratos de Cecilia Cuéllar de Ospina (1937), Blanca Uribe de Gómez (1942) y Nohora Solano (1941), así como la obra titulada La ventana (1942), en la que el pintor presenta a su esposa delante de una ventana que proyecta la Sabana de fondo. En estas pinturas, el artista hace uso de colores vivos y pinceladas sueltas sin alejarse del realismo.

Gómez Campuzano quiso fijar en los semblantes, sobre todo en los femeninos, la encantadora y amable frialdad bogotana5 y con ella, la simpatía y la belleza de sus modelos. Su predilección por el retrato femenino tuvo eco en todas sus manifestaciones, desde las damas de la alta sociedad, en las que se incluyen los retratos que hizo para las señoras de las familias prestantes del Canadá, hasta los retratos de gitanas y mujeres hispanas que trabajó en España bajo la tutela de sus maestros Julio Romero de Torres y Manuel Benedito, imágenes que retomaría en Colombia usando como modelos a sus familiares y amigas.

El artista bogotano pintó un importante grupo de jóvenes y señoras que encarnan lo más selecto de las familias capitalinas. Entre ellas se destacan Matilde Holguín de Franco, hija de Jorge Holguín, quien fue dos veces presidente de Colombia a comienzos del siglo XX; Cecilia Kopp de Rocha, hija del empresario extranjero Leo S. Kopp; Cecilia McAllister de De Narváez, Inés Moreno de McAllister y Helena Pombo de McAllister, todas emparentadas con Ernesto McAllister Vanegas, importante comerciante de la ciudad; y su amiga Carolina Vásquez de Ospina, esposa del general Pedro Nel Ospina Vásquez que fue presidente de Colombia en el periodo comprendido entre 1922 y 1926.

Aunque Gómez Campuzano pintó variedad de retratos femeninos, entre ellos los de numerosas jóvenes bogotanas que en la década del veinte asistieron con entusiasmo a su taller en el segundo piso del Teatro Faenza,6 sus obras más sentidas son las de su esposa, Inés Delgado Padilla, a quien conoció en una de las sesiones de pintura y con quien se casó posteriormente. Inés, quien había estudiado artes en la academia privada de Marcel Hess en Bruselas, no solo fue su modelo predilecta, sino una de sus críticas más estrictas y la persona que, con cariño, se dedicó a su hogar y a la crianza de sus siete hijos.

Solo el intimismo del retrato de familia distanció al artista bogotano de su interés por registrar el entorno social. Así, junto con las clases dirigentes, Gómez Campuzano pintó su entorno más cercano conformado por amigos y familiares. Como parte del grupo familiar, no solo se cuentan los retratos de su esposa y de sus hijos Inés, Isabel, Beatriz, Ricardo, María Cecilia, Lucía y Margarita, a quienes pintó solos o en grupos familiares saturados de profunda ternura humana, sino los de sus padres, hermanos, sobrinos y nietos. Con ellos, varios autorretratos que el artista bogotano pintó en diferentes momentos de su vida.

Las obras tempranas de sus padres María de Jesús Campuzano de Gómez (Ca. 1928) y Roberto Gómez Saiz (1918) son pinturas de incuestionable valor. La primera por la delicadeza y el encanto que el artista imprimió a la imagen afectuosa de su madre y la segunda, por la fuerza del carácter del retratado y la elegancia en los tonos de la pintura. Además, porque con este retrato, que Gómez Campuzano pintó después de su primer viaje a Europa, pudo finalmente demostrarle a su padre, recio comerciante y hombre de negocios, sus innegables aptitudes artísticas.

Campuzano fue uno de los pocos pintores que se especializó en retratos de niños. Sus pinturas en este género, que también trabajó por encargo, se caracterizan por su suavidad y delicadeza, así como por la capacidad de reflejar la inocencia de los infantes. Asimismo, el artista abordó con destreza el tema de la maternidad, plasmando en sus lienzos la ternura y el amor que une la figura de la madre con el hijo. Sobre las escenas de este género, presentes en obras como La madre joven (1929), Inés e Isabel (1933), e Inesitas (1930), el artista advirtió:

Cuando estaba soltero pinté más de un lienzo con ese asunto: la madre y el hijo, tan enternecedor en algunos cuadros de Carriere. Pero al examinarlas ahora, he encontrado esas viejas obras mías de otro tiempo completamente falsas. Para evocar escenas de ese género, es preciso haberlas sentido y vivido, como las vivo y siento yo desde que me casé. Por eso creo que las ‘Maternidades‘ que figuran en esta exposición, tienen, a falta de otros méritos, el de ser hondamente sinceras.7

La religión ocupó un lugar especial en la vida del pintor bogotano. Nacido en una familia de sangre antioqueña y de un importante linaje bogotano, el artista creció en un hogar tradicional de arraigada fe cristiana, en el que se expresaba el respeto por la Iglesia y la devoción mariana. Religioso y devoto, como lo describe su hija María Cecilia Gómez Delgado, y como es evidente en sus pinturas del Sagrado Corazón y en las escenas que pintó del Rosario en familia, Ricardo Gómez Campuzano frecuentaba la iglesia todas las mañanas antes de comenzar su trabajo en el taller. Siempre tuvo muy buenas relaciones con las jerarquías eclesiásticas, especialmente, con monseñor Emilio de Brigard quien era su primo y amigo cercano.

De los retratos que el artista bogotano realizó de los altos jerarcas de la Iglesia, se puede mencionar el de monseñor José Vicente Castro Silva, quien durante 38 años fue rector del Colegio Mayor del Rosario. Ese retrato fue un encargo que le hizo monseñor, y que después de su muerte fue llevado a la universidad para entronizar su imagen. También se cuentan los retratos del padre Rafael Almanza, capellán de la iglesia de San Diego en Bogotá, quien fue amigo y sacerdote bautismal del artista. En algunas oportunidades, Gómez Campuzano lo retrató frente a la iglesia de San Diego en Bogotá, construcción que admiró por su bella arquitectura. Finalmente, se pueden mencionar los retratos del arzobispo de Bogotá, Crisanto Luque, y de Ismael Delgado, padre jesuita conocido dentro de la curia arzobispal y tío de su esposa Inés Delgado Padilla.

Redes

Referencias

  • 1. Enrique Caballero Escovar, “Lienzos de Gómez Campuzano“, Universidad, núm. 134 (Bogotá, 18 de mayo de 1929).
  • 2. Gabriel Giraldo Jaramillo, “Balance artístico 1938“, Cromos XLVII, núm. 1156 (Bogotá, 28 de enero de 1939).
  • 3. Joaquín Tamayo, “La exposición de Gómez Campuzano“, Cromos XXV, núm. 609 (Bogotá, 19 de mayo de 1928).
  • 4. Javier Ocampo López, Historia básica de Colombia, 276.
  • 5. Daniel Samper Ortega, “La exposición de Gómez Campuzano“, Cromos XXVII, núm. 660 (Bogotá, 18 de mayo de 1929).
  • 6. De regreso en Colombia, en 1927 Campuzano abrió un taller en los altos del teatro Faenza. Este espacio, al que con el tiempo se le llamó ‘El hogar de la joven‘, fue muy concurrido por jovencitas de la sociedad, que acudieron allí para ser retratadas por el prestigioso artista.
  • 7. Eduardo Castillo, “La exposición de pintura de Gómez Campuzano“, Cromos XXX, núm. 727 (Bogotá, 6 de septiembre de 1930).