El estudio

El estudio

La afirmación académica

A finales del siglo XIX la Escuela de Bellas Artes de Bogotá, fundada en 1886 por Alberto Urdaneta, se convirtió en el principal centro de formación artística y en uno de los más importantes escenarios de la plástica colombiana. Su enseñanza promovió el academicismo clásico, que coincidió con el triunfo de la Regeneración y con el gusto de las clases acomodadas, que se identificaban con los valores visuales fundados en el dominio del dibujo, la imitación del modelo y la idealización de los motivos.

Ricardo Gómez Campuzano, quien estudió en la Escuela de Bellas Artes entre 1910 y 1912, y posteriormente fue su director, entre 1929 y 1930, perteneció a una generación de pintores que estableció y consolidó plenamente la academia artística en Colombia. Su obra está concebida desde el naturalismo académico, un concepto clásico que define el arte como representación de la naturaleza y exalta el realismo como el objetivo último de la pintura. Por este motivo, el oficio al interior de su estudio respondió a una serie de ambiciones puramente estéticas, como son la fidelidad al motivo, el dibujo correcto, la perspectiva y el aprovechamiento de la paleta luminosa.

En 1929 Gómez Campuzano fue nombrado director de la Escuela de Bellas Artes de Bogotá en reemplazo de Roberto Pizano, quien falleció prematuramente a los 32 años. Entre las innovaciones que introdujo como director de la escuela, donde también fue profesor de paisaje y colorido y director del Museo de Reproducciones, se cuentan el inicio de las exposiciones permanentes y la designación del maestro español Ramón Barba (1892-1964) para dictar la cátedra de Escultura al natural. Un año después de su ingreso, y a pesar de su buena labor, el artista dejó su cargo para dedicarse por completo a la pintura.

El trabajo en el estudio ocupó gran parte del tiempo del artista bogotano, quien, en este espacio, reafirmó su personalidad artística y desarrolló sus habilidades técnicas. Sus primeras obras fueron realizadas en el estudio que su madre, María de Jesús Campuzano, instaló para él en ‘La casa de los siete patios‘, su casa paterna, ubicada en el centro de Bogotá. El segundo espacio que acogió su estudio fue ‘El hogar de la joven‘, lugar ampliamente visitado por jóvenes de la sociedad que quisieron ser retratadas por el artista; quedaba en el segundo piso del teatro Faenza y fue abierto en 1927 tras su regreso de España. Luego, en 1928, el artista trasladó el taller a la ‘Quinta de Estambul‘, una casa estudio ubicada en la calle 79 con carrera Séptima; en esta casa los amplios jardines sirvieron de fondo a diferentes retratos familiares. Finalmente, en 1945, el artista bogotano se instaló con su familia en la ‘Casa Gómez Campuzano‘, que fue su residencia y taller durante cerca de cuarenta años. El estudio, situado en el tercer piso, fue el sitio más respetable de la casa, un lugar de gran reserva, donde con gran concentración el artista desarrolló su trabajo.

Además de pinturas, Gómez Campuzano produjo un acervo de obra gráfica que reúne dibujos, sepias y carboncillos, que realizó durante su formación en la Escuela de San Fernando en Madrid. Entre ellos, se destacan los cuadros de gitanas y manolas que ejecutó bajo la tutela de Julio Romero de Torres y Manuel Benedito, que lo llevaron a interesarse con mayor empeño en el retrato. Obras como Mujer de perfil con moña (sin fecha), Gitana (Ca. 1920-1926) y modelo sentada con mantón (Ca. 1922) ilustran los elementos españoles en su trabajo.

Con estas obras, se cuentan también dibujos preparatorios de paisajes, estudios de animales, y de figura humana, que solía realizar durante sus viajes o salidas al campo y que quedaron plasmados en sus libretas de apuntes. Se pueden mencionar algunos de los dibujos rápidos de la anatomía de reses y caballos; los recodos de la Sabana; los bocetos de paisajes tomados en Canadá o España; así como algunas escenas cotidianas y estudios de figura que hizo de sus hijos.

Gómez Campuzano fue, junto con Andrés de Santa María, de los pocos artistas colombianos que gozó de reconocimiento internacional en la primera mitad del siglo XX. Su trayectoria fuera del país se inició, en 1917, con la exposición en el Salón Permanente del Círculo de Bellas Artes en Madrid; a la que siguieron numerosas muestras individuales y colectivas en Los Ángeles (EE.UU.), Sevilla (España), Nueva York (EE.UU.), Toronto (Canadá), Montreal (Canadá), Viña del Mar (Chile), Madrid (España), entre otras exposiciones que se han realizado, incluso después de su muerte.

Así por ejemplo, en 1940, el artista presentó su obra en Kleemann Galeries de Nueva York. A propósito de la muestra, se debe resaltar el entusiasmo con que el público estadounidense recibió su obra, en especial, sus paisajes, símbolo de la exuberancia de las tierras colombianas que transmitió a través de sus pinturas. La revista The Art Digest reseñó la muestra con las siguientes palabras:

A juzgar por el crecido número de paisajes que admiramos en Kleemann Galeries, Colombia debe ser un país de extraordinaria belleza por la diáfana coloración de sus horizontes, por el fulgor de sus dramáticos atardeceres, por la transparencia de sus ríos que reflejan mágicas alturas y extensas planicies.1

Gómez Campuzano fue uno de los pocos artistas que alcanzó la aceptación y logró subsistir con el producto de su pintura. Llama la atención el éxito comercial con que contó su obra, que fue adquirida ávidamente por los sectores más altos de la sociedad. El ejercicio en el estudio y la vida familiar fueron los motores del trabajo de este artista bogotano, quien, con disciplina, consagró su vida al ejercicio de la pintura. “?¿Cómo lo hace maestro?“, le preguntaron en una entrevista para el diario El Tiempo en 1981, a lo que respondió: “Primero, unos cuantos trazos con carboncillo sobre el lienzo y enseguida empiezo a darle a las manchas cielo y tierra al mismo tiempo. En tres o cuatro sesiones, de unas dos horas cada día queda el cuadro“.2

Redes

Referencias

  • 1. Gabriel Giraldo Jaramillo, “Ricardo Gómez Campuzano en Estados Unidos“, El Gráfico XXXI, núm. 1517 (Bogotá, 1 de marzo de 1941).
  • 2. Gloria Valencia Diago, “Setenta años ‘pinte que repinte. . . ‘ ¡todos los días!“.