Introducción

Introducción

Éxito y olvido

En agosto de 1978, cuando Ricardo Gómez Campuzano (1891-1981) se aproximaba a cumplir 86 años de edad, el columnista y caricaturista Héctor Osuna publicó en el Magazín Dominical de El Espectador el artículo “Gómez Campuzano ríe y sobrevive“. En este artículo, Osuna se refirió a Gómez Campuzano como un municipio olvidado de la crítica, al que las nuevas tendencias modernizantes del arte habían aislado injustamente:

Yo conozco a Gómez desde hace seis años, en esta época de su fecunda vejez. Y me ha impresionado siempre de dos maneras: como pintor supérstite de una escuela irrepetible, próspero y laborioso; y como ‘municipio olvidado‘ de la crítica adonde no llegan las alternas carreteras ni la interconexión de corrientes de la opinión estética. Esto por el imperdonable olvido y el esnob que desde años sepultó en vida, en Colombia, la talentosa creación de los viejos y grandes maestros. País, nuevo rico cultural, se dio el ocioso lujo de sustituir talladas consolas y espejos bruñidos por el oropel del modernismo. Pero Gómez me impresiona, igualmente, porque a él esta última circunstancia lo tiene sin cuidado.1

Tal y como lo sugiere Osuna, Ricardo Gómez Campuzano vio crecer su producción en un país que, a comienzos del siglo XX, se debatía entre el arraigo de una tradición académica y el tímido asomo de las nuevas posturas del arte moderno. Si bien, en Colombia el proceso de apertura hacia los movimientos internacionales de vanguardia fue un proceso lento y retardatario, que solo hasta mediados de siglo tomó fuerza, hay que reconocer que durante las primeras décadas del siglo XX la obra de Andrés de Santa María (1860-1945), pionera e innovadora, anticipaba ya los valores pictóricos de las nuevas generaciones.

La mayoría de artistas, guiados por una sociedad conservadora y católica, se mantuvieron fieles a los modelos académicos. Así por ejemplo, el triunfo de la academia conservadurista se hizo visible con hechos como la reacción de los bogotanos, y en particular del Círculo de Bellas Artes2, ante la exposición de arte francés de 1922. La muestra, que reunió en Bogotá algunas obras modernas, creó desconcierto en el público que condenó las nuevas propuestas. Claramente, en el país se vivía en un medio artístico provinciano; Bogotá estaba alejada de las vanguardias artísticas europeas, sin tener en cuenta movimientos como el futurismo y el cubismo, y asimilaba solamente, y de manera tangencial, el impresionismo.3 El academicismo se apegaba, pues, a un mercado estrecho de gusto convencional y reacio a las novedades pictóricas.

El inicio de una era diferente se hizo evidente en la segunda mitad del siglo XX, cuando las pretensiones y el gusto de la élite pro-academicista empezaron a perder su primacía. Por su parte, la crítica de arte empezaba a dar cabida a la comprensión de las nuevas manifestaciones y a la polémica en torno al impresionismo.4 A medida que avanzaba el siglo, los géneros más representativos como el retrato, el paisaje y las imágenes religiosas fueron perdiendo beligerancia en la escena artística nacional. Para ese momento ciertos sectores de la crítica eran duros, especialmente con artistas que, como Ricardo Gómez Campuzano, se resistían a cambiar los valores formales de su obra, o con aquellos que simplemente desconocían las vanguardias. Bien lo ilustra el crítico austriaco Walter Engel, refiriéndose a una de las exposiciones del artista bogotano en el Museo Nacional de Colombia:

Los críticos del arte moderno guardaron ante la exposición en el Museo Nacional un distanciado silencio. Para ellos, el maestro Gómez Campuzano, dueño de un brillantísimo recurso en su oficio, es un pintor completamente ajeno, completamente desconectado del arte moderno en Colombia, y del arte moderno en general. Y seguramente él mismo no pretende otra cosa. No podemos dudar de que conozca las obras de Cézanne, Gauguin, Van Gogh y Seurat, y de los grandes campeones del arte moderno en nuestro siglo. Si un hombre de tantos recursos hace caso omiso de toda referencia y de toda conexión con el arte de nuestra época, tal renuncia debe ser voluntaria, debe obedecer a una norma personal, y como tal tiene derecho de ser respetada. Y apenas es lógica consecuencia de lo anterior el que los críticos y cronistas no puedan incluir al maestro Ricardo Gómez Campuzano en la pintura moderna de Colombia.5

Siguiendo a Engel, es importante anotar que si hubo algún tipo de silencio alrededor de la obra tardía de Ricardo Gómez Campuzano, no se debió a que el artista hubiera dejado de exponer o que su obra hubiera decaído en cuanto a calidad o popularidad,6 simplemente, los valores pictóricos de las nuevas generaciones estaban cambiando.

Aunque Gómez Campuzano no se dejó llevar por las novedades de la vanguardia, su obra, en ciertas ocasiones, se acerca tímidamente al impresionismo. Las pinceladas rápidas y sugestivas de color, el manejo de la luz, la representación del instante y el gusto por la pintura al aire libre son signos claros de los valores heredados de este movimiento de vanguardia. Con ellos, del gusto y la admiración que el artista bogotano profesó hacia la Escuela de Barbizón y, en particular, hacia la pintura de Joaquín Sorolla (1863-1923), quien fascinado por la luz del Mediterráneo se convirtió en el intérprete español del impresionismo.

Claramente, el artista bogotano asistió a un momento de conformación de las artes plásticas en Colombia. El medio social era precario, especialmente para el desarrollo de la plástica, al punto que los pintores no gozaban de una clientela lo suficientemente amplia para dedicarse de lleno al trabajo en el estudio. De allí, muchos de ellos se apoyaron en la docencia para sobrevivir. Contrario a esto, Gómez Campuzano es uno de los pocos artistas colombianos del momento que se posicionó como un pintor profesional dedicado solamente a la pintura. Fue, según afirma Eduardo Serrano, el artista más activo y prolífico entre sus contemporáneos, también el más exitoso comercialmente.

La popularidad de este artista bogotano tiene que ver, sin duda, con su éxito económico y social. El pintor era asediado para realizar encargos de retratos y paisajes que pasaban a adornar las casas de las familias más distinguidas de la capital. Igualmente, la crítica de comienzos de siglo demostró un genuino entusiasmo por su obra. Pese a esto, hay que reconocer que su fama no perduró en el tiempo, quizás, por la indiferencia hacia el pasado y hacia los valores artísticos que presidieron en ese momento, y que progresivamente fueron reemplazados por las cualidades conceptuales y formales que caracterizaban el arte moderno.

A pesar de que Ricardo Gómez Campuzano fue conocido como uno de los mejores artistas de comienzos del siglo XX, y sin duda era el más exitoso comercialmente, décadas más tarde la crítica lo relegó a un segundo plano. No obstante, e indiferente ante esta situación, el pintor bogotano logró posicionarse como uno de los artistas más productivos entre sus contemporáneos: “Los pintores debemos trabajar sin tener en cuenta la crítica“, afirmó en una entrevista para el diario El Tiempo en 1960; “nadie puede decir qué es bueno o qué es malo. Cada artista debe seguir una meta independiente sin tener en cuenta los comentarios. La crítica no queda: el arte sí“7, concluyó.

Ricardo Gómez Campuzano fue un gran artista no por la difusión de su trabajo o por el éxito en sus ventas, sino porque con su pintura logró expresarse honestamente y consolidar una obra que representa la esencia de la sociedad capitalina y de la cultura de la época a la que asistió. Su obra, alabada por muchos y combatida por otros, es eco del gusto de una generación amante de la academia y producto de una estética, que se reivindica hoy en el marco de las nuevas revisiones en la historiografía del arte colombiano.

Redes

Referencias

  • 1. Walter Engel, “Ricardo Gómez Campuzano“, en Archivo vertical de artes (Bogotá: Biblioteca Luis Ángel Arango [Sala de artes y humanidades], sin fecha).
  • 2. Laura Casas Bonnet, Reflejos de Bogotá 1880-1930. Ricardo Acevedo Bernal, su pintura y su música (Bogotá: Biblioteca Luis Ángel Arango, 2009), 15.
  • 3. Catalina Pérez Builes, Francisco Antonio Cano y sus discípulos. Hacia la consolidación de un arte nacional en el siglo XX, 46.
  • 4. El Círculo de Bellas Artes fue una entidad privada fundada en 1920 con el objeto de estimular la plástica y fomentar el mercado del arte.
  • 5. Héctor Osuna, “Ricardo Gómez Campuzano ríe y sobrevive“, Magazín Dominical, El Espectador (Bogotá, 20 de agosto de 1978).
  • 6. Eduardo Serrano Rueda, La escuela de la sabana (Bogotá: Museo de Arte Moderno de Bogotá, Novus Ediciones, 1990), 152.
  • 7. Leonor Carrasquilla Costello, “Habla Gómez Campuzano: “Los pintores debemos trabajar sin tener en cuenta la crítica“, El Tiempo (Bogotá, 21 de agosto de 1960).