Caminar, dibujar. La marcha como origen del paisaje

El paisaje seduce. La palabra misma es una especie de onomatopeya de quien camina por un sendero de terracería deslizando de cuando en cuando los pies, o de aquel que rasguña un lienzo con un pincel de pelos gastados.

Martes, 9 Mayo 2017 - 4:11pm

Caminar, dibujar. La marcha como origen del paisaje
Federico Fernández Christlieb
Universidad Nacional Autónoma de México

El paisaje seduce. La palabra misma es una especie de onomatopeya de quien camina por un sendero de terracería deslizando de cuando en cuando los pies, o de aquel que rasguña un lienzo con un pincel de pelos gastados. Las dos agradables sensaciones, la de caminar y la de pintar, están en la esencia del término “paisaje”.

No hay paisaje sin observador. En este escrito pondremos énfasis precisamente en el sujeto que mira el paisaje, pues enfocar de este modo ha permitido a los geógrafos contemporáneos comprender mejor los paisajes marcados por diferentes culturas. El observador es necesariamente un caminante que salió de su lugar de origen para conocer otros lugares y, en su admiración por ellos, desea capturarlos en una tabla, en una hoja de papel o en un pedazo de tela. Para ello saca un lápiz de su bolso o recoge una tiza o un carbón. Con esta representación, el observador regresa a su lugar y cuenta a los demás lo que ha visto y de alguna manera lo explica a través de su dibujo.

La curiosidad empuja a salir. No tiene sentido el paisaje para aquellos que permanecen sedentarios porque lo cotidiano no despierta ningún interés; nadie que no haya salido de su pueblo desea analizar el escenario de todos los días con los mismos actores. Los vecinos pensarían que detenerse a contemplar el pueblo sería un sospechoso disparate. Los que no tienen curiosidad por saber cómo es el mundo exterior, tampoco se detienen a meditar sobre su propio paisaje porque no saben que existe. Acaso lo descubren cuando un forastero viene caminando y se detiene a mirarlo, a dibujarlo y, ocasionalmente, a comentarlo.

El concepto de paisaje está, así, relacionado con el viaje y con el posicionamiento de una mirada en un lugar que no es el suyo. Hacer paisaje es ver lo nuevo, lo ajeno. Desplazarse es la primera condición para hacerse observador; observar es la siguiente condición para que exista el paisaje y, finalmente, representarlo es una acción que permite apoderarse psicológicamente de él. Después viene el momento de bautizar ese paisaje, de asumirlo dándole un nombre propio. Tras estas acciones, el caminante regresa. En este texto describiremos, desde el punto de vista de la geografía histórica, estas acciones: caminar, observar, representar, nombrar y regresar. Reflexionar sobre ellas parece oportuno antes y después de dedicar la tarde a mirar una exposición sobre el paisaje; además referenciáremos a los autores que han trabajado estos temas.

Caminar

Nelson Vergara, Paisaje, 2010. Videoinstalación. AP5092

Actualmente el viaje puede hacerse en avión, pero la mayoría de los desplazamientos significativos de la historia han sido hechos a pie, a lomo de bestia o en alguna embarcación. Estas tres formas de transportarse tienen una dimensión humana. A las velocidades que te conduce un bote o un caballo, es posible entender el medio y observar sus transiciones ambientales. La vegetación y la temperatura cambian sutilmente con la altitud, con la entrada a un valle distinto o con la presencia de actividades humanas. El descenso por un río te abre escenas que afinan la percepción y, así, las playas y los manglares contrastan; los puertos son concentración de colores y de gente donde los ojos curiosos del observador prefieren anclar. La humedad, la nubosidad, los aromas y las texturas del campo o de la ciudad se van sucediendo ante la mirada y a ese ritmo da tiempo de pensar en ellos. La gente se expresa con diferentes modismos y de pronto habla otro idioma, come otros platillos y toca otra música.

Todos estos estímulos desfilan de manera desordenada y es necesario detenerse para apreciarlos, para digerirlos. El caminante deja su mochila en el suelo, el jinete desmonta y el navegante desembarca en un recodo sobre la ribera. Caminar, montar o navegar suponen un radio de movimiento que no puede ser muy amplio. Estos medios de locomoción definen lo que los geógrafos denominan hoy como “escala local”. El recorrido de los veloces automóviles o de los incansables trenes nos adentra en una escala que no es local sino regional. Pero lo que se pueda recorrer en una jornada a pie, en camello o en bote sin motor, constituye el contenedor en donde viven las comunidades locales y ese espacio es lo que tradicionalmente se llamaba un “país”. El país es el terruño hacia el que nos sentimos atados afectivamente, donde hemos nacido y enterrado a nuestros muertos. La palabra “país” es el origen del concepto “paisaje”, que se ha definido como “lo que se ve del país”. Por lo tanto, el paisaje es local. No representa regiones ni continentes sino lugares que se pueden abarcar a pie.

Históricamente, las causas por las que un individuo o un grupo se desplaza pueden resumirse en cinco: el caminante es un comerciante, un manifestante religioso, un guerrero, un explorador o un expatriado. Veamos cada una:

a) El comerciante. El intercambio, el trueque, la necesidad de obtener bienes que no hay en su lugar de origen, hacen que un sujeto salga a buscarlos. El comercio es la actividad que más viajeros ha producido en la historia y que más culturas ha puesto en contacto. La Ruta de la Seda en Asia o la búsqueda de las especias, que desembocó en la integración de América en el mundo, son solo dos ejemplos de la fuerza de estos flujos. Los mercados son creadores de caminos rurales y de paisajes urbanos.

b) El religioso. La fe, la espiritualidad, la predicación de una religión o el combate a otra también son motivo de desplazamiento. Por un lado está el peregrino, el romero que viaja muchos kilómetros para llegar a Santiago de Compostela o a La Meca y que en su recorrido encuentra expiación, sacrificio y satisfacción espiritual. Los peregrinos se cruzan en su camino con otros y comparten cobijo y aventura. Hay otros viajeros cuyo móvil religioso es la conversión o la sumisión de los infieles. Los hay casi pacíficos, como los misioneros jesuitas o los testigos de Jehová, pero hay quienes no disimulan y marchan con las armas desenfundadas, como los cruzados, talibanes y bonzos que se destruyen a sí mismos.10  Estos religiosos y belicosos viajeros no parecen tener abierta la percepción como para apreciar el paisaje. Su pretensión es destruirlo.

c) El guerrero. El afán de conquista ha estado en las mentes de algunos viajeros. Quieren ocupar tierras de otros, usufructuar nuevos recursos, posesionarse de bienes, someter pueblos11 . Nunca andan solos. Marchan en batallones o en pelotones y siempre van armados: llevan palos con pico o piedras filosas, fusiles y tanques. Ciertamente algunos se dicen liberadores y su causa es inicialmente justa pero, en la ebriedad de la victoria, es difícil disuadirlos de violar, robar y matar. Después de una guerra el paisaje es el más desolado de cuantos pueden imaginarse.

d) El explorador. La naturaleza, los diferentes pueblos, la otredad son el motivo por el que este viajero curioso sale de su lugar para encontrar ambientes y tradiciones desconocidas. Heródoto es el más antiguo de quien tenemos noticia12 . El explorador es un descubridor, un científico, un observador acucioso por encima de todos los demás. Es el que se hace las preguntas más agudas sobre lo que ve y se muestra atraído por lo desconocido. El explorador ve el paisaje como un proceso, no como algo estático. Los exploradores son constructores de ideas novedosas y genios románticos13 .

e) El expatriado. Algunos caminan contra su deseo. Lo hacen porque han sido expulsados de su país por una guerra, por una epidemia, por el desempleo, por la sequía o por la persecución. Cargan todas sus pertenencias en una maleta. A lo mejor no son aventureros por vocación sino por fuerza, y después de su marcha arriban a un lugar que es menos hostil que su propio país. Se aclimatan, se adaptan y se quedan porque no tienen a dónde ir o porque después de un tiempo, ese es su nuevo país, donde nacieron sus hijos. Su cultura será siempre doble porque no podrán dejar de ser parte de lo que eran y no podrán evitar cambiar y hacerse al modo de su nueva sede.14 

Observar

Eugenio Montoya, Retrato del viajero, s. XIX. AP5421

La pregunta que sigue a la descripción de los cinco tipos de caminante es: ¿en qué momento el comerciante, el guerrero, el peregrino, el explorador o el expatriado se convierten en artistas? No cualquiera es susceptible de representar un paisaje, pues se requiere talento y sensibilidad, calma y tiempo para detenerse a mirar.15  La mayoría de los caminantes no son paisajistas, solo algunos. Sucede cuando el entorno los cautiva, impresiona sus sentidos y los maravilla. El primer impulso es poder retener esa experiencia quizá para sí o tal vez para mostrarla a sus coterráneos que lo esperan en casa.

Cuando el caminante ha parado, la observación puede hacerse con más detenimiento. El sitio desde el que observa se llama “paraje” y es el punto escogido dado que se puede tener una apreciación directa y sin obstáculos de la porción visible de un país.16  El sitio también puede llamarse “otero” si se trata de una cima desde la que se puede mirar hacia abajo.17  El caminante viene cansado. El sudor y la respiración amplían la capacidad de percibir el paisaje con todos los sentidos y el observador detecta ruidos, brillos y tonos distintos en el color de la tierra y de los árboles. Aprecia la dirección desde donde sopla el viento, descubre un arroyo lejano, ubica el campanario de una pequeña iglesia, cuenta el número de casas con tejado de palma y se percata de que las mujeres lavan la ropa.18  También es posible identificar límites claros en los campos de cultivo, huertas y zonas con pastores donde los animales pacen. Veamos qué es lo que pueden observar, de acuerdo a su propio interés, los distintos tipos de caminantes:

a) El comerciante. Sus parajes son mercados porque el comerciante no pierde tiempo para presentar su mercancía y proponer trueque a los otros mercaderes que también se han detenido. El sitio donde hizo una pausa pasa de ser una encrucijada para convertirse en una plaza. Es un crucero que con el tiempo se hará pueblo, pero es también un punto de observación. El mercader se fija en las rutas más cortas o menos ásperas para llevar su mercancía, en los puertos de montaña por los que atraviesa sierras y en los valles donde, con más facilidad, pueden acudir los pueblos vecinos para realizar el intercambio. Observa dónde se produce café localmente para recortar distancias y mejorar el rendimiento en su siguiente viaje.19  Es maestro en atajos y conversaciones.

b) El religioso. Observa escenarios que lo conmueven espiritualmente. Es un místico que está en constante búsqueda. La naturaleza le habla de la divinidad: en una tormenta con rayos ve a Dios. El agua para él es sagrada y los cerros, tanto como los grandes árboles, son ejes del mundo que comunican cielo y tierra.20  El paisaje es sagrado y sagrados son todos sus animales, plantas, cuevas y rocas; también pueden ser considerados demoniacos, que es otra forma de sacralización.21 

c) El guerrero. También puede ser un ladrón. Ambos se interesan por los puntos del camino donde pueden preparar una emboscada, los accesos estratégicos para dominar el terreno, los puntos elevados del paisaje desde donde pueden ver sin ser vistos y dominar sin ser amenazados. Le interesan los puentes. También observan dónde vive la gente, de dónde obtiene sus alimentos, dónde están las fuentes de agua y, de paso, dónde están las minas, los diques, los almacenes y los pozos petroleros.22 

d) El explorador. Su mirada es la más analítica. Descompone el paisaje para entender su funcionamiento y origen. Es capaz de leer en el relieve la historia de la Tierra, escarbar y encontrar fósiles que le hablan de tiempos remotos. Distingue y clasifica plantas y animales. Quiere entender cómo se labró la cañada y de dónde proviene el agua del manantial, por eso observa, observa, observa.23  Sus ojos se asombran por las caras y los cuerpos de la gente y por sus raras costumbres, por sus casas y su vestimenta, por sus pugnas y su forma de gobierno.24 

e) El expatriado. Sus observaciones son las más difíciles porque sus ojos están cubiertos con una película de nostalgia. Pesa más la tristeza que la maleta que cargan y en el fondo quisieran estar viendo su patria. Tienen que pasar un periodo de duelo para poder mirar con menos rencor y cuando se han hecho a la idea de que los nuevos lugares son ahora los únicos en los que pueden estar, entonces observan las diferencias y comparan constantemente. Se complacen con lo bueno que hay en el paisaje aunque sea distinto de lo suyo.

Representar

José Manuel Groot, Imitación de la naturaleza del campo de Pueblo Viejo y Ubaque, 1863. Óleo sobre tela. AP2244

La representación es inicialmente un dibujo o una pintura, pero puede ser una fotografía, una maqueta o una escultura, un texto que explica científicamente lo que se observa, un mapa que lo ubica o un poema que describe las sensaciones que produce el medio en el observador. Es la verdadera manufactura del paisaje porque combina pies, ojos y mano. La pintura de un paisaje se compone invariablemente de cielo y tierra. Aunque el cielo esté estrellado, huracanado o lleno de nubes, la tierra es siempre más complicada porque hay en ella expresadas fuerzas de la naturaleza y huellas de las actividades humanas. Natura y cultura se entretejen y funden.25 

La tradición pictórica ha producido dos géneros de representaciones de países: los mapas y las vistas. Los mapas son proyecciones ortogonales del espacio y para leerlos es necesario decodificar una serie de signos: el color verde puede ser un bosque, una casita esquemática puede significar un poblado y una línea quebrada un río. En cambio, las vistas son proyecciones oblicuas que pretenden hacer una imagen de lo que es el país que se observa con la mayor fidelidad posible. Las vistas son propiamente paisajes. En el Renacimiento se desarrollaron técnicas de perspectiva que hicieron mucho más real el paisaje. ¿Qué dibuja cada tipo de caminante?

a) El comerciante traza rutas, describe itinerarios y prioriza ciertas zonas más benéficas para su actividad, ya porque poseen recursos, ya porque son ideales para reunirse a mercar. Otro asunto que representan en planos o en pinturas es el derecho a la tierra. Los abogados y las leyes son tan amigos del comerciante como del guerrero. Ellos han definido las marcas más infranqueables del paisaje tales como las cercas, las bardas y las fronteras. En el Renacimiento europeo, las pinturas de paisajes servían en buena medida para deslindar tierras y cobrar impuestos.

b) El religioso pinta milagros de santos y vírgenes, pero deja en el fondo un espacio para pintar los lugares donde estos ocurren.26  En tiempos en los que la evangelización también era asunto militar, los religiosos colaboraban en describir el territorio y en pintar los países para controlarlos y organizarlos según su visión.27 

c) El guerrero se interesa por proteger unas zonas y atacar otras. Por eso su representación tiene siempre carácter estratégico y muy a menudo es de plano secreta. Históricamente, los militares han sido los maestros de la cartografía y de la planeación territorial.28  Han sido los que trazan las fronteras y determinan la geopolítica de toda una nación. Vigilar el territorio y legislar sobre él solo es posible a partir de un conocimiento espacial muy fino que los cartógrafos y abogados al servicio del Estado depositan en mapas.29 

d) El explorador es un naturalista que pinta plantas detallando la hoja y la flor; pinta aves en su ambiente forestal; pinta riscos con sus glaciares en la cima y cascadas; pinta pueblos, villas y mesones; pinta costumbres y trajes típicos; pinta platillos, y pinta la arquitectura de un barrio vista desde la torre de la iglesia y luego pinta la iglesia desde la plaza.

e) El expatriado, tras pasar el susto o el coraje, pone en papel su nueva vida. Escribe cartas. También puede representar lugares en una pintura, escultura o fotografía, pero los detalles del interior de una casa, por ejemplo, no son parte del paisaje: son un pedacito de su patria perdida. Sus ojos se abren al salir a la calle y al integrarse medianamente en la nueva sociedad; entonces logra describir los espacios donde esta se mueve, frecuentemente en escritos que pueden ser metafóricos y constituir poemas o pueden ser ardientes descripciones que se entretejen con su propia biografía.

Nombrar

Bautizar un lugar es, en cierta medida, apropiarse de él.30  Se le da un nombre propio que bien puede ser el que usa la gente del lugar o uno que evoque otros idearios. Si el paisaje es rural, tal vez el nombre tenga que ser un invento del caminante que ignora la toponimia local, pero, si es urbano, lo más probable es que acepte el nombre establecido, por exótico que le parezca.

a) El comerciante nombra paisajes como si fueran hitos en el camino, como señales para poder volver a pasar y delinear así rutas comerciales. A fines de la Edad Media y principios del Renacimiento, los mercaderes se embarcaban e iban haciendo mapas de las costas, marcándolas con los nombres de las localidades o de los accidentes del terreno que vislumbraban. Son los famosos portulanos.31  Gracias a ellos se dieron cuenta de que habían doblado el Cabo de Buena Esperanza y que circunnavegar el globo era finalmente posible.

b) El religioso da nombres a los paisajes profanos para sacralizarlos. Muchas veces es una acción geopolítica en la que se antepone un nombre cristiano al topónimo indígena.32  El nombre de San Pedro Sula, en Honduras, es un buen ejemplo: en la lengua local, Usula quería decir “Valle de pájaros”, nombre indudablemente descriptivo de una naturaleza que fue negada por la nueva fe que le antepuso el nombre de un santo.

c) El guerrero llama a los paisajes de acuerdo a sus compromisos políticos y a sus fidelidades. Así, por ejemplo, el río Rímac (o Limaq, como lo pronunciaban en la Sierra), en cuyo valle se asienta hoy Lima, la capital de Perú, fue urbanizado y bautizado con el nombre de “Ciudad de los reyes”. Del mismo modo el guerrero triunfante nombra territorios con topónimos importados que echan una lápida sobre el lugar, como fue el caso de la Nueva Granada.

d) El explorador le pone nombres genéricos a los paisajes para identificarlos (“bosque de pino encino”, “selva baja caducifolia”) y es capaz de penetrarlos con su nomenclatura hacia unidades más pequeñas definiendo áreas que le interesan por su diversidad biofísica o por sus rocas.33  Otros exploradores determinan regiones después de haber sido testigos de las similitudes de una serie de paisajes, y entonces llegan a la conclusión de que la Pampa argentina es una región y el Sahel africano es otra.

e) El expatriado suele poner sobrenombres, es decir, se deslinda de los topónimos locales para designar al lugar en que vive con algo que afirme su primera impresión. Los mexicanos, emigrantes económicos a los Estados Unidos, han constituido comunidades muy amplias en donde imprimen, a sus lugares de adopción, nombres que les den sentido: los originarios de Puebla, numerosos en Nueva York, llaman Puebla York a Manhattan, que es donde trabajan cientos de miles de ellos.34  Ahí reproducen, en la medida en que el clima y la rutina lo permiten, parte de sus paisajes urbanos, sobre todo en los días de fiesta.

Regresar

La necesidad de regresar constituye la afirmación del paisaje. Es el momento en el que cobra su mejor dimensión: a veces se logran matizar impresiones que habían sido muy fuertes y valorar otras que casi habían pasado desapercibidas. Además, a su regreso el caminante se enfrenta, con otros ojos, a su propio paisaje original y así lo descubre. A la luz de su nueva experiencia viajera el paisaje propio adquiere relevancia. Por un momento, al llegar, tiene los ojos frescos del extranjero y ve cosas que nunca había visto.35  Es el momento de pensar, con calma, lo que significan tanto los paisajes que vio como el propio y así darse cuenta hasta qué punto la experiencia del viaje lo ha transformado.

a) El comerciante siempre regresa porque su labor es la de cerrar ciclos mercantiles. Lleva sus productos de aquí para allá y de allá para acá. Lleva sus ganancias. En su lugar de origen vuelve a cargar y al llegar del otro lado de su recorrido ha cambiado su mercancía por completo consiguiendo nueva y llevándola al inicio para venderla. Ha obtenido nuevas ideas también sobre cómo proceder en su próxima empresa.

b) El religioso, aunque quzizá es un desapegado de la tierra y de los bienes materiales y por tanto puede llegar a quedarse en una predicación infinita, cuando pinta un cuadro o describe un paisaje social regresa con su obra para mostrarla a sus superiores. Algunas veces la envía para que los demás sepan de él. Es cierto, sin embargo, que el caminante que menos necesidad tiene de regresar es el religioso. Todo lo contrario de los otros cuatro.

c) El guerrero regresa a presentarle al rey o al general sus logros, a reclamar reconocimiento y medallas.36  También regresa para presumir entre los suyos de sus gestas envueltas en un halo heroico. Regresa para mostrar sus mapas militares y los planos que deslindan los paisajes que reclamará en recompensa.

d) El explorador es el que más necesita regresar de todos los caminantes. Su trabajo no tiene sentido si se queda en el viaje. Vuelve para ordenar sus notas, para mejorar sus bocetos, para organizar sus fotografías, pero, sobre todo, vuelve a su tierra para discutir con otros sabios sus descubrimientos y escribir nuevas hipótesis. Su regreso es también el momento de planear una próxima expedición.37 

e) El expatriado cuando puede regresar después de un destierro prolongado, lo hace porque piensa que a su llegada rejuvenecerá, que recuperará a los amigos, la familia, los festejos, las bromas conocidas, la comida de su terruño y el aroma de su barrio. Algunos solo vuelven de paseo cuando las condiciones políticas han mejorado. Sin embargo el exiliado se da cuenta de que la separación entre él y su patria original está hecha de tiempo, y el tiempo significa cambio. La patria que conoció ya no existe y de pronto se ha quedado sin nada.38  Quien supera el regreso, adquiere una gran fortaleza y piensa el paisaje del destierro como una locación real, digna y vivible. A partir de ese momento el lugar del sujeto está hecho de dos paisajes separados pero complementarios.

Epílogo

El paisaje se hace en los ojos del observador y la mirada de este está lista para ver en cuanto ha dejado su lugar de origen y experimenta nuevos lugares. Desde el punto de vista estético, el paisaje puede revelar muchos datos a los estudiosos, pero en este texto hemos querido ver los datos que los ojos de los observadores revelan a los geógrafos. Por eso hemos tenido que acompañarlos hipotéticamente en sus caminatas y viajes. Hemos tratado de cubrir las distintas categorías que el geógrafo identifica precisamente en el caminante; sin embargo, hay otro tipo de viajero: el turista.

Hoy en día, el turista se suma por millones en todos los países, pero su perfil no parece interesar a nuestro estudio como sujeto, sino por motivos de su carga económica y por las infraestructuras que genera. Para empezar, solo camina en la playa o ante las vitrinas de las tiendas de moda, es decir, merece la pena de ser estudiado como provocador de modificaciones en el paisaje, pero no como observador. Su mirada lleva al antipaisaje, es decir, a un espacio que parece igual sin importar en qué latitud o longitud del mundo se encuentre.39  Hay una piscina, un restaurante de hamburguesas y una música aburrida de lobby de hotel. Los moradores del antipaisaje hablan buen inglés o mal inglés, dependiendo de su origen. Son desarrolladores de la anticultura, porque no representan la otredad sino la supresión de la autenticidad. A menudo visten camiseta y pantalón corto, y ven el mundo a través de teléfonos celulares. Las fotos con las que podrían representar algo, en realidad están desprovistas de intención y no revelan paisaje alguno: en la mitad de esas fotos aparecen ellos mismos y la otra mitad no pueden ser paisajes porque el ojo humano nunca volteó a ver el terreno, a sentirlo. No hubo observación. Así que los turistas no se mueven por la curiosidad sino por la tarjeta de crédito: no son creadores del paisaje sino todo lo contrario.

Una última posibilidad de caminante está dada por el artista mismo, educado y sensibilizado. El artista puede cultivar la curiosidad y convertirse en viajero para poder encontrar nuevos lugares que pintar o simplemente para cumplir el encargo que algún mecenas le ha hecho. En la historia hay varios de estos pintores a sueldo que han caminado largas jornadas con su caballete a cuestas.40  Otros lo hacen por vocación y sin dinero; estudian desde el punto de vista estético a la naturaleza y sus formas. Albrecht Altdorfer pintó paisajes a las orillas del Danubio haciendo énfasis en aquello que la tormenta había hecho de la vegetación. Eran cuadros que hablaban de la evolución ambiental. Jan Bruegel dejó testimonio, a través del paisaje, de lo que hacían los habitantes de una comunidad y con ese testimonio describió reglas, propiedades, actividades económicas y valores que los aldeanos debían preservar. El paisaje en el ámbito germánico fue así un instrumento ecológico, legal e histórico. Con todos estos elementos, el curador puede armar una exposición que hable sobre el paisaje, entendido como el producto de la observación de un caminante y su representación en alguna expresión plástica. A diferencia de lo que sostienen a menudo los historiadores del arte, para el geógrafo, el dibujo o la pintura de un paisaje siempre cuentan una historia, por soterrada que parezca. El paisaje no es solo cuestión estética y apolítica, sino una de las expresiones más completas de la complejidad de un espacio delimitado. Por pequeño que sea, este espacio forma parte de la historia de la naturaleza y la humanidad.

Olga Lucía Hurtado Gómez, Evanescente 4, 2008. Fotografía digital. AP5176

Olga Lucía Hurtado Gómez, Evanescente 5, 2008. Fotografía digital. AP5177  

 

Referencias

1 Agradezco a Nicolás Gómez Echeverri la invitación a escribir este texto que es subproducto de una investigación más extensa, conducida en la Universidad Nacional Autónoma de México en el marco del Programa de Apoyo a Proyectos de Investigación e Innovación Tecnológica (IN-302115). . Volver arriba

2 Paul Claval, La géographie culturelle (París: Nathan, 1995). . Volver arriba

3 Pierre Donadieu y Michel Périgord, Clés pour le paysage (París: Éditions Ophrys, 2005). . Volver arriba

4 Perla Zusman, Carla Lois y Hortensia Castro, Prefacio a Viajes y geografías, ed. por Perla Zusman, Carla Lois y Hortensia Castro (Buenos Aires: Prometeo Libros, 2007); John A. Matthews y David T. Herbert, Geography. A Very Short Introduction (Oxford: Oxford University Press, 2008). . Volver arriba

5 Como complemento a este texto puede leerse un artículo mío recientemente publicado: Federico Fernández Christlieb, “El nacimiento del concepto de paisaje y su contraste en dos ámbitos culturales: El viejo y el nuevo mundos”, en Perspectivas sobre el paisaje, ed. por Susana Barrera Lobatón y Julieth Monroy Hernández (Bogotá: Universidad Nacional de Colombia/Jardín Botánico José Celestino Mutis, 2014). . Volver arriba

6 Rebecca Solnit, Wanderlust. Una historia del caminar (Madrid: Capitán Swing, 2015). . Volver arriba

7 Robert Ferras, “Niveaux géographiques, échelles spatiales”, en Encyclopédie de Géographie, ed. por Antoine S. Bailly, Robert Ferras y Denise Pumain (París: Economica, 1992). . Volver arriba

8 Roger Brunet, Robert Ferras y Hervé Théry, Les mots de la géographie. Dictionnaire critique (París: Reclus-La Documentation Francaise, 1992). . Volver arriba

9 John Keay, The Spice Route: A History (Londres: John Murray, 2006). . Volver arriba

10 Norman Cohn, En pos del milenio (Madrid: Alianza, 1989). . Volver arriba

11Yves Lacoste, De la géopolitique aux paysages. Dictionnaire de la géographie (París: Armand Colin, 2003). . Volver arriba

12Daphné Gondicas y Jeannine Boëldieu-Trévet, Lire Hérodote (Rosny-sous-Bois: Bréal, 2005). . Volver arriba

13 Daniel J. Boorstin, Los descubridores (México: Crítica/Grijalbo, 1988). . Volver arriba

14Gobierno de la Ciudad de México, ed., El exilio español en la Ciudad de México (México: Gobierno de la Ciudad de México, 2011). . Volver arriba

15 Paul Claval, De la terre aux hommes. La géographie comme vision du monde (París: Armand Colin, 2012); Denis Cosgrove, “Observando la naturaleza: el paisaje y el sentido europeo de la vista”, Boletín de la A.G.E. (2002): 63-89. . Volver arriba

16 Pedro S. Urquijo Torres y Narciso Barrera Bassols, “Historia y paisaje. Explorando un concepto geográfico monista”, Andamios 5, n.º 10 (2009): 227-252. . Volver arriba

17 Gracias al historiador Marcelo Ramírez y al arqueólogo Luis Felipe Nieto por la precisión del término “otero” y su función en el paisaje. . Volver arriba

18 Ver Guillermo Wiedemann, Sin título, ca. 1941. . Volver arriba

19 Ver Alipio Jaramillo, Cosecha de café, s.f. . Volver arriba

20 Alfredo López-Austin, Cuerpo humano e ideología. Las concepciones de los antiguos nahuas (México: UNAM, 1989). . Volver arriba

21Johanna Broda, Stanislaw Iwaniszewski e Ismael Arturo Montero, coords., La montaña en el paisaje ritual (México: BUAP/CONACULTA/INAH/UNAM, 2001). . Volver arriba

22 Yves Lacoste, La géographie, ça sert, d’abord, à faire la guerre (París: La Découverte, 2012). . Volver arriba

23 Alexander Von Humboldt, Tablas geográfico políticas del reino de la Nueva España. (México: Instituto de Investigaciones Bibliográficas UNAM, 1993). . Volver arriba

24 Carl Sauer, “The Morphology of Landscape”, en The Cultural Geography Reader, ed. por Timothy S. Oakes y Patricia L. Price (Londres y Nueva York: Routledge, 2008). . Volver arriba

25 Kenneth Robert Olwig, “Sexual Cosmology: Nation and Landscape at the Conceptual Interstices of Nature and Culture”; o “What does Landscape Really Mean?”, en Landscape, Politics and Perspectives, ed. por Barbara Bender (Oxford: Berg Publishers, 1993). . Volver arriba

26 Ver Anónimo, Nuestra Señora de Monserrate, s. XVIII. . Volver arriba

27 Serge Gruzinski, La colonisation de l’imaginaire. Sociétés indigènes et occidentalisation dans le Mexique espagnol XVIe-XVIIIe siècle (París: Gallimard, 1988). . Volver arriba

28 Héctor Mendoza-Vargas, ed., México a través de los mapas (México: Instituto de Geografía UNAM, 2000). . Volver arriba

29 David Pinder, “Mapping Worlds. Cartography and the Politics of Representation”, en Cultural Geography in Practice, ed. por Alison Blunt (Londres: Arnold, 2003). . Volver arriba

30 Loretta O’Connor y Peter C. Kroefges. “The Land Remembers: Landscape Terms and Place Names in Lowland Chontal of Oaxaca”, Language Sciences 30, n.° 2-3 (2008): 291-315. . Volver arriba

31Ashley Baynton-Williams y Miles Baynton-Williams, New Worlds. Maps from the Age of Discovery (London: Quercus, 2007). . Volver arriba

32 Alicia M.Barabas, coord., Diálogos con el territorio. Simbolizaciones sobre el espacio en las culturas indígenas de México (México: INAH, 2003). . Volver arriba

33 Arturo García-Romero y Julio Muñoz-Jiménez, El paisaje en el ámbito de la geografía (México: Instituto de Geografía UNAM, 2002). . Volver arriba

34 Ver http://www.univision.com/noticias/jorge-ramos-puebla-york . Volver arriba

35Syed Manzurul Islam, The Ethics of Travel. From Marco Polo to Kafka (Manchester: Manchester University Press, 1996). . Volver arriba

36 Hernán Cortés, Cartas de relación (México: Porrúa, 1519-1534 [1970]). . Volver arriba

37 Islam, The Ethics of Travel… . Volver arriba

38 Mario Benedetti, Geografías (México: Nueva Imagen, 1984). . Volver arriba

39 Marc Augé, Los no lugares. Una antropología de la sobremodernidad (Barcelona: Gedisa, 2005). . Volver arriba

40 Javier Maderuelo, El paisaje. Génesis de un concepto (Madrid: Abada Editores, 2006). . Volver arriba

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