El camino de las ánimas del purgatorio. Colección de Arte del Banco de la República.

Antonio José es el dueño de esta colección que ha moldeado a un ritmo lento y silencioso. Lleva casi tres décadas consiguiendo piezas aquí y allá.

Viernes, 22 Julio 2016 - 4:47pm

Alejandro Rojas Cardozo

“Aquí no hay más nada que trabajar o tomar licor”, dice el señor Antonio José. Tiene razón, pues Corozal, en el departamento de Sucre, es un municipio que poco suena. En esta zona de Colombia se vive entre la relativa tranquilidad de una ciudad pequeña y la inherente lucha social de un pueblo tachado de oligarca, como afirma él mismo. Pero esta calma y su romance con el trabajo y la bebida no siempre existieron. Al menos, no en el momento de su fundación.

Cuenta la historiadora Pilar Moreno de Ángel, en su libro Antonio de la Torre y Miranda, viajero y poblador, que, en 1775, cuando este teniente español decidió trasladar la población de Pileta al alto de Corozal de Morroa —por falta de agua y pésima ubicación— no todos los habitantes del pueblo estuvieron de acuerdo y varios de ellos se resistieron al cambio. En realidad, esta actitud estaba incentivada por 85 alambiqueros que fabricaban aguardiente clandestinamente sin pagar impuesto a la Corona y que, alebrestados por la noticia de que el teniente proyectaba fundar una real fábrica de aguardientes en Corozal, controlada debidamente por las autoridades, decidieron caldear los ánimos y enfrentarse a la autoridad. Entonces, el oficial español y un refuerzo de 150 soldados procedieron a decomisar los alambiques de las veredas de Desbarrancado, Cambimba, Joney y Bajo de Lata, por lo que encendidas protestas se hicieron sentir y en la ceremonia de fundación de Corozal muchos no tuvieron con qué celebrar.

Así arrancó todo. Y aunque esta región de Colombia ahora no es ni la sombra de lo que fue en aquel entonces, para algunos todavía puede sonar paradójico —como el mismo Antonio José relata— que una región donde las principales actividades son la ganadería y la agricultura, el mayor empleador es el Estado y la gente sale a las terrazas a charlar con los vecinos cuando cae el sol, pues no hay nada más que hacer, sea el origen de la que podría ser una de las colecciones de arte popular más importantes del país. La verdad sea dicha: no se sabe si lo es, pero una colección como esta, compuesta de más de mil piezas, bien podría llevar ese título.

Antonio José es el dueño de esta colección que ha moldeado a un ritmo lento y silencioso. Lleva casi tres décadas consiguiendo piezas aquí y allá. Pero, a pesar de ser el personaje que es, este señor no le pone mucho misterio a lo que hace. Está al otro lado de la línea telefónica, a cientos de kilómetros de Bogotá, de donde procede mi llamada, como si fuera un amigo el que se comunica con él. Contesta todas mis preguntas, no se complica y por su acento costeño suena aún más sincero en sus respuestas. No es artista, ni historiador y mucho menos académico. No, este señor es ganadero.

Las 50 piezas, que posee el Banco de la República, procedentes de esa región del Caribe colombiano, fueron de su propiedad y de estas hay 40 exhibidas en la sala “Los primeros tiempos modernos”, una de las curadurías de la Colección de Arte, realizada por Jaime Borja, que se expone actualmente en la Casa de Moneda. Las ánimas del purgatorio, las piezas que nos atañen, son pequeñas tallas rústicas hechas en madera en las que casi todas las figuras femeninas, poderosas y sobrecogedoras, se retuercen entre llamas mientras miran al cielo.
A esta actividad se ha dedicado este sucreño gran parte de su vida como si fuera una obsesión o un vicio difícil de dejar y, lo que es más encantador, alejado de toda apreciación intelectual: “Las ánimas me gustaron por lo feas que eran, me parecieron más interesantes en ese sentido”, dice con total desparpajo. Pero también se percibe en este personaje un interés por rescatar objetos de su infancia y juventud, objetos olvidados que representan su cultura y las creencias de la región, como recuerda con un tono casi melancólico: “Cuando yo era joven mis amigos les pedían a las ánimas que los despertaran porque tenían que estudiar, pero esa creencia se ha perdido y tenían a las ánimas guardadas por ahí”.
Pero, ¿cómo se descubre un coleccionista de este calado? ¿Cómo se llega a una región tan apartada para destapar un tesoro de esta magnitud? Pues bien, esta es apenas una de las muchas historias que guarda celosamente la Colección de Arte del Banco de la República y este es el momento de contarla.

Todo se conecta

El inicio de esto se dio hacia el año 2010, cuando en el Museo de Arte del Banco de la República se preparaba la exposición Habeas Corpus, que abordaba el cuerpo, la tensión social de ocultarlo o mostrarlo, los antecedentes históricos y el papel de este en diferentes momentos importantes de la historia del arte. Se trataba de un relato construido alrededor de la figura humana, cuya curaduría estuvo a cargo del historiador Jaime Borja y el artista José Alejandro Restrepo.

Por esas conexiones fortuitas que teje la vida, este último vio, por casualidad mientras preparaba la exposición, una talla que el artista cordobés Cristo Hoyos tenía en su taller. No dudó en preguntarle de dónde la había sacado, y aunque ese objeto no provenía precisamente de la colección del ganadero de Corozal, sí tenía toda la estética de las ánimas y santos de aquella colección privada que José Alejandro estaba a punto de descubrir.

La pieza en cuestión se llamaba Comunero de los Montes de María y era de autoría de David Bohórquez, “un artista de un pueblecito al pie de los Montes de María (…). Yo creo que esa fue la pieza que vio José Alejandro”, aclara Cristo Hoyos, que, ante la curiosidad de su amigo, le contó que en Sucre había un coleccionista, compinche suyo también, que tenía una cantidad enorme de esos objetos.

José Alejandro viajó a Corozal para conocer a este personaje y ver esas esquivas tallas en madera, que aún hoy generan controversia por su fecha de elaboración: unos las ubican en el siglo XIX y otros a principios del XX, aunque lo cierto es que del tema no hay información suficiente.

Poco se ha estudiado desde el punto de vista de la antropología y ni siquiera desde el punto de vista de la artesanía —subraya José Alejandro—, así que me fui hasta allá y los conocí a él [a Antonio José] y a su colección, que es bellísima y no es solo de ánimas sino también de cristos, crucifijos y santos.

Con la simpática osadía de un costeño, Antonio José rebobina la película y confiesa: “La verdad es que yo no sabía quién era (José Alejandro) y miré en internet para averiguar”. Así es, el ganadero iba a recibir en su casa a un reconocido artista nacional sin tener la menor idea de quién era. Pero no le importaba, él solo quería mostrar su colección y escuchar una voz diferente a la del instinto que lo había orientado durante décadas sobre sus piezas.

Rescatadas de la hoguera

Con esa misma espontaneidad, Antonio José empezó su colección. Un día, seguramente caluroso, como siempre en Corozal, alguien le ofreció una pequeña talla de un san José y el ganadero no se pudo negar a recibirla. A partir de ahí, gracias al voz a voz de amigos y empleados, empezaron a ofrecerle ánimas del purgatorio, san Roques y cuanta talla en madera pudiera parecerle atractiva.

Parece un milagro que estas piezas de las ánimas aún existieran, pues ellas —y la tradición de talla en madera— apenas habían podido sobrevivir a una gran cruzada emprendida por algunas sectas religiosas que habían llegado a la zona para quemarlas. José Alejandro Restrepo comenta:

Desafortunadamente, fue una tradición que se perdió y desapareció por varias razones: una, que llegó allá, más o menos a partir de los años sesenta, una oleada evangélica que terminó con estas imágenes, y otra, que la misma tradición católica reemplazó estas imágenes en madera por otro tipo de soportes y materiales.

Antonio José completa la historia:

A mí me llamaba la atención que alguien sin conocimientos se atreviera a tallar. Me parecía interesante que alguien sin estudios pudiera hacer figuras con esa anatomía, porque les hacía una cintura estrecha, las piernas más grandes que el torso y sin ningún pliegue. Eso me gustaba de verdad y se estaba perdiendo pues las estaban quemando…

Y así aquellas tallas ingenuas, rurales, imposibles de catalogar en algún estilo, sin los cánones estéticos impuestos por Europa y hechas posiblemente por descendientes de negros, indígenas o mestizos comunes, como las describe con certeza Cristo Hoyos, terminaron casi por desaparecer ante la mirada cómplice de fieles e infieles, que poco o nada pudieron hacer ante el poder de las creencias.

Lo que queda

Tras la visita de José Alejandro Restrepo a Corozal, 12 objetos de la colección de Antonio José terminaron por atravesar media Colombia para llegar a Bogotá y ser parte de la exposición Habeas Corpus. Unos meses después, estas y 38 piezas más —todas pertenecientes al ganadero de Corozal— fueron adquiridas para la Colección de Arte del Banco de la República y ser mostradas al público.

La historia de esta colección anónima es apenas una pista del acontecer de la vida en el Caribe, de las convicciones de la región y de toda esa carga cultural que ha permeado buena parte de la zona norte de Colombia. Un recuerdo personal de Cristo Hoyos, el artista cordobés clave en todo este cruce de personajes, colorea muy bien el fin de este relato:

Yo me enfermé, una cosa delicada y muy grave, y estaba internado en el hospital San José, en Bogotá. Mi abuela, que todavía vivía en una finca en las sabanas de Córdoba, desesperada por mi situación recordó que yo sentía fascinación por una de las piezas que ella tenía en su altar. Entonces, empacó ese crucifijo y me lo mandó con una carta que aún conservo. Este no era un cristo europeo, era extraño. Luego, me enteré de que ese cristo había sido de la mamá de mi abuela y se lo había tallado un esclavo negro. Ese cristo es extraño porque no es un cristo blanco, es un esperpento hecho por un esclavo que perteneció a la familia de mi bisabuela.

También se sabe que esta tradición de talla de ánimas y santos no solo es exclusiva del Caribe colombiano. Cuba, Puerto Rico, República Dominicana y otros países de la región hacen parte de esta cofradía devota que vive en una atmósfera de superstición. De hecho, se cree que de la costa Caribe salieron muchas piezas hacia Venezuela y Centroamérica en los años cincuenta, y que estas terminaron en colecciones y museos, pero a la fecha no hay un registro certero de dónde están o quién las tiene.

Mientras tanto, aquí en Colombia, 10 piezas de las adquiridas por el Banco de la República al coleccionista de Sucre son exhibidas y complementan de forma acertada la exposición Aparente ingenuidad. Pintores primitivistas en la Colección de Arte del Banco de la República (19 de mayo al 22 de agosto de 2016), en la que se retrata la cotidianidad de los pueblos del Caribe, los viajes en bus y en barco por el río y donde también se destaca el trabajo sincero de futbolistas, empleadas del servicio, policías y alfareros, que fueron artistas ajenos a la academia y la historia del arte.

Este es un momento muy apropiado para que el público conozca estas piezas, pues la colección de Antonio José prácticamente se ha estancado. Ya no se encuentran tallas en madera de este tipo y pocas se ofrecen a la venta. Las que quedan están en los hogares del Caribe, donde la gente aún les rinde culto para curar el mal de ojo, para que san Isidro los ayude en la cosecha o para que san Roque los aleje de las enfermedades, la pobreza, la injusticia y los enemigos.

Hoy en día, Antonio José es visto como un excéntrico por sus vecinos. Y tal vez tengan algo de razón. ¿A quién, en sus cinco sentidos, se le ocurre comprar pequeñas tallas en madera y acumularlas hasta llegar a semejante cantidad? A muy pocos y contados, desde luego. Pero este señor de excéntrico no tiene nada y, por la magnitud de lo que ha hecho en todo este tiempo, si se le pudiera describir de alguna forma, sin duda, sería como un auténtico visionario.

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