Barroco en tierra de orfebres

La custodia de la iglesia de San Ignacio de Bogotá.

Miércoles, 26 Noviembre 2014 - 7:46pm

En los territorios de la actual Colombia, los metales como el oro y la plata, eran conocidos, explotados y trabajados por las distintas comunidades indígenas. La elaboración de objetos utilitarios y ceremoniales entre los que se encontraban pectorales, diademas, joyas y figuras de ofrenda, a los cuales en múltiples oportunidades se les engarzaban piedras preciosas como las esmeraldas, dan cuenta de que la orfebrería indígena fue de excelente calidad y  evidencia el conocimiento de variadas técnicas de fundición, soldadura y aleaciones, así como el uso del repujado, el martillado y el vaciado de metal a la cera perdida. El empleo de estos metales preciosos estaba relacionado con las prácticas religiosas de las comunidades indígenas, las cuales llamaron la atención de los conquistadores españoles desde el momento del encuentro.
 
En aquella laguna de Guatavita se hacía una gran balsa de juncos, y aderezábanla lo más vistoso que podían… A este tiempo estaba toda la laguna coronada de indios y encendida por toda la circunferencia, los indios e indias todos coronados de oro, plumas y chagualas… Desnudaban al heredero […] y lo untaban con una liga pegajosa, y rociaban todo con oro en polvo, de manera que iba todo cubierto de ese metal. Metíanlo en la balsa, en la cual iba parado, y a los pies le ponían un gran montón de oro y esmeraldas para que ofreciese a su dios. Entraban con él en la barca cuatro caciques, los más principales, aderezados de plumería, coronas, brazaletes, chagualas y orejeras de oro, y también desnudos… Hacía el indio dorado su ofrecimiento echando todo el oro y esmeraldas que llevaba a los pies en medio de la laguna, seguíanse luego los demás caciques que le acompañaban. Concluida la ceremonia batían las banderas… Y partiendo la balsa a la tierra comenzaban la grita… Con corros de bailes y danzas a su modo. Con la cual ceremonia quedaba reconocido el nuevo electo por señor y príncipe (Rodríguez Freyle 1859 [1636]).
 
Custodia de la iglesia de San Ignacio de BogotáSi bien los indígenas contaban con una importante tradición orfebre, como dan cuenta las espléndidas piezas que se han conservado hasta hoy y que evidencian la calidad del trabajo de los pueblos prehispánicos que habitaron los territorios de la actual Colombia, se sabe que fueron aislados del trabajo con piedras preciosas y metales de valor desde el inicio de la colonización española en el Nuevo Reino de Granada. El control sobre la mano de obra indígena fue riguroso; sin embargo, en regiones como la actual Bolivia, fue más laxo y se conocen algunos nombres de plateros de origen indígena. 
 
La Conquista de América estuvo incentivada desde el inicio por la búsqueda de metales preciosos y por el ideal de adquirir prestancia y poder. En el Nuevo Reino de Granada se encontraron importantes yacimientos mineros que empezaron a ser explotados desde el siglo XVI.  La Corona española, consciente desde el principio de la abundancia de metales preciosos en América, decretó diversas leyes y creó instituciones para su control. En 1504 impuso el pago del quinto real, impuesto que era recaudado por las cajas reales y que consistía en la entrega del 20 % del oro y la plata hallado. Si bien existía esta norma, muchas veces no se cumplía, y quien hallaba oro y plata, por lo general, no quintaba el metal para no ver reducida su ganancia. Gran cantidad de metal salió de la Nueva Granada con destino a España: oro extraído de las minas de Antioquia, Chocó y Cauca o hallado en ríos e incluso convertido en lingotes provenientes de la fundición de piezas orfebres realizadas por los indígenas. 
Otras instituciones fundamentales para el control del metal en el nuevo continente fueron las Casas de Moneda, que tenían como función principal la acuñación de monedas de oro y plata.  La Casa de Moneda de Santafé, por ejemplo, fue fundada en 1621 y, gracias a los importantes hallazgos auríferos de la región antioqueña, fue la primera en América en acuñar monedas de oro.  La Corona española trató de controlar también el manejo de los metales a través del gremio de los plateros. Cuando eran hallados yacimientos de oro, plata y piedras preciosas, se corría la noticia con rapidez y así, procedentes de tierras españolas y portuguesas, llegaron al nuevo continente muchos artesanos expertos en el trabajo con metales. En corto tiempo se conformó el gremio de los plateros en tierras americanas, se fundaron talleres con maestros, oficiales y aprendices y realizaron infinidad de piezas que mezclaban las tendencias estilísticas españolas y americanas. 
Aunque se conoce la gran calidad del trabajo orfebre de las comunidades indígenas prehispánicas que poblaron nuestro territorio, es poco probable que trabajaran  como obradores dentro de los talleres de los plateros pues incluso había prohibiciones para contratar mano de obra indígena, a pesar de que participaran como mano de obra en la extracción del oro en minas y ríos. Tal vez laboraban como aprendices, realizando los trabajos más bajos, pero no en el papel principal de maestro del taller.
 
El oficio de la platería
 
En la actualidad, la palabra platero sirve para designar al artesano que trabaja exclusivamente con plata; sin embargo, entre los siglos XVI y XVIII, en la Nueva Granada esa denominación se usó, sin distinción, para los trabajadores del oro y la plata. También se sabe, gracias a la documentación hallada en archivo, que se utilizó el término oribe para aquellos artesanos que se dedicaban, específicamente, al arte de la joyería (Fajardo de Rueda et al. 1990). 
La platería fue uno de los oficios más destacados de la sociedad colonial y su lugar en la escala social estaba dado por la calidad y riqueza de los materiales con los cuales se trabajaba. Se crearon cofradías de plateros que sobresalían por el lujo y la ostentación con los que realizaban las procesiones y celebraban las fiestas en honor a su santo patrono, san Eloy. Incluso el espacio físico que ocupaban dentro de la ciudad tenía renombre y denominación propia: la calle de los Plateros, que en muchas ciudades latinoamericanas todavía se conserva en la actualidad. 
Si bien los plateros neogranadinos tuvieron siempre una formidable factura en  sus obras,  el siglo XVIII se destacó por los grandes trabajos elaborados en oro y plata y por el influjo cultural del territorio,  gracias a que la Nueva Granada se  convirtió  en virreinato y se incrementó la demanda de objetos de lujo. Los principales clientes eran los conventos, las comunidades religiosas y los españoles ricos que  hacían evidente su poder por medio de los utensilios de plata y oro.  Básicamente, se realizaron dos tipos de encargos a los plateros: los ornamentos religiosos y los objetos utilitarios. Las piezas que se realizaban debían ir grabadas, por lo general, con el año y nombre del artífice de las mismas, las marcas del quinto real, la marca de la ciudad y la firma del platero que las elaboraba. Muchas piezas no fueron marcadas debidamente y, en la actualidad, este hecho dificulta su identificación, datación y determinación de origen. 
 
La custodia de la iglesia de San Ignacio de Bogotá (“La Lechuga”) 
 
Custodia de la iglesia de San Ignacio de BogotáDurante el siglo XVIII la orfebrería producida en América alcanzó un alto nivel de elaboración. La mayoría de las piezas realizadas durante este periodo tenían un fin religioso y gracias a la riqueza del territorio, fue posible la producción de numerosos objetos que estaban destinados a decorar los altares de iglesias y que hoy  sorprenden por su belleza. Dentro de la gran cantidad de piezas para el culto realizadas en oro y plata durante el periodo colonial, sobresalen las custodias, las cuales hacían parte del ritual litúrgico y cuyas principales funciones eran presentar la hostia consagrada a los fieles y participar en la procesión de la fiesta del Corpus Christi. El uso de la platería fue necesario para la difusión del mensaje católico, puesto que la evangelización se soportó en un corpus visual donde el sentido de la vista desempeñaba un papel fundamental. El trabajo con metales se incentivó ya que el brillo de los metales y las piedras preciosas deslumbraba los ojos como una exhibición de poder. 
En América se prefirió elaborar las custodias con forma circular y rayos ondulantes, dotándolas así de un carácter simbólico relacionado con el sol. Aunque existen muchas hipótesis acerca de que este estilo de piezas estuviera relacionado con la cosmogonía indígena, esta conjetura no se ha comprobado. De hecho, la forma radial fue empleada en España desde el siglo XVI como posible referencia al carácter simbólico del sol dentro del Cristianismo. 
La custodia de la iglesia de San Ignacio de Bogotá, denominada popularmente como “La Lechuga”, debido al verde de sus esmeraldas, fue obra del orfebre de origen español José Galaz, a quien le tomó siete años terminarla (1700-1707) trabajando con el procedimiento de la cera perdida. La pieza tiene 1485 esmeraldas, 1 zafiro, 13 rubíes, 28 diamantes, 62 perlas barrocas y 168 amatistas. No solo es considerada una de las joyas religiosas más ricas y hermosas de Hispanoamérica, sino que es el testimonio de lo que sucedió con el Barroco español en tierras americanas y de cómo este estilo artístico encontró nuevas dimensiones en un territorio en el que abundaban el oro y las esmeraldas y perduraba la cultura indígena de los más destacados orfebres del continente.
Durante el siglo XVIII, como se observa en esta custodia, se incrementa el adorno y la dimensión de las piezas litúrgicas. Se utilizan, para ampliar el esplendor de las custodias, esculturas adosadas, adornos sobrepuestos, variados esmaltes e innumerables piedras preciosas que las dotaron de color, lujo y ostentación;  características fundamentales que los clientes de la época demandaban y que evidencian la destreza que se había alcanzado en el trabajo con el oro y la plata en América (Esteras Martín 1995). En la custodia de la iglesia de San Ignacio de Bogotá, “La Lechuga”, sobresale el uso de la esmeralda, piedra insignia del territorio colombiano, que, desde tiempos prehispánicos, ha estado presente en diversos objetos rituales y simbólicos gracias a su belleza, calidad y pureza. La explotación de esta piedra preciosa en el país continúa hasta la actualidad debido a la demanda en joyería. 
En esta custodia se observa, en la parte superior, un sol decorado con 22 rayos mayores ondulantes que rematan en pequeños soles adornados con esmeraldas y 20 rayos menores que rematan en perlas barrocas. En la parte superior del sol, se encuentra una cruz con esmeraldas y, como decoración, rodeando este sol, figuras de hojas de vid y de pequeños racimos de uvas, símbolos de Cristo y la eucaristía. Esta es la parte más importante de la custodia, pues está destinada a exponer a la vista de los fieles, dentro del habitáculo o viril bordeado también por perlas y 63 rayos, la sagrada hostia. 
En la parte media, se observa la figura de un ángel con las alas extendidas y los brazos elevados que sostienen el sol. Este tipo de imaginería fue característica de la Compañía de Jesús, comitente de la custodia, que usó las representaciones angélicas como estandarte de su evangelización en América. Los jesuitas tomaron la imagen del ángel como parte fundamental del ejército de Dios en los cielos y se identificaron con el culto angélico al concebirse a sí mismos como parte del ejército espiritual al servicio de Cristo en la tierra. De hecho, la consigna de la comunidad: “Militar para Dios bajo la bandera de la cruz y servir solo al Señor y a la Iglesia, su Esposa, bajo el Romano Pontífice, Vicario de Cristo en la tierra”, hace explícito ese carácter militar que se mantiene hasta hoy (Mujica Pinilla 1996) . 
Custodia de la iglesia de San Ignacio de BogotáDebajo del ángel se ubican dos nudos abarrocados de donde, con toda seguridad, el sacerdote tomaba la custodia para elevarla y mostrarla a los fieles. Finalizando se encuentra la peana, que constituye la base de la custodia, con ocho lóbulos. Ahí el orfebre remató su obra con una decoración de hojas de acanto y nuevamente hojas de vid y uvas donde, además, se observan, como soportes de la custodia, algunas figuras zoomorfas y querubines intercalados.
La custodia de la iglesia de San Ignacio de Bogotá es, sin duda, uno de los grandes ejemplos de las custodias denominadas “mayores” y joya indiscutible del trabajo en oro en el Nuevo Reino de Granada que ha dado pie a múltiples leyendas. Es de admirar que “La Lechuga” se haya mantenido íntegra hasta la actualidad, ya que, desafortunadamente, durante los procesos independentistas muchas de las piezas religiosas fueron decomisadas y fundidas para subvencionar la lucha tanto de los realistas como de los patriotas. Protegida por los sacerdotes de la Compañía de Jesús, esta custodia logró superar la expulsión de los jesuitas de los dominios españoles ordenada por Carlos III en 1767, la segunda expulsión dispuesta por José Hilario López en 1850 y la tercera expulsión a manos de Tomás Cipriano de Mosquera en 1861. Se dice que estuvo oculta durante todos esos años y que nunca salió del país a pesar de las expulsiones. Solo hasta fines del siglo XIX, cuando los bienes confiscados les fueron devueltos a los jesuitas, la custodia volvió a aparecer en la iglesia de San Ignacio de Bogotá, donde se la podía admirar en ciertas oportunidades o en celebraciones especiales. 
En 1985 el Banco de la República de Colombia compró la custodia directamente a la Compañía de Jesús que con anticipación había pedido autorización a la Santa Sede para su venta. Desde entonces ha sido pieza fundamental de la colección permanente del Banco y se ha exhibido constantemente al público como testimonio del arte  virreinal y testigo de las disputas del siglo XIX. “La Lechuga” ha llegado hasta nosotros para ser admirada por propios y ajenos como muestra de la grandiosa orfebrería barroca americana. 
 
Referencias bibliográficas 
 
Avellaneda, Mercedes. 2003. “El arcángel San Miguel y sus representaciones en las reducciones jesuíticas del Paraguay”. Suplemento Antropológico 2:131-75.
 
Duque Gómez, Luis. 2001. Oro y esmeraldas en el culto de indios y españoles en el Nuevo Reino de Granada. En Fajardo de Rueda, Marta, Yvonne López y Jorge Mario Múnera. 1990. Oribes y plateros en la Nueva Granada. Bogotá: Banco de la República.
 
Esteras Martín, Cristina.  1983. “Nuevas aportaciones a la historia de la platería andaluza-americana”. Presentación en las III Jornadas de Andalucía y América, Universidad de Santa María de la Rábida, marzo. 
 
Esteras Martín, Cristina. 1995.  “Aproximaciones a la platería virreinal hispanoamericana”, en Pintura, escultura y artes útiles en Iberoamérica: 1500-1825. Madrid: Cátedra. 
 
Fajardo de Rueda, Marta, Yvonne López y Jorge Mario Múnera. 1990. Oribes y plateros en la Nueva Granada. Bogotá: Banco de la República.
 
Mujica Pinilla, Ramón. 1996. Ángeles apócrifos en la América virreinal. México: Fondo de Cultura Económica, Instituto de Estudios Tradicionales.
 
Rodríguez Freyle, Juan. 1859 [1636]. El Carnero. Bogotá: Pizano i Pérez.
 
Vetter Parodi, Luisa. 2013.  “De la tecnología orfebre precolombina a la colonial”. Bulletin de l’Institut Français d’Études Andines 2:203-35. 
 
Sigrid Castañeda Galeano 
Unidad de Artes y otras Colecciones 
Subgerencia Cultural -Banco de la Republica