La Lechuga, símbolo perfecto del futuro - Por Juan Luis Suárez

La Lechuga, símbolo perfecto del futuro - Por Juan Luis Suárez

La Lechuga

Cada fase de la historia humana desarrolla su propio código. Estos códigos a veces inasibles, siembre únicos y distintivos, corresponden en la escala de la evolución cultural a lo que el ADN realiza en la evolución genética. Son imprescindibles para recoger, combinar, fusionar y hacer avanzar la cultura humana.

El barroco es el código del moderno ser humano. Un código que se va tejiendo a ambos lados del Atlántico y que luego incorpora las conexiones asiáticas de Goa, Macao, el sureste asiático y China. Este barroco nuestro tiene una sola función histórica: recoger y encauzar la complejidad que resulta del choque de razas, culturas y religiones desde el siglo XVI hasta el día de hoy. Porque todavía hoy el código de la existencia humana es un código barroco.

La Lechuga es una pieza imprescindible de este lenguaje barroco. Y es imprescindible por dos razones. La primera tiene que ver con su extraordinaria belleza, una deslumbrante belleza sencilla. Y es esta perfección estética, contener la máxima belleza en los contornos de la mayor simplicidad, la que la convierte en una pieza de extraordinario valor artístico y cultural.

La segunda razón para admirar La Lechuga es consecuencia natural de la primera. Con solo La Lechuga delante se puede decodificar toda la época que representa. Una custodia acoge el misterio de la Eucaristía. Y este misterio, la clave del Barroco y de las celebraciones colectivas más importantes de la época, es, no lo olvidemos, la clave sobre la que sostiene el universo cristiano. Imagínense el desafío que para un artista suponía contener el misterio del universo en una creación humana.

La labor de Joseph Galaz, español de nacimiento y novogranadino de adopción, y su taller alcanza dimensiones extraordinarias cuando pensamos que La Lechuga contiene una síntesis de la historia de su tiempo y un mapa del lugar central que Santa Fe de Bogotá ocupaba en el nuevo universo global.

La historia de los hombres de su tiempo se remansa en tres elementos de La Lechuga: las referencias eucarísticas que explican su función, la cosmología de ángeles y arcángeles tan representativa del barroco americano, y la imponente presencia del dios sol, contribución imprescindible de las religiones andinas al caudal del catolicismo universal.

El ángel combina su función estructural en el astil de la custodia con su papel simbólico de puente entre el mundo terrenal de los hombres y el mundo celestial. El sol, rodeado de sus estrellas rizadas de la mañana, nos recuerda su papel en las mitologías de los Andes, pero también su inexcusable referencia a Cristo, sol de justicia y salvación para todos los hombres en esta tierra.

La geografía del Barroco tiene forma de red. Bogotá alcanza su lugar privilegiado en este red global gracias a su enorme capacidad para integrarse a las redes globales del comercio, el arte, la religión y la política. Y este lugar de privilegio en la cadena de logística simbólica del Barroco la explican las perlas del Caribe, las amatistas de India, los rubíes de Sri Lanka, los diamantes de Suráfrica, el zafiro de Tailandia, el oro de la Nueva Granada y la fractalidad árabe del trabajo con el oro.

Si hay una cosa que llame inmediatamente la atención en La Lechuga es, evidentemente, su color. Este verde de las esmeraldas nos lleva a la entrada caribeña de Colombia. Pero más que ninguna otra cosa en esta joya barroca, el verde de La Lechuga es el verde de las tierras colombianas, de los paisajes descritos por don Juan de Castellanos, de los llanos a la selva, de las tierras y de sus gentes, de la esperanza con la que se construyó el país desde el Barroco y de la que vivimos hoy. Si el Barroco fue siempre el tiempo del subjuntivo, La Lechuga es hoy el símbolo perfecto del futuro cierto que nos aguarda, el de la esperanza de todos.