Las reformas económicas y sociales de la década de los años treinta, periodo conocido en el país como la “revolución en marcha”, de cambios en la educación y defensa de los derechos de los trabajadores, no fueron desconocidas por los artistas jóvenes de la época, interesados en un arte nacionalista de valoración social.
Estéticamente se desarrollan también dos vertientes: una conformada por aquellos que siguen las pautas de la academia, entre quienes se cuentan Ricardo Gómez Campuzano, Eladio Vélez, José Rodríguez Acevedo, y a la cabeza de la otra vertiente, Pedro Nel Gómez, decidido a desafiar la tradición. Además de introducir el desnudo en sus murales públicos, Gómez utiliza un estilo donde la hermosura del cuerpo humano se traduce en su fuerza y vitalidad; ejemplo de su propuesta temática y estilística son las barequeras, trabajadoras de las minas de aluvión.
Dos de sus principales alumnos fueron Débora Arango y Carlos Correa. La primera centró su interés en la figura femenina y en temas de denuncia social; el segundo vierte sus preocupaciones ideológicas en una obra simbólica, partiendo de lo popular.
Luis Benito Ramos transformó el uso dado a la fotografía hasta entonces, abriéndola hacia el campo de la reportería gráfica; Ramos captó con humanidad y contundencia escenas, rostros y gestos del pueblo colombiano.
En 1947 Marco Ospina muestra en la Exposición de Artistas Jóvenes sus pinturas de formas orgánicas y colores planos, constituyéndose en la primera manifestación de arte abstracto en el país.
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