(December 2014)
 

 

 

 

ALONSO DE OJEDA. 

 

I

 

Entre todos los descubridores de nuestras costas, Alonso de Ojeda es el tipo que mejor reúne las cualidades y defectos de los antiguos caballeros españoles, tales como los pintan las leyendas de la Edad Media.

España fué durante muchos siglos e] campo en donde todos los caballeros de la cristiandad iban á estudiar el arte de la guerra; de la guerra, no como la entendemos hoy, sino como se usaba en aquellos tiempos en que el heroísmo y la felonía, la abnegación más completa y la crueldad más terrible, la generosidad más extraordinaria y los sentimientos más innobles moraban en unos mismos pechos. Alonso de Ojeda era natural de Cuenca, capital de la provincia, partido y obispado del mismo nombre en la Castilla oriental, ciudad insignificante en la historia, pero poblada de una raza fuerte, robusta, parca é industriosa. Hijo de familia hidalga, pero de pocos re- cursos, tuvo la ventaja de educarse en casa de los duques de Medina Sidonia, en donde pasó su juventud en calidad de paje. En aquellas nobles familias españolas, los que vivían bajo su techo eran mirados como parte de ellas, y se les daba una cuidadosa educación marcial, propia para formar valientes hombres de guerra. Acompañaban á su señor á la Corte y á la guerra, y bajo su protección ganaban una buena posición en la sociedad. Alonso de Ojeda era pariente cercano de un alto miembro del Tribunal de la Inquisición, de su mismo nombre, quien le presentó al famoso obispo de Burgos, que fué despues Patriarca de las Indias, don Juan Rodríguez de Fonseca; pero cuyo nombre está manchado en los anales de la historia con las injusticias de que usó para con Colón y Cortés. El joven Ojeda se ganó en breve la buena voluntad del Obispo, quien ofreció dispensarle su protección en primera oportunidad. Alonso tenia veintiocho años en 1494, era pequeño de estatura, ágil hasta causar sorpresa, y en todos los ejercicios de las armas, maestro consumado; tenía el genio pronto y la vista perspicaz ; era valiente hasta la temeridad, vengativo hasta la crueldad, tierno de corazón con los débiles, y cortés con las damas ; pendenciero y duelista, pero hondamente creyente y por extremo observante de sus deberes religiosos.

El Obispo supo distinguir en aquel joven una alma bien templada y un corazón generoso, pero también notó que su carácter tenía un fondo de ambición que podía servirle en los planes que por entonces maduraba para perder á Colon. Envió, pues, al joven con un alto empleo en el segundo viaje que hizo el gran Descubridor al Nuevo Mundo, con el objeto de que tratara de vigilar la conducta de Colón. Apenas negó Ojeda al Nuevo Mundo, cuando empezó á hacerse notable entre todos. Enseñado á combatir en las guerrillas contra los moriscos de Granada, no había quien le igualara en aquel género de combate, y en breve su audacia le puso á la cabeza de todas la8 expediciones 'contra los desgraciados indí- genas del interior de la isla. Hubo vez que lograra derrotar á diez mil indígenas Con cincuenta hombres á sus órdenes ; no había nada que le arredrara  ni empresa que no acometiera. Deseaba Colón tener en su poder al cacique más poderoso de la isla : Ojeda ofreció traérsele prisionero, robándosele del corazón del campamento indígena, y lo hizo con tal denuedo, que se juzgaría aquella aventura como imposible, sino la refirieran serios cronistas de cuya veracidad no se Puede dudar.

Nuestro protagonista regresó á España en 1496, y el 22 de Mayo de 1499 volvió á hacerse á la vela con dirección al Nuevo Mundo; pero en esta vez venía por su cuenta y como jefe de la expedición, trayendo, para guiarse por ellos, los diarios y mapas que había levantado Colón en su tercer viaje, cuando descubrió el continente americano. El obispo Fonseca había cometido la felonía de entregar á su protegido los datos suficientes para que continuara el descubrimiento de Colón, contra la voluntad del Almirante. Sín duda la fama de las riquezas encontradas en Paria le habia téntado, y facilitó los medios suficientes á Ojeda para que le diese parte en las ganancias de la empresa: La codicia; el amor desordenado al oro descubierto en el Nuevo Mundo, era la pasión dominante de los descubridores de aquellos tiempos en todas las jerarquías sociales y en todas las edades de los hombres. Era una manía, una locura incurable; todo lo arrostraban para lograrlo; nada les detenía ni tenía nadie freno moral en su marcha, vertiginosa en persecución de oro, y oro y más oro, á cualquier precio ; era una enfermedad, un contagio general al cual pocos escapaban !

Con Ojeda, y en calidad de piloto, venía Juan de la Cosa, cosmógrafo de alguna fama yá, que había navegado por aquestos mares con Colón. En su compañía aparece también el nombre de Americo Vespucio, personaje que se hizo celebre después, no porque hubiese tenido mayores méritos personales," sino Porque, sin saberlo y tal vez sin desearlo, legó su nombre al continente descubierto por Colón.

Las tres carabelas (1*) que componían la flotilla de Ojeda estaban tripuladas por marineros experimentados que habían acompañado á Colón en sus viajes anteriores. Atravesaron el Océano con vientos favorables en veinticuatro días; y vieron tierra cerca de la desembocadura del Orinoco. Fueron costeando sin desembarcar, por toda la orilla del continente, pero tomaron tierra en tres partes de la isla de la Trinidad, siguiendo el mismo rumbo que había tomado Colón. Tocaron en las costas del golfo de Paria, tratando amigablemente con los naturales en todos aquellos parajes. Visitaron la isla de Margarita, y en seguida continuaron su derrota, visitando puertos y ensenadas y rescatando perlas y mantas en cambio de baratijas europeas que daban á los aborígenes hasta llegar á la isla de Curazao, que llamaron de los Gigantes, por haber visto en ella algunos indígenas de alta estatura. Algunas leguas más adelante surgieron á un golfo espacioso, pero de aspecto triste y desapacible, en cuyo seno notaron con sorpresa un Caserío construido sobre una estacada en medio del agua. Admirados con un espectáculo nunca visto por los descubridores del Nuevo Mundo, Ojeda ó alguno de sus compañeros ita1ianos lo comparó á Venecia, y llamaron el sitio Venezuela, nombre que conservó todo aquel litoral, que se convirtió después en una importante colonia española y siglos más tarde en floreciente República.

No habían andado mucho cuando descubrieron el magnifico lago llamado hoy día de Maracaibo, pero que Ojeda denominó de San Bartolomé, por haber llegado á él el 24 de Agosto. Sin penetrar dentro de la barra que divide el lago del mar, Ojeda llegó á la península que llamamos de la Goagira y en donde empieza el litoral de la nación colombiana. Los indígenas llamaban todo aquello Coquibacoa, 'desde el lago hasta la península. Ojeda no continuó muy adelante su rumbo, sino que, después de descubrir un cabo alto, " rodeado de tierra estéril y con un islote en su parte Oeste," que le pareció á lo lejos blanquear como la vela de un navío, -al cual puso el nombre de Cabo de la Vela,- resolvió abandonar por entonces su viaje de descubrimiento y buscar un puerto en donde poder carenar sus naves deterioradas por la broma.

Dejando ,pues la Tierra Firme, dirigió la proa de sus naves sobre la isla Española y entró en el puerto de Jáquimo el 5, de Septiembre de 1499. Recibiéronle allí los amigos del Almirante muy mal, fundándose en que no había, tenido derecho de visitar las tierras descubiertas por Colón. De resultas de aquello tuvieron lugar reyertas, y desavenencias tales, que unos y otros se vinieron á las manos, combatieron como enemigos, y en la refriega murieron algunos y quedaron otros gravemente heridos. Viendo Ojeda que no podía sobreponerse á la fuerza y al derecho que asistía á Colón, á pesar de haber sido autorizado por el Patriarca de las Indias abandonó definitivamente la expedición y se dirigió á España, llevando algunas perlas y poca cantidad de oro, pero gran número de indígenas cautivos que vendió en algunas de las Antillas y en la Península al regresar en Junio de 1500.

 

II

 

A pesar de las quejas que Colón vertió contra Ojeda, nada pudo obtener, porque el joven descubridor tenía un poderoso protector que le libró de todo mal y le proporcionó, además, el nombramiento en propiedad de Adelantado de Coquibacoa, con la condición de que fundase en el lugar que mejor le acomodara una población española. Ojeda, no obstante su ambición de gloria y fama ( no parece nunca haber sido codicioso de riquezas, y jamás las tuvo ), hubo de aguardar dos años antes de poner por obra su viaje á posesionarse de la gobernación para la cual le habían nombrado. En aquella expedición llevaba dos malos socios: Juan de Vergara y García de Campos ú Ocampo, con quienes debía dividir las ganancias de la empresa.

Zarparon las cuatro embarcaciones que comandaba Ojeda, del puerto de Cádiz, á mediados del año de 1502, é hicieron escalas en las islas Canarias, en el Golfo de Paria, en la Margarita y en Cumaná, cautivando indígenas y utensilios para fundar su colonia más lejos. Todos sus compañeros se apropiaron cuanto pudieron, tanto esclavos como mantas y el oro que hallaron ; solo Ojeda, con noble desprendimiento, no reclamó para sí sino una hamaca.

Costeando por la península de la Goagira, al fin Ojeda resolvió detenerse !:definitivamente en una ensenada que le pareció cómoda, y cuyos habitantes parecían mansos y bien dispuestos hácia los Españoles. Desembarcaron, pues, allí, y tomaron posesión de la tierra en nombre do los Reyes de España, dándole el de Santa-Cruz. Aquella iniciada colonia se hallaba en un sitio que hoy llaman Bahía-Honda, y en donde hasta el siglo pasado poseían los Españoles un fortín con una pequeña guarnición, para impedir el contrabando y poner trabas á las depredaciones de los indios goagiros, que compraban armas á los piratas para agredir á las poblaciones españolas.

Aquella colonia no subsistió ni tres meses, por varios motivos. Habiendo escaseado las provisiones, los Españoles no tuvieron ]a prudencia de conseguir alimentos con los naturales por buenos medios, sino que allanaron los alrededores con las armas en ]a mano, salteando las poblaciones, por cuyo motivo los indígenas les declararon una guerra cruel, haciendo insegura la residencia allí ; a] mismo tiempo el carácter altivo del Adelantado no podía soportar los ruines modales de sus compañeros, y por esta causa tenían diarios disgustos y desavenencias; y por último, la codicia de Vergara y Ocampo puso término á todo, pues deseosos de hacerse al botín que habían reunido, apresaron con felonía á Ojeda, le aherrojaron en una de las embarcaciones, y levando el ancla con todos los presuntos colonos, se dirigieron hacia ]a Española. Allí le acusaron de haberse querido apoderar de los quintos reales, y como cohecharon á los jueces, Ojeda fue condenado á pagar una gran suma a la corona. Él apelo á los Reyes de España, y al cabo de un año de litigio fué absuelto; pero quedó tan pobre, que no pudo por muchos años volver á emprender expedición alguna.

Ojeda estaba radicado en la isla Española cuando volvemos á tropezar con su nombre en las crónicas de la época, en 1508, junto con el de Juan de la Cosa: ambos pedían al Rey de España que les concediera licencia para fundar una colonia en cualquier punto de la costa, adelante del cabo de la Vela. Juan de la Cosa pasó á España á gestionar el asunto; pero allí se encontró con un competidor, joven cortesano y rico, Diego de Nicuesa, que pedía ]a autorización para poblar ]as mismas tierras. El Consejo de Indias, queriendo obrar con justicia concedió á ambos rivales lo que pedían, señalando á Nicuesa desde el Darién hasta el Cabo de Gracias á Dios, y á Ojeda desde el cabo de la Vela hasta el Golfo de Urabá. En compensacion, Juan de ]a Cosa se comprometía, en nombre de Ojeda, á construir cuatro fuertes en aquellos territorios, y á fundar una población para catequizar á los indígenas, apartando de todas las ganancias que hicieran el quinto para el Rey. Con el objeto de manifestar el buen deseo que abrigaba el Gobierno español de que se sometiera á los indígenas del Nuevo Mundo por las buenas, mando que no empezasen ninguna conquista ni emprendiesen batalla alguna sin que, por medio de intérpretes, se hiciese á los indígenas el siguiente requerimiento:

" Yo, Alonso de Ojeda, criado de los muy altos y muy poderosos Reyes de Castilla y de León, domadores de gentes bárbaras, su mensajero y capitán, vos notifico y hago saber como mejor puedo, que Dios Nuestro Señor, Uno y Eterno, crió el cielo y la tierra y un hombre y una mujer, de quienes vosotros y nosotros, y todos los hombres del mundo fueron y son descendientes procreados y todos los que después de nosotros vinieren: Mas por la muchedumbre de generación que de estos ha procedido, desde cinco mil y más años que há que el mundo fué creado, fué necesario que los unos hombres fuesen por una parte y los otros por otra, y se dividiesen por muchos reinos y provincias, porque en una sola no se podían sustentar y conservar. De todas estas gentes, Dios Nuestro Señor dió cargo á uno que fué llamado San Pedro, para que de todos los hombres del mundo fuese Señor y superior, á quien todos obedecieren, y fuese cabeza del linaje humano, doquier que los hombres estuviesen y viviesen, y en cualquier ley, secta o creencia: y dióle a todo el mundo por su servicio y jurisdicción ; y como quiera que le mandó que pusiese su silla en Roma, como en lugar más aparejado para regir el mundo, también le prometió que podía estar y poner su silla en cualquiera otra parte del mundo y juzgar y gobernar todas las gentes, cristianos, moros, judíos, gentiles y de cualquiera otra secta O creencia que fuesen. A éste llamaron Papa, que quiere decir Admirable mayor, padre y guardador, porque es padre y gobernador de todos los hombres. A éste Santo Padre obedecieron y tomaron por Señor, Rey y Superior del universo los que en aquel tiempo vivían, y asimismo han tenido á todos los otros que después de él fueron al pontificado elegidos, y ansí se ha continuado hasta ahora y se continuará hasta que el mundo acabe. " Uno de los pontífices pasados que he dicho, como señor del mundo, hizo donación de estas islas y Tierra firme del mar Océano á los católicos reyes de Castilla, que eran entonces Don Fernando y Doña Isabel, de gloriosa memoria, y á sus sucesores, nuestros señores, y todo lo que en ellos hay, según se contiene en ciertas escrituras que sobre ello pasaron, según dicho es, que podéis ver si quisiéredes. Así que su Majestad es Rey y Señor de estas islas y tierra firme, por virtud de la dicha donación, y como á tal Rey y Señor, algunas islas y casi todas á quien esto ha sido notificado han recibido á su Majestad y le han obedecido, servido y sirven, como súbditos lo deben hacer, y con buena voluntad y sin ningúna resistencia, y luego, sin ninguna dilación, como fueron informados de lo susodicho, obedecieron á los varones religiosos que les enviaba para que les predicasen y enseñasen nuestra santa fe; y todos ellos de su libre y agradable voluntad, sin apremio ni condición alguna, se tornaron cristianos y lo son ; y su Majestad les recibió alegre  y benignamente, y ansí los mandó tratar como á los otros sus súbditos y vasallos : y vosotros sois tenidos y obligados á hacer lo mismo. Por ende, como mejor puedo, vos ruego y requiero que entendáis bien en esto que os he dicho y toméis para entendello y deliberar sobre ello el tiempo que fuere justo, y reconozcáis á la Iglesia por Señora y superiora del universo mundo y al Sumo Pontífice llamado Papa, en su nombre ; y á Su Majestad en su lugar como superior y Señor Rey de las islas y 'tierra Firme por virtud de la dicha donación: y consintáis que estos Padres religiosos os declaren y prediquen lo susodicho: y si ansí lo hiciéredes, haréis bien y aquello que sostenidos y obligados, y su Majestad, y yo en su nombre, vos recibirán con todo amor y caridad y vos dejarán vuestras mujeres é hijos libres, sin servidumbre, para que de ellas y de vosotros hagáis libremente todo lo que quisiéredes y por bien tuviéredes como lo han hecho casi todos los vecinos de las otras islas. y allende de esto, su Majestad vos dará muchos privilegios y exenciones y vos hará muchas mercedes; si no lo hiciéredes, o en ello dilación maliciosamente pusiéredes, certificoos que, con el ayuda de Dios, yo entraré poderosamente contra vosotros, y vos haré guerra por todas las partes y maneras que yo pudiere, y vos sujetaré al yugo y obediencia de la Iglesia y de Su Majestad, y tomaré vuestras mujeres é hijos y los haré esclavos, y como tales los venderé y dispondré de ellos como Su Majestad mandare ; y vos tomaré vuestros bienes y vos haré todos los males y daños que pudiere, como á vasallos que no obedecen ni quieren recibir á su señor y le resisten y contradicen. Y protesto que las muertes y daños que de ellos se recrecieren, sean vuestra culpa y no de su Majestad, ni nuéstra, ni de estos caballeros que conmigo vinieron, y de cómo os lo digo y requiero pido al presente escribano que me lo dé por testimonio signado"(1 )

Este requerimento era entregado desde aquel tiempo á todos los descubridores y conquistadores del Nuevo Mundo, pero sin duda pocos lo pondrían en práctica, no tomándose la pena de cumplir con la fórmula enteramente inoficiosa é incomprensible para los pobres salvajes. Pero aquel documento, que nos parece hoy el colmo de lo ridículo, fué compuesto, por orden del Gobierno, por un célebre escritor español, el doctor Juan López de Palacios Rubios,(2 ) y fué aprobado por los hombres más doctos de España; tan cierto es que cada época tiene su diferente modo de entender las Cosas !

Pero, sin duda, yá para entonces el obispo Fonseca había dejado de proteger á Ojeda, cuya ,mala fortuna no debía de ser del gusto del Patriarca de las Indias. pues con dificultad pudo Juan de la Cosa reunir el caudal suficiente para aprontar la expedición. Además, el hijo de Colón, el Almirante don Diego, trataba de poner todas las trabas posibles á la empresa, alegando los derechos que tenían los herederos de su padre sobre todo el litoral descubierto en parte por él. En tanto que Diego de Nicuesa podía disponer de una fortuna propia considerable, su rival tenía que apelar á la bolsa de sus amigos para echar á flote las cuatro embarcaciones que había conseguido, y eso muy pobremente aperadas...Aquella circunstancia hería tanto el amor propio de nuestro héroe, quien veía en Nicuesa un afortunado rival en todas las circunstancias de la vida, que, buscando motivos de disputa en ]os límites de sus futuras colonias, le desafió á singular y mortal combate, lo cual no se llevó á efecto, merced al buen sentido y espíritu práctico de Juan de ]a Cosa, quien puso fin á la disputa aceptando como límite de las gobernaciones el río Darién, que desemboca en el Golfo de Urabá, y obligando á Ojeda a que se embarcase prontamente y se alejase de Santo Domingo. Antes de dejar la Española, Ojeda había nombrado Alcalde mayor de la futura población á un letrado, Martín Fernández de Enciso, bachiller muy feliz de su profesión de abogado, con la cual había hecho una pequeña fortuna en el Nuevo Mundo. Había entregado, para preparar la expedición de Ojeda, una parte de sus ganancias, y mientras que éste se hacía á la vela, el lO de Noviembre de 1509, Enciso permanecía en la Española, con el objeto de fletar otra embarcación bien pertrechada de víveres y provisiones de toda especie, con la cual debía ir después á alcanzar á Ojeda, una vez fundada la colonia.

 

III

 

La flotilla de Alonso de Ojeda, en aquel su tercer viaje de descubrimiento, consistía en dos carabelas y dos bergantines, tripulados con trescientos hombres escogidos. Entre éstos aparece por primera vez el nombre de Francisco Pizarro, el futuro conquistador del Perú, y había sentado plaza tambien como soldado en aquella expedición el futuro conquistador de Méjico, Hernán Cortes, pero felizmente para él enfermó el día de la partida y no pudo embarcarse. A pesar de los consejos de Juan de la Cosa, que yá había visitado aquellas costas y conocía el temple belicoso de sus habitantes, Ojeda se empeñó irá sentar pie en el hermoso puerto de Calamar ( hoy día Cartagena) para fundar allí una fortaleza. Y por cierto que nuestro descubridor no tenía mal ojo, siendo aquella bahía una de las más hermosas de la América del Sur.(2*)

Habiendo desembarcado con una parte de sus fuerzas, saliéronle á recibir los naturales con señales evidentes de guerra. La cosa volvió á amonestar á Ojeda para que desistiese de su proyecto, de establecerse en un país enemigo, en donde los aborígenes, hasta entonces, habían rehusado tratar amigablemente con los Españoles. Pero Ojeda era tan terco cuanto valiente, y se empeñó en que los religiosos que llevaba leyesen en alta voz el requerimiento del Rey, que ya hemos visto,  mandando á los intérpretes que lo tradujesen en lengua caribe, que era la de aquellos salvajes.

Como era natural, los indios recibieron la fórmula con indiferencia, y cuando Ojeda mandó que les mostrasen espejillos y otras baratijas europeas para acariciarles con dádivas, los altivos salvajes miraron aquello como un insulto y arremetieron contra los Españoles, con sus flechas y macanas, con gran denuedo y valentía.

"Todavía es tiempo de devolvernos; Ojeda ; no tentemos á la Providencia! " exclamó Juan de la Cosa por la última vez. Pero viendo que el otro no le escuchaba, se preparó para acompañarle á la pelea. En aquel primer combate derrotaron completamente á los naturales; -pero habiendo querido perseguirles hasta Yurbaco (hoy día Turbaco),(3 ) Ojeda fue destrozado Por los aborígenes, y en el combate murieron desgraciadamente Juan de ]a Cosa y todos los españoles que ]es acompañaban, salvando tan sólo la vida el capitán y un soldado. Ojeda logró librarse de las manos de los salvajes, merced á la asombrosa agilidad y denuedo que poseía, y huyendo por medio del monte llegó á la orilla del mar, en donde le recogieron los que habían quedado en los buques, ya moribundo, y á punto de espirar de hambre, pero sin ninguna herida en el cuerpo.(4 ) Estando en esta triste situación, arribó á Cartagena la escuadra de Nicuesa á tomar agua, y éste, con toda la nobleza de un caballero olvidó sus resentimientos con Ojeda, y ofreció ayudar á vengar la muerte de Juan de la Cosa y de los suyos. Unieron, pues, sus fuerzas los dos antiguos rivales, y atacando á los dueños de la tierra, no dejaron vivo un solo indígena de los que les cayeron en las manos: hombres, mujeres y niños, todos fueron sacrificados é incendiadas las poblaciones y sementeras!

Una ,vez concluida esta fechoría y recogido y dividido el oro que hallaron sobre los cuerpos y en las habitaciones de los naturales. Nicuesa continuo su derrota en busca de la tierra que le tocaba, y Ojeda, levando las anclas de sus naves, se dirigió al Golfo de Urabá, sitio que tánto le había recomendado Juan de la Cosa, por haberlo él descubierto, en unión de Rodrigo de Bastidas, en 1501. Costeando por toda: la orilla del litoral, Ojeda pasó por frente de la punta de Carivana, que es la entrada del Golfo de Urabá, y penetrando en él encontró que todas ]as orillas eran bajas; pero más adelante, habiendo notado un sitió al parecer ameno, en medio de dos ríos, y teniendo á su espalda algunas colinas cubiertas de monte, resolvió anclar allí y echar los cimientos de una de las fortalezas que se había comprometido á levantar.

Como sus compañeros temían mucho las flechas envenenadas que usaban los indígenas de aquellos parajes, resolvió Ojeda bautizar la iniciada población con el nombre de San-Sebastián, erigiendo una fortaleza compuesta de fuertes palizadas. Pero si el sitio escogido había parecido agradable y ameno á Primera vista, en breve encontraron que los alrededores estaban plagados de indígenas feroces que no admitían ninguna alianza con ]os Españoles. De noche se desvelaban oyendo la voz del tigre y de las panteras que daban vuelta á las habitaciones buscando su presa; perseguíanles el murciélago, los enjambres de zancudos, de alacranes de monte y arañas venenosas ; y de día no podían acercarse á los ríos, de miedo de los caimanes y de la infinidad de serpientes venenosas que poblaban la tierra. Por último, el hambre vino á empeorar la situación, y en un combate con los naturales Ojeda fué herido, de un flechazo envenenado,-la primera vez que lo  fué en su vida,- lo cual desmoralizó á los suyos, que tenían una confianza completa y habían llegado á creer en ]a invulnerabilidad de su Capitán. Pero si Ojeda fué herido, no por eso se dejó morir como sus compañeros, sino que, resolviendo salvarse la vida á cualquier precio, se hizo aplicar un hierro candente en la herida envenenada, remedio heroico que nadie quiso aplicarse después, pero que le salvo la vida a él, e impidió que sus subalternos se entregaran al desaliento. Mas Ojeda jamás volvió á recuperar por Completo la salud de que había gozado hasta entonces, y cada día escaseaban las provisiones y moría alguno de aquellos desgraciados á manos de los indígenas  ó de las enfermedades.

Se pasaban, sin embargo, las  semanas y los meses y á pesar de que el Gobernador había mandado una de sus embarcaciones á la Española á pedir los auxilios prometidos por Enciso, éste no parecía; y la colonia hubiera muerto de hambre, si no llegara á aquellos parajes un bandido llamado Talavera, quien les vendió á precio de oro algunas provisiones robadas por él en la Española junto con el bergantín en que se había embarcado.

Viendo Ojeda que Enciso tardaba y que los colonos empezaban á desesperar, ofreció ir personalmente á la isla Española para activar la remesa de los auxilios, dejando el mando de la Gobernación á Francisco Pizarro, con orden de abandonar la colonia si el Capitán  no volvía antes de dos meses.

Embarcóse, pues, Ojeda en el bergantín de Talavera, con dirección a la Española; pero apenas el bandido tuvo al Gobernador del Darién en su poder, viendo que pretendía mandar en la embarcación como capitán, le hizo prender y encadenar, rehusando volverle la libertad, hasta que, acometido el buque por un recio temporal frente á la isla de Cuba, tuvo á bien  soltarle para que procurase librarles del naufragio.

No solamente era Ojeda Jefe de primer orden, valientísimo soldado y militar de gran pericia, sino también hábil marino; mas, cuando acudieron á pedirle consejo en aquella circunstancia, ya ,era tarde, y no  pudo impedir que la embarcación se hiciese pedazos en  los arrecifes de la costa cubana, logrando sólo que se  pudiesen salvar sus compañeros con vida.

Pero si nuestro protagonista había tenido que sufrir grandes penalidades en su vida, los trabajos que padeció entonces fueron los peores imaginables. Perdidos los náufragos en las orillas cenagosas de aquella isla, sin atreverse á penetrar en el interior, temerosos de ser acometidos por los indígenas, desarmados en medio de mil peligros, muertos de hambre, fatigados y sin fuerzas, muchos murieron en los pantanos por enmedio de los cuales tenían que transitar de día, pasando las noches abrazados de las raíces de los mangles para no perecer ahogados. ...De esta manera habían caminado durante cuarenta días, cuando Ojeda, habiendo perdido más de la mitad de sus compañeros, acudió á pedir auxilio á la Virgen María por medio de una imagen que llevaba siempre consigo. Todas las noches colgaba aquella imagen sobre su cabeza en las ramas de los árboles, y desde que salió la primera vez de España en la expedición de Colón, diez y seis años antes, jamás se había separado de la preciosa reliquia. Pero viéndose en aquel estado de angustia, hizo solemne voto de que si la Virgen intercedía por él y sus compañeros, se separaría para siempre de la querida imágen, la erigiría una capilla en el primer pueblo indígena que les acogiera bien, y la dejaría allí para el bien de ]os indios.

Pocas horas después de haber hecho aquel piadoso voto, lograron los náufragos salir del pantano y ser acogidos con hospitalidad por un cacique de un caserío cercano.... ..Ojeda cumplió religiosamente con su voto: después de haber enseñado una oración al cacique amigo, mandó levantar una capillita en donde colocó la imagen, y despidiéndose de los sencillos naturales paso á Jamaica y de allí á Santo Domingo.

Una vez que llegó á la Española, tuvo noticia de que Enciso había partido días antes con auxilios para la colonia de San-Sebastián, y entonces, sintiéndose fatigado de la vida en cuerpo y en alma, desengañado y triste, se retiró á un convento franciscano, en donde murió poco después, mandando que le sepultasen bajo el quicio de la puerta de la iglesia, para que su tumba fuese hollada á todas horas por cuantos penetrara en el Santuario de Dios, con el objeto de castigar sus pecados capitales: el orgul1o y la soberbia.

La existencia de Ojeda es un tejido de acciones asombrosas de valor heroico, de crueldad, de venganzas y de paciencia, y si adolecía su carácter de los defectos de Su tiempo, también brillaron en él las cualidades del caballero con la audacia del aventurero, y del soldado español de la época.

 

 

(1 )
Acosta -" Compendio histórico del Descubrimiento de la Nueva Granada."
(2 )
Palacios Rubios era un hombre muy notable de su tiempo, y tuvo parte en la recopilación de las " Leyes de Toro;" escribía por lo general en latín, menos una obra llamada " Del esfuerzo bélico, heroico," dedicada á su hijo.
Ticknor.-History of Spanish literature.-Tomo 1.o, página 496.
(3 )
"Turbaco, pueblo de indios á 2 miriámetros de Cartagena, casi sobre la cumbre de unas montanas. Es notable este pueblo desde el principio de la conquista por la lucha que sostuvo contra los españoles, y después por el papel importante, que ha desempeñado en la historia militar del país. Turbaco ha  Sido preferido siempre por sus baños y temperatura por las personas ricas de Cartagena, las que han hecho allí habitaciones cómodas : fabrica canastos muy estimados y cosecha frutos. Fué encomienda de don Jerónimo de Portugal, quien la erigió en' parroquia en 1546, pasando despues á la corona. "
[Felipe Pérez-" Geografía física y política del Estado de Bolívar."]
(4 )
" Llegaron á donde había, junto al agua de la mar, unos manglares, que son árboles que siempre nacen, crecen y permanecen dentro del agua de la mar, con grandes raíces sólidas, y enmarañadas unas con otras; y allí metido y escondido hallaron á Alonso de Ojeda, con su espada en la mano y la rodela en las espaldas, y en ella sobre trescientas señales de flechazos. Estaba de caído de hambre, que no podía echar de sí la habla, y si no fuera tan robusto, aunque chico de cuerpo, fuera muerto." Las Casas, Libro 11. Capítulo 58.
(1*)
La carabela era una embarcación muy usada en aquel tiempo, con una cubierta, un espolón en la proa, tres mástiles casi iguales y tres vergas muy largas, cada cual con una vela latina.
(2*)
"Regúlase su total extensión de Norte á Sur, en más de un miriámetro, y forma en sus costas varias ensenadas. Toda ella es de mucho fondo y de buen tenedero. En vista de la configuración que le da la isla de Tierrabomba, la dividen sus marineros en tres secciones: la meridional ó primer bahía, que corresponde á las entradas de Bocachica y Pasacaballos, con 14 á 16 brazas de fondo; la del centro, á continuación ó segunda bahía, correspondiente á la Bocagrande, con fondo algo mayor; y mas al norte la Caldera, que es tan abrigada Como la mejor dársena.
Las aguas de toda la bahía son tan tranquilas, que cuando soplan con fuerza las brisas y hay vientos del Sur turbonadas, jamás se alteran más de lo que puede suceder en un río; pero para tomarla no sólo se necesita de práctico, sino que se cuida de tener balizada la boca. Las mareas no guardan regularidad en la bahía ni aun en las costas exteriores, pues Se ha observado que suben por un día entero, y bajan luego en cuatro ó cinco horas, sin pasar su elevación de 2 1/2 pies. Abunda en sabroso pescado de muchas clases ; son muy grandes las tortugas y disformes y feroces los tiburones que la infestan."
[Felipe Pérez "Geografía física y política del Estado de Bolívar."]

 

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