Joan Fontcuberta - A través del espejo
Joan Fontcuberta - A través del espejo

Vd apriete el botón. Pero ¿quién hace -hoy- el resto?

En su cuento Animales de los espejos, Borges refiere que antaño el mundo de los hombres y el mundo de los espejos no estaban, como ahora, incomunicados. “Una noche, la gente del espejo invadió la tierra. Su fuerza era grande, pero al cabo de sangrientas batallas las artes mágicas del Emperador Amarillo prevalecieron. Éste rechazó a los invasores, los encarceló en los espejos y les impuso la tarea de repetir, como en una especie de sueño, todos los actos de los hombres”. El espejo encapsula por tanto una realidad simétrica y oculta cuyo acceso es tentador. Por eso cuando Lewis Carroll hace que Alicia atraviese el espejo en la segunda parte de sus aventuras, la está haciendo ingresar en un universo que resulta aún más prodigioso que aquel país de las maravillas ya visitado en sus primeras escaramuzas. Alicia no quiere reconocerse en el espejo, no desea en absoluto que el espejo le devuelva la verdad como en la leyenda de Blancanieves y la bruja envidiosa de su belleza: lo que pretende es escabullirse en su ficción.

Literatura y fantasía abundan en la dimensión mágica y reveladora de los espejos. Como también lo hacen la religión, el folclore, el arte, la ciencia y la sicología. Utilizamos los espejos para indagar la identidad y construir nuestros símbolos. En ese sentido anticipan en nuestra civilización de la imagen un gesto pre-fotográfico: atañen a la necesidad y al gusto de mirarnos, y a la necesidad y al gusto de compartir esa mirada. Espejos y cámaras definen el carácter panóptico y escópico de nuestra sociedad: todo está dado a una visión absoluta y a todos nos guía el placer de mirar.

Con la proliferación de las cámaras digitales y la incorporación de cámaras en teléfonos celulares aparecen los reflectogramas, un nuevo género de imágenes tremendamente popular en Internet: ubicuos autorretratos realizados sobre todo por jóvenes y adolescentes frente a espejos (en los que además, como cerrando el círculo perceptivo, queda plasmada la propia cámara como dispositivo de registro). Espejos en lugares de intimidad como cuartos de baño, habitaciones de estudiante, de hoteles, lavabos de discotecas y de otros locales de ocio, probadores de tienda de ropa, ascensores, retrovisores de automóviles... En estas fotos la voluntad lúdica y autoexploratoria prevalece sobre la memoria.

Tomarse fotos y mostrarlas forma parte del juego de la seducción y de los rituales de comunicación de las nuevas subculturas urbanas.

Un aspecto especialmente relevante al tratar los reflectogramas y la fotografía digital in extenso es que culminan el proceso de secularización de la imagen. Desde Altamira y Lascaux, las representaciones pictóricas eran prerrogativas de la magia instituida por chamanes y brujos, seres singulares dotados con un don que les permitía invocar lo sobrenatural mediante la imagen. Superar la prehistoria convirtió a los artistas en simples artesanos laicos, aunque ungidos con el genio de una creatividad plástica que se manifestaba en la destreza para plasmar su entorno con sus formas y colores. El arte –la imagen– era entonces una curiosidad reservada a los estamentos sociales más opulentos. El advenimiento de la fotografía en el primer tercio del siglo XIX supuso otro hito fundamental: la habilidad manual ya no era un requerimiento indispensable, porque se delegaba en un apéndice mecánico –la cámara– la misión de formar la imagen. Es cierto que al principio el procedimiento fotográfico era harto complejo. Los pioneros preparaban sus placas cual alquimistas, y todo el proceso se basaba en un conocimiento técnico limitado a los especialistas. Pero la vía a la socialización de la imagen quedaba expedita y, en su escalonamiento progresivo, otro protagonista de la microhistoria de la fotografía, George Eastman, realizó en 1888 una contribución fundamental al industrializar y distribuir cámaras sencillas y baratas, con las que se ofrecía el servicio de revelado incluido. El famoso eslogan que apadrinó la operación, “Vd. apriete el botón; nosotros haremos el resto”, sintetizaba el inicio de una nueva era, en la que se escindía la pulsión de producir y consumir imágenes de la tenencia de las facultades visuales y técnicas correspondientes. Los avispados cerebros de la mercadotecnia ya anticiparon entonces que el verdadero negocio procedería de la venta de copias sobre papel por parte de los laboratorios comerciales. Lógicamente el desarrollo de la industria fotográfica apuntaló la dirección de simplificar el manejo de las cámaras, dotándolas de sistemas electrónicos cada vez más automatizados: desde la medición de la exposición y el enfoque, hasta la detección de sonrisas en los rostros. El fotógrafo moderno ya no tiene que preocuparse de los enojosos requerimientos técnicos, y puede concentrarse en lo que verdaderamente interesa: aquello que se quiere fotografiar. Por tanto, todo el mundo hoy, incluso aquellos que se encuentran en la categoría de los más ineptos, pueden tomar fotos decentes: la imagen ha dejado de ser una potestad minoritaria.

Las cámaras digitales han trastocado tanto las leyes del mercado como la cultura visual. Aunque la adquisición de una cámara representa un cierto dispendio, ahora las fotos no tienen costo. Las imágenes digitales están destinadas a ser visionadas en pantallas (a pesar de que persista el uso de impresoras y plotters como reminiscencia caduca de la fotografía analógica), con lo que desaparece el consumo de película y papel. Esto ha supuesto para corporaciones legendarias como Kodak o Polaroid una tragedia de impacto parecido al que tuvo el meteorito para la supervivencia de los dinosaurios; hoy día, la empresa líder, que sitúa en el mercado el mayor número de cámaras, no es ninguna de los tradicionales firmas japoneses como Canon, Nikon u Olympus, sino Nokia. La industria de la telefonía marca el rumbo de la fotografía: lo primordial ya no es imprimir la imagen, sino enviarla. Según unos datos facilitados en el contexto de las jornadas de estudio organizadas por la feria de telefonía móvil Mobile World Congress (Barcelona, 16-19 de febrero de 2009), la edad media en que los usuarios acceden en las sociedades desarrolladas a la posesión de un móvil es de diez años. Es decir, a partir de los diez años los chavales llevan en el bolsillo un complejo dispositivo de computación y comunicación que, entre muchísimas otras cosas, permite tomar fotos. La ubicuidad de las cámaras, unida a la gratuidad de los disparos, multiplica de forma exponencial las situaciones que son registradas fotográficamente, así como la cantidad de imágenes efectuadas.

Con ello la fotografía se desritualiza, ya no se reserva los momentos solemnes. Al contrario: la disponibilidad, la facilidad y la oportunidad de fotografiarlo todo empuja a la foto digital a infiltrarse en el tiempo y en el acontecimiento de lo cotidiano. Hoy todos somos autores de nuestras propias imágenes, nos hemos convertido a la vez en homo fotograficus y en homo spectator. Es cierto que en, esa tesitura, el carácter autoral está en entredicho, pero a cambio de ser, por fin, responsables y dueños de nuestra imagen.

Este logro tiene, para la mujer, especial importancia, puesto que conquista por fin el derecho a su propia imagen, después de milenios sometida a la mirada patriarcal. No solo desbarata el monopolio de los especialistas, sino que también, y sobre todo, se libera del hecho de que los especialistas hayan sido tradicionalmente hombres. Tal vez eso explica un dato sorprendente pero estadísticamente objetivo: los reflectogramas femeninos son muchísimo más abundantes que los masculinos; su exuberancia puede interpretarse justamente como el estallido que supone la emancipación de tantos siglos de estereotipos impuestos. La mujer se libera del tributo de esos filtrajes y puede pasar a construir sus propios modelos. Pero ¿realmente lo logra? ¿o sigue por inercia apegada a la iconografía tradicional de cosificación del cuerpo y sometimiento a la autoridad falocrática?, ¿siguen las expectativas de la mujer formateadas por los fantasmas masculinos? Apuntemos otro dato: en situaciones de parejas heterosexuales, mayoritariamente, suele ser el hombre quien empuña la cámara. Lo cual podría indicar, a su vez, que el control de la imagen equivale a una posición de poder todavía detentada, y/o que las imágenes constituyen material de placer más para los hombres que para las mujeres (como hipótesis de una mayor sexualidad visual en los varones).

En cualquier caso, desde el feminismo clásico, somos testigos de un fracaso: las adolescentes siguen padeciendo una alienación que las incapacita para desprenderse de los roles transmitidos por la cultura popular. Sin embargo, según el postfeminismo y la teoría queer, sucede todo lo contrario: las adolescentes son perfectamente conscientes de que, solo administrando su erotismo, están en condiciones de doblegar al varón. Sea como fuere, ahora, al menos, la reacción está en sus manos. Disponen de la técnica; falta tan solo que, en su cuerpo y en su razón, exista voluntad firme y la capacidad crítica para decidir por sí mismas.

Joan Fontcuberta
(del ensayo “La danza de los espejos. Identidad y flujos fotográficos en Internet”, en A través del espejo, La Oficina de Ediciones, Madrid, 2010)


Acerca de Joan Fontcuberta

Aparte de su trabajo como artista visual orientado al campo de la fotografía, Joan Fontcuberta (Barcelona, 1955) ha desarrollado una actividad plural como docente, crítico y comisario de exposiciones. Licenciado Ciencias de la Información en la Universidad Autónoma de Barcelona, fue profesor en la Facultad de Bellas Artes entre 1978 hasta 1986. A partir de 1993 es intermitentemente profesor de Teoría e Historia de la Fotografía en la Facultad de Comunicación de la Universitat Pompeu Fabra (Barcelona). Ha sido profesor invitado en diferentes centros y universidades como en el Department of Visual & Environmental Studies de la Harvard University de Cambridge, Massachusetts, Estados Unidos (2004-05) o en Le Fresnoy. Centre National des Arts Contemporains en Turcoing, Francia (2006-07).

En 1980 co-fundó la revista bilingüe (castellano inglés) Photovision, de la que ejerció como jefe de redacción hasta 2003. Ha publicado varios libros de temáticas relacionadas con la historia, la estética y la pedagogía de la fotografía; destacan Estética Fotográfica: una selección de textos (Ed. Blume, Barcelona, 1984); Fotografía: conceptos y procedimientos (Ed. Gustavo Gili, Barcelona, 1990), El beso de Judas. Fotografía y Verdad (Actes Sud, Arles, 1996 y Ed. Gustavo Gili, Barcelona, 1997), Ciencia y fricción. Fotografía, naturaleza, artificio (Mestizo, Murcia, 1998); Historias de la Fotografía Española. Escritos 1977 2004 (Ed. Gustavo Gili, Barcelona, 2009); La cámara de Pandora. La fotografí@ después de la fotografía (Ed. Gustavo Gili, Barcelona, 2010); Indiferencias fotográficas (Ed. Gustavo Gili, Barcelona, 2011).

En la actualidad Fontcuberta trabaja en el comisariado de la exposición “From here on” que se ocupa de los nuevos usos vernaculares y artísticos propiciados por la foto digital, internet, las redes sociales, la proliferación de cámaras, los telèfonos mòviles, etc… Esta exposición se presentará en el Festival Internacional de Fotografía en Arles (Francia) en julio de 2011 y luego itinerará a diferentes museos europeos.

http://www.fontcuberta.com 

Versión en pdf

Descargue la guía de estudio