La civilización occidental y cristiana, 1965, 200 x 120 x 60cm, © Fundación Augusto y León Ferrari - Arte y Acervo

León Ferrari
Desde el 31 de marzo hasta el 4 de julio - Entrada gratuita
Museo de Arte Banco de la República, Piso 2 - Calle 11 # 4 - 21

 

La civilización occidental y cristiana, 1965, 200 x 120 x 60cm
© Fundación Augusto y León Ferrari - Arte y Acervo

Arte y poder

El futuro de un movimiento depende del fanatismo, si se quiere, de la intolerancia con que sus adeptos sostengan su causa como la única justa […] La grandeza del cristianismo no se debió a componendas con corrientes filosóficas de la antigüedad, sino al inquebrantable fanatismo con que proclamó y sostuvo su propia doctrina.
Adolf Hitler, Mi lucha

El Evangelio divide drásticamente a la humanidad en creyentes e incrédulos: “El que no está conmigo está en contra de mí”, explicó Jesús. La diferencia entre esas dos partes se agranda con el anuncio del castigo en el infierno. Cualquiera sea su creador, el infierno aparece en el Evangelio cuando Jesús anuncia que el día del juicio les dirá a incrédulos y pecadores: “Malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles”.

Desde entonces este fuego ocupa buena parte de nuestra cultura: cuadros, esculturas, cantatas, literatura y poesía se dedicaron a describir, adivinar y publicitar la amenaza cristiana al diferente. La cultura construyó catedrales, púlpitos, altares, pintó frescos y compuso músicas que la Iglesia utilizó para captar feligreses y convencerlos de que es justo quemar a los incrédulos en el más allá. Los cristianos usaron esa forma del castigo divino para quemar aquí, en la tierra, a judíos, brujas y herejes. Y, obedeciendo a sus libros, evangelizaron América matando a los aborígenes que se resistían.

El infierno cambió: su historia es la historia de la agonía del más grande de los fuegos que aparece en nuestra literatura. Luego de la Declaración Universal de los Derechos Humanos el Vaticano se vio obligado a desmentir a Jesús, al Evangelio, a santos y pontífices, a pintores y poetas que durante casi dos milenios publicitaron la amenaza ardiente, declarando, sin explicaciones, que el infierno no es de fuego ni es un lugar, sino que debe entenderse como un estado mental de terrible angustia debido a la ausencia de Dios. Si el Papa pretendió que su religión respetara los derechos humanos laicos, no lo consiguió: la tortura mental es tan condenada en las convenciones internacionales como la física, el fuego como la angustia. La coexistencia en la mente de los creyentes de dos ideas incompatibles, el castigo al diferente y la misericordia divina con la que se pretende justificarlo, es, posiblemente, la causa de la perseverancia de las intolerancias cristianas.

El Antiguo Testamento establece la discriminación al mundo homosexual al relatar que Sodoma y otras ciudades se quemaron con sus pobladores porque Abraham no encontró diez de ellos libres de esa costumbre. En el Nuevo se repite la condena cuando Pablo afirma que “son dignos de muerte” no sólo los homosexuales sino también las mujeres que practican esa alternativa sexual. Siglos después Juan Ginés de Sepúlveda, citando la Biblia, y Hernán Cortés justificaron el exterminio de aborígenes en América porque practicaban sodomía. Pasaron otros siglos y la condena cristiana se volvió a concretar en los miles que murieron en los campos nazis. A pesar de este antecedente la Iglesia no ceja en su campaña contra la homosexualidad, que recrudeció aquí con el cardenal Antonio Quarracino y que sigue ahora al calificar el cardenal Joseph Ratzinger a la homosexualidad como “un fenómeno social y moral inquietante”.

El antisemitismo cristiano comenzó con agravios de Jesús a los judíos porque no creían en su divinidad. Lo profundizaron Pedro, Pablo y Esteban al culparlos de la muerte de Jesús. Y lo convirtieron en un racismo, santos y pontífices, al extender la culpa a todos los judíos. Este racismo originó el de los nazis y la muerte de millones en los campos de concentración. A pesar de una confusa rectificación vaticana en la carta conciliar Nostra aetate, donde se afirma que no se puede imputar la muerte de Cristo “ni indistintamente a todos los judíos, ni a los judíos de hoy”, el antisemitismo cristiano no cede: la Iglesia sigue leyendo y comentando en Pascua las acusaciones de Pedro sobre la muerte de Jesús y mantiene, en las ediciones de misales, biblias y Evangelios, expresiones antisemitas en los comentarios a los textos sagrados. Esto permite a los sacerdotes con inclinaciones racistas, como el obispo castrense Antonio Baseotto, difundirlas en iglesias, escuelas y cuarteles.

En el Génesis, luego de narrar la rebelión de Eva, el primer ser humano que se propuso conocer lo prohibido y enfrentar a Dios, se culpa a la mujer de los males que sufre la humanidad desde entonces, declarando que “por la mujer comenzó el pecado y por ella morimos todos”. San Pablo repite la discriminación en la Primera Epístola a los Corintios: “Vuestras mujeres callen en las congregaciones; porque no les es permitido hablar. Y si quieren aprender alguna cosa, pregunten en casa a sus maridos”. Una de las consecuencias de este aspecto del cristianismo fue la caza de brujas acentuada por Inocencio VIII en 1484 con su encíclica Summis desiderantes affectibus y con la publicación del Martillo de las brujas, de los padres domínicos Heinrich Institor y Jakob Spenser, manual utilizado por el Santo Oficio durante tres siglos en esa cacería. Mientras la Iglesia quemaba mujeres, los artistas cristianos las demonizaban: Miguel Ángel, Rafael, el Bosco, entre otros, deformaron en sus cuadros la versión bíblica del pecado original agregando un busto de mujer a la serpiente del Génesis.

En el Antiguo Testamento Moisés permitía el divorcio una única vez. Jesús lo prohibió afirmando que el casamiento con divorciados, hombre o mujer, era adulterio. Estas pocas palabras originaron la campaña de la Iglesia contra el divorcio, incluso de los no creyentes, que se mantuvo durante siglos y que los incrédulos sólo pudieron revertir en estos últimos años.

La campaña cristiana contra los anticonceptivos tiene un antecedente en el episodio de Onán, a quien Dios mató porque, para evitar inseminarla como Dios le había ordenado, eyaculaba fuera de Thamar, viuda de su hermano Er, a quien Dios había matado. Milenios después Tomás de Aquino repitió la condena a los métodos anticonceptivos y a la masturbación, afirmando que eyacular sin propósitos reproductivos era casi un homicidio. Estas pocas palabras, y la Iglesia que las repitió, son las responsables de miles de víctimas de enfermedades venéreas, sífilis, sida, y de abortos clandestinos.

Estas intolerancias y sus consecuencias para la humanidad se originan en algunas palabras que se atribuyen a una persona que, según sus parientes, “había perdido el juicio” (Mc 3,21). Estas intolerancias cristianas, que Adolf Hitler admiraba, parecen ser el motor que mueve a la Iglesia en su lucha para intentar imponer la justicia de su religión a la humanidad no cristiana.

León Ferrari,
Prólogo al libro Prosa Política de Ferrari León, Ed. Siglo XXI Editores. 2005 
 

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