Textos históricos

Jorge Orlando Melo         |          José Ignacio Roca

Desde noviembre (y para siempre)
Por fin se abre esta semana el Museo Botero, la extraordinaria colección donada por Fernando Botero a los colombianos. Hasta ahora, la composición y el tamaño de la colección que recibe el Banco de la República ha estado sujeta a variaciones, rumores y conjeturas. Ya sabemos exactamente en que consiste: 123 obras de Fernando Botero,en todos los medios y todos los géneros: pintura, dibujo, escultura. En estas obras pueden apreciarse los rasgos característicos de la obra del artista, su extraordinario dominio de la técnica, la coherencia de su visión, la creatividad, la sensualidad, el manejo del volumen, el gusto por el detalle imprevisto y esa combinación de ironía y respeto que ha marcado su tratamiento de los temas colombianos o sus alusiones a la pintura universal. Son ante todo obras del último cuarto de siglo, más que una presentación retrospectiva, y permiten disfrutar el lenguaje y el estilo que ha caracterizado al pintor en su madurez. Junto con la colección donada a Medellín (y que incluye además una importante muestra de obras de períodos más tempranos), ofrece un a posibilidad única de apreciar la obra de Botero.

Además de las pinturas de Botero, 85 obras de arte internacional, desde Corot a Barceló, hacen del Museo Botero en uno de los más ricos museos de América Latina. Es una colección escogida por el mismo artista,con su ojo experto, sus preferencias y su saber. Iniciada hace 25 años, con un dibujo de Leger, conforma hoy un balanceado conjunto, que da una idea muy completa de lo que ha sido el arte internacional desde los impresionistas hasta nuestros días.

Botero ha recordado, en varias entrevistas, su frustración por haber aprendido a pintar en Colombia sin poder tener cara a cara la obra de los grandes maestros. Ahora los estudiantes de arte, los niños que inician su contacto con la pintura y la escultura, de cualquier nivel social,podrán tener la experiencia diaria, habitual, de mirar el rostro emocionante de la belleza creada por los artistas, el desafío del arte en sus niveles más altos, aquellos que invitan a la creación. Picasso, Leger, Renoir, Monet, Dali, Giacometti, Freud o Bacon son desde ahora habitantes de Bogotá, nuestros conciudanos. Para un país en dificultades, para unos colombianos sujetos a toda clase de asedios y desafíos, este regalo es una oportunidad extraordinaria. El arte, el gran arte, es al mismo tiempo ocasión de disfrute y de reflexión. Permite distanciarse de las miserias de la realidad, pero ayuda a desarrollar una sensibilidad que invita a hacerla más humana, más solidaria, más pacífica. Una colección como esta es un motivo de satisfacción y orgullo y unamuestra de confianza en el país. Los colombianos deberán convertirse gradualmente en sus dueños reales, visitándola una y otra vez. Porque es un regalo para siempre.

Jorge Orlando Melo
Director
Departamento de Bibliotecas y Artes
Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República
Bogotá, noviembre de 2000

El placer del Museo Botero
Los museos y los espacios expositivos deben ser esencialmente sitios de disfrute.Su función didáctica debe estar supeditada a esta vocación primaria, pues si se hace énfasis en el aspecto educativo, se corre el riesgo de coartar de una vez y para siempre el placer que proporciona la experiencia artística, que es en definitiva el "gancho" que permitirá la visita repetida y el interés en profundizar -y que convertirá eventualmente al Museo en una fuente de conocimiento más formal.No hay nada más descorazonador que ver un grupo de niños en un museo copiando afanosamente las fichas técnicas y los textos “explicativos” de una exposición con el fin de cumplir una tarea que le ha dejado un profesor que probablemente ni siquiera se ha tomado el trabajo de ver la exposición él mismo.Estos niños muy seguramente no volverán, o no lo harán por iniciativa propia:al planteárseles las obras de arte (o de ciencia, es igual) como una obligación antes que como un placer, su relación se ha viciado desde el inicio, a veces para siempre. Resulta también significativo ver cómo los asistentes a las exposiciones miran primero la ficha técnica que la obra, con lo cual la visita se convierte en un acto más de constatar que de mirar: Hemos sido condicionados a que a un museo se va a "aprender";nadie nos dijo que esto era un paseo de disfrute.Marta Traba afirmaba en uno de sus últimos artículos (del cual parafraseo el título) que los museos estaban en el principio del placer, no solamente por lo que mostraban sino porque allí se tenía una experiencia que iba más allá de las obras mismas:se accedía a un espacio reservado, "a salvo de una ciudad amenazadora"; todo lo que contribuya a hacer de la visita una experiencia placentera ayudará que esa segunda lectura, la profunda, la constante, se pueda dar algún día.

El Museo Botero ha sido instalado en la bella casa de patio que hasta finales de 1999 albergaba la Colección de Arte del Banco de la República.El maestro Fernando Botero la escogió personalmente, pues guardaba gratos recuerdos de la presentación de su serie "La corrida" en esas mismas salas.La casa ha sido completamente readecuada, pero de manera muy sutil, sin gestos formales innecesarios, teniendo como único cambio aparente la apertura de unos vanos para que el magnífico patio central tuviera una mayor presencia en el vestíbulo de acceso.Botero mismo guió la museografía con un criterio de sobriedad en el cual se privilegian el blanco y el verde característicos de la arquitectura de La Candelaria.Con esta paleta que va del blanco al gris y del verde oscuro al negro, se manejaron las diferentes superficies:puertas, ventanería, pasamanos, señalización, muros.El otro componente esencial de la propuesta museográfica es la luz: luz natural en abundancia en las áreas comunes como vestíbulos, corredores y patios;luz artificial cálida en las salas, manteniendo una cierta penumbra al interior en función de lograr un ambiente de un ligero dramatismo, en donde las obras están iluminadas de manera perfecta y precisa.En todos los ejes visuales hay siempre una obra tridimensional como remate, que actúa como bisagra entre una sala y la siguiente.Los textos se han limitado a la ficha de identificación, para hacer énfasis en la obra misma y en su disfrute visual.

El Museo Botero, dado su carácter cerrado y su disposición en una casa especialmente adecuada para tal fin, configuran un ente con una autonomía propia: un verdadero museo para Colombia.

En varias ocasiones Botero ha relatado cómo su primer acercamiento al arte universal fue a través de reproducciones en estampas y libros, dado que en el país no existían (siguen no existiendo) colecciones de arte universal en entidades públicas.Para todos aquellos -la mayoría- que no podemos viajar a Europa o Norteamérica para ver los originales, la Historia del Arte se convierte en la historia de las Imágenes del arte.Las reproducciones de pinturas o esculturas en libros, estampas y diapositivas reducen la obra a dos dimensiones, hacen que se pierda la escala, falsean el color, obliteran la textura, hacen que una miniatura y un mural tengan el mismo tamaño, establecen una coexistencia obligada entre dos obras:en resumen, reducen la experiencia artística a sus manifestaciones visuales más primarias.

Los esfuerzos realizados por instituciones como el Museo Nacional, el Museo de Arte Moderno y la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República por traer exposiciones de artistas clásicos, modernos o contemporáneos para presentarlas temporalmente en sus salas solucionan parcialmente el problema, pero su acción y su cubrimiento son limitados en el tiempo por los plazos cortos de itinerancia de las exposiciones internacionales. La Temporalidad, concepto clave de la museología contemporánea, se aplica en ese caso a las colecciones:sólo están disponibles por un tiempo corto para el disfrute del público. Pero el concepto de "exposición temporal" ha estado precedido históricamente por unas colecciones disponibles permanentemente para el público. Es sobre esta base que se intenta interesar al público de una ciudad en visitar de nuevo su Museo.El problema es que esta estrategia de la museología contemporánea presupone que la base existe.Y esto no ha sido cierto en nuestro país.Es aquí en donde radica la importancia capital de la donación del maestro Fernando Botero. En 1994 presentamos en las salas de la Biblioteca Luis Ángel Arango la exposición “Obras escogidas del Museo de Arte de Sao Paulo”, muestra en la que a través de 29 obras se hacía un recorrido por la pintura del siglo 19 y las primeras décadas del 20, y que incluía nombres como Renoir, Picasso, Chagall, Vuillard, Modigliani, Laurencin, y por primera y única vez en el país, una obra de Van Gogh.Entre las muchas cartas que recibí hubo una que me conmovió especialmente, que decía así:“he sido profesor de arte en un colegio público por más de veinte años.Les doy las gracias por permitirme ver en persona aquello que había por tantos años enseñado”.Además de colocar a Colombia de un solo golpe entre las cuatro o cinco colecciones públicas de arte internacional de mayor importancia en América Latina, la Donación Botero cumplirá una función social de gran importancia: estará allí por siempre, para la enseñanza pero sobre todo para el disfrute de todos los colombianos.

José Roca
Jefe de Exposiciones Temporales y Museología.
Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República
Bogotá, noviembre 2000