Soy un sacerdote muisca

Soy el gran jeque de Ubaque, todos los muiscas de estos montes y valles reconocen mi poder y sabiduría. Todos se inclinan ante la diadema y las orejeras de orfebrería que identifican mi rango.
Mi vida ha sido larga y he cuidado de aprender algo cada día. Cuando era joven, mi tío el jeque anterior dirigió mi educación: estuve diez años encerrado en el templo, sin ver la luz del día ni comer sal ni ají, ayunando y repasando nuestros antiguos mitos. Otros no resistieron y la comunidad los castigó frotándoles ají en los ojos. Pero yo llegué a aprender sobre los mundos visibles e invisibles y domino las artes de la adivinación.
Estoy preocupado. Anoche soñé que el gran Zipa, el cacique de toda esta comarca, se bañaba en sangre. No era su propia sangre, era la de todo el pueblo muisca que sufría el dolor de una conquista. Seres venidos del más allá nos dominaban con el poder del rayo sagrado, y nosotros, que somos gente de paz, les ofrendábamos niños y ancianos desde lo alto de los montes, tratando de saciar su hambre caníbal.
Invoco al gran Bochica, nuestro maestro, y a la madre Bachué, para que den a los muiscas los poderes feroces del jaguar si mi pesadilla llegara a cumplirse algún día.
Soy un cacique muisca

Los muiscas descendemos de los pueblos de lenguas chibchas que llegaron hace siglos a los altiplanos de esta Cordillera Oriental.
En estas magníficas tierras, saludables y fértiles aunque generalmente frías, hoy somos muchos, más de cinco millones de personas. Por eso nos organizamos en grandes cacicazgos: el de Bogotá con su cacique el Zipa, el de Tunja donde manda el Zaque, el de Duitama con el Tundama y el de Iraca o Sogamoso con el Sugamuxi. Cada gran cacique gobierna sobre muchos caciques menores y éstos mandan a otros más pequeños. El Zipa de Bogotá, por ejemplo, es señor del Fusagasugá, del Ubaque, el Suba, el Usaquén, el Ubaté, el Guatavita y tantos otros. El gran Guatavita, a su vez, manda al Sopó y el Sopó al Neusa, que tiene unos cincuenta indios sujetos que le rinden tributo.
Parece difícil, pero lo cierto es que todos estamos bien organizados y aunque hay guerras, somos gente de paz. Es más, somos grandes comerciantes, porque gracias a las alianzas que hacemos los caciques, los mercaderes pueden ir de aquí para allá con productos de todos los climas y regiones. Y gracias a los graneros de maíz que tenemos los caciques, todo el pueblo puede comer cuando hay heladas o sequías.
Somos un hombre y una mujer muiscas

¡Qué buen alimento es el maíz! Lo sembramos en muchas variedades y lo comemos en sopas, tamales y arepas. A las matas de maíz les enredamos fríjoles y habas. Y al lado sembramos papas, ahuyamas, cubios y nabos. También comemos frutas y con ají le damos sabor a las carnes de monte que cazamos y a los peces que nos da la quebrada. ¿Haría falta más?
Permítame, su persona, que le explique otro tantico. En nuestra vereda de Tuaté todos somos familia y vivimos en diez o doce casas. Hay mucha tierra fértil en estas verdes colinas, y aunque la tierrita es de todos, cada hombre con su esposa tiene asignada una parcelita para cosechar lo suyo. Mi tío el Tuaté es el que manda esta vereda, es el capitán. Él tiene además su labranza grande de maíz que todos le cultivamos. También el cacique tiene allí abajo una labranza grandota a donde vamos a sembrarle y cosecharle como tributo, para que pueda darnos grandes fiestas y hacer las ceremonias religiosas, porque él tiene más de diez jeques que son muy sabios y le dan consuelo a todo el mundo.
En esta vereda somos olleros, esa es la tradición de por aquí, hacer ollas de barro. Cada semana en el día de mercado las llevamos a cambiar y trocar por sal y por algodón que traen los mercaderes de otras partes.
Soy un mercader muisca

¡Lléveme esta sal bien blanca, que traje de Zipaquirá y Nemocón, y este algodón fino, que viene de mano en mano desde el valle caliente del Chicamocha!
Los muiscas tenemos muchos días de mercado. Cada cuatro días en Tunja, de ocho en ocho en Sorocotá, y así en casi todas partes. Siempre asiste la gente del lugar y mercaderes de pueblos vecinos. Yo voy a Sogamoso y a cambio de una manta buena me dan por trueque todo el algodón que yo pueda cargar. Con esa carga, aquí en Duitama tejemos una manta grande bien buena y cuatro de las comunes.
Muchos pueblos tienen especialidades, como los de olleros y orfebres. Otros aprovechan tener otro clima, o minas de esmeraldas, o fuentes de sal. Algunos mercaderes se aventuran en tierras de gentes no muiscas, de donde traen oro y loros para ofrendar a los dioses.
El trueque no es fácil. ¡Si no fuera por nuestro dios Chibchacún nos robarían o nos matarían! Por eso el mercado se hace con gran silencio y ceremonia en un cerro sagrado o en el cercado de un cacique: yo pongo mis cuatro mantas ahí, y el mercader de Suta pone una ollita y unas batatas y yucas hasta que a los dos nos parece suficiente. Nos hacemos una venia, ¡y listo!
Soy un orfebre muisca

Mi trabajo es hacer bellas cosas de oro y cobre. Son cosas sagradas, y yo soy muy respetado por hacerlas.
El oro es un metal sagrado. Tiene el color del Padre Sol, que nos da la vida todos los días. Tiene el color del maíz y también el del jaguar, que ruge con voz de trueno. Los objetos de oro contienen la energía de la vida y por eso el sacerdote los ofrenda en bosques, rocas y lagos, para restablecer el equilibrio del mundo.
Cuando voy a hacer un tunjo fundo oro del Magdalena con cobre de Moniquirá, un pueblo que está lejos de aquí de Pasca. La mezcla debe tener el color y hasta el olor necesario para la ceremonia. Antes hice en cera de abejas la figurita que voy a fundir: un guerrero valiente, rapado, con sus armas y la cabeza de un Panche en las manos. Cubro el modelo con polvillo de carbón de madera y luego con arcilla, dejando un canalito de salida. Cuando está seco el molde, lo caliento para que salga la cera y deje hueca adentro la forma del tunjito. Ahí es donde echo el metal fundido para que tome la forma que tenía la cera. Cuando rompo el molde de arcilla, ¡nace un tunjo de metal!
¿Quieren que les vuelva a explicar?
La ceremonia del Eldorado

“...En aquella laguna de Guatavita se hacía una gran balsa de juncos, y aderezábanla lo más vistoso que podían… A este tiempo estaba toda la laguna coronada de indios y encendida por toda la circunferencia, los indios e indias todos coronados de oro, plumas y chagualas… Desnudaban al heredero... Y lo untaban con una liga pegajosa, y rociaban todo con oro en polvo, de manera que iba todo cubierto de ese metal. Metíanlo en la balsa, en la cual iba parado, y a los pies le ponían un gran montón de oro y esmeraldas para que ofreciese a su dios. Entraban con él en la barca cuatro caciques, los más principales, aderezados de plumería, coronas, brazaletes, chagualas y orejeras de oro, y también desnudos… Hacía el indio dorado su ofrecimiento echando todo el oro y esmeraldas que llevaba a los pies en medio de la laguna, seguíanse luego los demás caciques que le acompañaban. Concluida la ceremonia batían las banderas... Y partiendo la balsa a la tierra comenzaban la grita... Con corros de bailes y danzas a su modo. Con la cual ceremonia quedaba reconocido el nuevo electo por señor y príncipe.
“De esta ceremonia se tomó el nombre de El Dorado tan celebrado y que tantas vidas... ha costado”.
Juan Rodríguez Freyle, en Santa Fe de Bogotá, 1636
Soy una momia musica

Aquí donde me ven, en este museo, soy una verdadera momia muisca. Ya estoy cumpliendo 450 años, si contamos los treinta y nueve que tenía cuando morí.
Mi tío fue un cacique muisca que murió de angustia pocos meses después de la conquista. Yo heredé el cacicazgo, pero ahora mandaba un conquistador, el encomendero. Mi gente fue obligada a trabajar en construir las iglesias de Tunja, en la mita minera y en obrajes de mantas de lana que el amo vendía para las minas de oro de Mariquita. Un fraile dominico nos dio la doctrina de Dios Padre, la santísima Virgen y todos los santos que son de mucha ayuda para las necesidades.
Es que soy un muisca colonial, sumercé. No se me notaría si no estuviera envuelto en la piel de un chivo español. Pero morí y por ser cacique debía ser momificado. A escondidas del cura secaron mi cuerpo cerca al fuego, así, en cuclillas, como nacen los niños a una nueva vida. Las momias de los caciques muiscas se llevaron siempre en andas para ser vistas en las fiestas y guerras, en representación de su pueblo.
Cuando vengas al Museo del Oro, donde estoy, verás que aún soy el representante de todo un pueblo, de una historia que es también parte de tu propia historia.
