Figura votiva en forma de balsa, Cordillera Oriental, periodo Muisca
Fotografía de la balsa encontrada en la laguna de Siecha en 1856. Colección Museo Nacional de Colombia
Campesinos que encontraron la balsa, con el padre Jaime Hincapié, Pasca, 1968

Símbolos de la nación

La balsa muisca y el Dorado

Ni conquistadores ni aventureros presenciaron jamás la ceremonia del cacique bañado en polvo de oro, pero la leyenda de El Dorado acompañó durante siglos la historia de la laguna de Guatavita. No fue en Guatavita, sin embargo, que la leyenda cobró vida, sino en Siecha. En 1856, los hermanos Joaquín y Bernardino Tovar desaguaron parcialmente esta laguna y encontraron una figura votiva en forma de balsa que asociaron inmediatamente con la ceremonia de El Dorado como la describieron los cronistas.

La balsa fue a parar a manos del diplomático Salomón Koppel, quien la vendió, legalmente en ese entonces, a un museo en Alemania, pero se destruyó en un incendio al llegar al puerto de Bremen.

Más de un siglo después, en 1969, Jaime Hincapié Santamaría, párroco de Pasca, Cundinamarca, recibió la visita de Cruz María Dimaté, un campesino que, en compañía de su hijo, había hallado unas piezas de oro y cerámica en una cueva en el páramo entre las veredas de El Retiro y Lázaro Fonte.

El padre Hincapié le mostró la ilustración de la balsa de Siecha en el libro El Dorado de Liborio Zerda, y el campesino le confirmó su parecido con las piezas que había hallado. Consciente de su importancia, el párroco logró intermediar para que el Banco de la República adquiriera la pieza y la preservara para todos los colombianos. Conocida como la balsa muisca, se exhibió en el recién inaugurado edificio del Museo del Oro. Muy pronto se convirtió en un emblema nacional, y el Banco la divulgó en los billetes.

Este hallazgo reforzó los imaginarios alrededor de la laguna de Guatavita, que se convirtió en un importante centro de peregrinación. En el 2006, durante la construcción del sendero que la rodea, un obrero encontró bajo la tierra un recipiente cerámico que contenía cuatro piezas precolombinas. Sin saber qué hacer, se guardó las piezas en el bolsillo. El rumor se extendió rápidamente entre los vecinos quienes le dijeron: “Estas piezas no le pertenecen a usted ni a la CAR, son patrimonio de nuestra cultura”, así que éste decidió entregarlas.

La Corporación Autónoma Regional –CAR–, encargada de esta reserva, decidió suspender los trabajos en la laguna y dio aviso al ICANH del hallazgo para que arqueólogos autorizados investigaran el lugar y tomaran las decisiones correspondientes para la protección del patrimonio arqueológico. Un ejemplo de lo que debemos hacer todos los colombianos.