Imagen Regional 7
Cantaoras • Carlos Moreno
El escape • Andrés Morloz
Luna lela • Alberto Montenegro
Los niños del 2 de mayo • Pedro Antonio González

Imagen Regional 7 • Quibdó

 
CuraduríaConrado Uribe

Obras: Carlos Egidio Moreno Perea, José Alberto Montenegro, Pedro Antonio González, Juan Andrés Moreno 

Una de las oportunidades y de los retos más interesantes que representa el proyecto Imagen Regional para un profesional de las artes plásticas y visuales que vive en uno de los grandes centros urbanos de este país es la posibilidad de conocerlo desde otro punto de vista. Implica ser testigo de primera mano de las condiciones de desistimiento y fragilidad cultural que viven muchas de las regiones colombianas, en las que —con frecuencia— no hay (o dejaron de operar) instituciones formativas y espacios de educación en artes; en donde hay muy pocos lugares que permitan una circulación oportuna y eficiente de obras, procesos y prácticas artísticas que enriquezcan la mirada de los agentes locales; y en las que existen escasas posibilidades reales de generar intercambios culturales con el resto de Colombia y con el mundo. Si estos retos no son sencillos de asumir en ningún lugar, en contextos como el que describo —dentro del que no se puede excluir al Chocó y a su capital, Quibdó–, los agentes artísticos están cercanos al heroísmo. Su persistente, obstinada y terca labor se con-vierte en la muestra más clara de que las manifestaciones simbólicas son una intrínseca necesidad de nuestra especie; una característica que quizás tanto nos ayuda a definirnos como a separarnos de otros seres. La evidencia de que sin esto no podemos ser.

Todas estas razones son las que quizás permiten comprender por qué una buena parte de los artistas de la región hace parte de su diáspora. Y eso se reconoce en esta muestra, lo que no es condición, sin embargo, para que dejen de buscar y explorar ciertas características de lo local, de algo tan difícil de definir como la “chocoanidad”: sus tradiciones y ritos, sus colores y gentes, pero también sus tragedias, dramas y dolores que marcan la historia reciente y son hitos para entender el pasado.

En el marco de este contexto es llamativo —casi paradójico— el alto nivel de interés que genera la pintura como soporte predilecto para la gran mayoría de los artistas en la formalización de sus proyectos, puesto que su entorno se caracteriza justamente por tener una mayor tradición y riqueza en patrimonios menos objetuales o materiales, y por carecer de una tradición académica en esta disciplina. ¿Se puede leer aquí acaso una cierta nostalgia por una herencia inexistente, un insertarse y asimilarse en un país que siempre ha explotado y discriminado a la región? ¿O simplemente hay un reflejo de imaginarios compartidos en los que la pintura se considera el medio de expresión por excelencia en las artes plásticas y visuales? Quizás sea un poco de los dos. Lo que resulta cierto es que estas condiciones han permitido la transmisión de información de “baja fidelidad” entre artistas, docentes y alumnos y, de paso, la construcción de algo cercano a un lenguaje propio. Pero esta endogamia cultural también resulta problemática, dando como resultado circuitos informáticos que se cierran sobre sí mismos.

Para la presente edición de Imagen Regional, se seleccionaron cuatro artistas. Pedro González participa con el tríptico Los niños del 2 de mayo, obra en óleo sobre lienzo de gran formato que bien puede considerarse parte de una serie en la que el artista ha recogido los trágicos hechos acontecidos en Bojayá, en 2002. En la pintura, un grupo de madres carga a sus hijos muertos en una procesión fúnebre que las conduce desde el río, a la derecha, hasta un lugar no determinado. Las figuras, agrupadas en pequeños conjuntos, son tratadas con una severidad formal y cromática que le otorga al conjunto de la obra la solemnidad que precisa. Por su parte, Carlos Egidio Moreno se inscribe en un horizonte representativo que hace de las tradiciones y rituales locales motivos pictóricos que contribuyen tanto a construir memoria, como a revisar las características de las identidades regionales. Sin ser académico –situación que no es necesaria–, Moreno logra configurar un lenguaje propio en el que dominan las escenas grupales complejas, y en el que las narrativas locales son las protagonistas. Inscrito también en la tradición pictórica, José Alberto Montenegro busca aludir a los distintos matices del Chocó de su infancia, a través de campos de color plenos de texturas y veladuras que se estructuran definiendo formas geométricas, abstractas. Sus modulaciones y elementos compositivos encuentran en el diseño arquitectónico, el otro oficio del artista, su fundamento. Por último, Juan Andrés Moreno Lozano participa con la instalación Discurso en construcción entre metáforas de silencios forzados, un conjunto de doscientos cubos de madera que fueron intervenidos individualmente por niños y jóvenes con palabras y frases es-cogidas en múltiples alusiones al contexto social y político. Los mismos cubos exhiben unas figuras antropomorfas en el costado opuesto, desde las cuales se desprenden unos hilos rojos que pueden ser cruzados e interconectados por los espectadores en una acción lúdica que deriva en la permanente alteración formal de la obra. El discurso, como ese hilo conductor que permite la trama y la urdimbre social, es forma, metáfora y concepto central en esta pieza.

El arte, o mejor, las prácticas artísticas, son, sin duda, productos generados por una época y por los distintos con-textos culturales que esta permite, se deben a ellos. Dichas prácticas refiejan, señalan, cuestionan y critican su desarrollo, sus conflictos, intenciones e intereses. Valoramos la experiencia del arte por su alto nivel de eficacia simbólica; porque nos devuelve distintos, haciéndonos mirar las cosas de forma inédita, cuestionando los paradigmas según los cuales comprendemos y vemos el mundo. Allí radica su potencia.