Imagen Regional 7 • Quibdó
Curaduría: Conrado Uribe
Obras: Carlos Egidio Moreno Perea, José Alberto Montenegro, Pedro Antonio González, Juan Andrés Moreno
En el marco de este contexto es llamativo —casi paradójico— el alto nivel de interés que genera la pintura como soporte predilecto para la gran mayoría de los artistas en la formalización de sus proyectos, puesto que su entorno se caracteriza justamente por tener una mayor tradición y riqueza en patrimonios menos objetuales o materiales, y por carecer de una tradición académica en esta disciplina. ¿Se puede leer aquí acaso una cierta nostalgia por una herencia inexistente, un insertarse y asimilarse en un país que siempre ha explotado y discriminado a la región? ¿O simplemente hay un reflejo de imaginarios compartidos en los que la pintura se considera el medio de expresión por excelencia en las artes plásticas y visuales? Quizás sea un poco de los dos. Lo que resulta cierto es que estas condiciones han permitido la transmisión de información de “baja fidelidad” entre artistas, docentes y alumnos y, de paso, la construcción de algo cercano a un lenguaje propio. Pero esta endogamia cultural también resulta problemática, dando como resultado circuitos informáticos que se cierran sobre sí mismos.
Para la presente edición de Imagen Regional, se seleccionaron cuatro artistas. Pedro González participa con el tríptico Los niños del 2 de mayo, obra en óleo sobre lienzo de gran formato que bien puede considerarse parte de una serie en la que el artista ha recogido los trágicos hechos acontecidos en Bojayá, en 2002. En la pintura, un grupo de madres carga a sus hijos muertos en una procesión fúnebre que las conduce desde el río, a la derecha, hasta un lugar no determinado. Las figuras, agrupadas en pequeños conjuntos, son tratadas con una severidad formal y cromática que le otorga al conjunto de la obra la solemnidad que precisa. Por su parte, Carlos Egidio Moreno se inscribe en un horizonte representativo que hace de las tradiciones y rituales locales motivos pictóricos que contribuyen tanto a construir memoria, como a revisar las características de las identidades regionales. Sin ser académico –situación que no es necesaria–, Moreno logra configurar un lenguaje propio en el que dominan las escenas grupales complejas, y en el que las narrativas locales son las protagonistas. Inscrito también en la tradición pictórica, José Alberto Montenegro busca aludir a los distintos matices del Chocó de su infancia, a través de campos de color plenos de texturas y veladuras que se estructuran definiendo formas geométricas, abstractas. Sus modulaciones y elementos compositivos encuentran en el diseño arquitectónico, el otro oficio del artista, su fundamento. Por último, Juan Andrés Moreno Lozano participa con la instalación Discurso en construcción entre metáforas de silencios forzados, un conjunto de doscientos cubos de madera que fueron intervenidos individualmente por niños y jóvenes con palabras y frases es-cogidas en múltiples alusiones al contexto social y político. Los mismos cubos exhiben unas figuras antropomorfas en el costado opuesto, desde las cuales se desprenden unos hilos rojos que pueden ser cruzados e interconectados por los espectadores en una acción lúdica que deriva en la permanente alteración formal de la obra. El discurso, como ese hilo conductor que permite la trama y la urdimbre social, es forma, metáfora y concepto central en esta pieza.
El arte, o mejor, las prácticas artísticas, son, sin duda, productos generados por una época y por los distintos con-textos culturales que esta permite, se deben a ellos. Dichas prácticas refiejan, señalan, cuestionan y critican su desarrollo, sus conflictos, intenciones e intereses. Valoramos la experiencia del arte por su alto nivel de eficacia simbólica; porque nos devuelve distintos, haciéndonos mirar las cosas de forma inédita, cuestionando los paradigmas según los cuales comprendemos y vemos el mundo. Allí radica su potencia.





