Imagen Regional 7
De la serie fotógrafos • Jairo Ruiz
Suvenires- Entropía 1, 2, 3, 4 • Aurea María Oliveira Santos
The Plait Pole Dancing at Mission Hill • Aurea María Oliveira Santos
La súplica • Ernesto Lynton
Proyecto Mar florecido • Ernesto Lynton
Realidades e identidades virtuales • Wilfrido Andrés Guzmán Ortiz

Imagen Regional 7 • San Andrés

 
CuraduríaConrado Uribe

Obras: Wilfrido Andrés Guzmán Ortiz, Ernesto Lynton, Aurea María Oliveira Santos, Jairo Ruiz

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Una de las oportunidades y de los retos más interesantes que representa el proyecto Imagen Regional para un profesional de las artes plásticas y visuales que vive en uno de los grandes centros urbanos de este país es la posibilidad de conocerlo desde otro punto de vista. Implica ser testigo de primera mano de las condiciones de desistimiento y fragilidad cultural que viven muchas de las regiones colombianas, en las que —con frecuencia— no hay (o dejaron de operar) instituciones formativas y espacios de educación en artes; en donde hay muy pocos lugares que permitan una circulación oportuna y eficiente de obras, procesos y prácticas artísticas que enriquezcan la mirada de los agentes locales; y en las que existen escasas posibilidades reales de generar intercambios culturales con el resto de Colombia y con el mundo. De allí se derivan, al mismo tiempo, algunos de los objetivos que, en el largo plazo, debiera tener este proyecto.

Si estos retos no son sencillos de asumir en ningún lugar, en contextos como el que describo –dentro del que no se puede excluir a San Andrés Islas–, los agentes artísticos están cercanos al heroísmo. Su persistente, obstinada y terca labor se convierte en la muestra más clara de que las manifestaciones simbólicas son una intrínseca necesidad de nuestra especie; una característica que quizás tanto nos ayuda a definirnos como a separarnos de otros seres. La evidencia de que sin esto no podemos ser.

Para el caso de los artistas seleccionados para Imagen Regional VII, las relaciones entre sus reflexiones plásticas y la realidad que los enmarca son diversas y complejas. Si en otras regiones del país do-mina la diáspora como fenómeno que explica el interés particular de unos cuantos por buscar nuevos caminos, ante las múltiples limitaciones de su región de origen, en la isla sucede un poco a la inversa. Hay una gran presencia de agentes de otras partes del país, lo que evidencia (y explica) algunas de las problemáticas más fuertes que tiene: la descontrolada migración de continentales lo que genera sobre-población; las diversas problemáticas económicas que de allí pueden derivarse (en conjunción con una situación geográfica que ha hecho de la isla un lugar estratégico para el tráfico de distintos productos); y quizás, como consecuencia, la doble condición de aislamiento en la que se encuentra la población raizal. Las obras seleccionadas recogen y reflejan problemáticas locales desde distintas perspectivas. Más allá de los clichés sobre el exotismo que exalta las bondades naturales, o aquellos que sirven para promover un turismo más bien decadente, afloran reflexiones en torno a las dinámicas económicas y los conflictos sociales de la isla; o su complicada relación con los ricos ecosistemas que posee y la irreflexiva explotación de recursos naturales en ellos.

En las obras escogidas se reconoce un interés marcado por los lenguajes tridimensionales, asumidos desde posturas arriesgadas en términos formales, que permiten cuestionar los imaginarios tradicionales con respecto a la escultura y a las artes plásticas en general. Características todas que son muy valiosas considerando la situación de precariedad académica y formativa en artes plásticas en la isla. Es en este contexto que el trabajo de estos artistas cobra mayor relevancia.

Ernesto Lynton trabaja con plásticos reciclados para construir objetos escultóricos como La súplica, pieza en la que la precisión formal en el uso y ensamblaje de los materiales recuerda los procedimientos originalmente diseñados para trabajar con ellos en el sector industrial. La voluptuosa, aséptica y vacía mujer armada con los fragmentos plásticos, parece advertirnos, a través de sus ruegos, de los peligros que entraña una escasa conciencia global ambiental frente al uso de los desechos. Su segunda obra, titulada Mar florecido (Por todas las Américas), es una propuesta utópica basada en la intervención realizada directamente en la bahía Sardinas, de San Andrés, en 2000. Los principios conceptuales permanecen, pero el alcance es mucho más ambicioso.

Aurea María Oliveira Santos participa con la instalación Suvenires-Entropía 1, 2, 3, 4 (El costo de vivir en el paraíso), hecha a partir de objetos encontrados en las playas. En su proyecto apropia y sub-vierte al mismo tiempo la operación surrealista presente en los objet trouvé. Aquí es tan importante la interacción entre objetos naturales y artificiales (corales y pedazos de muñecos plásticos, o corales y porcelanicrón) como los comentarios críticos de la artista. A través de la parodia que hace de las miles de chucherías importadas y vendidas a los turistas, en las que se reproducen lugares comunes frente al Cari-be, el archipiélago y sus gentes (satisfaciendo el gusto promedio de los veraneantes), la artista propone una ácida y punzante reflexión en torno a los fenómenos violentos que han sacudido a la isla en los últimos años: ¿cuántos cuerpos de hombres y mujeres yacen en el fondo del mar de los siete colores? Este paraíso entraña su propio infierno. De acuerdo con la artista, las islas están en un proceso de deterioro irreversible que atraviesa a la naturaleza y sus recursos, pero también a la cultura y sus pobladores. ¿Acaso mucho de esto se pueda explicar como parte de los perversos efectos que conlleva la explotación turística? Y al mismo tiempo, ¿cómo resistir esta situación? Los objetos que conforman la instalación entran en una polivalente tensión con la pintura The Plait Pole Dancing at Mission Hill, obra en la que la artista representa una danza grupal tradicional heredada de los colonizadores británicos.

Desde una perspectiva estrictamente visual, Jairo Ruiz, fotógrafo de profesión, plantea una serie en la que registra los protagonistas de una dinámica económica en vías de extinción: sus propios colegas en trabajo de campo. Actuando como un paparazzi, Ruiz hace una reflexión autorreferencial en torno a un oficio que ha tenido gran de-manda en los lugares turísticos, pero que ahora se ve amenazado por la democratización de los medios digitales, situando su trabajo entre lo etnográfico y lo arqueológico.

Wilfrido Andrés Guzmán Ortiz participa con la instalación Realidades e identidades virtuales, pieza que nace del interés del artista por explorar los efectos de las redes sociales online mientras vivía por fuera de la isla. En ellas es posible crear un mundo paralelo en el que las fronteras entre lo público y lo privado, la realidad y la virtualidad, se desvanecen. La unidad metafórica de su propuesta son las cajas de perfiles tipo Facebook, “equivalente físico de los perfiles virtuales presentes en la red”, las cuales invitan al público a intervenir directa-mente en ellas, aportando nuevos datos por medio de figuras, trazos y comentarios. La participación es parte fundamental; sin ella, la obra no está activa. En este proceso de traducción de una alta tecnología a una más baja, la obra parece hacer un comentario irónico a las precarias condiciones de conexión a Internet que se experimentan en la isla (¿un tercer nivel de aislamiento?).

El arte, o mejor, las prácticas artísticas, son, sin duda, productos generados por una época y por los distintos contextos culturales que esta permite, se deben a ellos. Dichas prácticas reflejan, señalan, cuestionan y critican su desarrollo, sus conflictos, intenciones e intereses. Valoramos la experiencia del arte por su alto nivel de eficacia simbólica; porque nos devuelve distintos, haciéndonos mirar las cosas de forma inédita, cuestionando los paradigmas según los cuales comprendemos y vemos el mundo. Allí radica su potencia.