MARÍA, NOVELA ROMÁNTICA

Por: Torres Duque; Oscar

Retrato de María. Dibujo al pastel de Alejandro Dorronsoro, 1884.
(Primera versión, 1879).
Retrato de María. Dibujo al pastel de Alejandro Dorronsoro, 1884. (Primera versión, 1879).
Portadilla de "María» con el retrato de Jorge Isaacs. Grabado de J. Pasos. Barcelona, 1886.
Portadilla de "María» con el retrato de Jorge Isaacs. Grabado de J. Pasos. Barcelona, 1886.
Efraín y María. Grabado de J. Passos, 1886.
Efraín y María. Grabado de J. Passos, 1886.
Primera edición de «Maria». Bogotá, Imprenta de Gaitán, 1867.
Primera edición de «Maria». Bogotá, Imprenta de Gaitán, 1867.
Portada de «Maria», por Roser Bru.
Santiago de Chile, Zig Zag, 1949.
Portada de «Maria», por Roser Bru. Santiago de Chile, Zig Zag, 1949.
«Camilo»,
la otra novela (inconclusa) de Isaacs. 
Bogotá, Incunables, 1984.
«Camilo», la otra novela (inconclusa) de Isaacs. Bogotá, Incunables, 1984.
«Maria», (filme de Maximo Calvo, 1922: Stella López Pomareda (María), Emma Roldan (la madre) y Hernando Sinisterra (Efraín).
«Maria», (filme de Maximo Calvo, 1922: Stella López Pomareda (María), Emma Roldan (la madre) y Hernando Sinisterra (Efraín).

 

El «estado de naturaleza» y el «idilio imposible», claves para una lectura
 

Uno de los tópicos en que ha reincidido la crítica de Maria, de Jorge Isaacs, desde el mismo año de su publicación en 1867, cuando su promotor y agente Jose Maria Vergara y Vergara hiciera su presentación en El Mosaico, es aquello que podríamos llamar el «estado de naturaleza» que ha permitido, casi de manera invariable, que los comentaristas aludan a esta pieza maestra del escritor vallecaucano con la expresión «idilio». Lo cual no obsta para que, también invariablemente, se la presente de principio como una «novela», un concepto literariamente opuesto al primero. La aplicación de estos rótulos tiene sentido y es función de la crítica, atendiendo histórica y estéticamente a la significación de la obra. Pero esta sencilla digresión sobre Maria solo pretende llamar la atención sobre un presunto intersticio crítico: la mutua exclusión en la obra de Isaacs de los contextos históricos y estéticos. Es decir, una precisión sobre el concepto de «idilio».

Cuando Maria aparece, es todo un hito en Colombia (muchos hablan del surgimiento de la novelística nacional) pero no, lo sabemos, en la historia de la literatura occidental, en la que ocupa un puesto eminente al final de un proceso artístico-ideológico que se conoce con el nombre de romanticismo. La llamada «novela romántica» creó unos ciertos esquemas de composición, cuyo eje queda definido por una relación amorosa entre un hombre y una mujer que no pueden, desde el principio o a la postre, realizar a satisfacción ese amor. «EI imposible», ideal tópico romántico, tiene, sin embargo, distintos marcos, casi podríamos decir distintas causas. «EI imposible», en la sencilla relación amorosa entre Efraín y María, tendría su marco o su causa en un «estado de naturaleza», que es además otro tópico romántico. Pero aquí es necesario matizar.

Ubicada en un sitio histórico fundacional, Werther, de Goethe, publicada en 1776, suele ser reconocida como paradigma de este tipo de historias, incluso ya en el plano narrativo con el empleo de un narrador en primera persona, lucido, que despliega toda la intensidad de su sentimiento, bien porque el mismo sea protagonista de esa historia de amor, o bien porque se iguala o identifica con ese protagonista; por lo demás, los dos narradores pueden coexistir: el amigo que organiza la correspondencia del «desdichado» Werther o el presentador del manuscrito de Efraín, quien a su vez (el presentador) pretende involucrar a sus lectores como amigos y hermanos en el dolor. Pero el matiz, hay que insistir, radica en el contexto de esa historia de amor pretendidamente trágica.

En Werther no puede pasarse por alto la intención del autor de describir un «estado de naturaleza»: el artista que es Werther se ve fortalecido con la contemplación de los paisajes y de la vida agreste y campesina, con el alejamiento del «mundanal ruido»; pero la tragedia sobreviene cuando descubre que Carlota no es simplemente un símbolo de ese medio incontaminado sino también un personaje involucrado en la vida social de su tiempo, requerida por un mundo institucional que, por supuesto, opera más eficazmente en el propio Werther a través de su educación y su formación humanística, que lo sacan del medio idílico y Ie muestran enojosamente los compromisos o vínculos que mantiene con ese otro medio --social y cortesano-, que entonces y, cada vez mas, comienza a invadir su inicial pequeño paraíso.

Otro hito fundacional, para la tradición franco-hispana, lo constituye Pablo y Virginia, de Bernardin de Saint-Pierre, obra publicada en 1788. EI relato de Saint-Pierre ya ubica el marco de la adolescente historia de amor en un lugar bien apartado de la «civilización», la isla Mauricio, a muchos miles de kilómetros de las costas europeas. EI esquema de un «estado de naturaleza» casi se vuelve aquí una caricatura --selvas salubres, aborígenes puros, paisajes edénicos--, pero toda la «tragedia» consiste allí en la muerte de la heroína, agenciada por dos elementos sociales: la necesidad de un viaje a Europa --que la pone ya en el mar, ese medio desconocido y peligroso-- y, en un gesto de pudor que raya en lo  ridículo (en un «estado de naturaleza»), su negativa, cuando su barco está a punto de ser quebrado por la tormenta, a librarse de sus ropas para poder ser salvada por un semidesnudo marinero y por su propio enamorado.

Chateabriand también localizó su romance buscando una naturaleza incontaminada en el silvestre mundo americano que sirve de fondo para la historia de Atala (1802). Allí «el imposible», finalmente redimido por una cierta noción de destino que mesura y desestereotipa el «estado de naturaleza», surge del contexto religioso, pues Chactas debe hacerse cristiano para casarse con Atala, pero esta debe cumplir una promesa --de índole religiosa--, hecha a su madre moribunda: debe permanecer virgen. Mas natural parece entonces la historia de Graziella (1852) escrita por Lamartine, cuyo narrador protagonista sabe que el «estado de naturaleza» no está fuera de sí mismo y acepta la diversidad de los contextos --el suyo de formación literaria occidental, y el de Graziella, una artífice de piezas de coral que vive en la isla griega de Prócida-- como única posibilidad de conseguir una relación amorosa armónica, que no ha de lograrse de todos modos por sus compromisos en Francia, lo cual muestra finalmente la dificultad «impuesta» para que esos dos medios --el uno social e histórico, y el otro idílico-- se concilien. Pero ya los había conciliado en su mente de desprejuiciado poeta romántico: «EI hombre es en todas partes el hombre; su naturaleza sensible ha tenido siempre los mismos instintos, tanto si se trata del Partenón como de San Pedro de Roma o de una pobre barca de pescador en un escollo de Prócida».

La reflexión del héroe sentimental y autobiográfico de Lamartine es un pensar sobre la propia condición del idilio. ¿Por qué la naturaleza debe ser buscada fuera de nosotros? ¿Por qué nos enamoramos «puramente» solo cuando abandonamos nuestro pasado y nuestra historia, nuestro lugar de origen, para ir al lugar incontaminado, a la utopía? La respuesta implícita es que el idilio esta ya perdido cuando es necesario ese desplazamiento. Y esta es una clave para volver a mirar (o llorar, como quiere Isaacs) la historia de Efraín y Maria.

Es cierto que la historia de los dos enamorados de Isaacs se compone de varias ausencias del protagonista, por razón de sus viajes, primero a Bogotá y después a Inglaterra, entre los cuales median otras tantas ausencias del hacendado Efraín que debe acompañar a su padre en las labores y negocios que demanda un latifundio de grandes proporciones. Pero el esquema aquí es al revés: para encontrar a Maria, Efraín debe regresar a su tierra, la que Ie pertenece (como quizá Maria Ie pertenece...). El pertenece a esa tierra y la tierra Ie pertenece porque Ie pertenece a un solo señor y dueño que es su padre. Ahora bien, los viajes de Efraín no hacen de este otro hombre, por tanto un desarraigado que compara la vida campestre con unas presuntas ventajas o desventajas del mundo urbano, o «civilizado» o «cultural». La educación del protagonista no es en la obra de Isaacs un motivo de conflicto, como no lo era para el protagonista de Graziella, quien, como Efraín, goza abriendo su estudio y sus libros a la sencilla heroína que ignora en principio todo aquello que ellos contienen pero que advierte admirativamente que hace parte esencial del hombre que ama. ¿Pero es que acaso la educación es aquello que se adquiere o se recibe en un claustro? EI idilio, que aparte de género pastoriles una teoría de la armonía con el medio, enseña que la educación es un vínculo intimo con la tierra (o con el medio, cualquiera que este sea). La educación de Efraín, propiciada en todo por su padre, es una educación de hacendado, una educación para ser apto en el buen gobierno de una parcela de tierra, que incluye casa, flora, fauna, paisajes y, por supuesto, las personas que allí viven.

¿Por qué entonces Efraín debe estudiar medicina? Cuando Ie propone a su padre quedarse, dada la difícil situación económica que se avecina y los gastos que implicaría su «otra educación», el padre es tajante: «Los gastos que el resto de tu educación me cause en nada empeoraran mi situación, y una vez concluida tu carrera, la familia cosechara abundante fruto de la semilla que voy a sembrar».

Una cosa es cierta: Efraín debe irse para regresar (no para desarraigarse); es otra semilla que siembra en su propia tierra su padre. Si hay una causa para «el imposible», ella es el padre mismo, quien además es padre también (putativo) de María, con lo cual «el imposible» surge como una circunstancia endogámica, por no decir incestuosa; en el único atisbo que uno puede hallar en Maria de una rebeldía contra el padre, Efraín, ante las quejas de María por la inminente ultima separación, Ie responde, con una mesura que sugiere la exasperación: « ... No te quejes a mí de mi regreso; quéjate al que te hizo compañera de mi niñez». Esa separación, sabemos, pretende mostrarse como causa moral de la enfermedad de María. Nadie se opone a la realización de sus sueños: ni los prejuicios, ni la injusticia social, ni los compromisos sociales. EI padre es el destino, y todo lo que en el y por el existe: la casa, la hacienda, su hermandad (que los ha unido); es decir, ese entorno global que es su «estado de naturaleza», del cual no se desprenden, y mucho menos con la muerte.

Realizado Por: Oscar Torres Duque
Diplomado en Estudios Literarios y Profesor de Literatura, Pontificia
Universidad Javeriana. Poeta y ensayista.

 

 

Título: MARÍA, NOVELA ROMÁNTICA
Fecha de publicación: 1995-05-05


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