1. DEL JAGUAR Y LA ANACONDA
 

Arte ticuna
colores vegetales sobre tela de corteza
colección privada.

 

CAZADORES Y ARQUEÓLOGOS

Más de trece mil años después que aquel cazador de musculatura fuerte, hombros amplios, cabeza erguida, cejas prominentes, nariz recta y mandíbula robusta, perdiera una de sus puntas de flecha de piedra, otro hombre tan alto como él se agachó y la recogió. Era el año 1973.

El arqueólogo Gonzalo Correal había caminado todo el día por los alrededores de Bahía Gloria en el golfo del Darién. Había escarbado con los ojos cada centímetro del lugar antes de pararse a la entrada de una cueva llena de murciélagos. Tenía la playa y sus arenas calurosas metidas entre las botas y, entre ceja y ceja, incrustada una obsesión: encontrar los rastros del camino que debieron de recorrer los cazadores que llegaron a las cuevas de El Abra y a los abrigos del Tequendama en la sabana de Bogotá hace 12.460 años. Sus antepasados, procedentes de Asia, habían atravesado miles de años antes el estrecho de Bering y habían cruzado el istmo de Panamá y el Darién, en su camino hacia el sur de América.

Esa tarde, el sol parecía caer lentamente. Los acompañantes del arqueólogo se le acercaron y los murciélagos huyeron despavoridos. La punta de flecha que Correal acababa de encontrar era de unos cinco centímetros de larga, era de sílex y tenía forma de cola de pez. Este proyectil había sido parte del equipo de cacería de los aborígenes o indios que habían estado allí siglos atrás, viviendo de la recolección de frutos y moluscos y de la cacería.

En su rastreo por la costa atlántica, Correal llegó hasta la Guajira y en la serranía de Cosinas halló más señales de cazadores y recolectores. Sobre las terrazas aluviales, a lo largo del valle del Magdalena hasta el departamento del Huila y en áreas cercanas a las ciénagas o confluencias de los ríos, encontró pistas de antiguos cazadores, recolectores y pescadores.

A finales de 1979 en Tibitó, otro sitio de la sabana de Bogotá, Correal comprobaría que estos primeros pobladores paleolíticos, cuyas huellas él descubriera en 1967, también habían cazado grandes animales como el mastodonte. Por otra parte, el hallazgo le permitió responder inquietudes formuladas por sus colegas quienes, frente a los yacimientos arqueológicos de El Abra y el Tequendama, suponían que debían encontrarse especies de la megafauna pleistocénica, como efectivamente aparecieron.

Pero el significado de estos descubrimientos primordialmente reside en la ampliación por varios miles de años del panorama histórico y cultural no sólo de Colombia, sino del norte de América del Sur. En Colombia, la cronología del poblamiento del país antes de los trabajos de Correal empezaba hace 5.000 años. En Puerto Hormiga, a orillas del Canal del Dique, en el departamento de Bolívar, Gerardo Reichel-Dolmatoff encontró que en ese tiempo los indios tenían una forma de vida definida. Recolectaban moluscos en el litoral y en los esteros cercanos, cazaban especies pequeñas de la fauna local y recogían algunos vegetales. La adaptación de estos indios recolectores de moluscos y cazadores de pequeños animales dejó huellas en grandes acumulaciones de conchas y en herramientas de piedra como raspadores, golpeadores y yunques para romper semillas. Y, lo más extraordinario, en un tipo de cerámica rudimentaria que resultó ser uno de los más antiguos de América.

 

BUDARES Y BOTÁNICA

Frente a tal recursividad en el manejo del medio, es válido preguntarse si aquellos ceramistas tempranos eran agricultores. Encontrar tiestos de barro en una excavación tiende a tomarse como indicio de vida sedentaria. Y ésta, a su vez, como indicativo de que un pueblo se ha hecho agricultor. Quienes dependen de economías nómades o seminómades poseen un equipamento material de fácil movilización, el cual por lo general excluye piezas de barro, casi siempre frágiles y pesadas. Sin embargo, las investigaciones de Carlos Angulo Valdés en la Ciénaga Grande hablan de lugares como la isla de Salamanca, que fueron ocupados por casi 11 siglos, a partir del año 362, y cuyos habitantes abandonaron la agricultura en las fases tempranas del asentamiento. Explica ese arqueólogo que una "[...] baja lluviosidad y un piso de estructura dunosa, muy permeable y sin capa vegetal [...] es probable que [...] se combinaran con la abundancia de recursos anfibios para ocasionar un cambio tan radical. Al contrario de lo que sostiene Reichel Dolmatoff en su contribución para el Manual de historia de Colombia, el trabajo de Angulo sugiere que allí sí hubo sociedades que se especializaron casi exclusivamente en el manejo de recursos anfibios. Por otra parte, refuerza la hipótesis referente a que la fabricación de cerámica en algunos lugares de la llanura caribe no estuvo necesariamente atada a un sedentarismo agrario. Condensada por Donald Lathrap en su libro sobre el alto Amazonas, esta posición se va cimentando a medida que aumenta la información proveniente de la investigación arqueológica.

Algo muy diferente ocurre con los antiguos pobladores de Malambo, sobre la llanura del bajo Magdalena, cerca del Canal del Dique. En ese sitio, también fue Angulo Valdés quien encontró unos tiestos planos y de gran diámetro, cuyas fechas -1130 antes de Cristo- son de las más antiguas del continente para este tipo de artefacto. El posible uso que los aborígenes le daban a estos grandes platos pandos se ha inferido al compararlos con los budares sostenidos por viejos termiteros o por trípodes de arcilla quemada que la gente de Orinoquia y Amazonia utiliza hoy por hoy para deshidratar los derivados sólidos de la yuca brava. Se ha asumido, entonces, que excavación que contenga budares indica que sus fabricantes cultivaban ese tubérculo. Sin embargo, arqueólogos como Kent Flannery o Barbara Pickersgill consideran que esta deducción es arriesgada por cuanto los budares podrían haberse usado para deshidratar el almidón extraído de varios tipos de palmas que se dan silvestres. Por ello, parecen dispuestos a dejarse convencer tan sólo por excavaciones que contengan restos de plantas fosilizados o semifosilizados. Para Lathrap y otros, en el caso de la yuca tal exigencia es extrema. Por una parte, las modificaciones genéticas que el proceso de domesticación acarreó sobre la yuca fueron debilitando el sistema reproductivo que debió tener el ancestro de las variedades cultivadas. Estas ya no pueden reproducirse sin ayuda humana. No será posible, entonces, hallar semillas fósiles de yuca. Y el que sus raíces sean blandas y se descompongan con facilidad, hace prácticamente imposible el que la arqueología de las selvas tropicales húmedas revele la presencia física de restos de ese cultivo.

El insistir que fragmentos de budares atestiguan yuca brava se funda en que quizás no hay sobre la tierra otro tubérculo cuya preparación exija un complejo tan invariable de instrumentos y procedimientos. De no ser así, la preparación de la yuca no lograría su propósito triple de, primero que todo, obtener derivados líquidos y sólidos; segundo, remover las toxinas contenidas en ambos, y tercero, deshidratar los segundos con el fin de poderlos almacenar aún en ambientes muy húmedos y cálidos (ver cap. 3).

Lo ideal, claro está, sería encontrar los tiestos planos, con sus bases tripoidales de arcilla quemada, asociados con fragmentos de cuarzo, como los de los rallos usados hoy en día en la Amazonia para fragmentar la yuca, casi hasta un nivel molecular. Mejor todavía si estas tres cosas llegaran a encontrarse con las ollas de boca ancha que se emplean para recoger el líquido lechoso que le escurre al afrecho mientras se lava y exprime.

Esto, sin embargo, pocas veces se logra. Para muchos arqueólogos, los solos budares bastan para sugerir el impacto de unas sociedades indígenas que, entre otros conjuntos de procedimientos de carácter científico, manejaban el de la naturaleza, seleccionar plantas, experimentar con sus diferentes variedades, y domesticar aquellas que respondieran a unas metas tanto agronómicas, como socioeconómicas. El saber quiénes eran ellos, y dónde y cuándo vivieron, es uno de los capítulos más apasionantes de la antropología contemporánea.

 

CALABAZOS, REDES Y VENENOS:
DETONANTES DE UNA NUEVA PROPUESTA

Científicos como Richard Mac Niesh, Kent Flannery y Barbara Pickersgill, quienes se han interesado por los orígenes de la agricultura, consideran que en América existieron cuatro grandes centros de invención independiente, a saber: el valle Tehuacán en México, el Callejón de Huaylas en el Perú, las tierras bajas de la llanura Caribe y del curso medio del Amazonas, y la región boscosa del oriente de Norteamérica. Otros investigadores, entre los que se cuenta Donald Lathrap, por su parte, se inclinan a pensar que tales procesos de domesticación vegetal, como otros ocurridos en el Viejo Mundo, se derivan de "[...] un patrón único de experimentación neolítica [...]" elaborado en el África, hace 40.000 años, por los portadores de las culturas sangoana y lumpebana. Lathrap rompe con las corrientes que le han prestado atención a las regiones semiáridas de Asia Menor, Mesoamérica y el Perú, y al papel desempeñado por las semillas de trigo y maíz. Su alternativa es la de estudiar, por una parte, a los pobladores ribereños de los bosques tropicales de África y América del Sur, y por otra, transplantes y plantas como las del calabazo (Lagenaria siceraria) y el algodón; los barbascos que se emplean en la pesca y, finalmente, la yuca.

Esta nueva hipótesis tiene a su favor el que con el tiempo y la investigación aumentan el número y la antigüedad de las fechas que atestiguan el poblamiento del continente americano, a partir de las migraciones que entraron por el Estrecho de Bering. Hace 20 años era casi impensable que un arqueólogo encontrara en Tibitó restos de mastodontes, caballos y venados, así como la confirmación de que allí existieron cazadores y carniceros. Todo con una edad de 10.000 años a. de C. Entonces, es factible esperar que dentro de otros tantos años la arqueología pueda precisar la edad y las rutas que, por ejemplo, llevaron a la gente desde lugares como las cuevas de Bahía Gloria en el Darién, hasta la costa septentrional del Brasil.

En algún punto de esa amplia región, hace más de 12.000 años, pudo haber ocurrido el contacto con un grupo de pescadores que, al ser arrastrado por una corriente marina, se hubiera extraviado de las costas del África Occidental. En este caso, el reto que se le presenta a la arqueología es el de reconstruir la ruta que pudo haber llevado hasta el curso medio del Amazonas a quienes recibieron la innovación proveniente del contacto transatlántico. Mientras que científicos como Gonzalo Correal se han dedicado a seguirle la pista a piedras talladas en forma de raspadores, o de puntas de lanza y flecha, los pedazos de calabazo y las semillas de algodón constituirán el desafío para las nuevas generaciones de investigadores. Además de un gran ingenio, requerirá técnicas de investigación muy perfeccionadas con el fin de extraer de un suelo caliente, húmedo y ácido muestras de instrumentos y herramientas hechos de materiales vegetales.

El andamiaje de la proposición de Lathrap se fundamenta, primero que todo, en reflexiones motivadas por unos fragmentos de calabazo que, además de ser muy antiguos, aparecen casi simultáneamente en excavaciones arqueológicas de Asia y América. En segundo lugar, ha sido importante identificar al conjunto de factores ambientales que habría dado origen a formas innovativas de utilizar con eficiencia recursos ribereños y selváticos. En tercer lugar, se han hecho análisis sistemáticos de los efectos que esas innovaciones tuvieron sobre el tamaño y los patrones de migración y asentamiento de los grupos que las originaron. El cuarto soporte de la nueva propuesta es el estudio de las características e implicaciones históricas de los jardines que en la actualidad rodean un sinnúmero de viviendas amazónicas. Finalmente, un quinto pilar es la indagación también histórica referente a la cobertura y firmeza de los vínculos comerciales que -como respuesta a las carencias de cada región- conectaron a la Amazonia, con la Orinoquia, las costas peruanas y ecuatorianas, y la llanura caribe.

Uno de los detonantes de esta hipótesis es el calabazo, la enredadera de flores blancas que los botánicos llaman Lagenaria siceraria. Su domesticación es tan temprana que fuera del África no ha podido reproducirse sin la ayuda humana. Aún verdes, sus frutos pueden servir de ollas desechables; ya secos se utilizan como recipientes de alimentos y sustancias sagradas, como instrumentos musicales o juguetes. Y lo más importante para el propósito de esta discusión, como flotadores de redes para pescar. El impacto de esta planta sobre el afianzamiento de la agricultura se ha ido deduciendo al considerar que diferentes tipos de calabazos aún hoy en día continúan figurando en los primeros renglones no sólo del inventario de artefactos, sino del simbolismo de las más diversas culturas tanto de este continente, como de Melanesia, del oriente asiático y de África. Adicionalmente, su enorme dispersión geográfica se conjuga con una gran antigüedad. Explica Lathrap:

Siempre que uno se ve frente a frente con un registro arqueológico bien preservado, que además sea indicativo de la forma como la gente habría comenzado a modificar [su entorno para incrementar] la disponibilidad original de especies vegetales, el dato que con mayor probabilidad encuentra es la evidencia irrefutable de la Lagenaria siceraria [...].

Excavaciones llevadas a cabo en la Cueva de los Espíritus de Tailandia indican que allá se cultivaba el calabazo desde hace 10.000 años, fecha que últimamente Harlan ha puesto en tela de juicio. Una edad comparable se ha encontrado para hallazgos de este recipiente en tierras mexicanas como las de la Sierra Madre de Tamaulipas, Tehuacán y Oaxaca. Sin embargo, la Lagenaria siceraria más antigua fue hallada en la cueva suramericana de Pikimachay, sobre el valle de Ayacucho. Tiene una fecha de 11.000 años antes de Cristo. Otra fecha para este tipo de calabazos es la de 6 a 5.000 años antes de Cristo para un lugar cercano a Lima, donde nuevas plantas cultivadas tardarían 2.500 años en aparecer.

Las excavaciones dan otro indicativo importante: a medida que transcurren los años, la gente no sólo le encuentra más usos a los recipientes vegetales, sino que da muestra de apreciarlos más. Esto último se deduce por la creciente complejidad en la decoración de los calabazos. Como las vasijas de origen natural precedieron a las de arcilla quemada, el virtuosismo en las técnicas de incisión antedata al uso del barro.

Además de la preguntas suscitadas por la distribución geográfica, la antigüedad del cultivo del calabazo y su creciente utilización, surge otro interrogante: ¿de dónde se origina? El arqueólogo ya citado sostiene:

Pese a que los dos géneros son bastante distintos, la Lagenaria siceratia pertenece a la misma familia botánica de calabazas y ahuyamas, cultígenos del Nuevo Mundo clasificados dentro del género Cucurbita [...] [empero], las especies silvestres del género Lagenaria son nativas del África [...] Se dice que hay sólo una especie de Lagenaria en el oriente del Brasil, pero no presenta las características del posible ancestro salvaje de la Lagenaria siceraria que se cultiva [...] El calabazo no ha podido establecer comunidades salvajes agresivas ni en Asia, América u Oceanía [...] Fuera del África, la permanencia de la especie requiere la intervención humana [...] África se yergue como el centro a partir del cual se propagó el cultivo del calabazo [...].

 

PESCADORES AFRICANOS:
¿ANTIGUOS ESLABONES DE LA NUEVA PROPUESTA?

Claro que la hipótesis en cuestión reclama saber cómo se difundió el calabazo desde África hacia América en tiempos precolombinos. Y esa explicación respaldada con datos colmados de una ortodoxia arqueológica indudablemente aún no se ha dado. Sin embargo, Lathrap cita experimentos realizados por Carter y Whitaker que probarían que a la deriva, arrastrado por corrientes marinas, un calabazo puede llegar desde el África occidental a la franja de terreno comprendida entre Recife y la boca del Amazonas. Víctor Manuel Patiño concuerda con esta idea cuando aduce que las semillas de Lagenaria tienen tal poder germinativo que podrían comenzar a desarrollarse al terminar la travesía transoceánica. Por su parte, en sus Fundamentos botánicos de los cultivos tropicales, Jorge León demuestra que el 93% de una muestra de semillas de calabazo tuvo una germinación exitosa, después de viajar por agua durante siete meses.

Pero si el calabazo sólo prospera con la intervención humana, alguien familiarizado con siembras tuvo que facilitar el proceso reproductivo. ¿Y cómo se logró? Una contestación quizás resulta teniendo en cuenta que en casi toda la América en adición a la Lagenaria, los totumos (Crescentia cujete L. y Crescentia alata H.B.K.) se han cultivado y sus frutos también se han empleado como recipientes, cucharas, e instrumentos musicales y ceremoniales. Pero esta respuesta tiene tropiezos porque no hay informes arqueológicos que indiquen si la agricultura y los usos del totumo americano son anteriores a los del calabazo africano. Los datos presentados por Lathrap sólo hacen referencia a la Lagenaria arqueológica, lo que no quiere decir que no se hayan Sacado totumos Crescentia mediante una excavación.

Buscando salidas de este laberinto, otra ruta pareció abrirse al preguntarse qué tipo de gente sería la primera en usar calabazos, y luego tratar de cultivarlos. Lathrap la respondió a partir del marco de referencia ya mencionado: las regiones tropicales húmedas desempeñan un papel más relievante en la invención de la agricultura que las regiones semiáridas. Este enfoque, unido al origen africano, a la distribución y a la antigüedad de la Lagenaria en Asia y América lo lleva a reflexionar más sobre el proceso evolutivo africano, hasta plantear que si "[...] todos los sistemas agrícolas presentan relaciones históricas por derivarse de un patrón único de experimentación neolítica, [...] voto por África tropical [como escenario del experimento] [...]"

Esta opinión de Lathrap en parte se fundamenta en las investigaciones de D. G. y Celia Cuoursey, así como en las de Jack Harlan. Los primeros han demostrado, por una parte, que el ñame es un cultivo fundamental en la historia de la agricultura. Y por otra parte que "[...] La Sangoana y la Lumpebana son las culturas protoneolíticas más antiguas del mundo [...]" El trabajo de Harlan sobre el sorgo también habla de [...] África como eje temprano de experimentación neolítica.[...]"

La totalidad de la hipótesis de Lathrap implica remontarse a un período seco ocurrido en África hace unos 40.000 años. Este lento cambio climático habría ido recortando el tamaño de los grandes rebaños de herbívoros que pastaban en las sabanas. Ello, a su vez, dificultaría la sobrevivencia de la gente, parte de la cual tendría que haberse alejado de los territorios donde tuvo lugar la evolución del género humano.

Las franjas de bosque húmedo a lado y lado del río Congo surgieron como alternativa para asegurar la sobrevivencia. Formaban un territorio de riquezas abundantes. Estas, empero, eran de una naturaleza radicalmente diferente a las de las llanuras abiertas. No sobra recalcar que debido a la frondosidad del follaje arbóreo, los suelos de las selvas tropicales son pobres en pastos y por lo tanto no pueden sustentar rebaños de hervíboros. El aprovechamiento de los recursos de ríos y terrazas aluviales requería nuevas adaptaciones.

Uno de los cambios fundamentales consistió en el desarrollo de tecnologías aptas para derribar animales más pequeños y elusivos que los de las llanuras. Otro, y quizás más importante, en el mayor énfasis dado a  recolección y pesca. La recolección posiblemente le permitió a la gente el familiarizarse con el nuevo entorno y por lo tanto identificar la propiedades de diferentes especies vegetales. Entre ellas figurarían el poder narcótico de los barbascos, la flotabilidad de los calabazos y la resistencia de las fibras de algodón cardado.

Entre los retos enfrentados por estos pescadores tempranos debió encontrarse el de la escasez de las plantas que les permitieran adormecer los peces y hacer redes con sus líneas de flote y de sumersión. Como se sabe, las selvas tropicales húmedas presentan una gran variedad de especies vegetales y animales. Estas, sin embargo, se encuentran dispersas sobre grandes áreas. Así, es posible que después de haber encontrado, por ejemplo, una ceiba, haya que internarse varios kilómetros bosque adentro, antes de encontrar otra. Lo mismo debió suceder con algodón, calabazos y barbascos.

 

UN JARDÍN A LA ORILLA DEL RÍO

En el modelo propuesto por Lathrap este tipo de escasez es básico dentro del largo proceso de domesticación de especies vegetales. Parecería incontrovertible el argumento de que los africanos en cuestión habrían comenzado a sembrar lo que les costaba trabajo conseguir, y no lo que encontraban con facilidad. El sembrar, por su parte, se hacía posible porque la explotación de recursos ribereños ya había introducido cambios radicales en la organización del tiempo de la gente. Dada la abundancia de proteínas, los miembros de estos grupos tendrían que moverse menos para asegurar su sustento.

En estas culturas africanas a las que podría denominarse protoanfibias, su mayor sedentarismo dependió de la abundancia de recursos acuáticos y terrestres. Los primeros capturados mediante una tecnología eficiente de cordeles, flotadores y barbascos. Los segundos obtenidos sin necesidad de largas expediciones de recolección. Ambas innovaciones, así como la forma de asentamiento debieron implicar una disminución considerable en la mortalidad infantil. Con un mayor número de niños sobrevivientes, las tasas de crecimiento poblacional aumentaron y con ellas las exigencias sobre los recursos del medio. Disminuidos éstos a un nivel que comprometía la sobrevivencia del grupo, era necesario buscar otro lugar donde asentarse. Cuando el crecimiento de la población  superó la capacidad sustentadora del entorno, las diferentes agrupaciones comenzaron a dividirse y a dispersarse.

Quienes emigraban en busca de nuevas riberas que explotar ya lo hacían de una manera no vista antes. En sus balsas hechas de calabazos enormes o en sus canoas, además de algunos enseres domésticos, embarcaban semillas de Lagenaria, algodón y barbasco. Como explica Lathrap, las plantas ya habían domesticado a la gente.

El período seco, claro está, no se prolongó de manera indefinida. Sobrevinieron épocas más húmedas; el cinturón boscoso del Congo se expandió, y la gente protoanfibia tuvo nuevas áreas de ocupación. Así debió alcanzar, primero las selvas húmedas del occidente; luego las costas senegalesas. Siendo este el escenario de arranque casual que a una fracción de ella la llevaría hasta la franja costera comprendida entre Recife y la desembocadura del Amazonas: ¿Una o más canoas de pescadores -hombres y mujeres- con redes y semillas, quizás buscando nuevas terrazas que colonizar, fueron arrastrados por corrientes marinas?

Lathrap admite que el contacto transatlántico África-América es quizás el talón de Aquiles dentro de esta gran cadena de hipótesis. Sin embargo, no lo desecha porque no considera casual la ocurrencia de tres fenómenos. Del primero, ya hemos hablado: se trata de la presencia temprana en América de una planta que sólo en África se da silvestre y que en adición sólo puede prosperar cuando la gente cuida de ella: Lagenaria siceraria. El segundo consiste en que "[...] hoy por hoy está claro que el diploide del Viejo Mundo que aparece como padre de los algodones amfidiploides cultivados en el Nuevo Mundo es de procedencia africana y no asiática [...] y el tercero tiene que ver con el lugar preferencial que calabazos, algodón y barbascos ocupan dentro de los jardines que rodean la casi totalidad de las viviendas localizadas en la cuenca amazónica.

Estos jardines han llamado la atención de un sinnúmero de especialistas. Son quizás el mayor indicativo de que la gente de la Amazonia y la Orinoquia ejerce un gran profesionalismo en botánica. No es extraño que incluyan más de 200 especies distintas de árboles de sombra y plantas decorativas; tinturas como el achiote y la genipa; frutales como la papaya; palmas preciadas como la del chontaduro; diferentes clases de tabaco; algodón, lianas alucinógenas; diferentes tipos de barbasco, calabazos y totumos.

Junto con embarcaciones eficientes y técnicas de pesca bastante elaboradas, el jardín ribereño habría sido introducido hace unos 15.00 años por los representantes de la cultura protoanfibia llegados del África. En principio, los cultivos útiles para el pescador habrían dominado la escena. Empero, esas tres plantas serían suficientes para alterar radicalmente el balance entre población y recursos costeros. Ello quizás impulsó migraciones y colonizaciones que -como las ya descritas para la hoya del Congo- habrían llevado a la gente por el curso del bajo Amazonas. Allí los rebalses pudieron haber facilitado el florecimiento de una cultura anfibia. Por su parte el mayor sedentarismo habría permitido aumentar el inventario de especies de los jardines.

 

LLANURAS SECAS Y BOSQUES FRAGMENTADOS

El proceso evolutivo que dio origen a la cultura de selva tropical, sin embargo, no fue lineal. Al presentar un conjunto de evidencias etnográficas y arqueológicas compatibles con el modelo de fragmentación selvática, Betty Meggers se refiere a dos períodos secos que afectaron las tierras bajas de América del Sur. El primero de ellos se inició hace 12.000 años y el segundo hace 4.000. Al fundirse parte de la capa polar, subió el nivel del mar, afectando las riberas amazónicas localizadas aguas arriba. Los rebalses y terrazas aluviales del bajo Amazonas progresivamente fueron quedando cubiertos de agua. Adicionalmente, amplios callejones de sabana habrían invadido los bosques tropicales. Los efectos sobre poblaciones ya sedentarizadas debieron ser dramáticos. Una vez más, la reacción debió consistir en emigrar con mallas, se millas y esquejes en busca de riberas explotables mediante la combinación de pesca y jardines.

Las canoas y la magnitud de la red fluvial que interconecta a la cuenca amazónica con extensos territorios localizados al norte y al sur, abrieron un amplio horizonte de colonización. El canal del Casiquiare tuvo que servir de puente con la Orinoquia, integrándola a este amplio panorama, junto con la llanura Caribe.

Esta última región, así como la del curso medio del Amazonas, fueron para Lathrap epicentros de otras verdaderas revoluciones neolíticas debido al cultivo de la yuca. Si a los datos de Lathrap le agregamos los de otros especialistas, nos hallamos frente a fenómenos que difícilmente han podido ocurrir por causalidad.

De acuerdo con Meggers, hace cerca de 5.000 años, y por segunda vez, las selvas tropicales húmedas habrían comenzado a quedar reducidas a enclaves discretos, rodeados de sabanas. La existencia de estos abrigos se ha inferido al estudiar la distribución de ciertas especies animales y vegetales que, al no haber podido sobrevivir en las llanuras, buscaron amparo en las áreas que mantuvieron su cobertura boscosa.

De los 16 refugios sugeridos por la distribución de los árboles leñosos y de mariposas como las Heliconius dos se localizan en el bajo Magdalena y otro en el curso superior de los ríos Ucayalí, Purús y Madeira (margen izquierda). Los estudios realizados por Ernest Miggliazza indican que en tanto que la primera región colinda con el frente norteño a partir del cual se propagó una rama de lenguajes pertenecientes al tronco arawak, la segunda coincide con un centro meridional de dispersión de idiomas afiliados con el mismo tronco.

El mismo investigador muestra que los hablantes de otros idiomas también parecen haberse aferrado a los enclaves selváticos, mientras duró la sequía. Hacia el año 5.000 antes del presente, quienes hablaban panoano se concentraron en el alto Ucayalí, cerca del refugio donde los arawak del sur también buscaron amparo. Por la misma época, los hablantes de lenguas que hoy se consideran afiliadas al tronco tupi se agruparon en otro territorio que aparentemente no perdió su cobertura forestal y que estuvo delimitado por la ribera derecha del río Madeira y sus tributarios el Jiparaná y el Aripuana. Otro refugio fue el de las Guayanas, tierra de los hablantes de idiomas caribes.

En otras palabras, los cambios sufridos por el clima afectaron composición de las tierras bajas de la llanura caribe, la Orinoquia y la Amazonia y, por lo tanto las posibilidades de expansión de las culturas anfibias, así como la diferenciación y distribución de los idiomas aborígenes de América del Sur1.

 

CASABE, FARIÑA Y COMERCIO

La nueva sequía encontró unas tierras bajas tan pobladas que la emigración no fue panacea para resolver el problema de la insuficiencia de medios de sobrevivencia. Hace 4.000 años mucha gente ya portaba una cultura de selva tropical, dependiente de las zonas ribereñas y de prácticas agrícolas bastante elaboradas. En la Orinoquia y la Amazonia, a medida que las sabanas se extendían, se hacían más escasos los territorios de caza y pesca. Al aumentar la competencia, la gente comenzó a guerrear intensamente. Unos por el acceso a un territorio; otros para defenderlo.

En la llanura Caribe, sin embargo, la abundancia de terrazas aluviales, ciénagas, caños, lagunas y esteros continuó siendo fuente de proteínas y grasas animales. Este privilegio debió traducirse en una menor intensidad de conflictos territoriales, la cual, a su turno, explicaría la vocación no militarista de cacicazgos como los zenúes que florecerían en esas tierras siglos más adelante.

Lo anterior no implica que las tierras bajas de la costa atlántica hubieran estado del todo exentas de luchas por controlar riberas y terrazas. Allá, como en la región amazónica y en los Llanos, quienes fueron desplazados o quienes no pudieron afincarse en las orillas cerca de las cuales se pudiera cultivar, volvieron a tomar el hilo de la recolección, de la caza y la pesca que antes había dominado la totalidad de sus economías. Unos lo hicieron penetrando la selva, como lo atestiguarían las actividades económicas de los macúes del Vaupés. Otros, de cuya adaptación darían fe los cuivas de la Oninoquia, moviéndose en sus canoas ágilmente por los ríos; haciendo campamentos temporales para capturar animales de tierra y agua, e irse tan pronto como las faenas dejaran de ser lucrativas. Un tercer grupo estaría representado por aquella gente de la llanura Caribe que como la de la isla de Salamanca se especializó en el manejo de recursos anfibios2.

Los 3.115 años de edad que tienen los budares de Malambo nos indican que posiblemente este período de tensiones y estrecheces contribuyó a la consolidación de los sistemas agrícolas basados en el cultivo de la yuca brava. Para Lathrap, en este evento podemos reconocer otra revolución neolítica, caracterizada por tres fenómenos interrelacionados: "[...] (1) profundas modificaciones botánico-genéticas; (2) total reorganización de las actividades humanas, y (3) evidentes desbalances demográficos [...]".

Este gran cambio era el efecto de un proceso de experimentación largo y complejo, cuyos orígenes se remontan al patrón protoneolítico africano de hace 40.000 años, al cual ya hicimos referencia. De acuerdo con una conversación telefónica sostenida con el propio Lathrap en marzo de 1985, en América esa gran transformación habría comenzado entre los años 6000 y 5000 antes de Cristo. Ello a juzgar por las fechas de 4000 a. de C. arrojadas por excavaciones que evidencian patrones agrícolas bien definidos. Tal es el caso de Valdivia, sobre una terraza aluvial de la costa ecuatoriana, y el de Monsú en la llanura caribe colombiana. Los resultados de esta última investigación, llevada a cabo por Gerardo Reichel-Dolmatoff, están próximos a publicarse.

Los continuos ensayos con un creciente número de plantas en los jardines ribereños le habrían permitido a la gente identificar un grupo de cultivos muy eficientes. Llevados a terrenos de mayor extensión y demostrada la efectividad del sistema, el paso de tumbar monte, lejos de la casa, y sembrar una cantidad aún mayor de los cultivos seleccionados, era de esperarse. En el caso de la yuca, en el transcurso de la experimentación para obtener una mayor producción, habría ocurrido la mutación responsable no sólo de la calidad y cantidad de almidones, sino del glucósido que se vuelve venenoso al oxidarse.

El arraigo del cultivo de este tubérculo estimuló la diferenciación social. En su estudio sobre los calabazos, Lathrap dice:

Deseo hacer hincapié en que el uso de la yuca amarga para producir casabe y fariña no nos indica la existencia de una economía de subsistencia, sino la de una economía agrícola intensiva que produce cantidades apreciables de comida para alimentar extensas redes comerciales [...].

La meta del intercambio era la adquisición de proteínas animales que balancearan dietas centradas en los carbohidratos del casabe y el mañoco. Entonces, se van gestando ciertas simbiosis tan estrechas y durables que fueron observadas en el siglo XVIII por estudiosos como Humboldt, en el caso de las de los agricultores achaguas con cazadores guahibos en los Llanos Orientales. O por investigadores contemporáneos, como las de los tucanos cultivadores de yuca con los macúes, especialistas en caza y recolección dentro de la selva. Para el año 1200 a. de C., estas redes comerciales ya enlazaban lugares tan distantes como la costa central del Perú y la Amazonia. Los mercados de la Orinoquia, descritos en el segundo capítulo de esta publicación, no sólo ponían en contacto a gente venida de las Antillas con los sicuanis, sino que se fundamentaban en un sistema monetario que perduró hasta bien entrada la colonia.

A medida que se consolidaban, las relaciones de intercambio abrían la posibilidad de acumular excedentes. Era frecuente que éstos se emplearan para constituir un pie de fuerza para la conquista territorial. Lathrap señala cómo los mundurucúes del Brasil, con base en envíos de casabe y fariña, lograron mantener a cientos de soldados peleando lejos de casa. En tiempos de paz, los soldados le ofrecían al cacique la posibilidad de instaurar sistemas de tributación forzosa.

Hacia el año 1500 a. de C. este proceso expansivo recibió un impulso adicional. A medida que aumentaban las lluvias, las grandes masas selváticas se reconstituían. La ramificación lingüística de cada uno de los troncos más importantes de América del Sur coincide con el avance de la frontera boscosa. Hasta hace unos 3.500 años, la gente se aferró a los enclaves. A partir de entonces, y a medida que los oasis de selva se reintegraban unos con otros, aumentaron las migraciones y por lo tanto la diversidad lingüística.

 

LOS PANCENÚES: INGENIEROS HIDRÁULICOS

Se puede inferir que 300 años después de que la agricultura de la yuca se hubiera consolidado en Malambo, la gente de Momil adoptó el cultivo del maíz. Otras etnias de los valles bajos del Magdalena, Cauca, Sinú y San Jorge siguieron este ejemplo.

Vulnerable a las fluctuaciones fuertes en humedad y temperatura, en comparación con la yuca, la nueva cosecha también presentaba la desventaja de extraer del suelo una mayor cantidad de nutrientes. Requería mayores inversiones en la programación, vigilancia y desyerbe de cada siembra. Empero, no precisaba de inversiones sustanciales de trabajo comunitario para almacenarse indefinidamente y no por períodos limitados.

Desde el punto de vista nutricional, el maíz también presenta ventajas. Por lo general el cultivo de esta semilla no entra solo, sino acompañado del de otras plantas. Entre ellas se destaca el fríjol. La combinación del uno con el otro en la dieta representa un balance adecuado de harinas y proteínas vegetales. De esta forma, es posible que aumentara la autonomía de la gente con respecto a los recursos animales del medio lacustre y, nuevamente, creciera el tamaño de la población. Por otro lado, ofrecía avenidas más eficientes de acumulación que aumentarían el poder de los caciques y, por lo tanto, la capacidad de intensificar y redistribuir la producción, así como la de movilizar la población.

Una vez más, se planteaba el problema de unas sociedades que por su crecimiento tenían que hacerse a más tierra. Hace 14.000 años, cuando calabazos, redes y venenos aumentaron la eficiencia de la captura pesquera, la gente colonizó las terrazas aluviales no sólo para beneficiarse de los recursos anfibios, sino para cultivar las plantas útiles para la pesca. 9.000 años más tarde, las tierras volvieron a escasear por efecto de la menor intensidad de las lluvias. Entonces se recurrió a la guerra. Resultaba más económico ganar un combate que -con herramientas poco eficientes- abrir un claro para hacer un jardín. Transcurridos otros 2.000 años, la yuca permitió aprovechar mejor las tierras de cultivo y almacenar excedentes que podían intercambiarse por proteínas animales. Esas transacciones elementales cimentaron la formación de complejas redes de intercambio sin las cuales era indescifrable la naturaleza de las culturas de selva tropical. Al principio de la era cristiana, para resolver el problema del balance entre la gente y su medio, se formuló una solución que no había sido contemplada hasta entonces: organizar complejos esquemas de trabajo para quitarle tierras al agua, mediante obras de ingeniería.

Además de ganarle la batalla a las inundaciones anuales, el manejo hidrológico busca unos mecanismos que permitan la utilización del líquido dónde y cuándo se necesite. La primera meta exige la construcción de canales de desagüe y terraplenes que se eleven bien por encima del nivel de las aguas. Para la segunda, es imperativo hacer represas y canales de irrigación.

Indígenas pancenúes construyeron todo esto en la depresión momposina. De acuerdo con Clemencia Plazas y Ana María Falchetti de Sáenz, esa región, "[...] con su fauna acuática de gran riqueza y variedad, constituye el delta interno más altamente desarrollado para la pesca en América del Sur [...]" . La cita del geógrafo James Parsons en el sentido de que "[...] existen pocos lugares sobre la tierra con una mayor abundancia de aves acuáticas durante todo el año [...]" está ricamente respaldada por la extraordinaria evidencia arqueológica de la fauna en la orfebrería Sinú, descrita por Anne Legast.

Es irónico que hoy por hoy el manejo que se hace de esta amplia zona -ignorando las soluciones tecnológicas precolombinas a la geografía de la región- no permita mantener ni una centésima parte de la población que los pancenúes mantuvieron hace 5 siglos. Y que por el contrario, con esa ignorancia terratenientes contemporáneos hayan dinamitado y destruido partes esenciales del sistema de drenaje. Un sistema cuyas líneas aún son claramente visibles en las aerofotografías del valle.

Estamos hablando de un logro tecnológico consistente en un complejo de caños, jarillones, plataformas y camellones que cubre 200.000 hectáreas "[...] desde la región de Tierra Santa, al sur, casi hasta [la] desembocadura [del San Jorge] en el Magdalena [...]".  Tres caños que corren paralelos al río San Jorge forman la médula del sistema de drenaje. El primero de ellos, llamado Carate, sobre la margen izquierda desagua fundamentalmente en cuatro grandes cuerpos de agua, las ciénagas de San Antonio, Florida, La Cruz y San Marcos. Los otros dos, denominados San Matías y Rabón, llevan el agua a las ciénagas de la Hormiga, Los Patos, Grande y del Tiesto. Perpendicular a los caños construyeron un complejo de canales. Separados por distancias de 10 metros, forman grandes abanicos, cuando el caño describe curvas cerradas.

En la proximidad de las ciénagas, el número de canales se multiplicaba. Los unos se iban entrecruzando con los otros, "[...] formando patrones de espina de pescado que se repetían a lado y lado del caño [...]" Y en algunas áreas, ya al final corren "[...] largos canales termina les que distan hasta 2 km del caño principal [...]". Durante los veranos, el sistema permitía conducir hacia los sembrados el agua almacenada en las ciénagas.

Para utilizar las tierras sumergidas, los pancenúes construyeron terraplenes de 30 a 70 metros de longitud. Unos, al situarse en paralelo con otros tres o cuatro y al ser interceptados por otro, formaban cuadrículas similares a las de un tablero de ajedrez. Otros iban intercalados con zanjas y promontorios y un tercer grupo estaba rodeado de canales curvos para c el curso de las aguas.

 

ARQUEÓLOGOS, CACIQUES Y CACICAZGOS

Además de un intrincado manejo hidráulico, esta red de conductos y terrazas tenía la meta de aprovechar al máximo los fértiles sedimentos andinos arrastrados por el río San Jorge y depositados por las corrientes lentas. Esta combinación de ingeniería civil y agronomía resultó en lo que podría considerarse como una gigantesca fábrica de alimentos dentro de los cuales se destacaban la yuca, el bagre seco y la icotea. Empero, una larga lista de frutas, así como bocachicos, iguanas, cocodrilos, pavos, perdices, conejos, dantas, pecaríes, venados y manatíes, entre otros mamíferos, aparecían en renglones prominentes de la economía local. La gente pancenú hizo una óptima utilización de los canales no sólo en faenas de pesca que la llevaba lejos de su vivienda, sino para iniciar una verdadera industria de piscicultura. En efecto muchos canales próximos a las casas fueron usados como criaderos de peces.

Plazas y Falchetti de Sáenz estiman que este sistema agrícola y pesquero multiplicaba por 12 y hasta 14 capacidad sustentadora de la agricultura de tumba y quema. Esto quiere decir que los pancenúes estaban en capacidad de alimentar 1.000 personas por cada kilómetro cuadrado. Como en realidad el área no presentaba una densidad de población tan alta, se concluye que sus habitantes eran unos productores profesionales de alimentos, y que éstos se exportaban a otras regiones.

No fue por casualidad que los pancenúes ejercieron esta función especializada. Hacían parte de una unidad sociopolítica mayor, dentro de la cual otras agrupaciones ocuparon determinadas posiciones y desempeñaron papeles específicos. Los cenúfanas del río Nechí y del bajo Cauca tenían la categoría más elevada quizás porque dominaban un territorio muy rico en oro. Desempeñaron el papel de productores y exportadores de materias primas, entre las cuales, como es lógico, el oro era primordial. Los fincenúes, del valle del Sinú entre Montería y San Andrés, se situaban en la posición intermedia. Descollaban sus orfebres, entre quienes eran particularmente apreciados los de Betancí. La calidad de sus tejidos fue otra característica que afianzó su prestigio.

Según las citadas arqueólogas, el gobierno de estas tres regiones de pendía de "[...] tres caciques mayores, pertenecientes posiblemente a un mismo linaje [...]" éstos, a su vez, dominaban "[...] una serie de poblaciones menores regidas por caciques subalternos [...]" Los últimos recaudaban tributos que, cuando eran en especie, iban a parar a despensas construidas alrededor de las casas de los caciques principales en pueblos como los de Fincenú y Ayapel.

Tanto las crónicas, como los datos arqueológicos y la iconografía hablan poco de una clase militar. En cambio, templos, centros ceremoniales y fastuosos entierros son indicativos de! protagonismo de sacerdotes y religión en la vida de los zenúes. Los adalides sociopolíticos obraron como lo han hecho sus contrapartes en el resto del mundo: intensificaron la producción a costa del bienestar de unos súbditos que debían de ser apaciguados y reconfortados con la esperanza de reivindicarse en la vida eterna.

Hemos indicado que al poder almacenarse, la fariña, el casabe y el bagre seco fueron el alma del sistema comercial de la selva tropical y, aún más, ocuparon un papel destacado en la proyección del sistema cacical de los zenúes. Esta evidencia parecería contradecir el punto de vista de autores como Marvin Harris o Gerardo Reichel-Dolmatoff, para quienes el afianzamiento de la agricultura del maíz aumenta e! poder de los caciques y por lo tanto el tamaño y complejidad de la unidad socio política a su cargo. En realidad, la información presentada aquí lo precisa.

Veamos. La complejidad y la jerarquización sociales no surgen automáticamente por acumulación de excedentes agrícolas. Según Edward Lanning, hacen parte de procesos de crecimiento y concentración de una población. La expansión demográfica, a su vez, está íntimamente ligada con innovaciones tecnológicas y agronómicas que permiten aumentar la producción de calorías y proteínas dentro de cada unidad de explotación.

En el caso de la región que nos ocupa, tales incrementos estuvieron ligados a la interacción de personas que pertenecían a sistemas ecológicos y culturales muy diferentes. Fue así como se especializaron; los unos en la producción de harinas y almidones; los otros en la de carne de animales. Esa especificidad de actividades económicas cimentó intrincados sistemas de intercambio comercial que, a su turno, abrieron la oportunidad para la acumulación de riqueza. Quienes pudieron "amasar un capital", obtuvieron poder para movilizar a sus súbditos ya fuera para intensificar y redistribuir la producción o para construir obras complejas. Así se fueron gestando unas relaciones sociales que ya no se fundamentaban en el parentesco y que permitían integrar entidades sociopolíticas cada vez más grandes.

Es frecuente que se afirme que el profesionalismo en ingeniería hidráulica surge cuando se han llenado estos prerrequisitos. No es fácil concebir toda la movilización laboral necesaria para hacer construcciones complejas sin la existencia de cuerpos especializados en administración, supervisión y gobierno. El caso del bajo San Jorge, sin embargo, crea inquietudes. Vale recordar que el cultivo de la yuca se originó dentro de economías anfibias asentadas sobre terrazas aluviales. Por su parte, Plazas y Falchetti de Sáenz explican que "[la yuca es sensible] [...] a las inundaciones y su cultivo está asociado generalmente con la construcción de montículos artificiales, que permiten mantener las raíces por encima del nivel de las aguas."

Entonces, es posible que el surgimiento de una cultura orientada hacia la solución de problemas hidráulicos no sólo dependa de la jerarquización social. Parecería de suma importancia la práctica en la construcción de drenajes y terraplenes, como respuesta a grandes conjuntos de observaciones sobre el crecimiento de la yuca y a experimentos para lograr un máximo éxito después de cada siembra.

Las cadenas de relaciones sobre las cuales hemos venido hablando no son excepcionales. En una publicación de 1978, Arocha demostró que la interacción entre ecosistemas radicalmente diferentes también explicaría el surgimiento de la federación Tairona en la Sierra Nevada de Santa Marta. Allí fueron evidentes los efectos de los vínculos entre un ambiente que le sirvió de apoyo y de canal comercial a etnias de pescadores, como la Chimila y la Guanebucán, con un segundo entorno que se prestó para el surgimiento de un pueblo posiblemente especializado en el cultivo de la yuca. Existe la tendencia de presentar a los taironas como habitantes de las montañas de la Sierra. También, como productores de maíz mediante terrazas de cultivo, canales de irrigación y otras obras de ingeniería. Se sabe, sin embargo, que tardíamente esta etnia se alejó de sus tierras bajas. Por otra parte, los coguis, señalados por su propia historia oral y por los estudios etnohistóricos de Reichel-Dolmatoff, como los descendientes más directos de los taironas detentan jerarquías dentro de las cuales descuellan los linajes dueños de la yuca, de la tierra donde ésta se cultiva y de los animales que se alimentan de ella. Además de la organización social, la mitología cogui le da un gran peso al cultivo de raíces.

Los datos de Carlos Angulo Valdés, para la Ciénaga Grande hablan de gente anfibia que se dedicó durante 12 siglos a la explotación de recursos acuáticos y que suplió el resto de sus necesidades mediante el comercio. De esto último, dice este arqueólogo, dan fe las piezas de cerámica Tairona, cuya perfección y finura no corresponden a las características de una cultura anfibia que, además, parece haber estado subyugada militarmente por la gente de la Sierra.

Los tratos entre proveedores de proteínas y productores de cosechas vegetales también explicarían desarrollos ocurridos más allá de la llanura Caribe. Tal es el caso de los cacicazgos de los gorrones y de los liles que vivieron cerca de lo que hoy es Cali. En esa área, obras para controlar inundaciones y regar cultivos también aparecen en un extremo. Y al otro, las barbacoas para secar pescado; artes complejas para lograr capturas óptimas y serios intentos por fomentar el desarrollo de las especies acuáticas. Gorrones y liles fueron gente excepcional además, porque parece que no estuvieron involucrados en el continuo guerrear de los demás cacicazgos del valle del Cauca. Sus vidas tampoco parecen haber girado alrededor de rituales canibalísticos, como sí sucedió entre otros caramantas, los picaras, los dabeibas y otros cacicazgos situados al norte de lo que hoy es Cali. Los territorios de estos últimos coincidieron con regiones que no eran muy ricas en animales de presa y que por lo tanto eran escenario de encarnizadas competencias por controlar las fuentes escasas de proteínas animales.

 

EL LEGADO DE LA SELVA TROPICAL

Dada esta gran actividad transaccional, no es fácil entender por qué para Reichel-Dolmatoff es tan sólo a partir de la era cristiana que los habitantes de la región andina vuelven a debutar en los grandes actos de la evolución sociocultural colombiana. En el ensayo preparado para el Manual de historia de Colombia, él opina que la colonización de lugares como el Macizo Colombiano o el Valle del Cauca tuvo que esperar hasta que se arraigara la agricultura del maíz.

Dentro de este proceso, San Agustín habría desempeñado un papel fundamental no sólo sirviendo de transmisor del legado de la selva tropical, sino permitiendo la magnificación de éste. Veamos. Para ese autor, el surgimiento de San Agustín es testimonio fehaciente del origen selvático de los cacicazgos. Argumenta que el sitio no sólo está localizado cerca del paso más bajo entre la Amazonia y los Andes, sino que su estatuaria retrata animales e indumentarias que no encajan dentro de un medio localizado a 1.800 metros sobre el nivel del mar. Dice que en la escultura, y en la cerámica se observa una gran persistencia de jaguares, anacondas y otros animales del bosque húmedo. La relevancia de estas figuras en los trabajos de alfarería y orfebrería de otras culturas, añadida a la amplia difusión de prácticas como la de usar alucinógenos, son para Reichel-Dolmatoff evidencias del impacto de San Agustín sobre montañas y valles andinos.

Otro argumento esgrimido en favor de esta opinión es que la ocupación de San Agustín no fue permanente. Está conformada por olas de migrantes. Algunas de esas olas -en su opinión- se originaron en México y Guatemala y tuvieron el efecto de transformar la cultura de selva tropical en aquella que daría origen a las federaciones de aldeas taironas y chibchas.

Coherente con una visión difusionista del desarrollo cultural, este planteamiento, sin embargo, no responde por qué en la región andina no se ha encontrado un registro arqueológico que evidencie la transformación de una economía yuquera en una maicera. Testimonio que, como ya indicamos, sí aparece en Momil, sobre el bajo Sinú. Claro que su fecha -700 a. de C.- es bastante tardía, si se la compara con los 3500 a. de C. indicativos del arraigo de la agricultura de semillas en Valdivia, cerca a la costa ecuatoriana.

Para Reichel-Dolmatoff, esta demora obedeció a que las proteínas animales y las grasas suministradas por esteros, lagunas, ciénagas, canales y ríos, añadidas a las calorías producidas por los tubérculos, satisfacían los requerimientos de la población. Desde su punto de vista, la abundancia del primer conjunto de recursos, sin embargo, comenzó a disminuir. Y el clima se hizo más húmedo, facilitando lo que para él serían las condiciones aptas para la propagación del maíz.

Si bien esta propuesta se ajusta a los datos arqueológicos disponibles hasta los finales del decenio de 1970, no responde a cabalidad por qué solamente a partir del siglo VIII a. de C. la comunicación entre los Andes y la costa atlántica se acelera de un modo inusitado. No se sabe por qué durante los 28 siglos anteriores los contactos fueran tan in frecuentes que ni siquiera hubieran permitido la propagación de un cultivo con las ventajas del maíz.

Empero ejercicios de reflexión de los arqueólogos empezarían a ofrecer hipótesis alternas. Una de ellas habla de redes que conectaron a la selva tropical con Valdivia y a este sitio con los Andes ecuatorianos y colombianos; también se refiere al florecimiento cultural ocurrido principalmente en el Valle del Cauca; fija su fecha para el año 1000 a. de C., e insinúa que fue interrumpido abruptamente por una serie de cataclismos volcánicos.

Recientemente, Donald Lathrap, John Isaacson y Colin McEwan dieron a la luz pública un escrito que trata de resolver algunas incógnitas planteadas por la alfarería de los quimbayas, comparándola con la de la gente que se asentó cerca a Quito. La publicación anota cómo en 1979 Isaacson identificó un estrato exento de materiales arqueológicos, formado por cenizas volcánicas. Localizado en el sitio denominado Nueva Era sobre la vertiente occidental de los Andes ecuatorianos, de acuerdo con su descubridor, parece no representar algo aislado, sino un fenómeno que se repitió hasta el norte de Colombia.

Las cenizas volcánicas separan dos estratos de gran riqueza cerámica. El primero, con fechas que oscilan entre los 500 y los 1500 años a. de C., presenta materiales que resultaron ser cerámica marrón incisa, tipo muy difundido en Colombia y Ecuador del cual hacen parte las piezas quimbayas clásicas. El otro estrato dio otros tipos de cerámica con fechas de 800 a 1600 d. de C.

De acuerdo con el escrito en cuestión, estas comparaciones estilísticas sugerirían que la cerámica marrón incisa no data de los años 400 a 800 de nuestra era. Aceptada por un gran número de científicos, esta fecha fue suministrada por Vicente Restrepo. A finales del siglo pasado, por encargo del gobierno colombiano, este coleccionista llevó al extranjero un buen número de piezas de oro y cerámica quimbaya, para ser exhibidas en dos ferias internacionales: la World's Columbian Exposition de Chicago, celebrada en 1896, y en 1892, la Exposición Iberoamericana de Madrid, cuyos materiales hacen parte del llamado Tesoro de los Quimbaya. La parte de la colección que quedó en Chicago, pasó al Field Museum donde ahora es objeto de estudio.

De ser demostrados para Colombia, los hallazgos de Isaacson significarían no sólo una revaluación total de edad de la cultura quimbaya, sino que "[...] hacia el año 1000 a. de C., en el Valle del Cauca se producía la metalurgia más avanzada del Nuevo Mundo [...]". Sin embargo, según Lathrap, Isaacson y McEwan, lo más trascendental sería que:

[...] quienes dieron origen a esa [orfebrería] fueron si no aniquilados, sí arrojados de sus tierras por una larga cadena de inmensas erupciones volcánicas. Sus efectos se sintieron desde Quito, hasta el norte de Colombia. En este caso, se trataría no de uno, sino de una serie de desastres volcánicos similares a los del Pompeya. En síntesis el área del Nuevo Mundo donde habían evolucionado las técnicas más avanzadas en el trabajo con los metales -amén de otros avances culturales- se convirtió en un territorio inhabitable durante un período de 500 a 1.000 años [...].

Infortunadamente, la arqueología colombiana no ha testimoniado este cataclismo. En 1984, Leonor Herrera, Marianne Cardale de Schrimpff y Warwick Bray presentaron los avances más recientes del Proyecto Pro-Calima. Sí hacen referencia a una serie de deposiciones de cenizas volcánicas, cuyas fechas se remontan al 20000 antes del presente. Empero no dan fe de que la serie de erupciones ocurridas cerca a Quito durante 5 a 10 siglos, entre los años 500 a. de C. y 500 d. de C. también hubiera afectado al valle del Cauca.

En cambio, en el artículo que publicara en 1983 la Revista Colombiana de Antropología, este equipo científico aporta datos que sí ayudarían a corroborar otros elementos de la hipótesis que venimos esbozando: (1) el período que ellos denominan Ilama indica que hacia el año 1000 a. de C., en los Andes colombianos aparecen sociedades estratificadas que practican la orfebrería; la proliferación de tigres y culebras en sus vasijas sugeriría que esta gente también era heredera del jaguar y la anaconda. (2) Durante el período Yotoco (400 a. de C. a 1200 d. de C.), los grupos humanos asentados en la región de Calima mantuvieron una amplia red de caminos. La provincia de Esmeraldas en el Ecuador figura entre las regiones con las cuales posiblemente sostuvieron relaciones comerciales; y (3) sin recurrir a influencias mesoamericanas, los mencionados autores dan razón del surgimiento, a partir del siglo XII d. de C., de "[...] Sonso [...] una sociedad muy eficiente, masificada, donde la vida tenía perspectivas provincianas [...]".

 

JAGUAR Y ANACONDA

Los procesos anteriormente descritos traducen la extraordinaria creatividad y la dinámica de la evolución en este lado del planeta durante miles de años. Elaboraciones complejas de la política interna y de las relaciones entre los pueblos de indios, intercambios de comercio y ricas cosmovisiones interpretan la impronta de la selva tropical. Sus manifestaciones han llegado hasta nuestros días plasmadas en los monumentos culturales que se conocen con nombres como Tierradentro, Tairona, Quimbaya o San Agustín. En pintura, cerámica, oro o piedra. Y además en las vivencias sociales de la organización india actual, patente en diferentes nichos ecológicos; en el sentimiento artístico y la emoción poética de su expresión religiosa.

El estado actual de la información antropológica y arqueológica ya permite adentrarse en análisis de los simbolismos socio-ecológicos y mitológicos que permean no solamente la vida contemporánea de las comunidades indígenas. Sino también las obras artísticas que en el pasado fueron motivadas por el pensamiento filosófico de tal o cual sociedad indígena. Y en esa ruta de trabajo es que las figuras del jaguar y de la anaconda surgen con enorme persistencia impregnando variados ángulos de cada uno de los grupos indígenas arqueológicos y también de los contemporáneos que existen en Colombia.

En Amazonia encontramos un jaguar mitológico, asociado al trueno y al fuego, un tipo de superhombre que puede transformarse en chamán para viajar hasta la Vía Láctea, que es una anaconda celeste:

Una especie de gran útero simbolizado a su vez en la maloca, una representación fundamental del universo en los diversos mitos aborígenes de la creación. En efecto, la anaconda en algunas versiones de los mitos aparece iniciando su viaje desde una maloca genitora. En otras, su cuerpo se torna en una canoa que encarna los ríos de la selva. En su recorrido ascendente del oriente hacia el poniente se detiene cada vez que encuentra raudales que son otras tantas malocas de peces que existen de bajo del agua. Ahí, la anaconda le permite a la gente que viaja en ella salir. Ya en tierra los fundadores de los sibs o grupos de descendencia bailan el yurupari en fila, representando el cuerpo de la sierpe, pero manteniendo la jerarquía en que fueron engendrados. Es decir el orden de los segmentos del reptil de donde despegaron desde la cabeza hasta la cola: cantores, bailadores, chamanes, guerreros y sirvientes.

Otro mito de los sicuanis en los Llanos Orientales habla de una anaconda que a causa de su canibalismo tuvo que ser elevada por un par de águilas hasta el cielo, donde se convirtió en la Vía Láctea. Francisca Ortíz compara esta anaconda con la de un mito Tucano en el Vaupés donde la serpiente que exhala gentes también se vuelve caníbal en su ascenso de la tierra al cielo. Y al conjugar esta mitología y su ritual con las formas de organización social y aspectos socio-lingüísticos confirma a los Llanos y a la Amazonia como una gran unidad.

En la apreciación de esa unidad es importante también considerar el papel jugado por los cambios climáticos del área hace 4.000 años y las migraciones motivadas por la sequía y luego las lluvias que agrandaron los ríos. Sin duda este hecho enriqueció su protagonismo en la mitología de los aborígenes.

Por su parte, Reichel-Dolmatoff en su volumen El chaman y el jaguar recorre una copiosa bibliografía que registra la presencia constante del jaguar, en los nombres de personajes de sociedades andinas como la Muisca y de otros grupos tribales como los emberaes en el río Sinú. Muchas de sus expresiones se encuentran en la danza y en el traje. Entre los Muiscas y los Taironas, dice Reichel, eran usuales las máscaras, los vestidos de jaguar y los atavíos de piel del animal.

El trabajo de Reichel que tenía la intención de describir las tradiciones, los ritos y las interpretaciones de los indios en torno al uso de las drogas y a la alucinación provocada, en realidad incursionó en el campo del pensamiento filosófico aborigen. El estudio de las prácticas chamánicas y las creencias religiosas de los indios, afirma él mismo, realzan el protagonismo del felino en el desempeño del chaman como un individuo sacerdote, que se transforma en jaguar y media entre el mundo de los hombres y el sobrenatural.

No obstante, el mismo investigador registra también la posibilidad de que un chamán tucano se convierta en anaconda con el propósito de devorar a su víctima. Al transformarse en serpiente, toma la apariencia de sebucán, un exprimidor de yuca rallada que al oprimir sus paredes extrae el jugo venenoso. Las espirales estranguladoras de la serpiente se asimilan al tejido elástico del exprimidor. Estos sebucanes-anacondas se dice que pueden verse flotando en el río.

Asimismo, la impronta de la selva tropical aparece en las demás sociedades indígenas.

En el universo de los Coguis, por ejemplo, el jaguar ocupa un sitio preferencial en el acto de la creación realizado por Haba, la Diosa Madre. Y su ascendencia cosmogónica es tal que se llaman a ellos mismos Gente Jaguar. En la tradición de los paeces aparece por su parte un jaguar que había sido un pijao y habiendo raptado a una niña Páez, engendró al Niño-trueno que se llamó Tama. Pero en otro mito ese Niño-trueno se convierte en serpiente y luego asciende al firmamento como el arco iris.

En el espacio sideral de los cunas en el Darién y en Urabá en el Chocó encontramos también una canoa que navega de día cargada de láminas solares y de noche con láminas lunares. Sus pasajeros, los espíritus de las enfermedades, se desmontan en lugares de la tierra con el propósito de raptar las almas de los hombres.

Estas alusiones al pensamiento filosófico del aborigen frente a su cosmos y a su cotidianidad son apenas ápices de una tradición que probablemente ha cambiado a lo largo de los siglos desde cuando empezó a construirse. Sin embargo, el mito como inspiración del arte indígena precolombino dejó plasmados en sus obras arqueológicas contornos, temas y símbolos que actualmente siguen representados en tradiciones orales, en la complejidad del parentesco de algunos grupos y natural mente en el ritual religioso que asimismo se expresa plásticamente en traje, máscaras y adorno habitacional o en la talla de esculturas de madera. Y musicalmente, en la ejecución de instrumentos y el cántico que hace parte integral de la danza y del teatro en malocas, tambos o bohíos.

Aunque cada sociedad indígena ha estructurado su cosmos como una expresión de su realidad y de su creatividad imaginativa en distintos niveles temporales y espaciales, hay elementos que aparecen comunes. En el ámbito del mito, del ritual religioso y del pensamiento filosófico en torno a la creación del universo, es válido reiterar que el jaguar y la anaconda son figuras prominentes.

Las vivencias actuales, tema de la etnografía y de la etnología permiten además una indagación en el pasado arqueológico del arte. El escrutinio de este campo, por supuesto, ha estado sujeto a los avatares del etnocentrismo destructor inherente a la hecatombe originada por la empresa de la conquista. Todavía en 1859 el Banco de Inglaterra, sin vergüenza artística alguna publicaba los resultados financieros de sus labores de fundición de piezas de oro aborigen. Y solamente hasta hace corto tiempo, las obras arqueológicas de oro y cerámica empezaron a ocupar sitios adecuados en las vitrinas de los museos europeos y americanos.

Es que apenas a finales del siglo XIX la irrupción de la extraordinaria escultura africana en Europa logró iniciar el proceso de ablandamiento de los rígidos moldes occidentales de concepción y aceptación del arte. La liberación política de comienzos de ese siglo no había aún penetrado otras esferas.

El llamado del sabio Caldas hecho en 1797 nada menos que en el Semanario de la Nueva Granada, sobre la escultura de San Agustín, así llamada por él y definida como "productos de las artes [...] que nuestros historiadores no nos han transmitido la menor noticia", no tuvo eco alguno.

En los escritos de nuestros cronistas republicanos que empezaban a rescatar datos para la historia de la nación colombiana en formación, las llamadas "antigüedades" eran precisamente las obras de arte de los indios. Al avanzar el siglo XIX y empujados por el estímulo de viajeros y estudiosos sensibles al arte y a la ciencia, esas antigüedades empezaron a convertirse en puntos focales de asombro estético y estudio.

Es así como Conrad Theodor Preuss, director del Museo Etnológico de Berlín, después de verificar excavaciones en 1913 y 1914 en San Agustín, publicó en 1928 en Alemania su volumen titulado Arte monumental prehistórico. Y asimismo, exhibió en 1923 en el patio del antiguo Museo de Arte y Oficios de Berlín, copias en yeso y originales de la escultura agustiniana. La exportación de 40 cajas de antigüedades que dejaron impávido al gobierno colombiano, muestra su desconocimiento y falta de interés en el arte precolombino. Tales actitudes sin embargo no eran distintas a aquellas que habían sido manifiestas en la designatura presidencial de Jorge Holguín en 1892. "El tesoro de los Quimbayas", parte de otro cargamento arqueológico de oro y cerámica de 1.012 piezas, fue entregado a España coreo regalo, después de que su exhibición conmemorara en Europa el cuarto centenario de la empresa conquistadora.

En los últimos años, sin embargo, los análisis estéticos del arte precolombino en Colombia se han abierto paso. Eugenio Barney Cabrera y Pablo Gamboa tienen obras para el tema. Gamboa se ha explayado sobre el mito del jaguar que aparece vibrante en las formas escultóricas pétreas. Nunca aislado, jamás de cuerpo entero, sino siempre simbolizado en la representación de personajes o deidades. Partes esenciales del jaguar como la boca, los ojos, las garras o la piel le confieren al diseño la esencia felínica. Un inventario de la temática zoomorfa en San Agustín dice Gamboa, coloca al felino en el tope, seguido en importancia por la serpiente. En su libro La escultura en la sociedad agustiniana anota además cómo esta representación corresponde más a especies de la selva tropical, extrañas a la región. En dos esculturas que se encontraron respectivamente en la Mesita B y en el Cerro de la Pelota, añade, aparece un águila que agarra a la serpiente por la cabeza y la cola con el pico y las garras pero en gesto simultáneo de despegar el vuelo. Las vivencias del mito sicuani que elevan a la anaconda a la Vía Láctea, fácilmente toman cuerpo en estas esculturas. Y por otra parte, numerosos elementos de la estatuaria como el traje de los personajes o la arquitectura de los túmulos funerarios rodeados de postes de piedra, parecen reproducir la arquitectura de la maloca, aludiendo nuevamente a la selva tropical.

En otros campos de análisis del sistema de pensamiento aborigen en Colombia, el trabajo de investigación artística de Antonio Grass sobre el diseño precolombino, ha logrado resaltar el mundo visual de los indios arqueológicos. Con la esencia de la línea Grass ha sintetizado las formas y los símbolos que aparecen en distintos materiales como barro, hueso, oro, piedra, cerámica o textiles indígenas. Formas y símbolos con los que cada grupo se identificó en su tiempo y en su lugar.

El jaguar, señalado por Grass como símbolo de América, es definido por el artista en un lenguaje subjetivo tal vez, aunque no menos válido que el científico, así:

Bestia sensual pintada con el color del sol,
de brillantes ojos, imagen del eterno caminante,
representante del poder sexual, guerrero,
dador de la primera simiente, hijo del sol.

Mientras que en torno a la serpiente, apunta:

[...] pesadas y poderosas, tan grandes como templos [...]
[...] representando los mundos tenebrosos,
o la fertilidad de los hombres y la tierra
[...] simbolizando lo eterno, lo sin fin,
lo permanentemente móvil.

 

1.
A partir de 1984, la investigación etnolingüística colombiana entró en una nueva etapa debido a la creación de dos programas de postgrado en las universidades de los Andes y Nacional. El pénsum del primero requiere que los estudiantes intercalen dos meses de investigación de campo por cada período de clases, seminarios y talleres De esta manera para 1986 el acervo de estudios fonologicos y morfosintacticos contará con los aportes que aparecen resumidos en el siguiente cuadro:
Idioma
Localización
Familia lin.
Investigador
Achagua
Meta
Arawak
Miguel A. Meléndez
Guayabero
Guaviare
Guahíbo
Nubia Tobar
Macú
Vaupés
Macú
Leonardo Reina
Ticuna
Amazonas
Independiente
María Montes
Bora
Amazonas
Bora
Rosa Escobar
Carijona
Caquetá
Caribe
Camilo Robayo
Coreguaje
Putumayo
Tucano occidental
Jaime Chacón
Páez
Cauca
Macro-Chibcha
Rocío Nieves
Abelardo Ramos
Marcos Yule
Guambiano
Cauca
Macro-Chibcha
Beatríz Vásquez
Waunaná
Chocó
Chocó
Gustavo Mejía
Emberá
Chocó
Chocó
Mario Hoyos
Cuna
Chocó
Chibcha
Rito Llerena
José Gallego
Arsario
Sierra NSM
Chibcha
María Trillos
Cogui
Sierra NSM
Chibcha
Carolina Ortíz
2.
La hipótesis de Lathrap sugiere que los grupos desplazados perdieron su acceso a las riberas amazónicas. Dentro de ese enfoque, el haber sido vencidos, así como el haber tenido que adaptarse a sobrevivir en las áreas interfluviales, explicarían por qué en la actualidad los agricultores ribereños tratan a los cazadores de la selva como sus inferiores, Veáse,
Lathrap, Donald
1973 The 'hunting" economies of the tropical forest zone of South America: an attempt at historical perspective. En Peoples and Cultures of South America, págs. 83-97. Edición preparada por Daniel R. Gross. Nueva York: Doubleday/ The Natural History Press.
Sin embargo, para Stephen Romanoff la etnohistoria de la Amazonia peruana no indica que la escasez de recursos alimenticios hubiera sido el motor de guerras que desembocaron en el desplazamiento de unas sociedades por parte de otras. Esos datos más bien muestran que tales conflictos han sido consecuencia de las alianzas practicadas por los indígenas con misioneros y caucheros. Donde esos pactos han perdurado, los grupos desplazados sí han quedado marginados de las riberas. No obstante, en otros tiempos y lugares se han gestado balances demográfico y políticos, gracias a los cuales las sociedades interfluviales han recuperado sus opciones de explotar los recursos ribereños.
Romanoff vendría a sumarse al conjunto de antropólogos que en Colombia estaría representado por Manuel José Guzmán y Roberto Pineda Camacho. Como se explica más adelante en el capítulo 3, este grupo de especialistas en la Amazonia insiste en que el poder disruptivo de las relaciones de los indígenas con occidente ha sido tan temprano, difundido y profundo que de no sopesarse en cualquier hipótesis puede llevar a serias malinterpretaciones. Véase,
Romanoff Stephen
1984 Matses' adaptation in the Peruvian Amazon. Nueva York: Columbia University, Tesis doctoral.
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