Niño participante en el taller Castillos imaginarios, San Andrés, 2008.
Niñas participantes en el taller Castillos imaginarios, San Andrés, 2008.
Tres niños posan frente a sus castillos en el taller de San Andrés, 2008.
De la serie Castillos imaginarios,San Andrés, Fotografías intervenidas, 2008
De la serie Castillos imaginarios,San Andrés, Fotografías intervenidas, 2008
De la serie Sueños, Armenia, Fotografías intervenida, 2007
De la serie Sueños, Armenia, Fotografías intervenida, 2007
De la serie Memorias, Tunja, Fotografías, 2010
De la serie Memorias, Tunja, Fotografías, 2010

 Adriana Duque

Adriana Duque (1968), estudió Artes Plásticas en la Universidad de Caldas e hizo una especialización en fotografía digital en Barcelona. Desde 1998 hasta la fecha ha seguido un continuo proceso de creación, en una búsqueda constante de soluciones visuales que logren situar siempre la realidad en un terreno “movedizo” e inaprensible.

Sueños, Armenia, 2007
Castillos imaginarios, San Andrés, 2008
Memorias, Tunja, 2010


 “Siempre encuentro en los niños mis mayores cómplices para crear,
para adentrarme en el territorio de los sueños,
las fantasías y los cuentos”.


Es difícil encontrar a un artista que sea el calco de su trabajo. Basta oír y ver a Adriana Duque para descubrir detrás de sus fotografías a una persona que usa el arte para cambiar de tiempo y de lugar. Para escaparse al terreno de sus sueños. Su trabajo es lo que ella misma defi ne como un ejercicio de fuga, de escape, de magia, como la posibilidad de “metamorfosear la realidad”.

Así es. Cada figura retratada con finura es un poco de ella misma. De lo que desea. En estos tres proyectos hace que los sueños y fantasías de un grupo de niños se hagan realidad; les pide a otros que se imaginen su propio castillo de arena y, a los últimos, esta vez ancianos, los viste con elegancia para que dejen consignada su imagen con el porte de una pintura holandesa.

Pero, como sucede con la magia, el truco deslumbra al final. Los niños nunca habrían creído posible que los relatos de sus fantasías fueran posibles. Palpables. Es más, que esos recuentos amorosos y lejanos, como estar en medio del mar, acariciando a un delfín, con un unicornio vigilante sobre las aguas, pudieran convertirse en una imagen real. Y eso hace la artista. Que imágenes soñadas cambien de plano.

“Siempre encuentro en los niños mis mayores cómplices para crear, para adentrarme en el territorio de los sueños, las fantasías y los cuentos. Me ilusiona hacerlo”, comenta Duque. Se alimenta de sus historias, los invita a que no limiten sus fantasías, que crean en imposibles. Les pide que inicien hablando, dándole palabras a eso que se les presenta de manera tan irreal mientras duermen. Una vez que lo han podido verbalizar, viene el dibujo de lo que se imaginan. ¿Cómo dibujar seres imaginarios?, ¿cómo son las sirenas?, se preguntan. “Estamos en una biblioteca”, les contesta, y así inician sus exploraciones personales para darle forma y rostro a sus fantasías. Y, por último, viene la sesión fotográfica en la que les pide que posen como si estuvieran dentro de sus propios sueños, volando en un bosque encantado, acostados al lado de ese árbol protector, sosteniendo a un pajarito en medio de las montañas. La sesión, un momento feliz, cierra, sin embargo, con cierta incredulidad. Hasta que casi dos semanas después los niños llegan a la sala de exposiciones y todos se ven dentro de sus sueños.

El mundo se les remueve. Todo se vuelve posible en ese instante. Algo parecido a lo que le sucedió en San Andrés. La idea del mar de inmediato le remitió a la arena, a los castillos en la arena. Su trabajo consistió entonces en indagar en las cabezas de sus invitados —chicos de la isla un poco mayores que los de Armenia, muchos de los cuales nunca van a la playa— sobre cómo se imaginaban un castillo y qué les signifi caba la figura del príncipe o la princesa. Cada cual construyó sus fortalezas, algunas tan abstractas como otras ceñidas a los referentes más clásicos y al final, de nuevo, cada uno ocuparía un lugar dentro de ese espacio. Se convertirían en dueños del lugar imaginado y moldeado por sus manos.

Y para los protagonistas de Tunja sucedería algo similar. Pero del campo de los sueños se pasaría al retrato de la experiencia. Trasladados a otra época, sus rostros quedaron enmarcados en los tonos del claroscuro, buscando convertirse cada uno de ellos en un Rembrandt. El fenotipo cundiboyacense se fundía a la perfección con la belleza expresiva de la pintura flamenca. Sus años marcados en la piel, sus expresiones bastaban para constituirse en su espejo. El hábil ojo del fotógrafo estaba ahí para descubrir esas vidas.

El trabajo de Adriana Duque son sus proyecciones. Es su capacidad de desdoblarse a través de los otros y de llevarlos a ellos a esos lugares de su fantasía en los que ella misma sueña estar. El mundo, tal como es, no le basta. Pero eso no es ningún inconveniente. Para eso está la magia.