Modernidad sin revolución

Por: Cataño, Gonzalo, 1945-

En un boceto autobiográfico redactado en tercera persona, Luis López de Mesa escribió: "[en 1916] viaja a los Estados Unidos, se matricula en Harvard, y a su regreso inicia en Colombia los estudios de psicología experimental... Luego permanece algunos años en Europa -Inglaterra y Francia sobre todo- con dilatadas excursiones por Alemania, España, Italia [y] Grecia... En París edita entonces La civilización contemporánea, comienzo de la serie de estudios sociológicos que tanto habrían de preocupar después su atención".

El mencionado libro salió a la luz pública en 1926 bajo el sello de la Agencia Mundial de Librería de la capital francesa. En sus páginas se ofrecía a los colombianos un balance de la crisis que asediaba al mundo "civilizado". Eran los tiempos de la Norteamérica de Woodrow Wilson y de la Europa de posguerra, esto es, de la Europa de los años del primer gobierno laborista en Inglaterra, de la frágil República de Weimar en Alemania, del ascenso de Mussolini en Italia, de la dictadura de Primo de Rivera en España, de la proclamación de la República griega y de la afirmación de los bolcheviques en la exótica y lejana Rusia. Las secuelas de la primera guerra mundial gobernaban el viejo mundo, brindando un ejemplo poco prometedor y francamente desconcertante para los demás países del orbe occidental.

La civilización contemporánea no era una obra de juventud. Cuando el volumen salió al mercado, López de Mesa tenía 42 años y ya había publicado varios textos científicos, un conjunto de meditaciones bajo el título de Apólogos y un discutido ensayo sobre la raza en Colombia. El libro estaba redactado en una prosa huidiza, casi alucinante, donde el literato competía con ventaja frente al sociólogo. Allí la digresión era un asunto corriente y el autor se dejaba llevar con frecuencia por las florituras del lenguaje y por las construcciones rebuscadas que obligan al lector a volver una y otra vez sobre el diccionario. En sus capítulos no se cita fuente alguna y su contenido parece el fruto de una inspiración repentina, de una súbita iluminación espiritual que busca apresuradamente la letra impresa para fijar su mensaje.

El objetivo de La civilización contemporánea era la descripción de la crisis de los "pueblos cultos" y la presentación de algunas estrategias para superarla en los países de la América española. López de Mesa encuentra que la cultura occidental está en apuros y que el siglo XX posee "instituciones, costumbres y tendencias en vía de revaluación". Con agudeza encuentra que estamos marcados por el signo de la modernidad, por la inquietud y el cambio permanentes. A diferencia del mundo antiguo que se desarrollaba con prodigiosa lentitud de repetición en repetición, el espíritu de los hombres y mujeres actuales se halla sujeto a un movimiento acelerado. Todo es efímero y nada logra fijarse para orientar la conducta de los actores. Los modos de vida, las instituciones, las ideologías, las formas de conocimiento han perdido estabilidad y armonía. Los valores más preciados se han hecho móviles e inasibles y los dogmas que anteriormente conferían sentido a la existencia hoy son cosas del pasado. A ello se suma la angustia que agita el ánimo de los pensadores ante la caída del racionalismo filosófico y la quiebra de la ciencia orientada por el ayer dominante esquema de la mecánica clásica.

 


El diagnóstico social de Luis López de Mesa en 1926

Luis López de Mesa.

Oleo de Inés de Acevedo Biester. Academia Colombiana de Historia, Bogotá

Portada de "La Civilización Contemporánea" de Luís López de Mesa. París, Agencia Mundial de Librería, 1926

En la esfera política ocurre algo semejante. Los partidos han perdido la bandera de los principios eternos, aquellos que hacían "hervir la sangre de los pueblos [para] incendiar el mundo". Ahora los guía un pragmatismo y un escepticismo respecto de las grandes empresas. Atrás han quedado las ideas liberales que desencadenaron los dolorosos y fecundos procesos de los cuales surgió la democracia moderna y sus compañeras de viaje, la tolerancia, la libertad y la igualdad. Frente a aquellas luchas heroicas, la política se ha recluido en una acción técnica, en una labor "severa y fría", carente de alma, donde el fervor de los ideales "se rinde ante los cuadros estadísticos, las leyes de la economía política y la balanza del comercio". Esto ha hecho que el individuo sea apenas una unidad "matemáticamente cotizable en una compañía de seguros".

Junto a estas transformaciones, ha surgido un nuevo grupo en la dirección de los negocios públicos y privados: la tecnocracia. Hija de la universidad, "su madre legítima y fecunda", se ha volcado con admirable eficacia sobre la industria y la administración del Estado, hasta llegar a arrasar con las aristocracias guerreras, clerical, cortesana y del capital. Su autoridad reside en el conocimiento y en la capacidad de aplicarlo a los más diversos campos de la actividad humana. Y dado que la elección de sus miembros se afinca en un terreno neutral, en el saber hacer -en la habilidad técnica-, su poder trasciende los tipos de organización política y social del mundo moderno. De allí que "al enfrentarse socialismo y capitalismo se debilitarán mutuamente y ganará en fuerza la tecnocracia".

Estos cambios vienen acompañados de mutaciones igualmente significativas en el medio ambiente de las naciones cultas. El campo ha dejado de ser el núcleo de la vida de los pueblos. Ahora se vive bajo el imperio de la metrópoli. Desde la revolución industrial las ciudades se han apoderado del hombre, hasta el punto de encontrar países que tienen ya urbanizada la tercera parte de su población. El mundo rural se ha hecho pura naturaleza, mera fuente de bienes económicos y asiento de lo fijo e inmutable. La ciudad, por el contrario, es el reino de la novedad y de la variedad; el centro de la comodidad, la seguridad y la sociabilidad. Es la extensión misma de las relaciones personales, la posibilidad de acceder a los servicios de educación, salud y trabajo y de alcanzar la independencia personal. Por eso "ni los más pobres quieren abandonarla". Sus instituciones y sus medios de comunicación -las bibliotecas, los museos, el cinematógrafo y los periódicos- han democratizado la cultura y los estilos de vida. Los consumos masivos y la uniformidad del vestido, de las apariencias, el trato y las maneras, han nivelado la población creando una sensación de igualdad humana. La imprenta multiplica por todas partes la escritura y los museos entregan a la muchedumbre los bienes culturales que ayer atesoraban las mansiones de los gobernantes y de las clases privilegiadas.

Pero si la urbe es la fascinación de los tiempos contemporáneos, ella no está exenta de sombras. Frente al tradicional señorío del campo, es el foco de la desconfianza y de las conductas mezquinas y egoístas; el escenario de la relajación, de "esa falta de pudor moral que caracteriza al hombre moderno". Su atmósfera es la del "encarcelamiento sensorial", del ahogo y del aire viciado; en sus calzadas el obrero está uncido a "la esclavitud de la buhardilla [y a] la oscuridad y estrechez irritantes de la callejuela cavernosa". El crecimiento exagerado de algunas de ellas, las ha hecho humanamente imposibles, convirtiéndolas en peligroso medio de descomposición social.

La dinámica de las grandes urbes condensa las tensiones de nuestro tiempo, la crisis de la sociedad contemporánea de López de Mesa. Sus dificultades se manifiestan con especial vigor en la evolución más reciente de la unidad básica de la sociedad: la familia. Allí el hombre está perdiendo su ancestral hegemonía y la mujer ha comenzado a ganar terreno en los ámbitos del trabajo, la política y la cultura. Además, ha conocido el divorcio y la posibilidad de establecer nuevas relaciones que promuevan sus aspiraciones y su realización personal. El matrimonio ha dejado de ser la única solución para la vida sexual de los adultos, y una de sus antiguas y más queridas funciones -la educación de los hijos- ha pasado a manos de escuelas y colegios sufragados por el Estado o por la iniciativa privada.

A la tolerancia política y religiosa se ha unido entonces la tolerancia sexual. Ello ha traído una democratización de la vida personal y una autonomía de la voluntad en las relaciones de intimidad. La vida conyugal ha perdido el monopolio del amor, de aquella pasión que en el pasado tendía a identificarse con la procreación, y nuevos vínculos han surgido para substituir el tedio de la existencia rutinizada del enlace matrimonial. López de Mesa discute el homosexualismo y el "delicioso problema contemporáneo" del amor libre como signos de decadencia, pero también sabe que otras culturas como la exaltada civilización helénica consideraron el amor heterosexual "como artículo de consumo inferior".

En síntesis, la civilización -aquella "inestabilidad de la vida que nos lleva de un punto a otro"-, ha subvertido todo lo que encuentra en derredor. Ha echado abajo las normas consideradas eternas e imperecederas, y la libertad y escepticismo de sus opiniones y creencias, ha creado un malestar con dinámicas no suficientemente conocidas, pero no por ello menos significativas. El "peligro que aparece en nuestros días -escribe nuestro autor-, es el de la disolución de la personalidad en mero movimiento, el reemplazo de la meditación por la agitación". Todo cambia ante nuestros ojos y nada parece afirmarse como fuente de estabilidad y orden. Ante esta situación, es necesario promover reformas a fin de que las nuevas generaciones no se extravíen en aquel "confuso turbión de hirviente actualidad".

 

Reformas o revolución

El interés real de López de Mesa no era solucionar las dificultades de Francia, Inglaterra o los Estados Unidos durante los años que siguieron a la primera guerra mundial. La mirada de nuestro autor estaba puesta en las naciones cultas, pero su afán manifiesto o latente se dirigía a otro lugar. Los propósitos que guiaban la obra eran los extravíos de la modernidad en América Latina y particularmente en Colombia. Y aunque en sentido estricto este país sólo ocupaba diez páginas de las 246 que conforman el libro, el lector sabe que todo el volumen había sido redactado pensando en la suerte de esta nación.

 

Luís López de Mesa.

Tinta y acuarela de J.R.R.

Archivo General de la Nación, Bogotá.

El programa de López de Mesa está lejos de una actitud revolucionaria. Anhela llevar los avances de la civilización contemporánea a los países latinoamericanos, pero evitando las tragedias de los cambios bruscos, "pues la historia nos enseña que después de producir diez o veinte millones de mártires, cada revolución se resuelve en dos o tres pequeñas verdades". Quiere afectar el curso de la historia de los pueblos de América sin la ilusión de las reformas instantáneas. Su mente acaricia las mutaciones lentas, las transformaciones que guardan el ritmo de la evolución social; aquellas que exceden la vida de una o varias generaciones. ¿"Para qué destruir el sistema actual de un solo golpe y darnos la pena de resolver a hachazos en nuestra pobre cabeza lo que las generaciones futuras irán resolviendo más hábilmente que nosotros"? Además, pretender destruir las instituciones asentadas por largos años mediante el asalto belicoso, es pura insensatez. Una derrota de la embestida revolucionaria sería un asunto grave -se cazaría a los alzados como a perdices-, pero lo sería aún más si triunfara, pues las "cosas no se improvisan de la noche a la mañana".

¿Cómo promover el cambio? ¿Cómo corregir las instituciones que impiden el progreso? Por medio de la persuasión, advierte López de Mesa. A una convicción personal habrá que añadir otra hasta lograr la conciencia social sobre los problemas que se desea resolver. El día que se dejen de lado las reservas ante los males que aquejan la sociedad, "habremos adquirido la energía espiritual necesaria para su revocación sin grave trastorno, sin la enconía detestable del odio ni el espectáculo cruel e inútil del dolor humano". Esta persuasión no sería una labor tête à tête, se podría emprender a través de la prensa, el parlamento, la universidad y el cinematógrafo, el arte que más suscita el instinto de imitación en la mente del ciudadano de la era moderna.

Para entrar de lleno a la civilización contemporánea, los países latinoamericanos en general y Colombia en particular deberán desarrollar sus riquezas, fusionar sus razas y asimilar la técnica occidental. Los elementos de esta triple estrategia están íntimamente unidos. Para explotar las riquezas se debe contar con una población instruida favorable a la innovación y al cambio, hecho que se vería facilitado por una migración europea a tierras americanas. La noción de raza nunca fue un concepto claro en López de Mesa, como tampoco lo ha sido en los demás pensadores que lo han utilizado para explicar la conducta humana. Con ella aludía indistintamente y sin mayor rigor analítico a grupos que comparten el mismo origen étnico, a las formas de vida dominantes de una población -su cultura- y a las nociones vacilantes de pueblo y nación.

El autor pone especial cuidado en el aprovechamiento de la técnica moderna para el progreso. Como en Europa y en Estados Unidos, los países de América Latina deben desarrollar la industria, modernizar la explotación del campo, multiplicar las comunicaciones y expandir sus sistemas educativos. Siguiendo el ejemplo de las naciones cultas, deben promover la formación de una tecnocracia, de un grupo de expertos que atienda los más variados asuntos de la sociedad y no sólo en los campos útiles y aplicados, sino también en las esferas del gobierno y de la ejecución de los programas. Resultado de "la disciplina racional que han creado las ciencias", ella guiará al pueblo en su misión histórica. La frialdad que le es connatural se verá mitigada por el fervor de su mandato, y su origen, la democracia del talento, evitará el regreso a las dictaduras y el peligro de "lanzarnos al despotismo de la masa amorfa" predicada por el socialismo. No sólo ahorrará tiempo, espacio y fuerza a los latinoamericanos, sino que les permitirá vivir y pensar mejor "para ensanchar los ideales del espíritu y subir, en sagrado clímax, hacia una humanidad conjuntamente más armónica y vigorosa".

Pero si la técnica puede conducir al empobrecimiento espiritual, los países latinoamericanos se encuentran en una situación privilegiada. Son tributarios de la civilización occidental tanto como de las demás experiencias de la humanidad. "Su mejor universalidad está en todas partes". En la vieja Europa, en Norteamérica y en la misma Asia. ¿Por qué no unir, por ejemplo, la acción y efectividad occidentales con la meditación y equilibrio orientales? Un énfasis mitigaría el contrario. En este proceso de asimilación bien podríamos dejar de lado el enfermizo frenesí de la civilización contemporánea y el despotismo, la enfermedad y miseria de la India, la China y Arabia.

 

Luís López de Mesa.
Fotografía de Melitón Rodríguez, 1908.
Fundación Antioqueña de Estudios Sociales, Faes, Medellín

A pesar de que López de Mesa desea salvaguardar el alma de los pueblos latinoamericanos -sus tradiciones, su idealismo y su capacidad de ensoñación-, tiene en poca estima las cualidades de la población nativa. Buena parte de ella carece del sentido de la industria, de la previsión y del trabajo especializado, los requisitos de todo programa de creación de riqueza. Para remediar esta situación, sugiere abrir las puertas a la inmigración -no ya de pueblos "bárbaros"-, sino de comunidades cultas y experimentadas. Sueña con plantar en suelo americano escandinavos, alemanes, ingleses y latinos. Estos agentes de cambio se encargarían de difundir el conocimiento y la prosperidad, y de corregir los defectos del carácter de la América española provenientes de la improvisación, el diletantismo y la superficialidad. Lo que ella más requiere es ciencia y espíritu sajón, los énfasis indispensables para regular la ruinosa imaginación del habitante del trópico.

Pero las dificultades del cambio no provienen solamente de conflictos de mentalidad y de escasez de recursos humanos. También hay agentes organizados como la Iglesia que obstaculizan las innovaciones. Un clero politizado como el colombiano, adherido al partido conservador y muy dado a coartar el desarrollo autónomo del saber, frena las transformaciones educativas y coloca a las nuevas generaciones en franca inferioridad ante la juventud de otros pueblos. Esta pertinaz barrera puede dar lugar a situaciones explosivas, nada fáciles de prever y controlar. Al impedir las reformas y abusar del poder sacro sobre la población, contribuirá a que las fuerzas de oposición "caigan en manos de gentes incapaces, es decir, meramente diletantes en ideas y demagógicamente revolucionarias en la acción". Así, a un mal se unirá otro mayor, y lo que ayer era sólo un reclamo, mañana puede convertirse en una batalla que anuncia el erial de la barbarie y la desolación. En esta lucha el gran perdedor no serían los representantes efímeros de un clero que se resiste a las demandas de la vida moderna, sino la Iglesia toda como institución y fundamento del tejido social.

Como se desprende de lo anterior, La civilización contemporánea ofrece una pintura de la sociedad moderna durante las primeras décadas del siglo XX. Con agudeza el autor describe los rasgos esenciales de su dinámica y las dificultades que la acompañan. Y si todavía para aquellos años la mayoría de los países latinoamericanos estaba lejos de las tensiones de la vida europea, la experiencia del Viejo Mundo anunciaba el futuro de América Latina. Es verdad que la mayoría de las ciudades americanas eran todavía pequeñas y poco desarrolladas, pero algunas de ellas mostraban ya los gérmenes de la industrialización y la urbanización. El campo perdía poder y su población se dirigía a las capitales para respirar el aire enrarecido pero socialmente más libre de sus arrabales.

La perspectiva de López de Mesa es un buen ejemplo de lo que algunos analistas han llamado "modernismo reaccionario", un deseo de cambiar la sociedad sin subvertir las estructuras de poder y los valores más preciados de la tradición. Se quiere movilizar a toda la población sin mayores traumatismos; persuadir a sociedades tradicionales, agrícolas y tecnológicamente atrasadas a tomar la vía de las sociedades urbanas e industriales, cuidándose de salvaguardar las formas de autoridad establecidas. Se desea expandir la educación, difundir la ciencia y sus aplicaciones, abrir las fábricas y multiplicar los trabajadores especializados sin alteraciones y sacudimientos. Se busca cambiar para conservar.

El conservadurismo modernizante de López de Mesa presenta sus propias acentuaciones. De la misma manera que no existe la modernidad en general sino la experiencia concreta de países modernos, los pensadores sobre los tiempos actuales portan sus propias singularidades, muchas de ellas derivadas de sus sociedades de origen. La Colombia de los años veinte era todavía una nación eminentemente rural y si bien los grupos obreros se organizaban en algunas regiones del país, el campo continuaba siendo el asiento del 80% de la población. En alguna parte del libro su autor describe la situación con trazos únicos. Hablando de sus recursos humanos, de su "riqueza mental", apunta que el 70 % de la población colombiana es analfabeta, y que del 30 % restante, la mitad no cuenta dado el aislamiento intelectual de la mujer.

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Título: Modernidad sin revolución


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