Prensa y democracia en la historia de Colombia

Por Eduardo Posada Carbó

I

Fue un homenaje a un exiliado que debería recordarse con más frecuencia. El exiliado era entonces Eduardo Santos, expresidente de Colombia y director de El Tiempo. El homenaje tuvo lugar en París el 7 de diciembre de 1955, cuando el escritor Albert Camus se dirigió al auditorio de aquel banquete en honor de la libertad de prensa.

Santos y El Tiempo, convertidos en símbolos, eran allí más que homenajeados.

Meses antes la dictadura militar había cerrado las páginas de El Tiempo. Para Camus, quien dos años más tarde recibiera el premio Nóbel de literatura, el tributo a Santos era también una alabanza a los valores liberales y al “poder de la palabra escrita”. Las tiranías se descubren siempre en sus actitudes frente a la prensa. Son su negación. Por el contrario, en la libertad el periodismo encuentra su razón de ser.

“Una prensa libre puede claro está ser buena o mala” -observó Camus en aquella solemne ocasión- “pero, ciertamente, sin libertad no será nunca nada sino mala”.

He regresado una y otra vez al texto de Camus por encontrar en sus palabras un justo reconocimiento al papel de la prensa en nuestra historia democrática, aunque se tratase de uno de sus momentos amargos.

El ser humano a veces sólo aprende a apreciar lo que tiene cuando lo ha perdido. La dictadura de mediados de siglo veinte fue un régimen excepcional en la vida republicana del país. Hubo, es cierto, otras dictaduras y gobiernos represivos. Es así mismo cierto que las amenazas contra la prensa no siempre han provenido del Estado. Pero la lucha contra la dictadura militar marcó un hito en la historia de la democracia colombiana que comenzó a subvalorarse en las últimas décadas.

Aquellas palabras de Camus en honor a un periódico entonces silenciado sirve pues de oportuna introducción para mostrar cómo las historias de la prensa y la democracia se confunden: la una no puede existir plenamente sin la otra. Y viceversa.

Los valores de la cultura política colombiana, que lograron predominar frente a la dictadura rojista, se forjaron durante el primer siglo que siguió a la independencia. Una mirada a este largo período, el foco de este ensayo, es necesaria para identificar las relaciones de la prensa y la democracia en la historia de Colombia.

II

Prensa y democracia surgieron casi simultáneamente con la independencia.

Con ello no se niega el papel de la imprenta en los años anteriores de la colonia. Ni las contribuciones de Manuel del Socorro Rodríguez a la historia del periodismo colombiano.

Sin el fin de la Inquisición, sin embargo, sin la lucha triunfante contra el absolutismo, la prensa moderna es inconcebible. Por ello el entusiasmo de Joaquín Camacho y Francisco José de Caldas al abrir el Diario Político de Santa Fé, publicado algunas semanas después de la declaración de independencia del 20 de julio de 1810, con un optimismo desbordado: “escribimos en el seno de un pueblo libre, escribimos con libertad”, mientras animaban a los literatos y sabios de la época a “escribir para hacernos libres, independientes y felices”.

Todavía en 1837 se apreciaba el valor de haber roto con la tiranía colonial: “Bendito sea el Autor de la libertad” –escribía El Colibrí Granadino en Bogotá, en su primer número el 2 de mayo de aquel año- “que concedió a los granadinos la facultad de publicar libremente sus pensamientos por medio de la imprenta, sin examen, revicion o sensura alguna anterior a su publicacion, quedando solo sujetos a la responsabilidad de la lei”.

Por supuesto que el desarrollo del principio de la libertad de imprenta tuvo que superar muchas barreras y dificultades.

Las primeras constituciones le impusieron límites a la libertad de imprenta en sus repetidas defensas del dogma de la religión católica. Recibió ataques más sutiles en forma de impuestos, contra los que Antonio Nariño protestó desde La Bagatela en su primer ejemplar, en 1811, aduciendo que la medida violaba un derecho constitucional. A lo largo del siglo diecinueve, algunos gobiernos restringieron legalmente las tareas de la prensa o tomaron medidas arbitrarias.

Aunque las arbitrariedades fueron más notorias a nivel local, hubo casos nacionales muy sonados, como los cierres de El Tradicionista de Miguel Antonio Caro bajo la era radical, o de El Relator de Santiago Pérez bajo la Regeneración. Este último régimen introdujo restricciones y fue particularmente represivo. Un artículo transitorio de la constitución, K, un decreto de febrero de 1888, y poco después ese mismo año una ley conocida como “ley de los caballos” sirvieron de base a la política regeneradora contra la prensa liberal. Líderes de la Regeneración, como Carlos Holguín o José María Samper, acusaban de mayores abusos a los radicales, a quienes también criticaban por haber promovido la irresponsabilidad de la prensa: “con una palabra o una plumada”, observaba Samper- “se podía atentar contra la honra de las personas, la dignidad de las familias, la paz pública y el respeto debido a las autoridades; se podía aconsejar públicamente toda violencia, y azuzar a la comisión de todo crimen contra la libertad y seguridad individuales”.

En las primeras décadas del siglo veinte hubo también espirales represivas bajo la dictadura del General Rafael Reyes y en algunos momentos del gobierno de Miguel Abadía Méndez. Además la Iglesia Católica mantuvo una campaña abierta contra la prensa liberal, que denunciaban como “anticristiana”. Una pastoral colectiva, suscrita por la conferencia episcopal de 1916, prohibió “bajo pecado mortal la lectura de La Patria y El Espectador de Bogotá (El Espectador de Medellín lo está desde el año de 1888), El Siglo de Barranquilla y Retazos de Montería”, mientras declaraba que era “peligrosa” la lectura de otros periódicos, como Gaceta Republicana y El Tiempo.

Un balance del tema exige superar pasiones partidistas y apreciarlo mejor en perspectiva comparada. El siglo diecinueve no fue el paraíso de la libertad de prensa en Colombia. Tampoco lo era entonces en la mayor parte del mundo.

Las experiencias de represión extrema en la Argentina del dictador Juan Manuel de Rosas, quien estuvo en el poder por tres largas décadas, servirían de fácil contraste. Pero los periódicos colombianos tampoco sufrieron los rigores de la censura previa impuestos en algunas épocas del siglo diecinueve francés. El Estado no contaba además con la capacidad ni el personal para adelantar las tareas que se hubiesen requerido para tales propósitos.

Al comparar, en Latinoamérica y en Europa, lo sobesaliente sería entonces el predominio general de la libertad de prensa a lo largo del siglo, con períodos de notable florecimiento, como durante la Gran Colombia, estudiado por David Bushnell, o los años de la Constitución de Ríonegro (1863-86) que consagró el principio de la libertad de expresión, de palabra o por escrito, “sin limitación alguna” –una norma constitucional de escasos paralelos en el mundo. A visitantes extranjeros de la época, como al Argentino Miguel Cané, la lectura de la constitución de 1863, por estas consagraciones a la libertad, le “hacía soñar”.

Gobernantes con impulsos de censura, como Tomás Cipriano de Mosquera, pronto habían entendido que convenía más defenderse de los ataques en la prensa con la misma prensa. Así fue -como observa Gilberto Loaiza en su biografía de Manuel Ancízar- que los miembros del gabinete de Mosquera lo convencieron para que emprendiese la fundación de El Neogranadino en 1848: “ya no había que mirar la libertad de prensa como algo funesto para los gobernantes, sino como otro medio eficaz para gobernar”.


Los regeneradores, después 1886, vieron por el contrario más entorpecimientos en la prensa. Pero las acciones represivas de la Regeneración no lograron impedir la existencia de una prensa de oposición. Esther Parra Martínez y Eduardo Guevara Cobos han editado una muestra de los periódicos opositores en Santander, entre 1889 y 1899, una decena de títulos donde se incluyen El Níkel del Socorro, El Liberal de Bucaramanga y La Voz del Pueblo de Cúcuta.

Tras la Guerra de los Mil Días (1899-1902), y con la excepción de la breve dictadura de Reyes, las primeras décadas del siglo veinte fueron de nuevo florecimiento. Las excomuniones de los prelados católicos no eran medidas del Estado. Ni lograron impedir que el público, en crecimiento, siguiese leyendo la prensa liberal que se consolidó durante aquellas décadas.

III

La libertad, como advirtió Camus en aquel banquete, es la condición básica para la existencia de la prensa. Pero no es la única.

Sin lectores, y sin lectores que compren, cualquier aventura periodística está sujeta a una vida pasajera. Así lo entendieron quizás quienes en 1812 decidieron publicar en Cartagena un periódico bajo el nombre de El Efímero. Y efímera fue la vida de la gran mayoría de periódicos que se fundaron en el país a lo largo de todo el siglo diecinueve.

Ninguno de los periódicos establecidos durante la época de la Gran Colombia existía ya en la década de 1830. Los fundados a partir de entonces tampoco contaron con mejor suerte. Los periódicos de mayor éxito, como el Diario de Cundinamarca, bajo el período radical, lograron sobrevivir escasamente unos 25 años. Era un panorama desolador, común a las historias universales del periodismo. En algunos países latinoamericanos, sin embargo, se consolidaron empresas periodísticas de larga duración mucho más temprano que en Colombia – como El Mercurio en Chile o El Comercio en Perú, de todas formas excepcionales experiencias en una historia general de frustraciones en toda Latinoamérca, donde las iniciativas se chocaban con problemas de inestabilidad política, analfabetismo y pobreza económica, acompañados además en nuestro país por las enormes dificultades de transporte que limitaban la circulación de los periódicos e impedían la expansión del mercado.

Frente a tántas barreras, los sucesivos esfuerzos deberían ser por ello mucho mejor apreciados.

El Imperio de los Principios, que apareció por primera vez en Bogotá, el 10 de julio de 1836, publicó tres meses más tarde el listado de sus suscriptores: 75 en la misma Bogotá y 40 “foráneos”, en poblaciones algo cercanas como Fómeque y Sogamoso, pero incluía también personas de los más distantes municipios de Medellín, Girón y Cartagena entre una veintena de lugares en el país.

A mediados de siglo, como bien lo relata Loaiza Cano, sobresalían los afanes de Manuel Ancízar en El Neogranadino por conquistar mercados a partir de novedosas ofertas: el folletín, como “táctica publicitaria”, que acompañaba al periódico para atraer lectores, difusor de obras literarias, nacionales y extranjeras.

Las ilusiones de Ancízar y sus contemporáneos se desvanecían pronto, una y otra vez. En Olivos y aceitunos, José María Vergara y Vergara noveló el destino frustrante de tales esfuerzos. Uno de sus protagonistas de provincia fundó El Chiriquiqueño, que introdujo la novedad del folletín con un texto popular de Lamartine: “este escrito ha servido para fundar algo más de setecientos periódicos en América, de esos que empiezan por ‘año 1’ y jamás pasan del número 13”.

No existía un público lector suficiente para sostener aquellos esfuerzos. Para Isaac Holton, un norteamericano que visitó la Nueva Granada en 1857, era “tan raro” encontrar a una persona que se suscribiera a un periódico en las provincias que visitó como para tomar nota de cualquiera de tales encuentros: en La Puerta, su anfitrión el hacendado Lucas Escobar recibía El Correo de Ultramar.

Días después, Holton visitó Ibagué, donde el gobernador le regaló una colección de la Voz del Tolima, el quincenario oficial que los lectores estadounidenses hubieran encontrado, “como todos los periódicos de la Nueva Granada [...] insufriblemente aburrido”. Sus páginas se dividían en dos secciones: oficial y no-oficial. En la primera se publicaban toda clase de medidas gubernamentales, desde ordenanzas de la Cámara hasta informes escolares. La segunda contenía “cualquier otra cosa excepto noticias”.

En 1878, Adrián Páez narraba en La Patria sus frustrados intentos para animar una empresa periodística que “llevara el verbo de la civilización” por toda la república. Aspiró en algún momento a fundar un diario que circulara unos 20 mil ejemplares. “Imposible”, fue su conclusión, pues no había forma de sostener los gastos requeridos.

Una razón básica para el tardío despegue del periodismo, no mencionada en la narración de Adrián Páez pero observada por Isaac Holton, era simplemente la falta de “noticias”. “Todo el mundo las pide, pero nadie las da”, se quejaba Filemón Buitrago, el editor de El Zipa. En la Colombia de la época, José Manuel Marroquín le había escrito a Buitrago en 1877, “en que nada sucede, cuando llega a suceder algo, este algo es devorado en la primera media hora por una población ávida de asuntos de conversación”. Los rumores y las charlas sociales se anticipaban así a la tarea de los periódicos.

Las condiciones materiales para el establecimiento de una prensa duradera comenzaron a cambiar ligeramente a fines del siglo diecinueve, con bases más sólidas en las primeras décadas del siglo veinte. En 1886, Jerónimo Argaéz, fundó El Telegráfo, un diario bogotano que, según el estudio monográfico de Adriana Díaz Hernández, estaba atado a los desarrollos de una Colombia más moderna. En el largo plazo, mejor suerte tendría El Espectador, que comenzó a circular en Medellín, un año más tarde, en 1887, y cuya sede se movió a Bogotá en 1915.

Para entonces, la estabilidad política y el progreso económico permitieron la prosperidad de empresas periodísticas de largo alcance. Además de El Espectador, se fundaron en aquellos años algunos de los más importantes diarios colombianos de hoy: El Tiempo (Bogotá, 1911), El Colombiano (Medellín, 1912), Vanguardia Liberal (Bucaramanga, 1921) y La Patria (Manizales, 1921).

Para entonces también algunos periódicos habían podido consolidarse como diarios, mientras se expandían sus páginas y surgían oficios más especializados. Sin embargo, estos importantes avances eran aún limitados.

En Cali, por ejemplo, aparecieron varios periódicos en las primeras décadas del siglo veinte, como El Correo del Cauca, por Ignacio Palau Valenzuela, o El Relator, por Hernando Zawadsky. Ambos, como lo advierte un trabajo de Charles David Collins, eran empresas de baja rentabilidad. En 1918, se publicaban en Barranquilla nueve periódicos: La Nación, El Día, El Comercio, El Pueblo, El Universal, El Liberal, La República, La Defensa Nacional, Heraldo de la Costa. Según el Vice-Consul de los Estados Unidos, sin embargo, el único periódico “digno de tal nombre” –por sus maquinarias, por la calidad del producto y su circulación que sobrepasaba el mercado local- habría sido La Nación: Ninguno de los demás empleaba “escritores editoriales o reporteros profesionales, prácticamente todas las noticias las recogen sus dueños a través de sus amigos o conocidos en la ciudad [...]”.

En contraste, se abría un mejor panorama para el periodismo en Bogotá, del que Alberto Lleras Camargo dejó exquisitos retratos, tras sus pasos por La República, El Espectador y El Tiempo en la década de 1920: ya del oficio de Pacho Umaña Bernal como traductor de cables de las agencias internacionales; ya del taller de redacción de El Tiempo donde Calibán (Enrique Santos) “revisaba y corregía todo el matertial” que producían los “cinco o seis redactores y reporteros de planta”; ya del silencioso trabajo de los linotipistas; o ya de la tarea anónima de Jaime Barrera Parra, “quien redactaba algunas notas de [...] Cosas del día, y quien además fue uno de los primeros columnistas regulares del periodismo colombiano”.

La vida efímera de la inmensa mayoría de periódicos fundados en el primer siglo de la independencia no demerita su significado. “La salida de un periódico es un día de gala para el pueblo y una fiesta para la república”, escribía José Herrera en 1878 en La Patria, “Revista Política y de Instrucción Pública” de Bogotá. Hoy sus nombres son escasamente registrados por la memoria colectiva. No obstante, La Bandera Nacional, El Neogranadino, El Relator, El Porvenir, el Diario Nacional son apenas algunos ejemplos destacables en una larga lista de cientos de periódicos que, durante sus años de existencia, dejaron importantes legados que es preciso revalorar.

Desde sus orígenes, el periodismo fue la principal fuente de difusión de la geografía, la historia y las artes nacionales. En 1884, Miguel Antonio recordaba la copiosa producción literaria publicada en los periódicos, con frecuencia “bajo el velo del anónimo”, mientras sugería organizar un “índice bibliográfico” de nuestra prensa que “sería el más apropiado aparato para estudiar no sólo nuestra literatura, sino nuestra civilización”.

IV

La principal función de la prensa durante ese primer siglo de vida independiente fue la política.

Gracias a las motivaciones políticas persistían los esfuerzos de fundar nuevos periódicos, a pesar de su escasa rentabilidad. Paradójicamente, la pobreza generalizada del país condicionó cierto desarrollo democrático de la prensa – es decir, determinó hasta cierto punto su existencia plural en un mercado relativamente abierto, donde no se alcanzaban a desarrollarse monopolios o dominios prolongados.

Y aquella función política estuvo íntimamente vinculada a la historia de los más distintos aspectos de la democracia colombiana: el desarrollo de los partidos, las tareas electorales, la discusión de temas de interés general, la formación de una opinión pública y de una ciudadanía crítica del comportamiento de los gobiernos. “La prensa”, escribió Felipe Pérez, en El Relator al presentar su primer número el 8 de mayo de 1877, “ha venido a ser el gran lenguaje de las democracias”.

Apreciar estas funciones democráticas de la prensa en la historia de Colombia exige superar los prejuicios arraigados frente a esta misma historia en las últimas décadas. En efecto, quizás en la tarea de revisar la historia de la prensa logremos una nueva lectura, y una lectura refrescante, de nuestra misma historia política.

Desde sus orígenes, la prensa jugó un papel fundamental en la formación y desarrollo del gobierno representativo en la república.

Consíderense, por ejemplo, los artículos publicados por el Argos Americano de Cartagena, en 1810, donde se reflexionaba sobre los desafíos de reconstruir el gobierno bajo el mecanismo del sufragio tras la independencia. No era cualquier desafío. Significaba inventar formas de gobierno para los que, simplemente, no existían modelos. Los mismos artículos del Argos Americano, en sus intentos de definir al ciudadano, advertían la necesidad de no emular ni a los Estados Unidos, ni a la Gran Bretaña.

En aquella función original, la prensa jugó un doble papel: primero, fue agente promotor y protagonista del gobierno representativo que reemplazó al absolutismo colonial; y, segundo, sirvió también de órgano pedagógico sobre las nuevas formas gubernamentales, al difundir y defender sus valores entre el público. A estas tareas, que adquirieron nuevas modalidades, se sumaron otras a lo largo del primer siglo después de la independencia.

Una vez consolidada la independencia, y adoptado el texto constitucional, la prensa siguió cumpliendo un rol importante en la difusión de los derechos y deberes ciudadanos, entre los que hay que destacar las normas y las prácticas relacionadas con el acto de votar.

En Mayo de 1836, por ejemplo, ad-portas de las elecciones presidenciales, el Constitucional de Cundinamarca, en Bogotá, publicaba la circular de la jefatura del cantón donde se explicaban las regulaciones electorales, incluídas las condiciones para ser sufragantes y electores – las dos categorías de votantes entonces existentes en el sistema electoral indirecto de la época. En Medellín, dos meses más tarde, el Constitucional de Antioquia les recordaba a sus lectores cómo se debía votar para que evitasen irregularidades. Quienes se sentían afectados por cualquier irregularidad, acudían también a la prensa para hacer públicas sus quejas. Aquel mismo año, el Imperio de los Principios señalaba que en Bogotá habían votado numerosas personas sin cumplir con los requisitos legales, incluídos algunos soldados y esclavos.

Se forjó así, desde bien temprano, una tradición de litigio electoral que puede estudiarse en las mismas denuncias de la prensa, o en las montones de panfletos publicados tras cada elección, o en las memorias de políticos como El Parlamento en Pijama de Pedro Juan Navarro, o las de Alejandro Galvis Galvis quien recordaba cómo, desde las páginas de El Progreso, fustigaba en 1917 las ocurrencias de fraude electoral en Charalá.

Por tratarse de la primera elección presidencial competitiva desde el establecimiento de la república de la Nueva Granada en 1832, las elecciones de 1836-37 sentaron muchas de las bases del comportamiento político de los colombianos en el largo plazo, incluída la acción de la prensa. En1836 surgieron nuevos periódicos con el solo propósito de servir de plataforma a las diversas candidaturas presidenciales de aquel año, un patrón que se repitió regularmente a lo largo del siguiente siglo, tanto a nivel nacional, como local. Un buen número de periódicos aparecía y desaparecía al vaivén del ciclo electoral. Algunos hasta conservaban el nombre. “Otra vez en la arena”, anunciaba La Sanción en su “tercera época” al reaparecer en Barranquilla para apoyar las listas al concejo municipal que encabezaba Tomás Surí Salcedo en 1919.

En su estudio sobre de la prensa en el estado soberano del Cauca, Alonso Valencia Llano ilustra muy bien el papel electoral de los periódicos. A mediados de siglo, por ejemplo, se publicaba en Cali el Boletín Eleccionario en favor de la candidatura presidencial de Mariano Ospina. El Caucano apareció en 1863 para apoyar la candidatura del General Tomás Cipriano de Mosquera. En 1868, El Centinela de Pasto apoyaba la de César Conto. En 1872, se publicó en Popayán El Sufragio para respaldar al General Julián Trujillo como candidato a la presidencia del Cauca. Por supuesto que la práctica continuó bajo la regeneración. En 1891, se establecieron el Eco Nacional en Cali, y El Carácter en Pasto para apoyar la candidatura de Miguel Antonio Caro a la vice-presidencia.

Los periódicos que se establecían con propósitos duraderos trataban de distanciarse de la prensa que se tildaba de “electoral”. “Este periódico se ha fundado con el carácter de prensa permanente”, anunciaba en su primer número El Relator en 1877, para advertir que la “cuestón candidaturas” no sería preferente en sus páginas. Y explicaba: “las candidaturas son incidentes en la vida política de los partidos i es por eso que se fundan periódicos para sostenerlas; periódicos que cesan con lo que se llama el debate electoral. Las publicaciones estables tienen otro objeto i más larga vida”. Eso no significaba que El Relator fuese a permanecer neutral en el debate que se avecinaba. Paso seguido anunciaba que era su “deber manifestar que es partidario [da la candidatura] del señor Jeneral Julián Trujillo para la presidencia”.

En cualquiera de sus condiciones –como los periódicos electorales descritos para el Cauca por Valencia Llano o los de aspiraciones más estables, como El Relator- la prensa cumplía funciones similares en épocas de elecciones, además de difundir la legislación electoral: servía de plataforma a los distintos candidatos; en sus páginas se discutían sus atributos y defectos, pero también otros temas generales que ocupaban la atención en las sucesivas campañas electorales; reflejaban y medían a la vez el nivel de respaldo con el que contaban las diversas candidaturas; animaban a los votantes a acercarse a las urnas; informaban sobre los desarrollos electorales, incluídos los resultados y las demandas sobre supuestas irregularidades.

Era casi siempre una prensa comprometida con una u otra candidatura, uno u otro partido. En ello, y en muchas de las funciones descritas, no difería mucho de los periódicos de los Estados Unidos antes del surgimiento de la llamada prensa independiente de la segunda parte del siglo diecinueve, hasta cuando predominó allí también una prensa predominantemente política, íntimamente ligada con las campañas electorales.

El papel electoral de la prensa en buena parte del siglo diecinueve se aprecia mejor si se tienen además en cuenta las circunstancias bajo las cuales transcurrían los procesos electorales. Sólo hasta bien entrado el siglo, por ejemplo, se consideraba apropiado que los candidatos solicitasen directamente el voto. Las giras electorales de los candidatos fueron así también desarrollos relativamente tardíos. En tales condiciones, los periódicos se convertían en ejes centrales de las campañas electorales.

La historia de la prensa se confunde entonces en buena parte con la historia de los partidos políticos, protagonistas principales de la democracia.

Una revisión más cuidadosa de los periódicos en el siglo posterior a la independencia nos permitiría revisar la narrativa tradicional sobre el bipartidismo colombiano. Abundaron sin dudas periódicos de marcadas afinidades liberales y conservadoras -como El Relator y El Tradicionista, respectivamente-, y de explícitas adscripciones partidistas desde mediados del siglo diecinueve. Sólo algunos, sin embargo, fueron órganos oficiales de los partidos – con mayor frecuencia reflejaban la opinión de unas de sus fracciones, o de líderes que simpatizaban con sus respectivos credos.

Quizás menos apreciado es el número de periódicos establecidos que no pertenecían ni al uno ni al otro, en los intentos por crear diferente alternativas políticas.

Los Independientes tuvieron órganos propios de expresión, El Porvenir en Cartagena el más notable, donde Rafael Núñez escribió hasta el final de sus días, una época de su vida bien descrita por su asistente, Julio H. Palacios. A comienzos del siglo veinte se fundaron varios periódicos cercanos al movimiento republicano que llevó al poder al presidente Carlos E. Restrepo en 1910. El Tiempo, por ejemplo, nació bajo el ideario de la Unión Republicana y sólo adscribió al partido Liberal en 1921. También en las primeras décadas del siglo veinte aparecieron periódicos de orientaciones socialistas.

Menos apreciado aún es el papel de la prensa en legitimar, a lo largo de los años, la idea misma de la “oposición” en la vida de las democracias.

No fue una idea aceptada en los inicios de la república, de ninguna república, cuando se consideraba que la unidad nacional era señal de virtud, contrapuesta a las facciones y los partidos. Sólo hasta la década de 1840, según Richard Hofstadter, las ideas de partido y oposición fueron aceptadas como partes legítimas de la lucha democrática en los Estados Unidos.

“La oposición”, expresaba la Gaceta de la Nueva Granada en 1836, “es un contrapeso, un freno, una garantía de los gobiernos representativos”. Fue una temprana defensa de la validez de la oposición en el periódico oficial, vocero del gobierno: “Cuando se discute lo que más convenga hacer, la oposición tiene el incontestable derecho de exponer sus doctrinas, de defenderlas, de procurar su triunfo por todas las medidas lícitas que estén a su alcance”. No obstante, el texto advertía la distinción entre una “oposición saludable, i aun necesaria”, y otra dañina: “Una oposición personal, sistemática, hostil i agresora es deshonrosa, perjudicial e innoble”. La Gaceta advertía que publicaba el artículo “porque deseamos que lo que se llema oposición en este país no envenene las fuentes de la decencia i de la concordia con difamaciones, en que el público pierde en vez de ganar”.

Poco después de haber dejado la presidencia, en 1837, Francisco de Paula Santander apoyó la fundación de La Bandera Nacional, el principal periódico de oposición a la administración de José Ignacio de Márquez donde el mismo Santander colaboraba con escritos, al lado de Florentino González y Lorenzo María Lleras. Para defender al gobierno se establecieron varios periódicos, entre ellos El Argos, en cuyas páginas se criticaban los afanes oposicionistas del partido santenderista.

Aunque de raíces tempranas, el desarrollo de la prensa de oposición siguió, claro está, la trayectoria accidentada del sistema democrático.

Si bien en el largo plazo tendió a predominar el principio de la libertad de expresión, las medidas arbitrarias y represivas de algunos gobiernos golpeaban a la prensa de oposición. Al conmemorarse los 60 años de la fundación de El Espectador, por ejemplo, Alberto Lleras Camargo recordaba cómo el “decano de los periódicos colombianos”, después de haber aparecido en 1885 bajo la dirección de Fidel Cano en “una casucha de barro y teja” de la calle Calibío en Medellín, había sufrido repetidas suspensiones, multas y cierrres durante los gobiernos de la Regeneración.

Sin embargo, tras las reformas constitucionales de 1910 y bajo el clima de tolerancia propiciado por la Generación del Centenario, la prensa de oposición recibió un fuerte impulso en las siguientes décadas. El escritor boliviano Alcides Arguedas, a cargo de la legación de su país en Bogotá, narró desde su llegada a Colombia, en 1929, la naturaleza crítica de la prensa contra el gobierno de Miguel Abadía Méndez, no solo la de Bogotá sino también la de provincia, “dura e implacable con el primer magistrado de la república”. Para Arguedas, un artículo que leyó en La Nación de Barranquilla contra Abadía Méndez, era “de una insolencia inaudita”. En efecto, el papel de la prensa en el fin de la Hegemonía Conservadora en 1930, cuando el poder pasó a manos del liberalismo tras el resultado de las urnas, fue de enorme significado. Desde las páginas de La República, recordaría Carlos Lleras Restrepo, las caricaturas de Rendón contribuyeron a la caída del régimen conservador: “No creemos que en ninguna otra época los periódicos de oposición hayan tenido mayor influencia sobre la opinión pública y sobre el mismo gobierno”.

La naturaleza esencialmente política de la prensa en la historia de Colombia tendría que motivar un examen más profundo de las relaciones entre el periodismo y el poder.

Figuras importantes de la vida política colombiana, en números extraordinarios, fueron fundadores, editores, redactores o simplemente colaboradores de periódicos. Algunos, como Santander, establecieron primero su liderazgo político antes de destacarse en sus labores periodísticas. Era más común, sin embargo, que el periodismo fuese la ruta hacia la política, o que ambas tareas fuesen de la mano en cualquier intento de ascender al poder.

Considérese, por ejemplo, la carrera de Manuel Murillo Toro, el jefe de los radicales, dos veces presidente de la república, quien se dio a conocer al público anteriormente como escritor. Miguel Antonio Caro adquirió renombre como fundador y director de El Tradicionista, en oposición a los gobiernos radicales, dos décadas antes de llegar al poder. Cuando residía en Europa, Rafael Núñez ya había figurado en la política colombiana, pero su estatura nacional se consolidó por sus corresponsalías de prensa. Al aspirar a la presidencia en 1875, Núñez adelantó una campaña “básicamente periodística”. “Gastó su plata en periódicos”, advierte Malcolm Deas, “y en labor periodística más que en ninguna otra forma de campaña política”.

En las primeras décadas del siglo veinte, quizás los casos más notables fueron Eduardo Santos y Alberto Lleras Camargo, a quienes a ratos se les recuerda más por sus labores periodísticas que como jefes de estado. Lleras Camargo fue “un periodista de tiempo completo aunque no de dedicación exclusiva”, según la semblanza escrita en 1987 por Juan B. Fernández Renowitszky, director de El Heraldo de Barranquilla.

Sólo unos pocos siguieron esa carrera desde las páginas de los periódicos hasta la Casa de Nariño. Sus ejemplos, también en número limitado, se reprodujeron a nivel local, entre quienes aspiraban a llegar a las corporaciones públicas o a los gobiernos municipales y departamentales. Pero no todos los periodistas tenían sus miras puestas en la política electoral. Más estudios como el de David L. Sowell sobre el carpintero José Leocadio Camacho, quien editó unos cinco periódicos en defensa de los intereses artesanales entre 1864 y 1904, permitirían descubrir un cuadro social más rico y complejo.
En cualquier caso, Alcides Arguedas observó con razón en 1930 que el periodismo colombiano era “una fuerza dominadora en este país”, que estaba “respaldada con otra mayor, la de la opinión pública”.

V

Por supuesto que no toda la prensa contribuyó a la formación de una cultura política democrática en Colombia.
Un examen completo distinguiría más entre periódicos y períodos de nuestra historia. En momentos, algunas voces desde la prensa fueron responsables de las encrispadas atmósferas de opinión que condujeron a las confrontaciones sectarias y a la violencia.

En su “Profesión de fe” al inaugurar El Neogranadino en 1848, Manuel Ancízar exponía las condiciones para que la prensa periódica pudiese convertirse en el “mejor auxiliar de esta gran causa de la libertad”: tendría que ser “dirigida por la buena fé [...],movida por un sano espíritu democrático [...], leal, inteligente [...]”. Ancízar prefería advertir sobre las funestas prácticas de la “prensa sin alma, sin misión, sin porvenir”, la que identificaba por “sus pequeñeces, sus pasioncillas, sus frases y calificaciones de arrabal”. De tal prensa, según Ancízar, no se sacaba nada, “si no es la persuación del ejemplo para no incidir en degradación semejante”.

Sin embargo, al constatar los períodos de avances democráticos en la historia colombiana se constata en ellos así mismo la importante tarea de la prensa, sobre todo en la civilización del debate político como base fundamental para la democracia.

“El sentido de la era que comienza es el de la conciliación y concordia”, escribía Carlos Arturo Torres en La Civilización, el 24 de enero de 1910, cuando los ideales de tolerancia promulgados por Torres y la Generación del Centenario le dieron, desde los periódicos, renovados impulsos a la trayectoria democrática nacional. En 1917, desde la oposición, Eduardo Santos defendía la superioridad de la imprenta sobre las armas: “Para que se entierre de modo definitivo el fusil del guerrillero y se adopten para la lucha política procedimientos menos bárbaros y estériles [...], una de las tareas del periodista verdaderamente patriota está en repetir incesantemente que la apelación a la fuerza bruta es un anacronismo”.

Cuando en 1955 el escritor Albert Camus le rindió en París aquel extraordinario “homenaje a un exiliado”, la prensa colombiana se encontraba amordazada por el régimen militar. Tres años más tarde la dictadura llegaba a su fin. Se inició desde entonces otro capítulo de la democracia en Colombia, donde la prensa ha representado un papel de enorme significado. Sus vidas casi paralelas, en sus avances e infortunios, han estado animadas por los valores del constitucionalismo liberal en una tradición histórica con raíces en el primer siglo de la república que este ensayo quiso explorar.