Retrato priora Thomasa Josefa de San José en su lecho de muerte
  • 1768
  • Óleo sobre lino
  • 81 x 81 cm
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AP4225

Retrato priora Thomasa Josefa de San José en su lecho de muerte

Anónimo


La sociedad colonial ofrecía a las mujeres dos opciones: el convento o el matrimonio. En este contexto, tanto el matrimonio como la vida religiosa, lejos de ser elecciones de tipo individual eran decisiones familiares que buscaban agradar a Dios por encima de las preferencias personales y lograr la salvación de los demás a través del propio sacrificio. Así mismo, el convento ofrecía a las mujeres acceso a conocimiento y protección, dos cosas que no estaban tan disponibles para las mujeres en la sociedad colonial. La vida conventual se encontraba entonces atravesada por el sacrificio, la mortificación y la contemplación. La práctica de pintar monjas coronadas tuvo su auge en la segunda mitad del siglo XVIII y se prolongó hasta bien entrado el siglo XIX. En el conjunto de pinturas de la colección existen esquemas similares. Estas mujeres yacen acostadas, de medio cuerpo y vestidas con el hábito de su orden. Algunas reposan su cabeza sobre un ladrillo, símbolo de penitencia extrema, otras sobre un almohadón. Las distinguen tres elementos: el medallón en el pecho que casi todas llevan, el rostro y el tipo de flores que las adornan. La muerte era una experiencia de realización en la cual era posible participar de una vida eterna con Cristo, aquel con el que habían contraído ''nupcias espirituales'' después de un periodo siendo novicias, razón por la cual el abandono del mundo significaba la transición hacia una nueva vida. En este sentido, estas pinturas no eran propiamente de monjas muertas, sino de mujeres que habían alcanzado el momento culmen de su vida. La coronación de espinas de Cristo era el acto al que simbólicamente hacía referencia esta práctica, pero ellas, debido a su vida ejemplar, eran adornadas en las pinturas con flores de santidad.

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