“Aprendí a trabajar con la incertidumbre y la duda, sabiendo que al final lo que resulta revela lo que eres y no es siempre estúpido o carente de significado.” William Kentridge.

LA SALA DEL EXCESO

El taller siempre tiene adentro más de lo razonable: culminaciones de proyectos pegadas en las paredes. Los primeros bocetos de proyectos que están por comenzar. Vestigios de proyectos que han sido abandonados. Objetos que quedan en las paredes y en el piso del taller y que han estado allí por años, ya sea en espera de ser terminados, o almacenados. Desde mi mesa en el taller puedo ver, en un trípode de madera, un batidor grande de huevos. Debajo, un dibujo de un vaso roto, junto al dibujo de un paisaje, apoyado junto a un modelo de madera de un caballo cubierto de dibujos en tinta china. Hay un espejo anamórfico. El marco de un dibujo de un pájaro en vuelo. Las patas traseras de un gato, en tinta china. Hay una lista de programaciones y presentaciones para este y el próximo año. Hay un títere de papel de un perro: de hace tres años. La silueta de una persona en un bote: doce años. La silueta de una pantera: once años. Una lista de títulos para las páginas de un libro pendiente. Ocho linóleos de muestras de color, en blanco y negro. Tres relojes de arena. Dos prensas de grabado en relieve. Y otros 163 artículos específicos que son visibles desde mi mesa. A mi lado, hay 52 dibujos distintos para un flip-book. Es a partir de este caos de exceso que tiene lugar el trabajo en el taller. Es a partir de la incoherencia, de la fragmentación de diferentes pensamientos, que tiende a producirse coherencia en un dibujo en particular, en un conjunto de dibujos, en una pieza. La sala del exceso en la exposición no pretende recrear un taller, sino más bien mostrar algo de la sobreabundancia de imágenes e impulsos que constantemente se arremolinan alrededor de la construcción que se produce en el taller.

[W. K., 2012]

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