Ignacio Zuleta Lleras

El autorretrato de sir Joshua Reynolds en la carátula del libro de Zuleta está lleno de significados: el pintor deslumbrado, atenuando la luz canicular con su mano a modo de visera, observa a su modelo, que es él mismo. Parece repetir de dientes para adentro su frase sobre Rembrandt, según la cual el maestro unificaba sus obras pintando “poco más que un punto de luz en medio de una enorme cantidad de sombras”.

Para realizar esta reseña sobre la primera novela del bogotano Juan José Ferro, me ha parecido prudente seguir la estructura sucinta que aconseja Darío Jaramillo: el reseñista, recomienda el poeta, “debe decir qué tiene un libro por dentro, quién o quiénes lo escribieron, a qué se parece —qué libros hay semejantes o complementarios—, cómo le parece el libro al reseñista y por qué”.

A pesar de que a Alberto Salcedo, por una cierta modestia genuina, le parezca que sus mensajes son de náufrago y quedarán a la deriva, estas crónicas son más petroglifos grabados en las rocas de alguna de las islas del archipiélago Colombia, que extraviadas botellas sin destino. Si en dos generaciones los colombianos aún saben leer, este testimonio de una época álgida (¿alguna en el país no lo habrá sido?) será de gran valor.

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