Mauricio Polanco

Hace poco, el escritor salvadoreño Horacio Castellanos Moya dijo que la novela corta latinoamericana gozaba de buena salud. Y vaya que tenía razón, como también la tenía Mario Vargas Llosa al afirmar, con motivo de la publicación de El sueño del celta en 2010, que la novela en general penetraba robusta en el siglo XXI de la mano de autores audaces y originales.

Esta última novela de Cárdenas —la primera a la que se consagra tanta atención— es un plausible artefacto literario, tanto por la sencillez que caracteriza su armazón y su lenguaje, como por los elementos de reflexión que integran los temas tratados.

Es probable que al concluir la lectura de este libro, el lector vuelva los ojos al subtítulo y piense que, detrás de esos vocablos, el autor le ha propuesto un juego de palabras. Por un lado, Alfredo Molano se refiere a la cuenca del Pacífico y a las comunidades que la habitan desde el Alto de Letras hasta Cabo Manglares.

La forma de las ruinas es una extensa novela cuyo tejido narrativo, fina y coherentemente trabajado prueba fehaciente de madurez técnica) precipita al lector en las vidas de unos personajes que comparten la particularidad de estar vinculados, de un modo íntimo, al asesinato: uno, el de Jorge Eliécer Gaitán; el otro, el de Rafael Uribe Uribe.

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