Crónica

La yarda es una unidad de medida de longitud que equivale a 91,4 centímetros, utilizada en Estados Unidos y el Reino Unido. En estos países, además, se denomina yard a un área despejada junto a alguna edificación (casa, edificio), de superficie dura o de pasto, usada para actividades deportivas o de ocio.

Hace siete años, el diario ABC de Sevilla le pidió a María Picatoste, corresponsal en Nueva York, que entrevistara a la leyenda del nuevo periodismo, Gay Talese, con motivo de la publicación de su libro Vida de un escritor. De dicho encuentro nació un texto que reposa en la versión digital del diario, titulado “Gay Talese, la palabra del dios del periodismo en diez frases (más o menos)” .

Este libro es el primer ejemplar de la nueva edición del Archivo Epistolar Colombiano, enfocado en las cartas de personajes notables de la vida intelectual nacional e internacional. La colección se remozó con este texto autobiográfico del filólogo y humanista Thomas Chaimowicz, que llegó al sello gracias a la labor de Rudolf Hommes.

La crónica es un género que toma elementos prestados de otras formas de la escritura y, a la vez, es único por su composición y brevedad. Por eso Juan Villoro se refiere a ella como al ornitorrinco de la prosa. Además, se encuentra atravesada por las huellas de la memoria y la ficción, y por eso mismo tiene algunos exponentes más cercanos al lenguaje periodístico y otros más afines al literario.

Desde su nacimiento en el páramo de las Papas, entre el Cauca y el Huila, hasta su desembocadura en Bocas de Ceniza, en el Atlántico, el río Magdalena recorre 1.540 kilómetros del territorio nacional y atraviesa once departamentos de Colombia.

En la primera página de esta crónica, publicada originalmente por la revista SoHo en 2007 y que Tusquets Editores presentó en 2015, acompañada de un apéndice fotográfico y un epílogo, An­drés Felipe Solano afirma que el gesto disruptivo de irse a vivir a una ciudad ajena por seis meses y sobrevivir con los 484.500 pesos mensuales del salario mínimo fijado para Colombia en ese año equivale al viaje que hombres de otros siglos y otras latitudes emp

Es probable que al concluir la lectura de este libro, el lector vuelva los ojos al subtítulo y piense que, detrás de esos vocablos, el autor le ha propuesto un juego de palabras. Por un lado, Alfredo Molano se refiere a la cuenca del Pacífico y a las comunidades que la habitan desde el Alto de Letras hasta Cabo Manglares.

A pesar de que a Alberto Salcedo, por una cierta modestia genuina, le parezca que sus mensajes son de náufrago y quedarán a la deriva, estas crónicas son más petroglifos grabados en las rocas de alguna de las islas del archipiélago Colombia, que extraviadas botellas sin destino. Si en dos generaciones los colombianos aún saben leer, este testimonio de una época álgida (¿alguna en el país no lo habrá sido?) será de gran valor.

Debería existir una historia dedicada a las miniaturas, las viñetas y los bocetos, ese tipo de piezas que, a pesar de su tamaño y de su fragilidad, logran contener y capturar el espíritu de las cosas, sus recorridos. Igual, una que hable de la familia particular que forman los fotógrafos, los arquitectos de antaño, los exploradores que aún coleccionan piedrecillas, el dibujante hábil como el cronista capaz. Ellos son una raza aparte.

Cuando nos acercamos a lugares que no conocimos, como la calle Junín de Medellín a 57 años de distancia, a un millón de años luz de casa, la lectura nos depara un resplandor de la memoria, una sensación de ser pasajeros de un tren fantasma.

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