Cuento

El ser humano suele hacer el tránsito entre sus edades sin percatarse del potencial narrativo y la complejidad argumental de cada una de ellas, y cómo se va tejiendo la trama de su historia vital. Esto, claro, hasta que aparece un escritor que fija su atención en una o muchas vidas, incluyendo la propia, para convertirlas en literatura.

Más allá de que un cuento sea largo o corto debe primar ante todo una propuesta estética. O lo que denomina Eva Valcárcel como “intencionalidad artística”. Para ella el cuento literario “posee un estatuto artístico con leyes internas”. No se le exige necesariamente que tenga tensión o que resuelva los conflictos planteados en un inicio. Muchos buenos cuentos dejan estupor más que resolución.

Toda vida está atravesada por preocupaciones. Toda familia, todo ser, todo trance, todo trabajo, toda aspiración... casi todo en la vida es equivalente a preocupaciones. No es por atender las mentes suspicaces, pero se hace necesario formular la pregunta: ¿qué es una preocupación?, ¿qué son las preocupaciones?

La obra, mezcla de realidad y ficción, carece del proemio que le sería necesario ya que parte de una premisa falsa: que “el arte y la naturaleza siempre estarán enfrentados hasta que se venzan el uno al otro”. Curiosa afirmación en un texto afín a lo científico.

La primera idea que se nos vende en el ruido mediático hecho alrededor de la reedición de Caperucita se come al lobo, libro de cuentos de Pilar Quintana (1972, Cali) —publicado originalmente en 2012 por la editorial chilena Cuneta y ahora devuelto a la luz en Colombia por Penguin Random House con un agregado de dos cuentos—, es la idea del erotismo y la violencia como apuestas que, en su momento, le valieron la censura del Ministerio de Educación

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