Historia

Quiero empezar esta reseña llamando la atención sobre el hecho de que el libro La cocina de los venenos es el trabajo de grado presentado por el autor para obtener su título de historiador. Esto resulta muy significativo en unos tiempos en que la tendencia ha sido la de ir eliminando el requisito de hacer una tesis o un trabajo de grado para recibir un título de pregrado en ciencias humanas en Colombia.

Quién puede dudarlo, las ciudades tienen su historia.

En la última década y media, se ha publicado casi una veintena de estudios sobre las misiones religiosas en Colombia, que evidencian el interés, cada vez más mayor, de analizar y documentar el papel de la Iglesia católica en la integración territorial y la evangelización, civilización, moralización, e instrucción primaria de poblaciones marginales, principalmente indígenas, en zonas periféricas conflictivas o de frontera, durante la primera parte

El libro de Sindy Paola Veloza Morales hace importantes contribuciones a los estudios sobre el catolicismo colombiano, tanto por la perspectiva histórica a la que recurre, como por el objeto de estudio que analiza. A partir de lo que la historiografía conoce como la “nueva historia política”, el texto se pregunta por la relevancia de algunas sociedades católicas en Bogotá entre 1863 y 1885.

Este libro indaga por la configuración de la justicia en la Villa de San Gil, el ordenamiento del aparato que la administra, las jurisdicciones, los tribunales, los oficios, el funcionamiento cotidiano y los conflictos. No obstante, su inmersión en ese mundo está precedida por un balance de las ideas que desde hace unos pocos decenios se discuten en la nueva historia del derecho.

El 17 de octubre de 1829 tuvo lugar la batalla del Santuario, en el actual departamento de Antioquia. En ella, el pequeño e improvisado “Ejército de la libertad”, liderado por José María Córdova, se enfrentó a las tropas que el gobierno envió para deshacer aquella rebelión, comandadas por Daniel Florencio O’Leary y por otros militares también del exterior.

El libro escrito por Luisa Cortés y Carlos Reina cubre un vacío permanente en la historiografía colombiana, ante la que pasó medianamente desapercibido a pesar de los numerosos estudios realizados en las academias norteamericanas, británicas e incluso mexicanas y argentinas sobre la juventud como objeto y la población de las investigaciones sociales-históricas.

La Academia Colombiana de Historia ha editado libros que hablan de una vitalidad y una renovación que debería contagiar a las filiales regionales, en las que todavía predomina la bobería provinciana. Este libro revela una interesante y renovadora tendencia en los estudios históricos, con el apoyo editorial de una institución que parece estar en muy buenas manos.

Con cierta frecuencia, es posible encontrar vacíos historiográficos, podríamos decir olvidos, que resultan incomprensibles. La historia de Cúcuta, de la ciudad y sus habitantes, es uno de estos casos. Esta omisión puede extenderse a todo el departamento, tal vez con la única excepción de Pamplona y en algo Ocaña: para tiempos coloniales, la primera, y decimonónicos, la segunda.

Es común escuchar que la formación de las instituciones en nuestra sociedad tuvo que ver con la presencia de tres actores: el cura, el alcalde y el maestro, pues ellos eran referentes de la comunidad y las figuras visibles.

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