Mujeres en las ciencias

Celebraciones Continúas devoto con una marca violeta en el rostro y cientos de argumentos en regocijo. Las lavanderas tienden secretos en la hierba, imploran que no revuelvan otra vez los arroyos. Y tú te llenas con el olor del silencio. Un día llegaron los danzantes envueltos en lluvias de granizo a cerrar la casa. Eres la súplica de una araña en la última rotación antes que le rompan el vestido. Leer texto completo

Uno tiene una profesión, pero también tiene una vida”. La voz se escucha apacible, como si lo hubiera pensado mucho antes de convencerse de lo que iba a decir. Sentada en su oficina —donde prefiere pasar el menor tiempo posible—, la bióloga María Cristina Martínez Habibe hace un esfuerzo por recordar cómo empezó todo.

Tiene 60 años, “se noten o no se noten”. Nació en Bogotá. Su familia ha vivido allí casi toda la vida. Durante nuestra conversación inicial, en la oficina del primer piso del Instituto de Genética Humana de la Universidad Javeriana, me contó que estudió primaria en uno de esos colegios “de monjas comunes y corrientes”. Luego, dijo, pasó a uno de monjas teresianas, pero de las seglares que se vestían de civil.

—Capitán, capitán, tiene que devolverse. —¿Por qué? ¿Qué pasó? —Porque hay tres personas que no están en el avión. Se quedaron en el aeropuerto de Apiay, y una de ellas es alguien muy famoso que vino desde Estados Unidos.

No le gustan los laboratorios. Prefiere estar con la gente, con esa a la que quiere ayudar valiéndose de su ciencia. Porque, dice ella, la ciencia, su familia y el prójimo son los tres amores que ha tenido en la vida.

Ahora mismo, dentro de millones de galaxias, hay millones de estrellas embarazadas, acunando celosamente millones de munditos bebés en placentas protectoras de polvo y gas... Ante semejante concepto, ¿cómo no amar la astronomía?

Una guacamaya llega como Pedro por su casa a la terraza del apartamento de la científica antioqueña Ángela Restrepo Moreno. Se posa en la baranda y nos mira, como saludando y reclamando al mismo tiempo. Ahora son dos. Interrumpen las horas de conversación que llevamos esa tarde. Soy una afortunada, pienso, por ser testigo de su emoción que me contagia con facilidad. Les damos la bienvenida. Cada una se gana un buen pedazo de plátano.

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