Novela

El día que escribo esta reseña Corea del Sur registró 27.553 casos de covid-19 confirmados, 25.029 personas recuperadas y unas 480 muertes. El virus llegó en febrero de 2020 y, a nueve meses de su aparición, se podría decir que está controlado.

Desnudarse representa un trabajo importante, incluso para un escritor de pornografía, pero también hace parte del juego de la escritura confesional o memorialística que se revela en estas páginas.

¿Qué es lo que hay en el pasado que siempre terminamos volviendo a él? Podría responder que “lesiones, mayormente” (p. 47), tal como dice la narradora que resulta después de tanto ver telenovelas dramáticas. No lecciones, claro, ni aprendizajes ni moralejas: heridas, daños. Pero preguntar “qué hay en el pasado” requiere que este sea, por ejemplo, un lugar, o que siquiera sea algo. Requiere concederle una existencia propia.

Con una serie de recuerdos sueltos y dispuestos en un orden por completo ajeno a la linealidad cronológica, Paul Brito ha compuesto un hermoso libro que nos ofrece el retrato de una familia, la suya, en el cual ocupan el primer plano él y sus padres, pero sobre todo su madre, con cuya muerte significativamente empieza y termina la obra.

En una novela el hecho estético es más importante que la eticidad. Un buen narrador puede calumniar, exagerar, manipular o hacer lo que quiera, siempre y cuando su capacidad narrativa y prosística esté por encima de sus opositores.

La novela es el testimonio eterno de una joven con alma de niña, Anastasia Mijáilovna, cuya madre acaba de morir y está a punto de morir. La historia tiene lugar en las estepas siberianas, muy blancas y frías, con casas distantes unas de otras, con una estación de tren desolada. La luna es presencia constante: sus ciclos resaltan la circularidad del relato, su delirio.

En las páginas iniciales de Frontera, el siguiente párrafo da una idea del tono narrativo: Las motos pasaban en un desfile interminable. Me gustaban, aunque nunca me había atrevido a comprar una. La sensación de ir sobre un objeto tan potente, que era capaz de llevarme a donde fuera, o quitarme la vida en un descuido, me seducía, así como la impresión de ir siempre al aire libre, tentando a los elementos naturales.

Roberto Segrov es un enigmático autor colombiano que hace un par de años empezó a publicar delgados volúmenes de poesía en varias editoriales independientes. Hasta antes de Anatomía del abismo, su único libro de narrativa era la colección de cuentos Un crepúsculo que no termina, también breve.

Este volumen supone la cuarta reedición de esta novela póstuma de Andrés Caicedo, a cuya escritura estaba dedicado en el momento de su suicidio, en 1977. Incluye el relato “Antígona” —escrito en 1970 y publicado en 1979—, antecedente claro de la novela por la importancia del personaje del título en ambas obras; de ahí que resulte oportuna su inclusión en el volumen.

Un joven delgado se ofrenda para alimentar a una familia de tigres hambrientos. El joven se quita la camisa y sonríe, “se lanza hacia los tigres, como un clavadista de natación, o un bailarín”. La mamá tigre pisa su cuerpo yacente, mientras uno de los cachorros devora su brazo y los otros dos su “torso ensangrentado”. Y el rostro del joven permanece impasible.

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