Novela

El libro tiene la portada rosada. El tono del rosado, intenso y asfixiante, anticipa la atmósfera de la novela, que transcurre en una Cali calurosa revelada a través de las historias de personajes obsesionados con la moda y la muerte. En la portada hay dos imágenes en tinta negra: del borde superior cuelga la garra de un gallinazo, del borde inferior emerge la cara. Detrás de cada solapa se esconde, coqueta y diminuta, una mosca.

Lucien Renchon es un hombre adulto, alto de estatura, dueño de una galería de arte y muy respetado en su entorno, que habita en una casa de Lieja, la vieja ciudad belga. En su casa alquila una habitación a Charlotte, una muchacha de origen desconocido que de un tiempo acá se ha convertido en una presencia importante para él.

Hace poco, el escritor salvadoreño Horacio Castellanos Moya dijo que la novela corta latinoamericana gozaba de buena salud. Y vaya que tenía razón, como también la tenía Mario Vargas Llosa al afirmar, con motivo de la publicación de El sueño del celta en 2010, que la novela en general penetraba robusta en el siglo XXI de la mano de autores audaces y originales.

Al otro lado del mar, de la escritora antioqueña María Cristina Restrepo, es una de esas novelas que entran a formar parte del acervo emocional de sus lectores. Narra una historia que atrapa desde el título mismo, por esa misteriosa ambigüedad que sitúa la narración desde dos orillas: el Caribe cartagenero, al comienzo, y luego Berlín, Bremen y Stettin —una ciudad perdida en el gélido Báltico—.

Estamos tan acostumbrados a la violencia que muchas veces nos quedamos con datos escuetos, la cifra de muertos luego de una guerra. Del Holocausto, por ejemplo, tenemos cifras aproximadas de 11 millones de muertos, entre judíos, gitanos y otras etnias, con un número aterrador de 15.000 muertos diarios. Pero, ¿qué historia había tras cada hombre, mujer, niño o niña? En la exposición “Auschwitz. No hace mucho.

No sería difícil argumentar que la novela histórica es uno de los géneros (subgéneros, dirían otros) que mejor condensan algunos de los problemas a los que se enfrenta la literatura: el límite entre ficción y realidad, la relación con la memoria y el olvido, la construcción de una lengua particular a través de la cual narrar, la función misma de la literatura en la sociedad.

En un ensayo de 1960, “La literatura colombiana: un fraude a la nación” , Gabriel García Márquez denunciaba la falta de profesionalismo de los escritores nacionales. Decía que la obra de los pocos buenos escritores era, necesariamente, “una literatura de hombres cansados” , cuya creación quedaba relegada al poco tiempo libre que dejaba la urgencia diaria. Muchas de las ideas expresadas entonces siguen vigentes.

Lo primero que me viene a la mente tras la lectura de un libro como Este infierno mío, novela de Julián Malatesta (seudónimo de Juan Julián Jiménez, nacido en 1955, en Miranda, Cauca), es el recuerdo de una canción, quizá producto de los muchos boleros, poemas y ejercicios narrativos que Malatesta pone en escena desde una propuesta declaradamente experimental, o quizá por su manejo del lenguaje en esta especie de antinovela que espera, más que na

Una imagen que aún nos resulta extraña: en el noticiero muestran un barrio latino de alguna ciudad de Estados Unidos. Las casas. Las calles. Los muchachos de rasgos mexicanos, peruanos, colombianos, que conversan en una esquina mientras fuman un cigarrillo. Hace frío. La cámara se acerca a los jóvenes. El periodista hace una pregunta en español y durante un segundo todo es silencio. Nadie responde. Insiste.

Volver al oscuro valle es un eslabón más en la dilatada pero consistente trayectoria narrativa de Santiago Gamboa, que en esta novela retoma, perfila y exprime algunos de los temas ya habituales en su obra y que le señalan como un verdadero autor dentro del panorama de las letras colombianas.

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